05
Alba Plata

Los casos del cargador del móvil (III)

 

Con gran sagacidad, Rosa desvió el interés de la conversación hacia lo que asaltaba su curiosidad: el último caso y el desarrollo de las investigaciones sobre el homicidio de esa pobre chica  hallada en la cuneta de la Ronda. Por el momento no contaban con nada nuevo. Estaban como al principio, sin ninguna pista. Nadie había denunciado la desaparición de la joven. Y en esas estaban, persuadidos de que, desde algún lugar, alguien llamaría interesado en la víctima.

-“Presiento que vuestras pesquisas llevan un camino incorrecto. ¿Os lo habéis preguntado? En vuestro caso, yo buscaría una mujer en lugar de un hombre”, dijo muy convencida.

Esta revelación dejó estupefactos a los dos hombres que no acababan de encontrar sentido a este presagio dicho así, sin avisar. No se les había ocurrido, lógicamente buscaban un hombre, pero si Rosa lo decía, había que tenerlo en cuenta.

De momento y dada la lentitud con que avanzaba el caso, quedó en suspenso porque así lo demandaron los de arriba pues, sin previo aviso, decidieron el traslado de las dependencias de la policía a otra ubicación en un populoso barrio de reciente construcción, situado a la afueras de la ciudad. Parece que la mudanza era prioritaria, y como todo lo que ordenaba el mando, no quedaba más que obedecer sin preguntar.

Se trataba de un edificio amplio, muy moderno y de diseño original, con espacio suficiente para los interrogatorios y las detenciones, despachos para recoger las denuncias y puntos de información a los ciudadanos, pero realmente incómodo.

Las ventanas, que recorrían de lado a lado las estancias y los pasillos, habían sido mal diseñadas y no estaban protegidas por persianas, absolutamente necesarias para soportar un clima tan extremo como éste, donde los veranos alcanzan temperaturas considerables y los inviernos suelen ser muy crudos. Los paramentos enteramente de cristales hacían vislumbrar que sería un sitio incómodo para trabajar durante las 24 horas del día, todos los días del año.

Sin duda era necesario, hacía falta un cambio radical. Lo pedía a gritos, el edificio actual de la Comisaria hacía agua por todas partes. Se trataba de un viejo caserón muy bien situado en el centro de la ciudad, eso sí, pero que necesitaba una gran rehabilitación. No había espacio suficiente para moverse. Los interrogatorios se realizaban en una habitación del sótano, sin luz natural ni ventilación, además no estaba insonorizada por ello no podía guardarse el obligado sigilo en la averiguación de los delitos, cualquiera podía escuchar las preguntas y respuestas de los reos. Era el mismo lugar donde se encerraba a los acusados hasta que pasaban a disposición judicial, hacinados en celdas en condiciones poco higiénicas y sin la seguridad necesaria. Por esta razón y como ordenaron los mandos, el traslado se hizo en un día, sin dar la oportunidad de asentarse con el tiempo suficiente para hacerse al nuevo lugar. Apenas la pintura se había secado, las mesas, las sillas, las lámparas, los ordenadores, los teléfonos, todo allí olía a nuevo y recién comprado, pero en el traslado se deshicieron de los archivadores de siempre y el resto del material que el veterano Inspector conservaba desde hacía años. Eran nuevos tiempos y se hacía necesario acostumbrarse a ello. Haciendo  acopio de serenidad, reconoció que Rosa tenía toda la razón cuando le amonestaba por no querer ponerse al día.

En la fiscalía estaban que trinaban, al Comisario Jefe le llovían las críticas desde todas partes porque todavía no se había detenido al agresor. Se hacían eco del malestar de los ciudadanos todos los medios de comunicación y la juventud se recluía en casa por miedo a salir de noche. Y todavía seguían sin visos de resolver el misterio y sin encerrar al asesino bajo siete llaves.

“El delito no descansa”, era una máxima que Gutiérrez solía repetir a menudo, por eso una vez instalados en los recién estrenados locales, los dos detectives se pusieron manos a la obra, aunque en realidad no abandonaron en ningún momento la investigación del crimen de la Ronda que compaginaban con la averiguación de aquellos otros delitos pendientes. Era una asignatura que debían aprobar. Esperaban impaciente que se obrara el milagro y, al fin, que desde algún lugar llegara la tan ansiada llamada preguntando por la víctima.

Una mañana, días antes de Navidad, desde el cuartelillo de la policía de un pueblecito de la sierra, llegó la denuncia de la desaparición de una chica cuyas características físicas coincidían con la pobre joven que esperaba su descanso eterno dentro de un frigorífico. Unos padres angustiados hacia un par de meses que no tenían noticias de su hija, Lara se llamaba, lo que les resultaba extraño porque, según decían, era muy buena chica, responsable y muy cariñosa con su familia, les llamaba una vez a la semana y solía visitarles cada mes.

Después de los sucesos acontecidos anteriormente, los dos detectives estaban muy sensibilizados con este caso, coincidentes además por tratarse de chicas muy jóvenes, trabajadoras y sin ninguna relación con la delincuencia.

La familia informó que había terminado las carreras de Derecho y Gestión y Administración de Empresas y decidida a preparar oposiciones, había llegado a la ciudad a primeros del mes de septiembre. Alquiló una habitación en un piso muy bien situado, compartido con varias personas más. La familia facilitó la dirección de la vivienda pero desconocía la identidad de sus compañeros de piso. Apenas había tenido tiempo de hablar de ello, ya que la comunicación se interrumpió al poco de llegar.

Cuatro personas compartían la misma vivienda, vivían bajo el mismo techo, pero no convivían, cada cual tenía su propia vida y no se ocupaban de la de los otros. Nadie llevaba cuentas con nadie, no se daban explicaciones ni se hacían preguntas.

Uno era un chico natural de Badajoz que trabajaba en un Departamento de la Administración de la Junta desde hacía ya dos años, y, en breve, esperaba participar en un concurso de traslado que le acercara hasta su destino definitivo en su ciudad natal. Una vez se resolviera éste, deseaba casarse cuanto antes con su novia de siempre. En sus costumbres diarias era rutinario, no se le conocía ninguna manía especial. Salía de casa temprano hacia su puesto de trabajo y  solía comer en una pequeña tasca del barrio antiguo, bastante económica, en la que servían una exquisita comida casera. Luego pasaba las tardes libres en la Universidad, donde se matriculó para ampliar estudios. Se relacionaba muy poco, por no decir nada, con los otros habitantes del piso, sus amistades eran gente del trabajo y, prácticamente, a la casa sólo llegaba a dormir.

Otra compañera, una maestra con un puesto de interina en un centro escolar público de un populoso barrio de la capital, llegó al piso cuando empezó el curso y se marcharía  cuando el contrato finalizara, al terminar aquel. Era la más joven de los ocupantes de la vivienda y sus amistades se contaban entre personas de su misma edad, conocidas de su estancia en la ciudad cuando era estudiante de Magisterio.  A excepción de lo que exige la urbanidad y los buenos modales, las relaciones con los habitantes de la casa no iban más allá;  entraba y salía sin dar explicaciones. Muchas veces pernoctaba en la casa de alguna de sus amigas y no iba a dormir.

Una joven morena, muy alta y de fuerte constitución, bastante agraciada físicamente, que pasaba de los treinta años, trabajadora en la empresa textil más conocida de la capital, una industria que aglutinaba la mayor cantidad de trabajadores de la provincia, era otro de los habitantes de la casa. Tenía una jornada de trabajo particular, se iniciaba muy temprano y acababa a media tarde. Disponía por tanto del resto de la tarde libre. Gran aficionada al cine y a la lectura, frecuentaba la biblioteca pública, y era esta afición la que hizo que se acercara a la víctima e iniciaran un vínculo de camaradería. Los conocidos de ambas mujeres ignoraban esta relación de simpatía, que, según pudo descubrirse luego, no era recíproca.

Los padres de Lara, entre llantos y lamentos y con la angustia desgarrándoles el corazón, reconocieron oficialmente el cadáver de su hija e iniciaron el largo y trágico camino de regreso hasta el pueblo, llevando a sepultar su cuerpo inocente.

Inmediatamente se abrió el expediente, iniciándose así la indagación del delito a la vista de las escasas pruebas con las que se contaba. En una primera instancia, investigaron y se prestó declaración a las tres personas que habitaban el piso, desafortunadamente todos ellos acreditaban una buena coartada, y justificaron sus movimientos en el día y la hora de los hechos.

El Inspector Gutiérrez cotejaba las pruebas, comprobaba las coartadas, revisaba fotografías, hacía las oportunas llamadas, interrogaba a los testigos, hablaba con abogados, Jueces  y Fiscales, todo esto podía desarrollarlo en la quietud y el sosiego que le proporcionaba el despacho, siguiendo una metodología, tal vez obsoleta, pero muy práctica  que siempre le habían dado  valiosos resultados. Su salud se había resentido en los últimos tiempos y los años se le echaban encima inclementes, así que liberarse del trabajo en la calle, suponía para él un mayor descanso, y poco a poco fue delegando en el eficiente Sargento Pedraza el duro trabajo de campo.

Taparle la cara con la bolsa indicaba que existía una relación directa con la víctima: ¿Qué opinas Darek?

-Estoy de acuerdo con usted, Jefe. Es una señal inequívoca que la víctima y el asesino tenía relación. Pienso que sí se conocían.

Los detectives solicitaron una fotografía reciente de la víctima y le dieron publicidad en los medios de comunicación, actuando de igual manera que en los casos anteriores. Esperaban que surtiera efectos inmediatos y positivos.

No querían dejar nada al azar y por supuesto, no estaba en su ánimo aplazarlo por más tiempo. Solicitaron una orden judicial a fin de revisar entre sus ropas, sus libros, y sus objetos personales. Pedraza se aplicó con el ordenador que trasladaron a la Comisaría, junto con su teléfono móvil, fotografías y un cuaderno donde hacía anotaciones, que también servía como una especie de diario donde expresaba sus pensamientos y emociones, sus ideas y proyectos para el futuro.

Por su forma de vivir, con su estilo ordenado y lo que dejaba entrever en sus escritos, la imagen que trasmitía era la de una personalidad serena y responsable, cuyo objetivo era situarse en la vida, tener un trabajo estable y desarrollar sus inquietudes. No parecía para nada una chica que se complicara la existencia con malos hábitos o amistades dañinas, que pudieran arrastrarla a un mundo peligroso de vicios y delincuencia. Estaba dedicada exclusivamente a estudiar.

Las pesquisas se centraron en la compañera de piso con la que mejor se relacionaba. De manera exhaustiva se investigó también en su puesto de trabajo, entre sus familiares y amistades. Se indagó en sus costumbres y su forma de vida, y  poco a poco se fue cerrando el cerco en torno a ella.

Descubrieron que no cultivaba amistades masculinas. La revisión de su ordenador personal reveló que estaba suscrita a páginas de contactos femeninos y entre las compañeras de trabajo corría el rumor de que no eran los hombres, precisamente, lo que ella buscaba.  Encontraron también correos electrónicos dirigidos a Lara, correos que no llegó a enviarle, en los cuales le expresaba su interés. Declaraba haberla espiado mientras se desnudaba o estaba en la ducha y fantaseaba con tener relaciones sexuales con ella.

En los últimos tiempos, durante su jornada de trabajo la habían notado muy nerviosa y excitada, faltando a trabajar a menudo, sin embargo no llegó a confiar a nadie aquello que le preocupaba. Al final el médico de la empresa le concedió la baja laboral por ansiedad y depresión.

Con todas estas evidencias, el Inspector Gutiérrez no tuvo contemplación, y, decidido a reventar su coartada, la sometió a un duro interrogatorio de varias horas. Era una mujer dura, de férreo temperamento, con una seguridad en sí misma que la hacía invulnerable a las acusaciones del policía. Debía encontrar el modo de desarmarla, y entre los dos detectives idearon un plan, que si daba resultado, la haría confesar su crimen y cerrarían este episodio tan doloroso de una vez por todas.

Nunca antes maquinaron una idea tan poco convencional y quizás no fuera aprobada por el Comisario Jefe Medina. El Inspector tenía sus dudas, no le parecía muy ético emplear ese método, sin embargo cuando estuvo planeado, Pedraza, quizás  más progresista o más inconsciente por su juventud, lo aceptó sin reservas.

Esta noche durante la cena, los tres comensales debatieron el sistema que pensaban utilizar para que la asesina reconociera su crimen. Rosa, como siempre, hablaba y hablaba y daba algunas buenas ideas que a los policías se le habían pasado por alto, sobre todo en la forma en que debían dirigir el interrogatorio, apelando a los sentimientos más profundos que alguien puede tener por el ser más querido que todos tenemos, aunque se trate del más grande criminal: el amor que se profesa por una madre.

Para desarmarla, si es que albergaba algún afecto por la pobre de Lara, le enseñaron fotografías del cuerpo sucio y embarrado, con el color macilento de la muerte en su piel y la hendidura morada del cuello que le cortó la vida apenas antes de llegar a vivirla. Luego también le mostraron fotos desnuda en el depósito,  desollada como un frágil corderillo sobre la fría mesa de mármol.

Al contemplar aquel horror, la sospechosa lanzó un alarido desgarrador, y se cubrió la cara con las manos. Pedía a gritos que apartaran esas fotos, no quería verlas. Lloraba y se retorcía, pero no confesó.

La puerta del cuarto de interrogatorios se abrió, y una pobre mujer, ya anciana, acongojada, abatida y llorosa que a duras penas conseguía sostenerse en pie, entró y se limitó a decir: “Susa, hija”. No pudo decir nada más.

La mujer cayó al suelo desmayada, y antes de que los sanitarios se hicieran cargo de ella, la joven se arrodillo, llegó hasta la buena mujer, le acarició la cara, vencida y entre sollozos, confesó:

“Mamá, no sé  porqué lo hice... Perdóname. Yo no quería... La amaba, madre, como nunca había amado. No quería perderla, pero ella me rechazaba... Me dijo cosas horribles, cosas que no esperaba de ella. Que me odiaba y que no volviera a hablarle. Que no se me ocurriera acercarme.

Hizo una larga pausa y continuó.

-Salió a caminar como cada tarde y la seguí. Enrollé el cable alrededor de su cuello antes de que se diera cuenta. Allí mismo, en el suelo le bajé el pantalón y le arranqué las bragas para que pensaran que se trataba de una agresión sexual. Me miraba, tenía clavados sus ojos en mí, no dejaba de mirarme. No pude soportarlo, por eso le cubrí la cara con una bolsa de plástico que encontré, luego con el pie la empujé a la cuneta. No me dio tiempo a nada, no pensé en nada. Corrí hasta casa. Cuando me serené me deshice de toda la ropa y del cable del cargador del teléfono móvil”.

Sobrepasados por esta revelación terrible, el veterano Inspector y su compañero Pedraza respiraron aliviados, y, sin hablar, cabizbajos, abandonaron la habitación con la sensación del deber cumplido y dejar cancelada la deuda pendiente con la inocente Lara.

Al fin todos descansarían: Lara porque se le hizo justicia definitivamente, descubriendo y apresando a su asesino, se le aplicó su merecido castigo y pasará toda su vida en prisión; su familia que ahora puede cerrar el cuelo y sabe el lugar donde yace  para llorarla, y las mujeres de la ciudad, que a salvo de la bestia, podrán caminar por cada uno de sus rincones, a cualquier hora del día y de la noche, sin miedo a que un bárbaro las agreda. 

Publicado la semana 57. 28/01/2019
Etiquetas
Los sonidos del silencio-Simon y Garfunkel , La novela negra y el Comisario Maigret , En este país hay que leer más , Las noticias
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
II
Semana
05
Ranking
1 301 0