06
Alba Plata

Epílogo

Con el tiempo el pelo se le volvió blanco, y su rostro se fue estampando de minúsculas arrugas cual pequeño diagrama en el que se descifraban las muchas experiencias de una larga vida. Delicada de movimientos, todo en ella era armonía; su silueta frágil y sus facciones insignificantes, tenían expresión resuelta y una mirada firme e inteligente. Distinguida y con gusto, portaba un anticuado vestuario que ella gustaba de adornar con algún broche de brillante pedrería  y un lucido collar de gruesísimas perlas que, mucho tiempo hacía ya, abandonaron su oriente original, mudando en un deslustrado tono amarillento por efecto del sudor y la colonia.

El paso de los años le restó destreza y, abrumada por la necesidad, se obligó a caminar con la ayuda de un bastón, lo que le fastidiaba tanto como tener una china en el zapato, sin embargo en ella permanecía inmutable el encanto y la elegancia de su singular presencia de siempre.

Su verdadero nombre no importa, eso es lo de menos; allí todos la conocían como la “seño” desde el mismo momento en que, siendo jovencita recién terminada su carrera, recaló en el Instituto de Enseñanza Media de esta ciudad, pequeña y olvidada, tan desconocida que casi nadie sabía situar en el mapa. Aquí llegó años atrás, ilusionada, a estrenar su primer destino, cargada con su plaza de profesora titular de Historia bajo el brazo; un trabajo estable que obtuvo en unas reñidas oposiciones, con el que emanciparse de sus padres y comenzar una nueva vida, que se le ofrecía emocionante.

Su exigua pensión no le permitía dispendios, por eso, en las mañanas y, a salvo de los caprichos climatológicos, la Biblioteca Pública constituía su refugio del calor asfixiante del verano y del frío insolente del invierno. A la salida tomaba un ligero almuerzo que, por unos pocos Euros, servían en la cafetería del cercano hospital. Dicen que amaba la literatura, el arte y el cine, pero la historia, su ocupación y la generación de sus ingresos, era su gran pasión, a falta de hijos y familia a quien atender.

Los jueves era día de fémina, por el precio de una entrada, se podía visionar el estreno del domingo y la reposición de una película antigua; la “seño” se encerraba en el mágico espacio de la gran sala oscura, un lugar silencioso y lleno de misterio. Allí, aislada y amparada por el espacio cerrado, vivía, revivía y gozaba cautivada por historias extraordinarias y maravillosas que la trasladaban a un tiempo pasado de alborozada  juventud, hasta que, bien entrada la noche, con su lento caminar, en compañía de sus propios pensamientos y al compás de los golpes del bastón en el pavimento, regresaba a su silente pisito alquilado, un habitáculo minúsculo donde cobijarse al que nunca consideró un hogar,  sino el lugar adonde volver después del trabajo.

El pisito era tan chico como una caja de zapatos, con una habitación que realizaba las funciones de estar, dormitorio, comedor, una cocinita de muñecas recogida en el extremo y un baño con los elementos imprescindibles para el aseo. Y libros, muchos libros, torres enormes de libros, los libros eran los verdaderos habitantes de la casa, colonizaban todos los espacios; había libros encima del sofá-cama, sobre la mesita, bajo ella, en estantes, en librerías en las paredes, por el suelo, en el baño, tras la puerta, en el armario de la ropa  y en la pequeña alacena de la entrada. Era el único capricho que se había permitido en toda su vida, junto con los viajes a lugares lejanos de antiguas civilizaciones. Ambos lujos los consideraba más una necesidad vital, y en ello se iba la mayor parte de su salario.

Como cada tarde, desde hacía algunos años, discretamente ocupaba el que ya era su lugar en la última mesa al fondo del coqueto café. Nada más llegar,  Manolo el camarero acudía presto a dejar sobre la mesa un vaso de café y unas pastas de mantequilla: “Su café, señorita”, era la única persona a la que consentía semejante familiaridad. Este frugal alimento constituía su merienda-cena, aunque el  barman desconocía ese detalle, y una vez  lo supo, nunca más volvió a cobrarle el servicio.

Con actitud reservada la “seño” extraía una vieja libreta de tapas de cartón de su anticuado bolso de mano, en la que luego esbozaba sus pensamientos y recuerdos con un lápiz, tan desgastado que casi se le escapaba por entre sus octogenarios y delgados dedos. En el reducido y variopinto micro espacio del viejo café, contemplaba el fluir de la vida con sereno estoicismo, un lugar que le resultaba confortable, calentito en invierno y de un agradable frescor en el tórrido verano de estas tierras;  allí permanecía hasta que el crepúsculo obligaba a encender las luces del establecimiento.

Desde su rincón, observaba con una leve sonrisa de entretenimiento, el ir y venir incesante de los camareros,  elegantes y diligentes, que atendían los servicios de la clientela: matrimonios maduros que apuraban su taza de chocolate con churros, grupos de señoras que daban buena cuenta de un plato de tortitas con nata, amigas de siempre o nuevas conocidas, añejos caballeros trasnochados que, cual salvadores de la patria, se afanaban de arreglar el mundo a cada sorbo de coñac, jóvenes parejas que se miraban a los ojos sin hablar, en fin, personas que entre charlas y risas disfrutaban de la holganza vespertina.

Hubo un tiempo en que ella misma también se miró en unos bellos ojos color de aceituna. Al recordar, reavivó la sensación tangible del cálido contacto de unas manos amorosas que tomaban las suyas y la dulzura del roce de unos labios suaves en los propios; una nube de agitada emoción invadió su corazón, llegando a violentarla de preocupación: no andaba muy bien de salud y cualquier turbación podría ser fatal, según le manifestó su médico.

Todo sucedió muchos años atrás, en esa época de la vida en la que se cree posible que ocurrirá cuanto uno desea. Fue breve, fue intenso y fue hermoso y aún sentía un ardiente estremecimiento. El tiempo o su propia memoria habían desdibujado los rasgos exactos de la cara de aquel a quien tanto amó, sin embargo, al rememorarlo, podía percibir todavía tan claro y real el olor de su piel y el aroma a jabón de afeitar y tabaco de su barba.

“Te querré siempre”, le dijo él al despedirse, pese a que se amaban con toda la fuerza de su juventud y esa intensidad de la primera vez. Comprendió que aquello no tenía futuro, nunca se dejaría controlar esa indómita personalidad suya. Era muy joven, el compromiso era una responsabilidad para la que aún no estaba preparada. Necesitaba tiempo, pero a él le faltó paciencia y la inteligencia suficiente para llegar a entenderla, no comprendió que era un espíritu libre e independiente.

La “seño” tenía fama de dura y estricta en sus clases, vamos lo que viene a ser un hueso, como se dice en el argot estudiantil, lo que no era ciertamente real, sino una leyenda propagada entre los malos estudiantes que siempre obtenían un suspenso, el resto de sus alumnos y sus propios compañeros la tenían en gran estima. En una ciudad como ésta en la que todos se conocen, los vecinos la reconocían por la calle, la saludaban con respeto y cariño, muchos de ellos que habían crecido con sus enseñanzas tenían incluso hijos que habían sido alumnos suyos también. Lo que sí era cierto es que se hacía respetar y no  toleraba la impuntualidad y la falta de respeto en sus discípulos, por ello cuando alguno llegaba tarde, no le permitía entrar en el aula, le hacía quedarse fuera de la clase hasta que comenzaba la siguiente, sin embargo era reconocida su competencia profesional y su capacidad; su forma de enseñar era efectiva, de tal manera que no tenia pereza en repetir la lección cuantas veces fuera necesario, además utilizaba diapositivas, cosa novedosa en la época, con ellas ilustraba los lugares donde habían sucedido las batallas, los castillos y catedrales más emblemáticas, los estilos en arquitectura, las obras de arte que realizaron los más importantes artistas de la historia y aquellas que los hombres de la Prehistoria nos legaron. Ese día era una auténtica fiesta, nadie quería perderse la lección, luego se abría un debate sobre el tema de que se tratara en el que participaba toda la clase, también una o dos veces al mes, les hacía una visita guiada por la extraordinaria parte antigua de la ciudad, así conocerían los hechos y las familias que a los largo de los siglos habían conformado su historia. Resultaba sorprendente cómo aquella mujer menuda y tímida lograba captar la atención sobre el valor de sus explicaciones y conseguía que llegara a todos, como algo interesante y vivo, una asignatura tan extensa, complicada y farragosa como la Historia.

La fisonomía de la ciudad cambió de repente: se hizo más fresca, más moderna y cosmopolita. Se abrieron grandes avenidas y se crearon espaciosos barrios que fueron poblándose de  vecinos llegados de otros pueblos, venidos de ciudades distintas y emigrantes de países extranjeros, en una mezcolanza vibrante  de razas, colores y lenguas.

Las tiendas de siempre en las que se  compraba  la ropa y el calzado, los alimentos, el mobiliario doméstico, hasta los tornillos, fueron cerrando siendo sustituidas por grandes superficies impersonales,  en las que uno se servía  en un carro metálico aquello que deseaba y finalmente, la revolución llegó con los bazares chinos, donde podía encontrarse de todo a precios baratos. Estos invadieron los locales que iban quedando vacios  y acabaron por arruinar los pocos establecimientos que resistían la debacle.

Las nuevas tecnologías aparecieron súbitamente como un poderoso ciclón destructor, arrasando sin misericordia el mundo establecido; todas aquellas costumbres que los humanos fuimos aprendiendo a lo largo de los siglos quedaron obsoletas, siendo sustituidas a velocidad de vértigo por otras diferentes, tal vez mejores, pero difíciles de asimilar por las personas de más edad. Sucedió tan rápido que no le dio tiempo de absorber los nuevos conocimientos e incorporar los cambios a su sencilla vida diaria.

Poco a poco los amigos y conocidos fueron desapareciendo. Manolo el camarero que, durante años se ocupó de atender a la “seño”, se jubiló, y un fatídico día el café cerró. El cartel en la puerta no admitía dudas: “CERRADO POR CAMBIO DE NEGOCIO”.

Faltaron también los empleados que atendían la Biblioteca, removidos del sitio o sustituidos por otras personas. Las salas se ocuparon por una turba de muchachos jóvenes, estudiantes en su mayoría, que pasaban el día estudiando, o eso daban a entender, reservándose todos los espacios depositando allí los libros, como si fueran de su propiedad, sin permitir que otros pudieran ocupalos.

La “seño” no volvió por la Biblioteca donde ya nadie la recordaba, dejó de acudir a la cita diaria con su almuerzo en la cafetería del Hospital, y así, sin más, desapareció para siempre de la vida de todos aquellos que ella consideró como sus hijos y a los que, con generosidad, entregó sus conocimientos.

Nadie la recordaba ya, voló como una leve hoja seca de otoño que el viento agita y eleva hasta que desaparece.  

Aquel invierno fue muy crudo, bajaron tanto las temperaturas que hasta cuajó una ligera nevada, algo extraordinario por estas tierras. El camión de bomberos y una ambulancia  acudieron a una llamada urgente de algún vecino sorprendido por el humo que salía bajo la puerta del pisito. En la  pequeña habitación, esparcidos por el suelo, centenares de libros a los que habían arrancado las páginas y un fuerte olor a papel quemado que impedía respirar. En el centro de la sala hallaron un pequeño brasero en el que el fuego había consumido las páginas de un libro. Casi calcinadas, aún podía distinguirse en las tapas de cartón:  ”Madame Bovarí”.

Publicado la semana 58. 04/02/2019
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Harry Belafonte - Try To Remember , El olvido , Sin desfallecer , La brevedad de la vida
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