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Alba Plata

Inocencia robada (Fracmento II)

Mi padre quería a todos sus hijos; lo demostraba continuamente, y que yo era la niña de sus ojos era seguro, pero su favorito entre los varones era sin duda, Juan. Tenía muchas esperanzas puestas en él y grandes expectativas para su futuro. Como todos los primogénitos de las nobles familias sería destinado a ejercer la carrera militar, para lo que no tenía vocación alguna. No le gustaban los lances ni las armas y no soportaba ver la sangre. Era un niño sensible y diría que hasta pusilánime.

Era muy hermoso; apuesto, rubio, con ojos claros, dulce, de maneras elegantes; había mucho de nuestra madre en su rostro de rasgos suaves. Tenía un carácter apacible. Era un hábil conversador, y siempre que fuera posible estábamos juntos y hablábamos de filosofía, de poesía, de nuestros pensamientos, de lo que esperábamos en nuestras vidas. Dábamos largos paseos por el campo y me sentía muy feliz y muy acompañada por él.

Me enseñó a montar a caballo, a subir y bajar de la montura al trote, y a tanto llegó mi afición, que a diario, todas las mañanas, salíamos a cabalgar hasta alguno de los muchos lagos que había en la zona, cuyas aguas decían que tenían propiedades medicinales, donde nos bañábamos libres y felices, y después de secarnos al sol, regresábamos para comer.

Un día que apretaba el calor, y después de una larga cabalgada, al llegar al lago, nos desnudamos y nos zambullimos en el agua para quitarnos el sudor. Nadamos y jugamos un buen rato, y ya exhaustos, nos tumbamos sobre la hierba de la orilla para secarnos al sol. Juan me observaba con una mirada que no conocía y no había visto jamás. Respiraba jadeante, el labio inferior le colgaba flácido y tenía la cara desencajada. Se aproximó y posó sus manos sobre mis pequeños y firmes pechos. Los acarició y comenzó a besarme, con los labios, suavemente, con su lengua, el vientre, el sexo. No me resistí; entorné los ojos, recordé lo que contaban las muchachas en el convento y me dispuse a disfrutar del momento.

No sentí ninguna vergüenza. Me producía una sensación desconocida y placentera. Usó el dedo, yo ahogué un quejido, y manipuló hasta que me provocó una humedad que me hizo estremecer. Montó sobre mí y agitó con espasmos su miembro y como de un surtidor brotó un liquido lechoso, cálido y pegajoso. Cuando terminó se tumbó a mi lado y nos quedamos dormidos. Regresamos a casa al paso, sin mirarnos y en silencio.

Aquello sin duda no estaba bien, como cuando mi padre me acariciaba o me apretaba contra él. Tal vez fuera pecado, pero sabía que no debía contarlo a nadie. Así que guardé el secreto en lo más profundo de mi corazón.

No hablamos sobre ello. Cuando estaba en mi cama, recordando y mirando el trozo de cielo que se divisaba desde la ventana, me apartaba la ropa y me sentía estremecer. Me parecía percibir el olor de su cuerpo y el roce de su mano acariciándome. Estaba hechizada por el amor; deseaba con todas mis fuerzas que volviera a suceder. Y durante aquel verano volvió a repetirse más veces para deleite y placer de los dos.

Cesar ya destacaba como un joven apuesto, alto de penetrantes ojos castaños, pelo rojizo y complexión atlética. Su tez brillaba bronceada por la exposición al sol en sus asiduas prácticas de deporte por el campo. Podía romper una lanza en dos con sus manos de un solo golpe, cabalgar hasta agotarse y extenuar a los caballos, era tan fuerte y valiente que se atrevía, él solo, a saetear los toros bravos que mi padre mandaba traer desde su tierra. Era simpático, alegre y divertido como nuestro padre. Le gustaban los lances y el juego, la caza y las fiestas, y tenía un gran magnetismo que atraía a las mujeres a pesar de su edad, provocando su admiración, aunque en su escala de valores, no eran las damas su prioridad. Cuando nació, y al igual que luego hizo conmigo, mi padre pidió a un astrólogo que viera en las estrellas su futuro. Vaticinó que su vida estaría plagada de éxitos y esplendorosa de gloria y poder, pero que sería corta y acabaría de manera trágica. Como segundo hijo, estaba destinado a la vida eclesiástica, lo que a él no le producía placer alguno. Era un hombre de acción, activo y ambicioso, como nuestro padre.

Ese verano en Nepi, Cesar me inició en el manejo de la espada y el estilete, porque decía que, aunque fuera mujer, era bueno saber defenderse en caso de necesidad. También me enseñó el tiro con el arco para tener éxito en el arte de la caza, que entre las clases nobles, se practicaba mucho, y en el que era muy diestro.

Una mañana me desperté sobresaltada porque noté la cama mojada. La camisa y las sábanas estaban manchadas de sangre. Al principio me asusté y salí desde mi habitación al corredor, temblando y gritando con furia y miedo.

Las criadas corrieron alborotadas temiendo una desgracia pero doña Adriana acudió veloz y servicial en mi auxilio, y al ver de qué se trataba, hizo lo que pudo por tranquilizarme. Una vez me hube calmado; me explicó el significado de tan magno acontecimiento, como ella lo llamó. -Ya eres una mujer, -me dijo. Me recomendó que, a partir de ahora, tuviera cuidado y que intensificara mis precauciones cuando estuviera con los muchachos. Me habló de lo que se podía hacer con el miembro viril de un hombre, cómo proporcionarle placer, y cómo utilizar en mi provecho mi propio sexo. No había visto ninguno, a excepción de mi hermano Juan e ignoraba que aquello sirviera para algo más que para orinar. Recordé lo que tantas veces había escuchado a las compañeras del convento de San Sixto sobre la menstruación y las relaciones íntimas, que no sabía muy bien en qué consistían.

En ese momento necesitaba a mi madre. Ella me hubiera acogido amorosamente, me habría abrazado y me explicaría todo con su dulzura. Me sentí huérfana por tenerla lejos en esos momento tan importantes para una niña; y muy triste porque quien estaba a mi lado era una extraña. Cuando mi madre lo supo, me persuadió de no contarlo a mi padre y hermanos, decía que eso era cosa de mujeres y que a ellos no les incumbía.

Aunque estábamos aplicadas en el estudio, Giulia y yo nos aburríamos. Hacía algún tiempo que echaba de menos la presencia de mis hermanos. No había vuelto verlos. Nos faltaban su presencia, las bromas, sus risas y sus historias cortesanas que tanto nos gustaban y pregunté a doña Adriana dónde estaban. Contestó que Juan había salido de viaje, y Cesar y Jofré estaban fuera ampliando sus estudios. Sentí como si esa ausencia fuera definitiva, lo que me sumió en una profunda tristeza que se fue mitigando poco a poco gracias a la compañía de la bella Giulia y a su alegre risa que infundía luz a mi alma y a nuestras lecturas de los poemas de Petrarca y Dante y los escritos de Boccaccio. Pasábamos tardes enteras recitando en voz alta y comentando el sentido de cada estrofa, desentrañando lo que el autor había querido comunicar.

Mi familia era muy importante para mí. Amaba a mis padres y adoraba a mis hermanos. Nos habíamos criado todos juntos, habíamos crecido juntos, lo que había afianzado nuestra relación filial. Compartimos juegos y confidencias. Éramos guapos e inteligentes y estábamos llamados a ser pieza fundamental de la historia de nuestro tiempo. Nuestro padre poseía una gran fortuna, además era el hombre más importante y poderoso después del Papa. Sabíamos el lugar que ocupábamos. Pero estábamos creciendo, la vida continuaba y me daba cuenta de que nuestra infancia estaba llegando a su fin y nuestros destinos habrían de seguir caminos separados.

Publicado la semana 50. 10/12/2018
Etiquetas
Renacimiento , Amor por el arte y la historia , Siempre, a ser posible todos los días
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