Semana
05
Marisa Herga

Un descafeinado por favor (El viaje)

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Relato
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-¿Qué va  a ser?, preguntó una voz femenina, muy seria o muy profesional, detrás de la barra del restaurante de carretera, donde había hecho una parada el autobús que me llevaba a la Costa del Sol.

Se trataba sólo de un desayuno pero no estaba decidida. –“Hum…pues…, dudé, …un descafeinado de máquina con leche y sacarina, un zumo de naranja natural recién exprimido, media tostada con tomate y aceite y un dulce de esos”- todo de corrido y señalando a la vitrina, tan saturada de bollería industrial, que el colesterol se escurría por los estantes de cristal.

Ya era tener suerte que me hubieran atendido cuando, además, la cafetería estaba hasta arriba y tenía yo siempre la sensación de ser invisible. Habían llegado varios autobuses a la vez y todos los viajeros entraron en tropel pidiendo el desayuno, atropellándose unos a otros por ver cual lo conseguía el primero.

Busqué con la mirada una mesa disponible donde dejar mi desayuno y fui trasladando cada cosa, una a una, por temor a tirar los platos y el café. La naturaleza no me había dotado de la habilidad suficiente para hacerlo bien, o vertía el café o tiraba los cubiertos, en fin una completa nulidad para esa tarea.

Volví a la barra para pagar el gasto y allí me esperaba la camarera enfurruñada, con el gesto contraído, cara de pocos amigos y agitando el ticket en una mano porque no pagué en el mismo momento de servirme.

Busqué dentro del bolso y no encontraba el monedero, volví a insistir y el monedero no aparecía. – “Perdona, me excusé tímidamente, no encuentro el …”

Nada, el monedero no estaba o yo no lo encontraba entre tanto bártulo como suelo llevar dentro del bolso. Aquello empezó a mosquearme. La cara de la camarera era todo un poema, se iba poniendo de todos los colores.

Me decidí a vaciar el bolso como último recurso. Saqué las llaves, los klines, la barra de labios, el móvil, un abanico, el bolígrafo, la libretrita de notas, un salvasplips, unos caramelos de miel, en fin un montón de cachivaches, para mí tan imprescindibles, y los fui depositando sobre la barra del bar ante la mirada cada vez más enfurecida de la chica, que parecía una fiera a punto de saltar sobre su presa, y la inevitable curiosidad de los clientes que hacían los correspondientes comentarios, algunos no muy bien intencionados.

El monedero no estaba ni tampoco la documentación ni las tarjetas. Eso era evidente. Busqué entre los presentes alguien conocido o que me conociera a mí, algún compañero del viaje, pero fue inútil. No reconocí a nadie. En ese momento deseé que la tierra me tragara.

La camarera me esperaba roja de furia, sólo me atreví a decir –“Voy fuera, dónde el autobús”- La voz no me salía del cuerpo y supongo que le sonó poco convincente. Enormemente abatida, me dirigí hasta el parking y el vehículo que me había llevado hasta allí había desaparecido. Mis nervios estaban a punto de desatarse, cuando dos hombres me sujetaron por los brazos y, en volandas, me introdujeron dentro del local.

No entendía nada. Debía tratarse de un sueño o de una desagradable pesadilla que yo deseaba se terminara rápidamente y comencé a llorar de impotencia. Perdida en un lugar desconocido en medio de ninguna parte, estaba abatida y no sabía qué hacer.

El encargado resolvió, aplicando la autoridad que le daba su cargo, que había que llamar a la policía pues estaba clara mi intención de irme sin pagar. Uno de los camareros, que por el aspecto parecía estar esperando en breve la jubilación, aplicó su sensato criterio y afirmó que mejor esperar, que habría alguna explicación y hasta la camarera tomó partido, ya que al fin y al cabo no consumí el servicio,

Tan alterada estaba yo que no reparé en alguien que entró muy agitado preguntando por una mujer que no había tomado el autobús, y que no fue hasta que enfiló la carretera, cuando en el recuento de viajeros, descubrieron que faltaba uno. Temían que hubiera sufrido un desmayo dentro del baño, y todos fueron a buscar.

Aquel hombre había encontrado en el asiento vacío del bus un monedero de mujer que contenía toda su documentación, ahora se podía identificar y en su caso, dar cuenta a las autoridades por si se trataba de una desaparición.

Ya estaba a punto de marcharse, y como si despertara de un terrible sueño, oí gritar mi nombre. Me volví y aquel hombre que se me acercaba, llevaba entre sus manos mi monedero de piel de color rosa y morado.

Publicado la semana 5. 30/01/2018
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Mecano , Mis viajes , Antes de viajar , Revisar antes de viajar
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