07
Alba Plata

LA SUERTE

 

Mi madre murió poco después de mi nacimiento y quizá por esta razón, fui una criatura mimada y consentida en el más mínimo capricho desde el momento en que nací. Todo fueron felicitaciones. El médico me describió como una preciosa criatura y vaticinó que prometía convertirme en un ejemplar hermoso, valiente y de casta. No sé de donde pudo sacar esa conclusión, yo no me acuerdo muy bien, pero a mí se me ocurría que más parecía un repelente ovillo de brillante pelo negro, en el que destacaban dos relucientes ojillos saltones.

Enseguida descubrí que existía un mundo más allá de la casa, el cual se perdía muy lejos, en el horizonte. Me fascinaba ese mundo inmenso, casi interminable, de un intenso color verde que en primavera se salpicaba de pequeñas florecillas blancas y amarillas, donde crecían bellos lirios azulados, poblado de hileras de frondosos árboles, bajo cuya sombra me cobijaba los días del extremado calor del verano. Me embriagaba el intenso aroma de la jara, del tomillo y el romero, y el olor de la tierra después de la lluvia. Era excitante observar el insinuante baile de las mariposas, las bandadas de pájaros volando por encima de mi cabeza, y, los topillos y conejos correr  a ocultarse en las madrigueras, a los cuales yo perseguía con insistencia. Y jugar con mi amigo, retozar sin miedo alguno al peligro y las reprimendas de los mayores: ellos, dedicados a atender sus ocupaciones, nos ignoraban, porque siendo pequeños, no éramos importantes en ese momento.

 Mi mejor amigo era un bondadoso niño que habitaba  la casona grande, con el  que compartía juegos e infancia. Me llevaba hasta la charca, y yo le seguía feliz como un manso cordero, con un trotecillo alegre que él animaba con regocijo. Comía de su mano, luego, cuando crecimos, llegábamos a la ribera del río, él a caballo, yo caminando, “¡Vamos, torbellino mío!”, me  azuzaba, y yo me lanzaba desenfrenado a la carrera, que él siempre ganaba, hasta alcanzar la corriente del agua que refrescaba nuestro lozano ajetreo.

Una mañana de domingo, mi amigo vino a despedirse: habían peinado  su melena rebelde con una raya al lado que cambiaba por completo su fisonomía de muchacho salvaje criado al sol y al aire libre. Le habían vestido con un traje de chico mayor de chaqueta y pantalones largos, y con unos bruñidos zapatos de cordones; olía a un perfume de hombre, demasiado empalagoso para mi gusto. Nunca antes le había visto tan elegante, casi no le reconocí, todo ello le daba el aire de un rico señorito.

-Ventolero, me voy. -Me dijo emocionado, acariciándome la cabeza con mimo. -Cuídate mucho amigo mío, y conserva esto como hoy lo dejo.

Un coche vino a recogerle y desapareció por el camino que llevaba a la cancela, ésa que tantas veces nos advirtieron que no podíamos traspasar. Me quedé allí, quieto como un pasmarote, indeciso, embobado, viendo que el automóvil que me robaba a mi amigo, se alejaba escupiendo una estela de humo negro como un nubarrón que amenaza tormenta.

Desesperanzado, le esperé muchos días sin resultado. Veía entrar y salir camiones, en un incesante ir y venir de rugidos de motores que me alarmaban. Yo me acercaba hasta la valla que protegía el camino, pero no aparecía. De noche, tumbado  en mi lecho de paja, observaba el centelleo refulgente de  las estrellas en el cielo, igual que hacíamos juntos cuando, con sigilo y a escondidas de todos, conseguía escaparse de la casona. Se me iban las horas en una ensoñación quimérica, aguardando el regreso de mi amigo. ¿Sabe que estoy pensando en él? ¿Acaso me recuerda? Tenía el convencimiento de que, tarde o temprano, vendría a buscarme.

Una de esas noches estrelladas de verano, aprovechando la luz de una gran luna bruñida de plata, un valiente muchacho de bronce saltó la talanquera. Ignorando sus intenciones, me incorporé asustado; el muchacho me miraba con unos ojos limpios de hombre bueno, me citó con autoridad, y, antes de que yo pudiera huir, ondeó un trapo y me fui directo hacía él en un impulso que no pude refrenar. Se nos agotó la noche en una interminable danza prodigiosa, una fantasía de movimientos coordinados que me entusiasmaba, y deseé que aquella noche no se terminara nunca. Pero amaneció, y los hombres montados a caballo le detuvieron y se lo llevaron.

Volvieron de nuevo los camiones a circular por el camino, unos llegaban, otros se iban cargados, llevándose a mis parientes que, sin alcanzar a entender qué pasaba, gruñían y se quejaban. Oí que los hombres de la casa hablaban sobre mí como si yo no estuviera presente.

“Es bonito el bicho, se le ve la casta y el trapío. Hay que probarlo en el tentadero”, entonces el que llevaba el caballo más hermoso, una yegua de lindas hechuras, que portaba la garrocha grande y que siempre me había tratado bien, el mayoral le llamaban, me separó de mi familia, me reunió con un grupo de desconocidos y nos condujeron hasta un nuevo recinto.

Todas las mañanas, los hombres a caballo nos dirigían en grupo a campo abierto, adonde, cada uno de nosotros, daba rienda suelta a sus instintos. Algunos corrían y se llegaban a la charca donde jugaban con el chapoteo del agua, los más se  peleaban y medían sus fuerzas tratando de coronarse  líder, yo soñaba con que la luna grande me trajera al muchacho de piel de bronce que me enseñó a gozar con aquella insólita coreografía, sin embargo el muchacho no volvió.

Pero un día me condujeron hasta el cercado redondo de arena amarilla, que protegía una valla muy alta del color de la sangre, y me dejaron en el centro, solo y asustado, sin comprender muy bien qué hacía allí. Comencé a dar vueltas en círculos. A resguardo del vallado, unos hombres a los que nunca antes había visto, hablaban entre ellos:

“Desde luego es un bicho muy guapo. Habrá que pulirlo, se puede sacar mucho provecho de él. Tiene casta y nobleza el pequeñajo. Hay que ver cómo entra al engaño”.

Por su forma de mirarme, intuí que yo era el centro de su interés, lo que elevó mi autoestima, entonces asumí que no dejarían que me pasara nada malo porque era importante para ellos.

Hacía demasiado calor. El disco solar brillaba en el cielo con toda su rotundidad, sus rayos se dejaban caer inclementes sobre la arena amarilla, me deslumbraba; me quedé clavado, no podía moverme, y no vi venir  al muchacho de bronce, al que después reconocí, que me citaba ondeando un bonito capote de colores llamativos.

-Rafael, no lo dañes, tienes que devolverlo sin un rasguño, -sonó contundente la orden del dueño de la casa grande.

Entonces el muchacho comienza a ejecutar la danza, esa que me enseñó una noche bajo la luna de plata; alza el trapo en volteretas con bellos movimientos, y, marcando el ritmo con armonía, me lleva a paso lento; yo, movido por un impulso irresistible, como siguiendo un acorde musical, esquivo sus piruetas, un pase y luego otro pase, me defiendo. Mis ojos se reflejaron en el fondo de sus ojos, en  un vínculo fraternal. El mundo se detuvo, no había nadie más, solos él y yo.

Como esta tarde, vinieron muchas más. Cuando el señor de la casona consideró que ya estaba suficientemente preparado, me subieron a un vehículo con otros compañeros, y me trasladaron más allá de la cancela. Durante varias horas transitamos por ruidosos caminos desconocidos para mí, hasta que me soltaron en un recinto pequeño. Entonces escuché mi nombre:

¡Ventolero, torbellino mío!

Con el pulso acelerado, levanté la vista hacia el lugar desde donde procedía la voz. El sol me daba de cara, cegándome los ojos, pero distinguí una sombra borrosa, recortada en la penumbra; mi corazón no me engañaba, le hubiera reconocido en cualquier parte. Era él, mi querido amigo, el compañero de juegos de mi infancia que no me olvidó y había vuelto a buscarme.

Esa tarde durante la lidia di todo lo mejor que se pudiera pedir de mí, empeñé todo mi empuje y bravura, exhibí mi estampa y, como si fuera un apuesto dios legendario, me sentí adorado y admirado. Los clarines sonaban, tocaban los tambores,  y las trompetas lanzaban sus acordes acompañando nuestra mágica danza. El graderío vibraba de entusiasmo, aclamaba nuestra faena estallando en aplausos.  No me pincharon con puntillas ni rejones como era usual, mi joven compañero no lo permitió.  Fui indultado y me devolvieron a los corrales con el consentimiento de la concurrencia que hondeaba pañuelos blancos, como si fueran palomas de paz lanzadas al aire.

El maestro, espigado y de tez de bronce que llevaba un primoroso vestido resplandeciente como bujías encendidas, dio varias vueltas al ruedo. Alrededor suyo se agolparon unos chiquillos que le subieron a hombros y le pasearon  ante el griterío de la muchedumbre. El coso de color amarillo quedó tapizado de claveles rojos y el público se rindió en una ovación unánime.

No podía ser más feliz, mi nombre, Ventolero, indultado después de una faena histórica, quedaría escrito con letras de oro para toda la eternidad en los anales de la tauromaquia.  Después del apoteosis, me trasladaron de nuevo a la finca. Todos allí, me recibieron con bravos y vítores y hubo una gran celebración en la que, no podía creerlo, yo era el centro de atención.

Reconozco que tengo suerte. Mi vida desde ese gran día ha sido placentera. He engendrado hijos que han heredado mi raza, y mi estirpe no se extinguirá cuando yo me vaya. Mi gran amigo, el niño de la casa grande, es ahora un gran hombre y lleva las riendas de la finca que antes dirigió su padre. Le ayudo en el recorte del ganado, le acompaño con los perros en las faenas del campo, y como entonces, cuando éramos  pequeños, cada mañana salimos a correr, él a caballo, yo caminando, hasta llegar al río, “¡Vamos, torbellino mío!”, y en la carrera, como antaño, él siempre gana.

Publicado la semana 59. 12/02/2019
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