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Alba Plata

EL HOMBRE DE LA BICICLETA

Nadie recuerda cuando llegó aquí, pero cierto es que vino solo. No se conocía su nombre, no se supo muy bien cuál era su origen ni los detalles de la historia de su vida, y, sin proponérselo, por su clase y humildad, conquistó esta ciudad y a sus habitantes a los que respetaba y por los que era respetado.

Sin saber cómo fue, apareció un día por las calles de la población; se le podía ver descansando de sus largas caminatas en los soportales de la Casa de la Chicuela, ya fuera invierno o verano, no importaba, siempre vestido con el mismo raido abrigo, lustrado por la cochambre, en su cara hinchada destacaba una canosa y descuidada barba que lucía con orgullo y, cubría su cabeza con un gorrito de aguas que algún alma caritativa, generosamente, le habría proporcionado.

Al poco de llegar, sobre el hombre silencioso se propagó una leyenda que fue adoptada como verídica y, pronto, aumentada y corregida por la exagerada imaginación de la población. Dicen que trabajó como médico en Cataluña allá por los años sesenta adónde llegó desde su tierra natal, y fue una fatal equivocación, al intervenir en el quirófano a una joven paciente, (se rumoreó se trataba de su propia hija), que le condujo sin remisión a una locura que le arrastró a la bebida y a la mendicidad.

La verdad seguramente era otra, más prosaica, más vulgar, si cabe, que aquella que todos aceptaron como auténtica, porque resultaba ser más novelesca y satisfacía más a la imaginación popular. Y así el vecindario fue añadiendo rocambolescos episodios a su historia, ya fueran verdaderos o ficticios, pues eso era lo de menos.

Un día apareció con una herrumbrosa bicicleta, tan maltrecha que a duras penas rodaba. Ese día debió ser de los más felices que pudiera recordar de su enigmático pasado, si todavía en su dañada mente cabían la memoria y la evocación. Resultaba ser su bien más preciado, pues no tenía otra posesión que ese vehículo de dos ruedas, y así la cuidaba con esmero; día a día la  fue recomponiendo con piezas que recogía de aquí y de allá, con las que encontraba en la basura y aquellas otras que le donaban en los talleres mecánicos.

Audaz y decidido, a veces era él quien escoltaba a la bicicleta en su deambular incansable, haciéndose acompañar por ella como si de una fiel amiga y compañera se tratara,  en otras ocasiones era la bicicleta la que le transportaba de un lado a otro por las calles de la ciudad, siempre con escrupuloso respeto a las normas que la circulación exige.

Su hogar era la calle, su lugar soñado, un lugar abierto y sin barreras, que no constreñía su deambular incansable. No pedía limosna, pues llevaba su pobreza con la  dignidad de un hombre noble. Tenía querencia por la antigua estación de autobuses a cuyo amparo acudía a refugiarse, y cuando en ese antiguo solar se construyó el Edificio Europa, se le solía ver circulando por la carretera de Salamanca. En las primeras horas de las mañanas, regresaba nuevamente a la ciudad, impregnando los jardines que rodean el Zigurat del olor de su cuerpo.

Cabía preguntarse qué recuerdos llenarían la nebulosa de su entendimiento, cuáles serían los pensamientos que poblaran sus noches de desamparada soledad. Nunca salió del vagabundo de la bicicleta un improperio, un feo gesto que fuera contestado con malas maneras, habitaba en el silencio, en un mutismo que le confería un halo de secreto enigma.

Sin pretenderlo, el vagabundo de la bicicleta se convirtió en un personaje singular, reconocible por todos, y tan popular, que dos sobresalientes artistas locales le inmortalizaron en sus obras.

Tenía un vínculo muy especial con la calle Gil Cordero, la recorría una y otra vez a lo largo de la jornada; se le podía ver cada día, caminando o montado  en su bicicleta, con ese aire ausente de quien mira sin ver. Bajaba hasta la fuente que hay al comienzo de Cánovas, al lado del puesto de flores de Juanvic; como un hombre de invisible sombra, esperaba a que la fuente estuviera libre para no molestar, bebía un leve sorbo de agua que a duras penas le llegaría a refrescar el gaznate, y volvía a hacer su circuito a la misma calle, y como un atleta que cronometrara el tiempo que tardaba en recorrer esos metros, aparecía de nuevo a los veinte minutos.

 Circulaba de arriba abajo de la calle en espera de que llegara la hora en que Paqui y su marido Eloy los dueños del Bar Lydo, que ellos bautizaron con este nombre de relumbrón con aire parisino, le proporcionaran un café calentito por las mañanas y el correspondiente bocadillo para la noche. Tampoco le faltó nunca la cena de Nochebuena que le servían en un recipiente, luego él mismo lo devolvía al día siguiente.

Cuantas veces se dejaba descansar apoyado en su adorada bicicleta junto al Bar Salamanca, siempre le caía un café o un sabroso pinchito elaborado en los fogones que llevaban las expertas manos de la mujer del dueño, el cordial y campechano Santi.

Al mediodía, llegada la hora del almuerzo, el hombre de la bicicleta esperaba sentado a las puertas del Bar Severo, en la antigua calle de la pulmonía, nombre adoptado por los vecinos por ser un lugar insufrible, como un túnel por donde se colaba el aire y siempre hacía un frío del demonio en el que no era difícil cogerse un pasmo; allí apostado, esperaba a que Severo y su hermano le sacaran a la calle un buen plato caliente de comida casera del mismo menú que ofrecían a sus parroquianos. Unos días era cocido, otros era  arroz, otros potaje, o lentejas o patatas con carne o pollo, y se notaba que estaba bien nutrido, su aspecto externo así lo manifestaba y lo acreditaba la fortaleza que mostraba para darle incansable a los pedales de manera continua.

Afincado definitivamente en la ciudad, el hombre de la bicicleta, como se le conocía hasta que alguien descubrió que su nombre era Leopoldo, pasó a pertenecer por derecho propio a esa variopinta iconografía de personajes populares que aquí vivieron tiempo atrás, formando para siempre parte del patrimonio del recuerdo de un tiempo pretérito, tales como El Nano, persona entrañable y muy querida, sobre todo entre los niños. Siempre obsesionado con las procesiones, llevaba a hombros su cajita de cartón adornada de estampitas de vírgenes y santos como si del paso de una imagen religiosa se tratara, en un recorrido interminable por las calles de todos los barrios, acompañándose con la música típica de la Semana Santa, que él reproducía imitando los sonidos de tambores y trompeta.

O Zacarías “el maleta”, llamado así porque hacía los portes de las maletas de los viajeros desde la estación, un hombre menudo, limitado de intelecto y borrachín, que asustaba a las muchachas a las que ahuyentaba provocando en éstas risas nerviosas y un tremendo griterío. Deseando terminar sus días, se lanzó sobre un autobús, que le atropelló mortalmente.

Chacón Bamba, que también ejercía de “maleta”, aunque tenía una deficiencia en un brazo que le hacía mantener un movimiento incontrolado. Sus últimos días los pasó dedicado a hacer recados para los clientes de la Cafetería Acuario.

Eusebio “El batería” que habitaba una casa que sus padres tuvieron como posada, en el Barrio Busquet, una de las típicas calles de lo que fue la ciudad a principios del siglo XX. Vivía solo desde que sus padres fallecieron, y recogía todo cuanto encontraba, llegando al extremo que los servicios municipales tuvieron que limpiar la casa de basura varias veces avisados por los vecinos. Sufría lo que se llama el Síndrome de Diógenes. Dos cosas le gustaban sobre todas, el cine y tocar la batería, y aunque no era un virtuoso, le contrataban los estudiantes y en las fiestas populares por mil pesetas de la época y un bocadillo. No pasaba desapercibido, todo el mundo le reconocía y él, muy dado a la conversación, no escatimaba pararse y mantener unas parrafadas con los vecinos. Era joven todavía, había cumplido 70 años cuando falleció repentinamente de un infarto.

Pasado el tiempo, poco a poco se fue imponiendo lo que podría ser la auténtica realidad del hombre de la bicicleta. Dicen que procedía de aquella Barcelona adónde le llevó la emigración desde su Mérida natal, lugar en que nació en 1937. Allí ejercía de fotógrafo, se casó y tuvo dos hijas, quedando arruinado por su afición a las carreras de galgos. Después vino el divorcio, la soledad, el desarraigo y la locura. Recién llegado de Barcelona, recaló en la Casa de la Misericordia de Alcuéscar, y siendo como era, no se adaptó a vivir encerrado entre cuatro paredes acatando una disciplina impuesta. Su alma libre, aún envuelta en su demencia, se negaba a obedecer.

Y así, salía y entraba en la institución de manera intermitente. Leopoldo volvía a las calles por temporadas y luego se ausentaba durante un tiempo, para volver a aparecer. Esto ocurrió durante varios años, hasta que unas catequistas, quizá movidas por un considerado amor al prójimo,  le internaron en el Psiquiátrico de Mérida, donde permaneció ingresado en las dignas condiciones que todo ser humano merece, hasta el día de su muerte como consecuencia de una gripe. No se localizó familiar alguno, y nadie acudió a velar su cadáver en el tanatorio. 

Publicado la semana 61. 25/02/2019
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La bicicleta Carlos Vives y Sakira , Una historia real , En silencio total , Recuerdos
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