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Alba Plata

Los casos del cargador del móvil (II)

A pesar de los pocos datos con que contaban se inició la investigación de los tres casos, agrupándolos porque parecían guardar bastantes semejanzas. Los detectives hablaron con los compañeros de las víctimas, sus familiares, amigos, vecinos y cualquier persona que pudiera haber tenido relación con ellas. Se intensificó la vigilancia en la zona de bares, observando cómo se comportaba la clientela, camareros y encargados. Parejas de la secreta controlaban las calles en la noche.

El tiempo transcurría sin ningún resultado y las investigaciones no avanzaban. Parecía extraño que nadie hubiera escuchado ni visto nada, tratándose de un lugar muy frecuentado a esas horas los fines de semana. Todos los hombres implicados en el caso estaban empeñados en detener al asesino y no cejarían hasta conseguirlo, sentían que su deber era proteger a toda costa las vidas de las mujeres que caminaban por la calle. Afligidos y agotados por la impotencia, reconocían que las pesquisas se hallaban en un punto  muerto,  definitivamente se hacía necesario tomar una decisión drástica, seguros de que en algún lugar se hallaba la persona que podía dar información valiosa, la que diera luz a la averiguación de estos delitos en los que tanto se habían implicado.

Fue una genial idea del Sargento Pedraza utilizar los medios de comunicación para hacer públicos algunos matices de los crímenes. Se enviaron notas y fotos de las víctimas a la prensa, a la televisión y a las emisoras de radio locales, también se colgó en la página web de la policía a fin de dar publicidad por  toda la geografía nacional. Con todo ello, esperaban que  la noticia llegara a alguna persona que pudo ver algo, o haría recordar alguna cosa extraña que hiciera sospechar.

Era la primera vez  que se hacía uso de tal dispendio informativo. En realidad nunca había hecho falta, pues ésta era una ciudad pequeña en la que casi nunca pasaba nada, apenas una trifulca la noche de los sábados, un atropello en la vía, algún robo y el trapicheo de estupefacientes Muy poco comparado con la atrocidad que ahora les ocupaba.

En realidad nunca se necesitó, pues desde siempre los rumores se propagaban por el boca a boca inmediatamente. Y tuvieron suerte, la ocurrencia de Pedraza surtió efecto. Una joven llorosa y hecha un manojo de nervios se presentó en las dependencias de la Policía. Reconoció en la televisión la fotografía de Piluca, una compañera de trabajo a quien había echado de menos, pues aunque no trabajaban en el mismo Servicio, solían tomar juntas el café de la mañana y desde hacía tiempo no había vuelto a saber nada de ella. Pensó que se había tomado unos días de vacaciones puesto que se avecinaban las Navidades, razón por la que no preguntó por ella a otras compañeras.

Estaba angustiada y desde que descubrió que su amiga había sido asesinada, se sentía culpable y le atormentaba no haber informado a la policía antes, -“podía haber sido yo. Tal vez hubiera podido salvarla”, -se lamentaba muy afectada y llorosa.

Dijo que había tenido una experiencia que la inquietaba desde el momento en que tuvo conocimiento del crimen. El sábado anterior al primer asesinato, precisamente el de Piluca, había salido a tomar unas copas con varios amigos. Entre la una y la una y media de la madrugada decidió irse a casa. Abandonó el bar y, al volver la esquina, sintió que la seguían. Unos pasos avanzaban presurosos si ella se aceleraba. Hubo un momento en que llegó a notar, muy cerca, el caliente aliento de alguien que respiraba sobre su nuca, y se asustó.

Por fortuna, en ese momento un coche llamó su atención; eran unos amigos que se ofrecieron a llevarla a casa. Cuando el vehículo arranco, desde la ventanilla pudo ver una figura de un hombre de estatura media, con la cabeza cubierta por la capucha de una sudadera gris que le tapaba el rostro. Sobre el frontal de la manga llevaba el adorno de una franja en color verde fosforito y el logo de una marca de ropa muy conocida. No pudo verle la cara, así que no podría reconocerlo.

Muy nerviosa todavía, la chica pareció liberada después de contar este episodio que no la dejaba tranquila. Pedraza procuró calmar su ansiedad, la tranquilizó diciéndole que lo había hecho muy bien y con esta declaración, la investigación avanzaría y esperaban resolver el caso en breve. No la dejó marchar sin preguntarle si tenía alguna sospecha. Ella manifestó que no podía concebir que una persona fuera capaz de matar a un semejante así, a sangre fría. Se despidió no sin antes advertirle que guardara el más absoluto secreto, que no comentara esta confesión con nadie, ni siquiera con miembros de su familia e informara al Departamento si recordaba algo que creyera de interés o recelaba de alguien.

A partir de eso, cada noche el Sargento Pedraza se encargó de visitar  los bares de copas y lugares de ocio nocturno por donde se movía la gente joven. La sudadera era el único elemento para guiarse. Era una prenda muy popular, se vendía en una tienda muy buena de ropa deportiva de la ciudad. No era mucho, pero lo valoraron como una excelente información para seguir adelante.

Una de esas noches en las que Pedraza realizaba la investigación, en uno de los bares,  localizó a un individuo que vestía una sudadera similar a la descrita. Le siguió hasta el lugar donde tenía aparcado su coche, anotó la matrícula y, a partir de ese dato, se identificó al dueño del vehículo y se le llamó a declarar. Se trataba de un joven médico en prácticas recién llegado al Servicio de Ginecología del Hospital. Preguntado por las noches de los hechos, demostró que tenía coartadas verosímiles que probaban que esos días y a esas horas estaba trabajando. De nuevo se encontraban en un callejón sin salida.

Los dos policías continuaban dando vueltas en un círculo que no tenía fin. Su olfato les decía que estaban muy cerca del criminal, por eso no desfallecían. Con una orden judicial, hicieron el registro a su domicilio donde encontraron una sudadera similar a la descrita por la testigo. El dependiente de la tienda de deportes reconoció al individuo por la foto que le presentaron, dijo que había adquirido una de las tres tallas que recibieron, comprobó que fue pagada con tarjeta de crédito y la venta correspondía a la talla L, la misma que encontraron en el cesto de la ropa sucia en la casa del sospechoso. Aún así, todo eran indicios, faltaba la prueba definitiva que confirmara que él era el auténtico asesino. Había que demostrar que el sospechoso estaba en el lugar de los asesinatos.

Durante la cena, Gutiérrez expuso a su mujer el desarrollo de su investigación, manifestando su malestar por no haber detenido ya al criminal. Temía que el monstruo volviera a actuar, y jamás podría perdonárselo. Apelando a su buen juicio le pidió consejo y ella con su gran sentido práctico le ofreció una solución mientras, estoica, acababa de trinchar el pollo y le asignaba dos porciones en el plato.

-“Querido”, -tomó aliento mientras pensaba cómo decirle lo que se le había ocurrido sin que su marido se ofendiera. Y prosiguió con cautela:

- “…Creo que no os queda otra solución que ponerle una trampa. Tal vez colocar un señuelo que atraiga al sospechoso. No sé si esto te gustará, quizás no estés de acuerdo conmigo, tal vez te parezca atrevido. Dices que siguió a la chica que habéis interrogado y ella  identificó la ropa que llevaba puesta. Ya sé que no lo habéis hecho nunca y a lo mejor me meto donde no me llaman. Yo pondría a la testigo como reclamo, por supuesto bien protegida y vigilada”.

Pensativo, el veterano Inspector desmenuzaba su trozo de pollo, a la vez que consideraba seriamente el supuesto que su mujer acababa exponer. Quizá no fuera mala idea, reflexionaba para sí. Hablaría con Pedraza y sus hombres por la mañana. Si se programaba con precisión no dejando nada al azar, resultaría un éxito. No quedaba otra que probarlo, a fin de cuentas, a estas alturas, todavía no tenían resultados.

Al llegar a la Comisaría una mujer le esperaba. Se trataba de la enfermera jefe del Servicio de Ginecología y creía tener algo que contar y que podría interesarles. Bastante inquieta, se retorcía las manos y pidió un vaso de agua, y tomándose su tiempo, declaró que no había caído en la cuenta, hasta esta noche que precisamente coincidió con una vela, igual que el día en que mataron a Piluca. Lentamente fue desglosando su relato.

-“Aproximadamente a las tres de la madrugada, los celadores subieron a planta a una mujer que había dado a luz por medio de cesárea. Inmediatamente la auxiliar y yo le asignamos una habitación, recuerdo que era la 29. Envié a buscar al ayudante médico que estaba de guardia esa noche, pero no le encontraron. Entonces actué utilizando los conocimientos que por mis años de experiencia había adquirido.

Miré su historia clínica, tomé su tensión y la temperatura, limpié la sutura e hice una cura exhaustiva, cambié el apósito y le apliqué los goteros de antiinflamatorios, sedantes y heparina para evitar un trombo. Presioné su vientre y comprobé que no había hemorragia, así que le cambiamos las compresas y le extraje unas dosis de sangre para solicitar una analítica al laboratorio. Una vez dejamos instalada a la paciente, volvimos a nuestro cuarto de descanso. Serían aproximadamente las cuatro de la madrugada cuando apareció Tomás el joven médico residente, muy agitado, preguntando si había novedades. Le expliqué lo que resolví en la paciente de la 29, le pareció bien y se fue a descansar, ni siquiera se pasó a verla y no miró la historia. Ya no le vi. Por la mañana cuando terminó mi turno me fui a casa y no volví a pensar en ello, hasta anoche. Puede comprobar lo que le digo. La auxiliar se lo confirmará”.

El Inspector expuso a sus hombres su plan, por supuesto afirmó que la idea había sido suya.  Al principio la amiga de la víctima estuvo reticente pero, después de una hora, el encanto y las dotes de persuasión de Pedraza consiguieron convencerla. Sí, quería encontrar a quién había hecho aquella monstruosidad y que pagara por ello. Se lo debía a su amiga Piluca y a las otras inocentes chicas que se toparon fatalmente con el monstruo.

Prepararon un plan muy bien estudiado. El operativo se puso en marcha. Unos policías se harían pasar por clientes dentro del local que el joven médico solía frecuentar, el mismo en el que las víctimas fueron vistas por última vez. Varios números estarían apostados a lo largo de la calle, unos ocultos entre los jardines, otros amparados por la oscuridad de los portales o camuflados dentro de los coches, cada cual a poca distancia unos de otros, vigilando bien al gancho.

Sobre las tres de la madrugada la joven se despidió de sus amigos en el bar, y, procurando no pasar desapercibida dejando bien patente que se marchaba, abandonó el establecimiento. Caminando despacio, tomó la calle de la derecha hacia su domicilio.  Al momento un hombre con cazadora gris que en una de sus mangas lucía el anagrama fosforito de una marca comercial deportiva, con la cabeza cubierta por la capucha, salió tras ella. Apresuró el paso y lo mismo hizo el hombre que al llegar a su altura sacó del bolsillo lo que parecía un cordón y cuando iba a enrollarlo en el cuello de la chica, salieron policías de todas partes que, apuntándole con las pistolas, le dieron el alto, e inmediatamente le inmovilizaron en el suelo hasta reducirlo, le esposaron y le condujeron a Jefatura.

A todo el equipo les invadió una sensación de alivio colectivo, se felicitaron por su buena suerte. Afortunadamente había salido bien, esa noche las jóvenes de la ciudad podrían ir solas a sus casas sin temer que un monstruo les quitara la vida.

El análisis de los restos de ADN adheridos al cargador del teléfono móvil, concluyeron que correspondían a la primera y tercera víctima, y unos restos biológicos encontrados en una uña de la segunda víctima, determinaron que pertenecían al asesino.

En un primer momento, el detenido se negó a declarar, luego, ante la claridad de las evidencias, confesó de plano. Sentía un odio enfermizo por las mujeres en general, y por aquellas jóvenes compañeras de trabajo en particular. Había tratado de seducirlas en el Centro, en la cafetería del Hospital y en los pubs  de moda, pero ellas se reían, rechazaban sus insinuaciones  y se tomaban a chufla sus requiebros. Ninguna de ellas le tomaba en serio, les parecía un hombre simple, sin ningún encanto. Un ser gris atrapado en alguna perturbación, maniático y complejo, con grandes altibajos y cambios de humor, pensaban que tal vez consumía alguna sustancia estupefaciente. No caía bien a ninguna de las chicas y ni si quiera tenía relación con sus propios compañeros de trabajo.

Allí en el bar, en la noche, él las veía beber, bailar alocadamente, restregarse sentadas sobre las piernas de hombres desconocidos,  solazarse y ofrecerse como viciosas rameras, entregándoles sucios besos y abrazos. Les resultaban repugnantes. Era asqueroso presenciar semejantes escenas lujuriosas, eso no lo hacían las mujeres decentes. Por eso se había propuesto terminar con ellas, limpiar el mundo de esa escoria que lo ensuciaba.

Ya era de día cuando los dos policías salieron a la calle. –“¿Te apetece venir esta noche a cenar a casa? Mi mujer es muy buena cocinera, seguro que prepara algo exquisito para celebrar el cierre de este caso. ¿Te parece bien a las nueve?”.

El Sargento Pedraza agradeció con una sonrisa la amable invitación de su jefe, que le tomó del brazo y fueron caminando en silencio hasta perderse entre los árboles del Gran Paseo Central.

La cena resultó exquisita. Después de degustar unas deliciosas chuletillas de cordero lechal con patatas y pimiento asados y una espuma de mango, regado todo con un buen vino tinto de la tierra que el Inspector Gutiérrez guardaba para ocasiones especiales,  Rosa se dispuso a hacer un tercer grado al joven Darek, interesada por todo lo relacionado con su vida, su ascendencia y, como no podía ser de otro modo, por qué era que no tenía novia todavía siendo un chico tan atractivo. Prácticamente ella dirigía la conversación en la mesa. No paraba de preguntar todo y por todo.

 -“Depende mucho de los argumentos de la defensa. Si en el juicio el acusado es condenado por asesinato, lo que en primera instancia parece previsible, le caerán un mínimo de  diez años por cada uno, así que se tiraría al menos treinta años en la cárcel. Y eso sería una grata noticia para los familiares de las víctimas y para el resto de la sociedad, aunque si por mí fuera, no saldría nunca más a la calle”, aclaró el Inspector.

Publicado la semana 56. 21/01/2019
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Los sonidos del silencio-Simon y Garfunkel , La novela negra y el Comisario Maigret , No importa dónde, cómo ni cuando, lo importante es leer , El delito no descansa
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