Semana
07
Marisa Herga

No hay que fiarse de las apariencias

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Relato
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A pesar del frío y de la lluvia que cayó la noche anterior, la mañana prometía un día soleado que invitaba a salir de casa. Había que andarse con cuidado pues caminar sobre el suelo mojado por la tupida alfombra de hojas amarillentas desprendidas de los árboles, se hacía peligroso y, aunque había perdido agilidad, eso no le arredró.

-Señor, disculpe. Señor-,  hizo una pausa observando de nuevo al hombre sentando en el frío banco de hierro, -tome su periódico, se le ha caído-.

Sacudió al anciano no sin cierta prevención, temiendo que hubiera muerto, pues no se movía. Por fin en la última sacudida, el anciano carraspeó y abrió los ojos con el susto en el cuerpo; ante sí tenía el rostro de un joven desconocido que le tendía el diario. Todavía aturdido por el súbito despertar, tardó en reaccionar, no alcanzaba a entender qué había pasado.

Al fin reaccionó:-Creo que me dormí; como todos los viejos tengo gran facilidad para quedarme dormido en cualquier parte. Gracias muchacho y perdona si te asusté. ¿Puedo saber tu nombre?-. Y alargando la mano, se presentó: -Yo soy Pablo Neda.

Al instante comenzó a congregarse un grupo de viandantes con la curiosidad propia de los ociosos que sin miramientos hacían morbosos comentarios,  mientras, el joven insistía muy preocupado:

 -¿Se encuentra bien? Le acompaño hasta su casa, si a usted le parece- persistía el joven africano y a fuerza de insistir, el anciano aceptó la propuesta del desconocido muchacho, que le ayudó a incorporarse, lentamente, todavía confundido y con paso vacilante, y en un momento se había disipado por completo el núcleo de espectadores no convidados: ya no había nada que mirar.

Fue entonces cuando don Pablo, reparó detenidamente en aquel joven samaritano, observó que no tendría más de veinte años, a su espalda portaba una abultada mochila estampada en tela de camuflaje,  botas de estilo militar y unos pantalones deshilachados y llenos de agujeros. No le ofreció confianza el aspecto del muchacho, sus labios, nariz  y orejas estaban perforadas y exhibían aretes de metal, el cuello y las manos tenía dibujados con infinidad de tatuajes en distintos colores, el cabello desordenado con trenzas deshechas le caían sobre la frente, definitivamente, no le gustaba nada. Sintió recelo, podría ser un mangante que quisiera aprovecharse de un viejo indefenso, y hasta le dio un poco de vergüenza si algún conocido les viera juntos caminar por la calle. Ese  muchacho que se ofreció a ayudarle, era reconocido por su nombre africano Akin, que significa chico valiente, al parecer era bastante apreciado por su habilidad para pintar graffitis, que a cambio de una módica gratificación, se ofrecía a realizar en paredes, puertas de garajes y fachadas de los bares. Había llegado a España después de un largo y accidentado viaje desde su Senegal natal, atravesando países y cruzando el desierto del Sahara. Fue apresado y torturado, pasó hambre y privaciones pero su ansia de libertad y su deseo de conquistar un futuro, que sería imposible en su país, le hacía no desistir del empeño. Al final, llegó desmoralizado y exhausto en una destartalada y humilde patera hasta las costas de Cádiz. Fue detenido y recluido en un centro de acogida para inmigrantes y al cumplir los dieciocho años, junto con otros chicos, fue destinado a un piso tutelado por la Administración. Su afición al dibujo le llevó a matricularse en el Instituto y se inscribió en un Ciclo Formativo de Arte que era su mayor afición. En la mochila guardaba los botes de pintura que utilizaba y una gruesa libreta en la que esbozaba cualquier idea que se le ocurriera.

A pesar de su longevidad, el profesor aún conservaba un cierto atractivo muy varonil, educado y amable en el trato, iba siempre bien aseado pero su gabardina arrugada y los zapatos gastados por el tiempo o por el uso delataban un cierto descuido en su indumentaria. Una asistenta venía un par de veces por semana para limpiar la casa y preparar un poco de comida.

Durante muchos años impartió clases de Historia en el antiguo Instituto a varias generaciones de estudiantes que sentían un sincero aprecio por el viejo profesor. En la calle se acercaban para saludarle, evocando con nostalgia los recuerdos de una adolescencia pretérita. Sus alumnos recordaban las lecciones magistrales, la pasión que imprimía en transmitir sus enseñanzas y el afán por contagiarles esa misma pasión a los muchachos que formaba y en su determinación porque todos adquirieran los conocimientos necesarios para que, el día de mañana, fueran hombre cultivados. Todavía fijada en la memoria de sus antiguos alumnos, hoy hombres ya, quedaban aquellas fechas históricas como el 16 de julio de 1212 en la que el rey Alfonso VIII de Castilla obtuvo la victoria contra los almohades en la batalla de las Navas de Tolosa, punto culminante de la Reconquista, que supuso la decadencia de la presencia musulmana en la Península Ibérica y aquellas luchas que enfrentaron a Roma contra Cartago, dos potencias del Mediterráneo en su época, que duró unos cien años, conocidas como las tres Guerras Púnicas. Los acontecimientos históricos y personajes como Aníbal, Asdrúbal, Alejandro Magno, los emperadores romanos, la Casa de Austria y Borbón, y tantos y tantos otros, eran desmenuzados en vehementes debates que hacían las clases amenas y dinámicas. Don Pablo tenía experiencia en la Guerra Civil española de 1936, por haberla sufrido en primera persona, estuvo en el frente de batalla y fue encarcelado y, aunque el programa educativo no lo contemplaba, solía dedicar algún tiempo a explicar los motivos y las nefastas consecuencias de ese conflicto que enfrentó a hermanos y vecinos.

Desde que se quedó viudo, cada día acudía a su ineludible cita con la tertulia de colegas en el Gran Café; allí desayunaba una sabrosa taza de chocolate caliente con churros, un capricho que ahora podía concederse pues su esposa Elena ya no estaba para prohibirle. Pasaban parte de la mañana en encendidas polémicas sobre la actualidad política, los problemas sociales que se suscitaban a diario, y muchos temas filosóficos que alguno de los contertulios planteaba, también discutían con arrebatado ardor de cosas tan importantes y absolutamente necesarias como la vida, la muerte, las guerras que arrasaban el mundo, el último partido de futbol y el fichaje mejor pagado, a veces los debates alcanzaban un tono tan inflamado, que podían terminar de forma apresurada con un golpe fulminante sobre la mesa y el abandono del tertuliano más encolerizado.

Luego, con su caminar pausado, el viejo profesor da su paseo de media hora, un esfuerzo que le dejaba tan fatigado que se obligaba a buscar refugio en un banco junto a la romántica fuente de los tritones, el mismo donde, tiempo atrás, se sentaba en compañía de su mujer; allí, en una reiterada maniobra que repite a diario, desdobla su blanco pañuelo sobre el helado asiento de hierro y se coloca en la esquina, aquella que el sol tarda más en abandonar, se ajusta las gafas, extrae del bolsillo de su americana el periódico del día y lo despliega con gran parsimonia, como si no concediera la importancia debida al tiempo. La tarde la dedicaba entera a leer y ver películas antiguas, siguiendo la costumbre que adquirió mientras vivía su esposa.

A media mañana, el parque se va llenando de vida: los pajarillos acuden a beber a la fuente y compiten con la algarabía infantil que juegan en la arena, observados de cerca por sus madres, éstas enjuagan con mimos y dulces palabras las lágrimas de los más pequeños cuando, al correr, tropiezan y caen al suelo.

Los jubilados pasean aprovechando los tímidos rayos de sol del invierno, caminan en pequeños grupos, a veces se paran agitando los brazos y arrugando la frente señalan algún edificio en construcción, charlan entre sí o con otros grupos que, como ellos, disponen de todo el tiempo del mundo para perderlo en lo que se les antoje. Los enamorados pasean despacito por los jardines, se miran a los ojos sin detenerse, alegres y con risas, cogidos de la mano, ajenos al mundo real.

El joven pintor se había convertido en su sombra, todas las mañanas se acercaba hasta la fuente de los tritones para encontrarse con el viejo profesor, se interesaba por su salud, se relataban sus vidas, y poco a poco se revelaron como dos inseparables amigos. Los domingos comían juntos, don Pablo preparaba su especialidad, huevos fritos con jamón, luego se sumergían en charlas interminables sobre arte e historia, el estudiante disfrutaba de las enseñanzas del viejo profesor y de la espléndida biblioteca que junto a su mujer había ido ampliando a lo largo de muchos años de afición a los libros, la consideraba su máximo tesoro. El muchacho africano le gratificaba hablándole de su país, que a Don Pablo le parecía tan lejano y misterioso. Le enseñó su cultura y costumbres, la música que tocaban en las ceremonias y en las fiestas en su poblado. Tal era la simpatía que llegó a unirles, que más parecían padre e hijo o abuelo y nieto. Ambos gozaban los momentos que pasaban juntos y a veces perdían la noción del tiempo.

Esa mañana hacía tantísimo frío que el parque estaba desierto y una espesa niebla impedía ver más allá de dos pasos. Siguiendo su costumbre, después de sus clases del Instituto, Akin se acercó hasta el banco para encontrarse con su amigo, pero no estaba. Supuso que el mal tiempo le obligó a quedarse en casa. Corrió hasta allí y una vecina, ante su insistencia, le informó que muy temprano el 112 se lo había llevado en la ambulancia. Salió a la carrera, jadeante llegó hasta el Hospital, preguntó, pero como no era familiar, no le daban información, ante su obstinación de no marcharse de allí hasta que le viera, una enfermera le dio la única noticia que no quería escuchar: el viejo profesor había fallecido de un ataque al corazón, fue él mismo quien avisó a urgencias, pero nada se pudo hacer, y al no tener parientes, le habían incinerado.

Quedó destrozado, se había ido sin despedirse. Habían quedado tantas cosas que decirse, tanto que tenía que enseñarle todavía; compungido, con el amargo sentimiento de la pérdida de su querido amigo, caminó hacia su casa. Al llegar, le entregaron una carta a su nombre, que Akin, sobreponiéndose como pudo, leyó lacrimoso:

-Querido muchacho, en breve voy a reunirme con Elena que me espera impaciente desde hace tiempo. Hubiera deseado conocerte mucho antes y así haberte disfrutado más, pero el destino dispone a su antojo. Te adjunto los documentos de tu adopción, a partir de este momento eres mi hijo a todos los efecto, lo decidí cuando empecé a conocer tu alma generosa. Debí decírtelo, perdóname. Tuyo es todo lo mío, puedes disponer de ello como te plazca, sólo un deseo te pido, que la biblioteca no se disperse. Me considero muy afortunado por haberte encontrado aquel día, bueno más bien fuiste tú quien me encontró. Has hecho muy feliz a este viejo. Gracias, hijo mío.

Pablo

 

 

Publicado la semana 7. 14/02/2018
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