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Alba Plata

Lluvia de estrellas

El noticiario de la televisión anuncia que habrá lluvia de estrellas esta noche, y yo, que desde hacía tiempo, cubría este tipo de fenómenos para una revista especializada, no lo pensé. Tomé mi cámara y me adentré en el bosque una vez se oscureció.

No era la primera vez que me internaba en ese paraje por la noche; ya lo había hecho muchas veces antes, casi desde niño, pero siempre acompañado por algún amigo.

Ahora decidí ir sólo, y fue después de que ya había tomado el camino utilizado por los pastores y los cazadores, el que mejor conozco y que es el que suelo emplear siempre y también el menos transitado, cuando me di cuenta de que no había tomado la precaución de informar a mi familia.

¡Vaya, dónde me había metido!, mascullé para mí un poco  enojado.

 Los días precedentes, había caído una buena tromba de agua, dejando el atajo, prácticamente, intransitable, pero mi compromiso con la editora no admitía volverme atrás.

Durante  todo el trayecto, el coche no paraba de dar botes por aquella inclemente y descarnada pista de tierra y piedras, llena de baches, charcos como piscinas, lo que me obligaba a dar bandazos con el volante, frenar e ir sorteando las irregularidades del terreno.

Era comienzo de verano, la noche estaba despejada y una blanca luna nueva suspendida en el cielo, desplegaba su luz iluminando mi recorrido. Eso ayudaba bastante. Fui adentrándome en la espesa negrura vegetal del bosque, cada vez más oscura, los árboles, como aterradores gigantes agitaban sus ramas, parecían querer intimidarme con los lastimeros sonidos que el aire producía al colarse por ellas. Me pareció una noche distinta, extraña, curiosamente todavía los gorriones y jilgueros piaban alocadamente.

Yo que conocía bien aquellos parajes desde chico, no me producían ningún temor. Cuántas veces fui allí con mis amigos a jugar, tanto de día como de noche, a poner trampas, a deslumbrar a los búhos con la linterna, a cazar pajarillos, a tumbarnos en el suelo en las noches de verano, así, de cara al firmamento, contábamos las estrellas pidiendo deseos que nunca se cumplieron,  todo esto, por supuesto, sin que lo supieran nuestros padres, pues lo teníamos terminantemente prohibido.

Ellos nos persuadían infundiéndonos miedo, decían que al anochecer el maligno y las brujas salían a los caminos y raptaban a todo aquel que se encontraran para sacarles el corazón que luego, en un ritual de hechicería, hervían en un caldero al que añadían sapos y lagartos y algún cuervo si tenían a mano. Aquello no nos hacía desistir de acercarnos al bosque cada vez que nos venía en gana, no estaba muy lejos del pueblo e ir allí suponía una aventura digna de ser vivida, con el aliciente de lo prohibido.

El problema venía después, a la hora de dormir, pues las pesadillas no nos dejaban conciliar el sueño. Las brujas sobrevolaban mi cama con sus feos y aterradores rostros, me arrastraban hasta un enorme agujero negro del que era imposible salir,  gritaba horrorizado, mientras ellas entonaban canciones siniestras. Luego me despertaba empapado en sudor.

Ya de adulto, como profesional de la fotografía, he subido en varias ocasiones, llegando a la zona más alta, hasta el emplazamiento donde mejores vistas se pueden contemplar y desde el que puedo obtener las más hermosas fotos. El cielo allí está limpio, ninguna luz extraña contamina la escena  y los sonidos de la noche me sirven de inspiración.

Cuando alcancé el altozano, busqué el lugar ideal e instalé el trípode, coloqué la cámara, monté el teleobjetivo y lo dejé todo dispuesto para la llegada del acontecimiento mágico. Recordé entonces a mi amigo Matías,  íntimos desde que íbamos al colegio y pensé que si hubiéramos venido juntos, tendría con quien compartir ese momento, pero se trataba de mi trabajo y, en esas circunstancias, me era necesaria la soledad para concentrarme.

Había llevado una mochila con algo de comer, algunas chocolatinas y un termo de café; intuyendo que la noche iba a ser larga, me serví una taza y me senté en la silla a esperar el maravilloso regalo que la naturaleza me reservaba. Observé el cielo en toda su inmensidad: estaba raso, perlado de fulgurantes estrellas, ni una sola nube enturbiaba la visión de la bóveda estrellada en su máxima plenitud, entonces fue cuando me di cuenta que los pájaros habían dejado de piar y había cesado el sonido del aire entre las ramas. Me sacudió un extraño escalofrío que me recorrió la espalda.

Tumbado en la silla, cerré los ojos y me concentré en pensar en el trabajo que me esperaba al llegar a casa. Tendría que preparar las fotos, seleccionar, recortar, aclarar y enviar a la revista, todo perfectamente preparado para su publicación. Y así me quedé dormido.

Me despertó un sonido extraño, eran unos cánticos lejanos, monocordes, como una letanía. Agudicé el oído y picado por la curiosidad, guiándome con la linterna del móvil, pues con las prisas había olvidado la mía en casa, me adentré por un desconocido sendero invadido por una espesa vegetación, tan cerrada, que no dejaba filtrar ni un rayo de la blanca luna. El terreno era accidentado. La senda ascendía por desniveles abruptos y escarpados que, a veces, me obligaban a trepar con pies y manos para después, súbitamente, descender resbalando por terraplenes que me parecieron muy peligrosos y finalmente aterrizar sobre el agua de un arroyuelo y topar con una mole de granito.

Aquello no llegaba a ningún destino, agotado y empapado, en una de las caídas me torcí el tobillo y para remate se acabó la batería del móvil.  Me arrastré como pude siguiendo el rastro de los cánticos, cada vez más cercanos, que me llevaron hasta un claro del bosque, una pequeña loma desnuda de vegetación, rodeada de grandes robles que quedaba oculta a las miradas ajenas.

Lo que allí vieron mis ojos me heló la sangre. La luz de una hoguera iluminaba perfectamente la escena en ese instante. Una docena de mujeres de distintas edades, completamente desnudas, con los rostros cubiertos por unas máscaras de expresión grotesca, cantaban a la vez que danzaban con movimientos insinuantes y haciendo gestos soeces, se tocaban y se masturbaban unas a otras. Unos seres extraños, inhumanos, que me parecieron monstruos con el cuerpo de macho cabrío, barba de chivo y cabeza coronada con descomunales cuernos, copulaban con ellas entre cantos, risas y embriaguez, en una depravada orgía sin  fin.

Cuando traté de incorporarme para salir de aquel horrible lugar, me tambaleé; el dolor del tobillo era tan intenso que dificultaba ponerme en pie. Un chasquido en una rama alertó al macho cabrío que parecía dirigir la bacanal, y que a una señal suya, quedó en silencio. Todos aquellos seres grotescos dirigieron su mirada hasta el lugar donde yo estaba. No esperé.

Ignoro de dónde obtuve la fuerza ni como llegué a mi casa, pero con las ropas mojadas y con el corazón en la boca, me acosté y no desperté hasta bien avanzado el día siguiente.

El tobillo que se había hinchado, me dolía bastante y aunque caminaba con dificultad, no podía resistirme y fui a buscar a mi amigo Matías; estaba deseando contarle mi odisea de la noche anterior y el espeluznante espectáculo que presencié. En mi huida había dejado abandonados en el bosque el coche y todo mi instrumental, él me llevaría con su auto para traer todo de vuelta.

Llamé a la casa, pero nadie contestó. Empujé el portón que estaba abierto, en el pueblo se acostumbraba a no cerrar las puertas por la mutua confianza entre los vecinos, y entré en el amplio pasillo que comunicaba con el patio trasero.

Llamé a Matías varias veces, y no respondió, parecía como si en la casa no hubiera nadie. Avancé despacio. El propio aire impulsó una bola de pelusas y polvo que se escondió bajo una silla, me incliné y al recogerlo comprobé que eran pelos de la barba de un chivo.

Publicado la semana 54. 07/01/2019
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Cerca de las estrellas. Los Pekenikes , Una noche estrellada. , Ni un solo día sin leer, aunque sea el prospecto de un fàrmaco , Las Gemínidas
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