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Marisa Herga

Fue por Ray

El silencio reina sobre la casa a esa hora en que todos duermen, y, como cada noche, el que escribe se acomoda frente al ordenador en un intento de dar forma al texto que bulle en su cabeza desde hace días.

Es un reto impuesto a sí mismo, un compromiso tácito, y se debe a esta obligación con responsabilidad y respeto. No quiere fallar. Son cincuenta y dos textos escritos en cincuenta y dos semanas. Según se mire, todo un año parece mucho, pero sin notarlo, golpe a golpe el tiempo inexorable se precipita hacia el final.

En un ejercicio de prestidigitación, el artífice cambia unas palabras por aquellas otras que, con mayor definición y claridad, exponen de forma concreta el concepto o la idea que pretende transmitir.

Establece la descripción precisa, la ubicación exacta para cifrar una historia entretenida, que, si es posible, enseñe o divierta o -fatuo deseo- haga pensar.

Avanza, no descansa. Fija el desarrollo de los hechos sin vana pretensión, y trata de acertar con el desenlace en un giro final.

En este naufragio, resurge la duda: la coma aquí, o el punto y coma, allá, el lugar preciso de las interrogaciones y las interjecciones. Rehúye de los adverbios terminados en mente, de los gerundios y del uso excesivo del “que” de los “mi”. Indaga cuándo usar los “que”, el “de que” y el “en que”, los “porqué” y el “por qué”.

Es preceptivo no repetir frases ni palabras y eludir los infinitivos, éstos sobre todo en el inicio.

Un caos de comillas, llamadas, paréntesis, dos puntos, puntos suspensivos, punto y seguido, puntos y aparte, se agolpan en un revoltijo incesante entre notas, apuntes, vivencias, recuerdos, lecturas.

 Parece que el patrón ya se ha adaptado al modelo, o tal vez, es el propio original el que se amoldó a la plantilla y, con miramiento, sin pasarse, sin salirse del plan trazado, con esmero, procede al corte exacto.

Esta ensalada de buenos propósitos se mezcla bien, se aliña y con esta emulsión, hace las primeras pruebas.

En la cata corrige, elimina, añade; vuelve a revisar, y suprime, reforma, subsana. De nuevo examina, rehace, modifica,  y, al fin, enmienda y retoca y repara.

En un último esfuerzo, sin una convicción absoluta, el vástago aparece ahora rematado y definitivo, surge dispuesto para volar sólo, preparado para caer en manos ajenas a las de su creador. Quizá llegue a las de algún fisgón impaciente, tal vez se trate de un voraz e insaciable lector capaz de valorar al artesano. Es posible que alguien, después de manoseado, lo abandone enseguida, no lo entienda o bien lo desprecie.

Poco importa. Ray estaría orgulloso de que un consejo suyo no dejara indiferente: “Si se escribe un relato cada semana, alguno puede ser bueno”, proponía con gran cordura.

Quizá dotarlo de una cierta calidad literaria, y que la historia sea original, no es necesario utilizar un erudito lenguaje, simplemente que la constancia de escribir y escribir, se vea premiada con el fin último: el loable propósito de ser leído en algún momento.

Sin embargo, si por alguna extraña razón se confabularan los hados y algo quedara en la memoria del lector, iría siempre al haber del apasionado por esta labor silenciosa que es la escritura, el artífice que dedicó muchas horas y días a su creación, dejando en ella pedazos del alma.

¡¡Va por Ray!!

Publicado la semana 47. 20/11/2018
Etiquetas
Bada sonora de la película Los 400 golpes de Jean Constantin , Ray Bradbury , Cuando venga bien , La escritura, la lectura, las palabras,
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Género
No ficción
Año
I
Semana
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