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Marisa Herga

La dama del cuadro

Desde el majestuoso retrato, que un cotizado artista de renombre le había pintado muchos años antes, colgado en la pared forrada de espejos del inmenso salón, otrora espectador de las más brillantes fiestas que podían recordarse, la hermosa dama, observaba cómo un ejército de tasadores, abogados, albaceas testamentarios y notarios, cual incontrolable  vendaval, con un desmedido interés comercial, determinaban el valor de los pocos objetos importantes que, todavía, quedaban repartidos por la casa.

Tiempo atrás la hermosa dama, envidiada y admirada, considerada el más bello rostro del cine, era disputada por los más importantes productores de filmes. Llegó a trabajar en películas del más grande presupuesto en Estados Unidos y protagonizó éxitos internacionales al lado de los actores más legendarios de la industria cinematográfica de la época.

Fue admirada en todo el mundo, amada por muchos hombres, tuvo amantes y varios maridos, y ganó tanto dinero, que se la consideró la artista más rica del país.

En su casa podía disfrutarse desde una magnífica pintura de Goya, una cerámica de Picasso o un dibujo dedicado de Dalí. Sus joyas eran envidiadas por todas las señoras de la flor y nata de la sociedad, sobre todo su colección de esmeraldas que lucía en ocasiones muy especiales, y, que custodiaba una caja fuerte en la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, a salvo de amigos de lo ajeno.

Con el tiempo, el trabajo faltó y como consecuencia, la entrada de dinero. Los amigos fueron desapareciendo igual que sus pertenecías y la gente se olvidó de ella. Sin embargo, no rebajó su nivel de vida y no se resistía a disfrutar de lujosas fiestas y largos viajes a distintas partes del mundo.

Vendió todas sus magníficas joyas, su armario de carísimas y raras pieles y los cuadros de firma que había ido atesorando en sus años de esplendor, el piano blanco que la acompañó durante sus espectáculos por el mundo y sus muebles y antigüedades.

Ya nunca salía a la calle, se encerró dentro de su mansión, no recibía cartas de admiradores, ningún empresario volvió a llamarla, a su puerta se apostaban multitud de acreedores que demandaban lo suyo. Ya anciana, vivía de la caridad y en la más absoluta soledad entre los recuerdos de su esplendoroso pasado, y, en ocasiones, de algún vetusto e incondicional admirador que le proporcionaba lo elemental para vivir.

No hubo postor. Nadie se acordaba ya de la estrella que llenó los cines y proporcionó tantos ratos de felicidad a varias generaciones.

Ahora, desde el enorme retrato, la bella dama observaba con tristeza, el salón de subastas vacio.

Publicado la semana 46. 13/11/2018
Etiquetas
Bésame mucho , El último cuplé , En una noche de nostalgia después de ver una vieja película , Amor al cine
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Relato
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