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Marisa Herga

Inocencia robada ( Fragmento I)

Yo adoraba a mi padre, le idolatraba. Era un padre atento, muy cariñoso y benévolo que amaba a sus hijos, objeto de sus desvelos y preocupaciones y también sus mayores alegrías, y a mí me hacía sentir una niña especial y muy querida.

Nos visitaba a menudo. Venía siempre cargado de regalos y para mis hermanos y para mí era una fiesta, escandalizando la casa y dando rienda suelta a nuestra alegría con saltos, gritos y carreras a su alrededor para ver quien llegaba primero a descubrir las sorpresas que nos esperaban. Yo sin duda era su preferida. Me tomaba en brazos, me sentaba en sus rodillas, acariciaba mi precioso y largo cabello rubio, tan poblado que me daba dolores de cabeza, me besaba en las mejillas y acariciaba mis muslos bajo la falda. Decía que mi rostro de piel blanca era hermoso y mis ojos de color azulado eran los más bonitos que había visto nunca.

Nuestra vida transcurría con placidez, pero un día mi padre estimó que debía ir a formarme en un convento como todas las hijas de familias que se lo podían permitir, y me enviaron al de San Sixto en la Vía Appia, junto a las Termas de Caracalla, no muy lejos de casa. Yo quería quedarme con mi madre, que ella me cuidara, pasar el tiempo con mis hermanos y disfrutar de nuestros  juegos y su compañía, educarme allí;  lloré, pataleé, grité, amenacé, pero nada pude conseguir. Comprendí con dolor que las decisiones de mi padre eran incuestionables e indiscutibles. Y así, de un día para otro y de la noche a la mañana, me encontré entre personas desconocidas, en un lugar extraño y frío, con unas reglas y horarios estrictos, que no me gustaban.

En la soledad de la noche evocaba los besos de mi madre, sus cálidos brazos que me arrullaban hasta quedarme dormida. Recordaba su voz dulce cuando entonaba una canción de las muchas que conocía de su niñez y las historias que me contaba antes de arroparme. Echaba de menos las caricias de sus suaves manos y su olor, que me han acompañado durante toda mi vida.

En el convento había hijas de ilustres familias para educarse con el fin de brillar en sociedad y obtener un buen marido o tomar los votos. Otras muchachas, a quienes alguna persona rica había costeado la dote, entraban como novicias; sólo algunas saldrían para casarse, la mayoría pasarían allí el resto de sus vidas como religiosas.

Nos levantaban temprano, comíamos frugalmente y había un contenido exhaustivo de misas, oraciones, rosarios y cantos. Los dormitorios eran muy fríos y los lechos durísimos, así redimíamos nuestros pecados y fortalecíamos nuestra naturaleza, según nos decía un viejo sacerdote que, una vez a la semana, venía a confesarnos. En la noche de Nochebuena, a pesar del frio del invierno, se desplazaba hasta el convento y nos confesaba para comulgar el día de Navidad.

La Cuaresma era el tiempo de purificación. Comenzaba el Miércoles de Ceniza y terminaba antes de la Misa de la Cena del Señor, la tarde del Jueves Santo. En lo que duraba, que eran 40 días como símbolo del tiempo que Jesús permaneció en el desierto, era obligado el ayuno, la abstinencia de comer carne y la reflexión, no podíamos salir del convento, ni recibir visitas. En las misas se utilizaba el color morado, excepto el rosa en el cuarto domingo, y el Domingo de Ramos que era el rojo, alusivo a la Pasión del Señor. No se cantaba el Gloria ni el Aleluya. No nos estaba permitido hablar ni comunicarnos, y apenas salíamos de nuestras celdas excepto para los cultos. Reinaba un silencio que todavía hacía más desapacible la estancia en ese lugar.

La mañana del Miércoles de Ceniza, todas las niñas, bien ordenadas en fila por parejas, nos acercábamos a la capilla para la imposición de la ceniza en la frente a la vez que el cura dice “Paenitemini et credite evangelio” o “pulvis es et in pulverum reverteris”. Recibíamos un tiznón de carbón que no podíamos limpiar; las monjas vigilaban para que no desapareciera pues debía durar durante todo el día. Si esto no era así, caería un gran castigo sobre la niña que no había observado la norma: dormiría en el suelo helado de su celda y se quedaría sin comer.

La pequeña capilla, casi siempre a oscuras cuando no había culto, sólo permanecía iluminada por la llama roja de una lamparilla de aceite junto al sagrario dónde se expone al Santísimo. Su luz proyectaba sombras en movimiento sobre el techo e imaginaba yo que eran las almas de los muertos que no lograban descansar en paz. A veces, en sueños, las veía perseguirme, diciendo mi nombre con voz de ultratumba. Me inquietaban las imágenes de vírgenes y santos inmóviles en las hornacinas de los retablos laterales, con los ojos fijos, que parecían mirarme acusadores. Sentía que se bajaban de sus peanas y corrían hacia mí, me tomaban por el pelo y me arrastraban hasta un enorme agujero lleno de fuego, dónde me dejaban caer. Allí estaría ardiendo por toda la eternidad. La iglesia olía a flores mustias, a cera quemada e incienso y yo tenía miedo de entrar sola cuando no había nadie. En mayo, nuestras madres traían ramos de flores frescas que ofrecíamos a la Virgen quedando tan repleta, que dejaba un ambiente irrespirable, y podían verse pulular moscas y avispas libando su néctar.

Las monjas estaban siempre impecables con sus tocas blanquísimas y almidonadas. Las más jóvenes nos enseñaban costura y a bordar. Pasábamos las tardes entre pespuntes, vainicas, festones y bodoques, y mientras estábamos en esta actividad, una de nosotras leía pasajes de la historia sagrada y las historias de vidas de santos, lo que nos proporcionaba la práctica de la lectura y conocimientos religiosos. No me gustaban las labores de aguja, y no prestaba la suficiente atención con lo que no conseguía aprender. Más de una vez me pinché el dedo y había manchado la tela de sangre, recibiendo la consiguiente reprimenda por parte de la monja, que afortunadamente no fue severa con el castigo.

Una monja rechoncha, bondadosa, con la cara sonrosada y ya entrada en edad, nos enseñaba a leer y a escribir. Yo sabía un poco, aunque con cierta dificultad, pues mi madre me enseñó las primeras letras. Otra más joven, muy alta y de piel cetrina, que siempre sonreía, era la encargada de la enseñanza del latín y el griego para lo que yo tenía mucha facilidad. También nos instruían en conocimientos de matemáticas, astronomía y filosofía. Éstas junto con la música y el dibujo eran las materias que me eran más gratas de aprender. Por las mañanas, después del desayuno, practicábamos el canto litúrgico con la madre. Ella nos acompañaba al órgano, que ejecutaba con gran habilidad; nos enseñaba la combinación de los tonos en la melodía y la armonía, la medición del ritmo en medida y tiempo y el color del tono de la voz. Nos miraba muy seriamente y con autoridad y nos decía con su voz serena y melodiosa:

-“Sabed que la música adecuada eleva al hombre sobre los pensamientos banales a un estado de ánimo sublime y alegre, afianza la mente y el corazón en las palabras y acciones sagradas”

No sé si eso era así cómo la madre lo expresaba, pero el canto y la música estimulaban la alegría natural de nuestra juventud, y deseábamos que llegara el momento de ir a la capilla a ensayar. Rompía la monotonía diaria. Con certeza, éste era un momento grato y relajado para todas nosotras.

Cuando no había monjas a la vista, las chicas mayores, entre susurros y risas, hablaban de los atributos masculinos y las cosas que harían con los muchachos cuando salieran del convento. Hablaban de la menstruación y la virginidad como algo muy grandioso e importante que te colocaba en un estatus superior. Yo sólo sabía que la única Virgen era María la madre de Dios.

Se escondían tras la ropa tendida y detrás de las puertas para enseñarse los pechos. Unas a otras se los manoseaban y los besaban jugando con los pezones. Se bajaban los calzones y se abrían de piernas maniobrando con el dedo. Compartían risitas y jadeos y parece que aquello les producía sensaciones agradables que no podían reprimir. Era muy pequeña y no comprendía qué era todo aquello, pero entendía que debía ser pecado porque se hacía siempre en secreto, a escondidas y a espaldas de las monjas, que nunca se enteraron o no quisieron enterarse.

Hubo un tiempo en que pensé que me había llegado la vocación y empecé a pensar en retirarme del mundo y consagrar mi vida a la adoración y servicio permanente a nuestro Señor. Con el transcurrir de los años, me veía como una anciana rolliza, ajada y avejentada, enseñando a jóvenes muchachas mis conocimientos, tal y como antes me habían enseñado a mí, y para siempre viviendo en aquel frío lugar en el que recibiría la visita de mis padres y mis hermanos los días que correspondía y el tiempo establecido. Sin haber vivido casi, me desprendería de todo lo mundanal, renunciaría a los besos y a las caricias del amor, a las fiestas y los banquetes que yo esperaba disfrutar cuando me llegara la edad. Ya no viajaría fuera de los confines de Roma ni conocería las delicias de la maternidad. Después me vino la sensatez, rechacé esos pensamientos y me dispuse a no volver a pensar en ello.

En el tiempo que permanecí en San Sixto, llegué a creer que mi padre me había abandonado y me había dejado allí para desprenderse de mí de la mejor manera y para que su conciencia no le acusara. Suponía que haría donaciones para el mantenimiento del convento, mi educación, aseo y alimento.

Pero yo estaba equivocada, mi padre tenía sus propios planes para su amada hija y no tardé mucho en saberlo pues muy pronto salí de aquel oscuro y frío lugar.

Publicado la semana 49. 04/12/2018
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The Lute in Italian Renaissance , Amor por la historia , De noche y en silencio , Investigación
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