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Alba Plata

Inocencia robada (Fragmento III)

 

Había crecido en una Roma que se debatía entre las intrigas políticas de una geografía dividida, familias enfrentadas por intereses políticos y de dominación, contiendas e invasiones de otros reinos. Cuando mi padre el Cardenal Rodrigo Borgia es investido con el solideo papal con el nombre de Alejandro VI, siguiendo la línea de actuación de su tío Calixto III, pretende realizar su gran obsesión de unificar el país bajo su influencia, lograr la paz y la unidad para hacer frente a la amenaza de los turcos, restablecer las alianzas entre los poderosos y apartar a Milán del apoyo que prestaba al rey francés, Carlos VIII que ambicionaba la corona de Nápoles, para lo que en 1493 crea la Liga de San Marcos entre Vaticano, Venecia y Milán, uniéndose posteriormente otros principados.

Juan que era Duque de Gandía, vivía en sus tierras de Valencia, y se preparaba su boda con la que fuera novia de nuestro hermano mayor, que había fallecido, María Enríquez de Luna, emparentada con el rey Fernando II de Aragón.

Cuando mi hermano Cesar tiene siete años el Papa Sixto IV le otorga la prebenda del capítulo catedralicio de Valencia y le nombra protonotario apostólico de la cancillería pontificia. Al año siguiente recibe la canonjía de Valencia, rector de Gandía y archidiácono de Játiva; al cumplir los nueve años, otra bula, le nombra tesorero de Cartagena. César, había recibido una extraordinaria educación. En Roma estuvo hasta los doce años. Después fue a la universidad de la Sapienza en Perugia con su perceptor Giovanni Vera, de origen español, que llegaría a ser obispo y cardenal de Salerno. Estudia derecho y humanidades. Pasó luego a la universidad de Pisa donde estudió Teología. Allí y con dieciséis años se entera que el Papa Inocencio VIII le otorga el obispado de Pamplona.

Las ausencias de mis hermanos me afectaban profundamente. Había perdido el interés por todo, ya no me consolaban las lecturas ni los juegos con mi hermana Giulia, ni me alegraba su fresca y contagiosa risa. Creo que, sin darme cuenta, había crecido y ya no era aquella niña a la que separaron de su madre. Nadie me visitaba en esa casa y no soportaba ese ambiente tan austero y lúgubre; ya no podía aguantar la disciplina severa de doña Adriana. Me sentía huérfana y totalmente desamparada, en la más absoluta soledad.

Pedí a mi padre autorización para irme un tiempo al convento de la Vía Apia y no puso impedimento. Pensaba que durante mi estancia allí podría serenar mi espíritu. Una mañana muy temprano dejé el palacio donde había vivido mis últimos años, sola, con la única compañía de mis dos nuevas criadas personales, Pantasilea y Catarinella. Por equipaje llevaba un único baúl con las cosas más imprescindibles; en el convento nada me sería necesario.

Un día, estando yo absorta rezando mis oraciones en la pequeña capilla, una novicia vino a buscarme por orden de la hermana portera. Debía acudir a la reja de la clausura pues esperaba una visita. Empezó a latir mi corazón con un ritmo frenético; sentí como si toda la energía perdida hubiera vuelto con más fuerza y el color regresó a mis mejillas. Esperaba a mi padre, al que yo admiraba e idolatraba.

Corrí hacia la clausura con el corazón en la boca, atravesando el patio y cruzando el claustro. La estancia estaba apenas iluminada por un ventanuco que dejaba pasar un minúsculo haz de luz. Tardé en acostumbrarme a la oscuridad. Vislumbré una figura que estaba de espaldas. Era de un hombre joven y esbelto, vestido con el uniforme de cuero negro del ejército pontificio.

Se volvió hacia mí, y con una voz dulce que yo reconocería en cualquier parte, me saludó:

-Mi preciosa y querida hermana.

Me tapé la cara con las manos para sofocar mis lágrimas, imposibles de contener. Se confundían en mí la alegría, la emoción, la sorpresa. Me tendió los brazos, me apretó contra sí, permaneciendo unidos por un buen rato. Luego me besó tiernamente en los labios.

Nos separamos y reparé que mi bello, mi amado hermano Juan había cambiado. Su mirada ya no era tan limpia ni tan inocente, y su rostro estaba marcado por el paso del tiempo y las huellas que habían ido dejando las penurias vividas en las batallas a las que se habría tenido que enfrentar. Aún así, seguía siendo muy bello.

No venía para visitar a su querida hermana, venía como enviado del Papa Alejandro VI para entregarme su mensaje. Mi padre reclamaba mi presencia, así que igual que llegué, abandoné el convento.

Era muy perezosa, y en casa solía dormir hasta la hora de comer, pero esa noche estuve inquieta y a penas si pude conciliar el sueño y como mi padre me había convocado por la mañana, me levanté temprano.

El Pontífice, mi padre, no soportaba a la gente sucia y desaliñada, por eso las criadas se esmeraron en prepararme un buen baño de agua caliente que me reanimó. Me depilaron y tiñeron las cejas y me perfumaron toda con agua de rosas. Se afanaron en acicalarme, adornar y peinar mi cabello dejando que cayera sobre la espalda, pues sabía que era uno de mis atributos más atractivos para mi padre. Escogí un lujoso vestido de brocado del color de mis ojos, bien escotado, que dejaba al descubierto mis bonitos hombros, recamado de perlas con gayaduras de satén, las mangas, muy voluminosas, se ataban al corpiño. Bajo el vestido, una camisa de delicada y transparente seda blanca y unos zapatos de raso bordado; unos sencillos pendientes de perla y una ferronniere colocada sobre la frente completaban mi tocado.

Camino del Palacio, atravesamos el enlosado de la Plaza de San Pedro siempre repleta de peregrinos, mendigos y comerciantes vociferando sus mercancías. El cielo era de azul clarísimo y lucía un sol espléndido que me reconfortó y me pareció un buen augurio. Hacía tiempo que no nos veíamos pues durante mi última estancia en el convento no llegó a visitarme y esperaba este encuentro con cierta inquietud.

Con el corazón agitado, subí las escaleras de dos en dos; tan deprisa como podía, recorrí el corredor hasta la puerta de acceso a la Sala llamada de las Artes liberales, en oposición a las artes serviles propias de los siervos o esclavos, amplia estancia que mi padre utilizaba como estudio y donde solía comer. Dos jóvenes soldados, vestidos con el uniforme de llamativos colores de su guardia personal, me franquearon la entrada.

La cámara, que aún no se había terminado de decorar, estaba inundada por la luz que se filtraba a través de los grandes ventanales que daban al Jardín de Belvedere desde dónde se divisaban sus fuentes y esculturas y el gran laberinto rectangular de boj enmarcado con cedros del Líbano. Se adivinada ya el lujo refinado propio del más poderoso príncipe. Las bóvedas y la parte superior de las paredes estaban casi cubiertas de pinturas y los artistas trabajaban día y noche para dorar los delicados estucos en relieve.

Dominaba la sala una hermosa mesa de taracea hecha con mármol blanco, policromo y africano con incrustaciones de alabastro y lapislázuli. Sobre ella esparcidos sin orden, manuscritos, mapas y cartas; varias sillas todas de madera tallada con dorados, completaban la estancia todavía dominada por los pintores. Dos hermosos lebreles, que dormitaban en un rincón, se incorporaron cuando entré y me olfatearon.

Contiguo a esta habitación estaba el dormitorio que tenía dos ventanas que daban al patio Borgia, y a continuación un corredor con el baño y otra habitación donde el Papa guardaba el tesoro.

Mi padre me recibió con el afecto de siempre, y con una amplia sonrisa, me tendió los brazos. Me incliné para besar el anillo papal de una descomunal esmeralda, pero él me incorporó y me apretó contra sí. Nos abrazamos largo rato y me besó suavemente en los labios. Para mí, agitada y feliz, fue un momento inolvidable.

Evidentemente, había cambiado mucho: estaba más envejecido, más grueso, y su espalda se había encorvado. Lucía una larga cabellera canosa que dejaba la frente despejada y que luchaba por mantener en su sitio a base de afeites, y pese a sus sesenta y dos años, era grande y musculoso y seguía teniendo el porte soberbio de siempre vestido con una amplia sotana roja tocado con el capelo. Me pareció magnífico.

Ocupó su gran silla de madera policromada con cojines de terciopelo rojo y borlas doradas en cuyo respaldo estaba bordado con letras de oro el escudo Borgia y me invitó a sentarme sobre sus rodillas como cuando era pequeña. Yo ya había cumplido trece años y me consideraba demasiado mayor para semejante familiaridad. Todavía me turbaba su cercanía y el efecto de dominio que ejercía sobre mí.

Con voz suave y susurrante, como acostumbraba, me dijo:

-Has crecido deprisa y te estás convirtiendo en una hermosa jovencita. Tu madre Nos ha informado de tu circunstancia de mujer. Nos tenemos grandes planes para tu futuro pues has sido elegida para un alto destino. Muchos son los pretendientes que Nos solicitan matrimonio. Y antes que llegue el momento, deberás conocer las excelencias del amor.

Perdí conciencia de lo que decía, pues mientras hablaba, besaba mi cuello, me acariciaba los brazos, los hombros hasta el escote, despacio con suavidad. Cubrió mis firmes y pequeños pechos con sus enormes manos y una ráfaga cálida me recorrió por entera, con esa sensación de humedad tan grata como cuando estaba con mi amado Juan. Sentí un bulto que se agitaba inquieto a través de la sotana y que me presionaba las nalgas; por un momento pensé sucumbir y someterme al delirio. Poco o nada importaba si era pecado sentir placer, era el Papa y mi padre: nunca permitiría poner en peligro mi alma.

Publicado la semana 51. 17/12/2018
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Cantatas del Renacimiento , Paseo por el arte y la historia , Es igual, lo importante es leer , La inocencia robada
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