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Alba Plata

FUNDIDO EN NEGRO

Espero que la salida sea gozosa

y espero no volver jamás.

Frida Khalo

 

El sonido de su voz me basta. Lo siento. Sé que está ahí, siempre está ahí, a mi lado, pendiente de mí, paciente, diligente, incansable.

A menudo me acaricia la mano con tantísima ternura que llega a emocionarme. Esa demostración de apegado afecto conmueve mi ánimo, ya desgastado por tantos años de pelea sin cuartel, arañándole supervivencia a la ruina que es mi vida. Puedo sentir sus delicados dedos cuando repasan el cuero reseco de mi piel.

Intuye que tengo frío, entonces se acerca para arroparme, coloca la manta sobre este maltrecho cuerpo con respeto y miramiento.

Me retira el pelo de la cara si sospecha que el calor me importuna, agita un abanico con tal gracia y brío que, como si ejecutara un mágico truco de ilusionismo, me espanta la calorina.

Noto sus labios suaves y cálidos sobre mi frente. Es un beso largo, dulcísimo, silencioso, profundo, que yo agradezco con la mirada. Me la devuelve misericordioso y sonríe con generosa indulgencia.

 A veces hago ver que duermo profundamente, pero no consigo que caiga en la trampa. Sabe que finjo. Me mira y sonríe. Acerca una silla, se sienta junto a mí y espera que abra los ojos. Me preguntará si prefiero la misma lectura de ayer o, por el contrario, escuchamos el último disco que ha comprado para mí, “Back to Black”, de  Amy Winehouse, una chica que es un ángel, artista extraordinaria y muy personal con la que en cierto modo me identifico. Como yo, se malogró demasiado pronto.

We only said good-bye with words
I died a hundred times
You go back to her
And I go back to black

 

En la tarde veremos una de esas películas antiguas que tanto nos gustan y que ya hemos visto multitud de veces, pero de las que nunca nos aburrimos. Luego me dará un zumo de fruta natural que se encarga de exprimir con sus propias manos, dice que no me conviene tomar productos envasados, me cuida mucho. Antes, hace una eternidad cuando yo era muy joven, lo hacía porque no le daba importancia, ya no lo hago porque se empeña en que tome todo lo más natural y sano posible. Cómo si eso importara. Lo tomo con una pajita, eso me facilita tragar el líquido. Sólo quiere lo mejor para mí. Siempre tiene a mano una botella de agua que me da a cada poco para que no me deshidrate.

Sufro terriblemente mi total dependencia para realizar las cosas habituales en cualquier otra persona. Gestos tan simples como rascarme la mejilla cuando siento esa sensación de escozor insoportable, me resultan  imposibles. No lo soporto, me siento inútil.

En ocasiones una irritante mosca se me posa en la frente, justo en la entrada del pelo y percibo cómo va de un lado a otro, insistente y molesta. Yo cierro y abro los ojos con la esperanza de asustarla y que levante el vuelo. Pero ella persiste, yo no puedo moverme y parece que supiera que no puedo espantarla. Luego en su recorrido llega hasta el ojo, lo que me obliga a cerrar el párpado y esperar a que decida irse. Sin embargo continua inagotable, me explora toda la cara, deteniéndose en cada poro, la miro apostada sobre la punta de mi nariz, como si me retara, parece un monstruo inmenso y terrible que quisiera devorarme. Llega después hasta mis labios, los recorre con sus patas llenas de pelos produciéndome unas cosquillas que me irritan y me causan repulsión. No me atrevo a abrir la boca por temor a engullirla, o quizá sea la mosca quien se adelante y me trague a mí, lo que sería un enorme alivio, así acabaría cuanto antes.

Es la hora, ha salido a hacer la compra, únicamente de aquellas cosas que son urgentes y  que no puede encargar. Aprovecha ese momento para caminar un rato, tomar el sol y respirar el aire de la calle, le viene bien, es muy necesario que lo haga. Realiza aquellas gestiones que, inexcusablemente, requieren su presencia. Todo lo demás lo traen a casa desde la tienda; a veces el chico de la farmacia se acerca con las medicinas. Es un momento mágico, distinto. El muchacho muy joven y simpático siempre tiene un chiste o un chascarrillo con los que consigue divertirme. Cuando viene, la casa parece despertar de un interminable letargo. Quisiera expresarle mi agradecimiento por traer a esta casa un poquito de su juvenil alegría. Creo que lo sospecha. El toma mi mano con exquisita ternura y me regala una inmensa sonrisa que consigue elevarme, transportándome a lugares remotos y felices de un tiempo que se fue para siempre.

Tardará poco, solo lo justo y necesario, sin embargo me parece interminable ese tiempo en que la casa queda vacía y en silencio. Dulce quietud, nada se mueve, pero no siento miedo. No me produce temor este lapsus de soledad. Es un valioso momento que aprovecho para pensar y fantasear. Soñar que todo es posible, esa tonta quimera de mi imaginación. Miro la ventana frente a mi cama. Veo pasar remolones los días, el cambio de las estaciones en las ramas del árbol que azota el viento sobre los cristales, reproduciendo, con su martilleo, los latidos de mi fatigado corazón. Gozo con la visión del color variable del cielo y las nubes, a veces van lentas, otras empujándose entre sí, como si se acosaran entre ellas con prisas por alcanzar el destino definitivo, allá muy lejos. Un avión deja con su estela una cicatriz blanca que yo persigo con la mirada hasta que se evapora. Es una extraña visión. Imagino las vidas, las historias que transporta, quizá al otro lado del mundo. Personas que tal vez hagan ese viaje por vez primera con el recelo mordiéndoles el estómago, reprimiendo el miedo a volar; acaso unos hijos viajan de regreso a la casa de sus padres después de largo tiempo en el extranjero forjando su futuro,  o, unos felices abuelos que se dirigen a conocer al nuevo nieto. Puede que algún enfermo vuele con la confianza de encontrar en otro lugar la esperanza para su vida.

Oigo las gotas de lluvia golpeando con insistencia intermitente los cristales. Me agrada ese soniquete monocorde que parece devolverme a la vida. Es un sonido antiguo, reconocido desde antaño, que me invita a escapar de mi realidad. Quisiera salir a la calle, afuera, hacia la luz, quedarme inmóvil en el centro de la plaza hasta empaparme por completo, percibir la lluvia mojándome la cara. Sentir la vida sobre mí, fundirme con el agua. Ser agua diluyéndose por las calles, de las calles al río, y de allí al mar. ¡Cómo lo añoro! Cuánto me gustaría volver a verlo por última vez, abandonarme ingrávida sobre las olas, dejarme mecer hasta el límite de mi resistencia. Quiero hundirme en lo profundo, servir de alimento a otros seres, deseo que este cuerpo inútil sea provechoso.

A veces no sé en qué día estoy, ni quién soy yo. Dudo si existo. Creo que he desaprendido todo lo que me costó tanto aprender. Me resulta imposible realizar las tareas que antes me parecían tan sencillas. Andar y no necesitar ayuda, escribir esas historias inventadas, bucear en el ordenador, hablar sin esfuerzo, ir al teatro, sentarme en una cafetería a tomar un café viendo la gente pasar.  

Ya no pinto, me resulta imposible sostener los pinceles. Tampoco puedo leer ese libro colocado en el atril que el polvo y el tiempo irán destruyendo; quedó ahí estático, atrofiado como yo. Leer me cansa, en realidad, llegado un momento, todo me cansa. Esto es lo más desagradable, lo  más fastidioso: estar aquí pasando el tiempo sin hacer nada. No tener el consuelo de realizar todo aquello que me gusta, todo lo que me satisface, eso es de lo peor.

Hace mucho, años creo, que no me reconozco en estos huesos en los que se ha convertido mi cuerpo, mi propia cara me parece extraña. No recuerdo como era mi rostro antes del desastre. Me gustaría terminar ahora esta prórroga, ahora en que ya no existen esperanzas de futuro ni solución alguna. No siento miedo. Este eterno desasosiego se me hace insufrible. Ya nada espero, sé que esperar no conduce a nada.

Cada mes una joven doctora viene y me toma muestras de sangre para controlar mi anemia, los niveles hepáticos, de azúcar y no sé qué más cosas que no entiendo. Un sanitario me toma la tensión y el ritmo cardíaco. No me informan de nada, entiendo que todo está igual, o quizá esté empeorando y no quieren que me preocupe. No comprendo que sea necesario conocer todo eso, basta con ver mi desgastado cuerpo prisionero en esta cama, inmóvil, para hacer un diagnóstico exacto sin realizar pruebas de ninguna clase. En realidad no me molestan, más bien me agradan, me gusta ver caras nuevas, escuchar otras voces.

Cuando regresa de la compra siempre me aplica crema hidratante sobre las manos, en los pies y en las piernas, con un masaje delicado y lento para que penetre bien en la piel y activar la circulación. Se reseca en exceso. Lo hace varias veces al día. A mí me gusta. Y me sonríe afable, siempre sonríe. Procura mantenerme animada. De la calle trae noticias sobre vecinos y amigos, me cuenta algún cotilleo divertido acontecido en la ciudad. Va y viene por la habitación, ordena las cosas, organiza las medicinas. De pronto se detiene, me mira, me sonríe y espera que yo le devuelva la mirada. Luego, oigo cómo trajina en la cocina. Se acaba de caer una cuchara, es un sonido metálico que me ha obligado a estar alerta a lo que ocurre a mi alrededor. Todavía me funciona bien el oído. Prepara mi comida, también la suya. Ambas son diferentes. Huele bien. Yo lo tomo todo pasado porque empiezo a tener problemas para masticar. He perdido todos los dientes.

Después de comer, duermo un rato y sueño. Sueño que puedo volar. Veo la casa de mi niñez. La casa grande de enormes ventanas por donde se cuela despiadada y áspera la luz del mediodía; cruzo corriendo con los pies desnudos los interminables corredores y galerías. Me incomoda el suelo frío. Grito, me recreo escuchando mi propio chillido, gritando más fuerte, más alto. Abro todas las puertas que encuentro a mi paso. Huyo. Alguien me persigue, una mujer,  quizá mi madre. No la distingo bien. Me sujeta del brazo, me frena y me zarandea para que me calle y me detenga. No obedezco, siempre fui muy rebelde. Consigo desasirme y bajo las escaleras. Salgo a la calle, voy a cruzarla, pero me recoge con un amoroso abrazo que me protege. Estoy en lugar seguro. Nada malo ha de pasarme. Escucho su voz, son palabras dulces en mi oído, entonces me despierto.

Viene y, sin hacer ruido, se sienta a mi lado. Coge el último libro que me lee incansable un ratito cada día. Pero hoy prefiero una película. Quiero ver imágenes, gente que se mueve y que habla, que hace todo eso que a mí se me ha negado. Se levanta y se acerca a la torre de los DVD que tiene perfectamente ordenados con una etiqueta adhesiva que identifica a cada una. Señala “Eva al desnudo” cuya protagonista es Bette Davis, una de mis actrices favoritas. Asiento con la mirada y esbozo una desvalida sonrisa. Es en blanco y negro, lo sé, no importa, al fin y al cabo mi existencia se identifica con esas dos tonalidades.

Se recuesta a mi lado en la cama y me abraza. Juntos disfrutamos de ese momento de necesitada intimidad. Yo gozo entonces de los pocos sentidos que aún puedo percibir. Cierro los ojos y siento la presión de sus dedos, el calor de sus fuertes brazos, su respiración serena, aspiro el intenso olor de su cuerpo que me extasía. Yo no correspondo. Lástima. Dolor. Lamento. Quisiera acariciar su cara y no puedo. Mis manos deformes no responden. Permanece inmóvil todo el rato para no molestarme.

Hay momentos en me quedo dormida, la película continúa sin mí, igual que la vida de los otros, la de todos, los que amé, aquellos que conocí, esos con los que me cruzaba por la calle, mis amigos, los compañeros de trabajo. Hace tanto que no trabajo que ya no puedo acordarme. Los dolores se hicieron cada vez más insoportables. Las piernas dejaron de sostenerme y las manos ya no me respondían. Cuando todavía podía valerme sin ayuda, compré por internet un producto con el que, sin dolor, podría acabar de una vez con esta existencia inútil. Entonces tuve miedo. Todavía me quedaba la esperanza de que, en cualquier momento, un descubrimiento hiciera posible volver a ser como antes.

He perdido la visión en un ojo, y el otro comienza a fallarme. Sin embargo mi cabeza está muy lúcida. No para un solo segundo, es como una centrifugadora que, incansable, da vueltas y vueltas. Tengo pensamientos que me gustaría dejar por escrito, concibo multitud de ideas que desearía pintar, y me penetran con violencia los recuerdos del pasado. Añoro a mis seres queridos que se fueron antes que yo. Es la actividad que principalmente ocupa mis tiempos vacios. Las jornadas se hacen muy largas.

Nada hay en la habitación que recuerde mi vida pasada. He olvidado cómo era yo hace unos años, se me ha desdibujado mi rostro ahora tan maltratado, tan deforme. Las fotos de antes han desaparecido para que no pueda verlas. Quiere evitarme más sufrimiento. Sí están mis cuadros en las paredes, los cuadros que con tanta afición pinté. Me viene al recuerdo las circunstancias en que los hice, las razones por las que elegí ese motivo. Verlos me produce una sensación placentera que aporta quietud a mi espíritu.

He perdido la cuenta de los días, los meses, los años que llevo inmóvil en esta cama, que no salgo a la calle, que no voy a una peluquería, que no me compro ropa nueva, que no paseo a la luz del sol, que no viajo. ¡Fue hace ya tanto tiempo…! Éramos jóvenes. Nos centramos en nuestra profesión. Acordamos que los hijos vendrían después. Pero todo se precipitó. Ya no hubo vuelta atrás. No lo provoqué. Me llegó sin saber cómo. No hice nada para que ocurriera así. Ignoro si lo he merecido.

La salud es un bien inapreciable que por desgracia se valora realmente cuando se pierde. No se deben dejar para más tarde aquellas cosas que realmente se desean, hay que hacerlas en ese mismo momento, a lo peor, luego ya no es posible. La vida es imprevisible y muchas veces cruel. Nadie está preparado. Yo no lo estaba y después de todos los años que han pasado, aún la medicina no tiene soluciones. Desconoces cuando va a llegar y si tú eres el próximo  objetivo. Te preguntas porqué tú, qué has hecho para que te ocurra a ti. No puedes evitarlo. Teníamos una vida tranquila, sencilla, ciertamente feliz, y planes, muchos planes. Habíamos concebido multitud de proyectos para el futuro.

Me he dormido, los medicamentos me inducen un sopor que yo agradezco, así, esta inacción se hace más llevadera. La película se ha terminado y, como siempre, no he visto el final. No importa, en realidad ya nada importa. El día se despide con ritmo calmoso, como si le diera pereza desaparecer. Por la ventana entra un reflejo gris apagado que señala el límite que separa el día de la noche. Y como siempre, ahí está, me mira y sonríe, permanece un buen rato sobre la cama, a mi lado. No se mueve para no molestarme, espera una señal, una muestra que indique que he despertado. Entonces me da un beso largo, profundo, apasionado, se deleita como en un amoroso coito, los dos sentimos una agitación complaciente que nos remueve. Y Lloro, lloro cuando  no me mira, cuando ha salido de la habitación.

Luego va a la cocina a preparar su cena, ya no la mía. Los músculos se han atrofiado lo que me incapacita para tragar, ahora me alimento a través de una sonda. Me incorpora con ayuda del arnés, acerca una silla y escoge un libro, el mismo que dejó pendiente ayer. Me pregunta si quiero que me lea ese, uno de Sthendal, “La cartuja de Parma” que no hemos terminado, una novela de amores y aventuras. Yo la leí hace años cuando todavía podía hacer las cosas sin ayuda, me devuelve a lo que era yo entonces, es como mirar una fotografía antigua.

Siento este agotamiento como una prisión de la que me es imposible liberarme. Mi cuerpo es una pesada losa y no sé porqué sigo aquí, aguantando. Ya no hay carne, ya no quedan músculos, funciono a través de tubos. Es muy fácil: sólo con desconectarlos, esta espera se acabaría. Ya casi no veo nada, apenas puedo hablar, el oído sin embargo es el único órgano que parece no abandonarme, y el olfato también. Bueno, y mi cabeza que gira y gira sin descanso, aunque me confunde, a veces no distingo si se trata de sueños, pensamientos o recuerdos.

Deseo terminar con todo esto. Mi situación ya se hace insoportable. La morfina no calma estos inmensos dolores. Casi no puedo articular las palabras. Permanezco en esta modorra la mayor parte del día. La medicina no tiene remedios que mejoren mi estado. Tampoco las leyes facilitan que alguien acabe con mi vida siguiendo mis deseos, porque yo no puedo hacerlo. ¡Mi vida!, Qué risa. Qué broma macabra es esta, como si yo tuviera vida. Creo que hace mucho de eso, yo era muy joven. Vivo, sí, bueno tengo signos vitales.

He pedido que me dé el veneno que en su día compré, si nadie lo ha tirado, estará en el mismo lugar donde lo guardé en su momento. Entonces, a pesar del fatal pronóstico de los médicos, todavía cabía una ligera esperanza. Hoy ya nada me obliga a esperar ese milagro que no se producirá. La investigación requiere tiempo, pero sobre todo mucho dinero que los responsables no están dispuestos a dedicarlo a paliar, si quiera, el dolor de tantas personas, cuanto menos la curación de enfermedades nuevas o que eran desconocidas hasta ahora.

Quiero morir. Es perentorio. Morir será una liberación para todos. Espero irme pronto y no regresar nunca. Poco le debo a la vida. Quiero irme ya lo antes posible. No aguanto más. Quiero dormir el sueño eterno y no despertarme jamás. Por favor, lo antes posible. Lo antes posible.

María José Carrasco

IN MEMORIAM

Publicado la semana 73. 20/05/2019
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Amy Winehouse , Derecho a una muerte digna , Siempre que no se olvide , Eutanasia
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