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Alba Plata

NEGRO Y ROJO

Cambiar el mundo amigo Sancho,

no es locura ni utopía sino justicia.

 

“Don Quijote de la Mancha”

-Miguel de Cervantes-

 

 

 

En un lejano y hermoso lugar donde la tierra es de un color rojo como el fuego, en que apenas llueve y el sol abrasa, a una hora imprecisa del día, un día cualquiera de la semana, a la sombra de las chozas de adobe y paja unas mujeres tejen hojas de palma, trabajan lentamente sin medir el tiempo, otras confeccionan las esteras que luego serán lecho para el descanso.

Más allá, unas cuantas se ocupan de mantener el fuego o muelen el grano en unos gigantescos morteros de madera heredados desde antiguo. Sorprende ver que esas mujeres, antes tan animadas y felices,  realicen  sus tareas sumidas en un mutismo interior.

Ahora ya no cantan esas canciones alegres que aprendieron de sus antepasados, canciones que acompañaban las faenas diarias y que ahora deberían enseñar a sus hijas. Ya no ríen con esa risa limpia y jubilosa de quien es dueño de su alegría. Ahora un sobrecogedor silencio, roto por el ocasional llanto de algún pequeño, se ha adueñado de la aldea.

En el poblado ya no quedan hombres, sólo algunos niños descalzos vestidos con harapos ayudan a las mujeres en el cuidado de las vacas, las llevan hasta los exiguos pastos consumidos por el polvo y la sequia y al pequeño cauce de un río que permanece seco hasta que vuelven las lluvias.

Unas niñas que aún no han llegado a la pubertad acarrean el agua de los pozos agostados a varios kilómetros de distancia, en sus rostros infantiles todavía hay una sombra de miedo. Acobardadas por el pánico temen el momento en que sean separadas del resto de la tribu para trascender la terrible y dolorosa fase que las convierta en mujer, algo indispensable para tomar esposo, sólo que ya no quedan hombres jóvenes que desposar.

Los más ancianos del lugar cuentan historias tristes de luchas con otros poblados, por el territorio, por los pastos o por el agua, de matanzas a niños y mujeres, de saqueos y raptos, de masacres y muerte.

Hombres blancos vinieron un día desde otras tierras, de eso hace mucho tiempo, tanto que ya no queda nadie que lo hubiera vivido y solo puede transmitirse a través de la voz de los sabios. Fue un periodo terrible y cruento.

Eran extranjeros de piel muy blanca, de pelo claro, en algunos el cabello era casi rojo, vinieron en unos grandes barcos dirigidos por inmensas velas, vestían chocantes ropas, traían largos instrumentos que lanzaban fuego a enorme distancia. Esos artefactos mataban o mutilaban a los muchachos sorprendidos en la selva mientras cazaban, siempre los más jóvenes, los más fuertes, los más valientes, apresándolos a lazo igual que se cazan los animales peligrosos.

La selva quedó anegada por la sangre de los inocentes y los restos mutilados de los hombres quedaron esparcidos como frutos maduros desprendidos del árbol. Nadie pensó que eran padres con hijos, hijos con madres, hermanos que tenían hermanos.

Luego hubo un tiempo en que aquello cesó, y esos espantosos sucesos quedaron prendidos en la memoria de los ancianos que, alrededor del fuego en las noches de luna, contaban a los niños del poblado para que no se olvidara.

Nunca se supo cómo empezó y tampoco la causa porque terminó, entonces la vida en la aldea volvió poco a poco a una normalidad ficticia pues no se repuso jamás de esa atrocidad.

Pero desde hace algún tiempo los hombres más sanos, las mujeres, las  embarazadas, los jóvenes, los niños y familias enteras con sus hijos van desapareciendo del poblado. Se cuenta que llegan hasta el río y, cruzando la gran lengua de agua, surcan el mar sorteando tempestades en rústicos cayucos o barcas artesanales de goma  luchando contra otros hombres que les vejan, les estafan en el viaje por el que tienen que pagar un precio muy alto y muchas veces los dejan abandonados a su suerte, robándoles el dinero.

Los que no perecen en el camino y consiguen llegar a esas tierras lejanas que ellos creían ser el paraíso, allí son rechazados ante unos muros y unas cuchillas que les impiden pasar, por unos humanos muy ricos con mucho poder y obligados a transitar sin rumbo de un lugar a otro. No hay descanso para ellos, no hay lugar para ellos.

Y después de jugarse la vida cruzando fronteras, atravesando países que hablan lenguas extrañas, vadear los ríos más profundos y peligrosos, acosados por la miseria y el hambre, dejando atrás tantos muertos, exhaustos por el cansancio de años, agotados sin futuro ni esperanza, sólo unos cuantos elegidos por la diosa fortuna serán los que al fin conseguirán llegar a un destino definitivo y entonces, tratando de dejar atrás tanto sufrimiento, besaran la tierra, bendiciéndola.

 

Publicado la semana 78. 25/06/2019
Etiquetas
Reflesiones , Capitalismo , Siempre que se quiera , Cambiar la realidad
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