Semana
45
Marisa Herga

MARIMANTAS

Género
No ficción
Ranking
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Después de las diez de la noche, nadie en su sano juicio se atrevería a caminar por aquellas calles oscuras y desiertas, únicamente iluminadas por una exigua bombilla solitaria que hacía esfuerzos por mantenerse viva en una esquina. Por lo demás, todo era un áspero silencio frío que parecía congelar el alma, alterado por los lejanos bufidos de algún gato en celo.

Solo el bueno del Sebas, “el maleta”, osaba cruzar aquellas calles tan aprisa como podía aguantar, canturreando para espantarse el miedo que le invadía, a pesar de su  borrachera diaria, hasta que llegaba a su casa, en un recodo del recinto, protegido por la muralla, una vivienda desvencijada de ventanas sin cristales, por las que, sin permiso previo, se invitaba el frío del invierno, haciendo un completo paseo por la única estancia de la casa.

El Sebas, hombre humildísimo, pero honesto y servicial, era muy querido por sus vecinos, siempre dispuesto para trasladar el equipaje de los viajeros a la estación, realizar recados y hacer pequeños portes con su carrito de dos ruedas. Era tan menudo y sin carne que admiraba ver cómo, siendo tan escuálido, podía trasladar un sinfín de maletas y paquetes. De eso vivía, o más bien malvivía, “el maleta”.

Sin familia que le quisiera y nadie a quien mantener, pasaba su tiempo en el mostrador de La Catalana, en espera de que le llamaran para algún trabajo, una taberna en pleno centro de la ciudad, un local colonizado por el humo del tabaco, con olor a sudor rancio y vino agrio, frecuentado por borrachines del más bajo estrato, dónde podían embriagarse a placer y a muy buen precio, con las pistolas de vino peleón que la dueña del establecimiento dispensaba a su fiel clientela.

El local era un cuchitril oscuro con un largo mostrador que acogía a los bebedores, de pié, hasta emborracharse. La regentaba una mujer de empuje junto a su marido, de esas que llaman de raza, capaz de lidiar con la melopea de una clientela siempre achispada y dispuesta a las trifulcas y al insulto. No se supo que allí hubiera grescas ni pendencias, ella calmaba los ánimos  con una simple advertencia, y si el elemento se resistía, lo echaba a la calle y se reservaba el derecho de admitirlo de nuevo.

La mujer había llegado desde su Cataluña natal hacía muchos años, de ahí el nombre  por el que era conocida, tanto tiempo había pasado desde que vino a la ciudad, que la gente ya no recordaba cual fue su ocupación primera, aunque por su soltura y talante, bien pudiera intuirse.

Una pálida luna cejijunta de gesto agriado, grande y redonda como el ruedo de una plaza de toros,  jugaba a esconderse entre los negros nubarrones que, poco a poco, cubrían el cielo, lo que auguraba una larga noche de viento y lluvia.

Cargado de vino como siempre, el Sebas salió de la taberna dando bandazos de un lado a otro de la calle, camino de su casa. Subió a gatas las escaleras de acceso al interior del recinto  amurallado y apoyado en los muros   conseguía enderezarse y, a duras penas, caminar por el empedrado.

Tambaleándose se adentró en la bocacalle, cruzó la esquina y, allí mismo, quedó petrificado ante la terrorífica visión que apareció delante de sus ojos.

Bajando por  la empinada cuesta, se le acercaba una enorme figura espectral envuelta en un blanco sudario coronado por una vasija, por cuyos agujeros  las luces fluctuantes de unas linternas, le conferían el aspecto de un aparecido, como el fantasma de algún alma en pena que vagaba, entre aullidos, reclamando el perdón para descansar en paz.

Por un insólito prodigio, en ese momento se disipó su monumental curda, dejándole aterido y tan frío como las añejas piedras del muro, el corazón quería  salirse por la boca y en un gesto de asombro y miedo, ni parpadeaba siquiera. Se sentía tan débil que las piernas le fallaban y se resistían a sostenerle en pie. Fustigado por el pánico, no supo de dónde obtuvo las fuerzas pero a la velocidad de una liebre, dándose trompicones, corrió a encerrarse en casa, y todavía jadeante y tembloroso, se acostó en su maltrecho catre de paja.

La noche se le hizo interminable, de buena gana habría dado cuenta de una botella de vino. Permanecía al acecho, atento a cualquier ruido. El  ulular del viento martilleaba su cerebro sin tregua, lo que le impedía escuchar con claridad, no distinguía si era el quejido del ventarrón o se trataba de los alaridos de aquella espeluznante aparición.

A la salida del sol, consumido y demacrado, el Sebas echó agua en la palangana, se lavó las manos y se espantó las legañas. Abrió el postigo de la única ventana de la única habitación de su miserable casa y un tímido rayo se permitió entrar iluminando la estancia; ya había dejado de llover y se había echado el viento.

Con la llegada del nuevo día, parecieron disiparse los terrores de la noche pasada que le  producían escalofríos solo recordarlo. La cabeza le daba vueltas, quizá no fuera real, sino una alucinación producida por la enorme tajada que se pillaba a diario, y aunque el vino le saciaba el hambre y enmascaraba el frío, se prometió no volver a  beber. Por nada del mundo volvería a repetir la experiencia.

Cuántas veces de chanza en el mostrador de la taberna, los parroquianos se habían reído de este rumor que atemorizaba a los vecinos, del miedo a toparse con la enigmática marimanta una noche cualquiera, pues nadie conocía si era humano o espíritu, ni cuáles eran sus verdaderas intenciones.

Desde muy antiguo, se contaban mil historias terroríficas del espectro que circulaba por las oscuras callejas de la ciudad antigua en las noches de luna. Eran cuentos que daban que hablar a las mujeres cuando se reunían en las fuentes y a las puertas de las casas, y que las madres utilizaban para asustar a los niños cuando no querían dormirse. El miedo atrapaba a chicos y mayores por igual. Los hombres no se libraban y  especulaban sobre qué o quién iría debajo de la blanca mortaja.

Unos decían que si eran hombres infieles a sus esposas, que iban a rondar a sus amantes, otros, que eran mujeres que, de madrugada, salían a vigilar a sus maridos adúlteros. La verdad se descubrió más tarde, el día que un joven se topó de frente con la marimanta, y en su afán por defender su vida, con gran arrojo se le enfrentó, sacó una navaja cuya hoja brilló aterradora a la luz de la luna, haciendo huir al espectro, que al final resultó no ser tal. Entre gritos e insultos, corría como alma que lleva el diablo pidiendo clemencia; por el camino fue dejando los restos del sudario que le cubría y la olla de barro, que se hizo trizas al caer el suelo.

Publicado la semana 45. 06/11/2018
Etiquetas
Ay pena, penita, pena de Lola Flores , Cuentos, leyendas y realidades de un pasado reciente , Tomando un buen vino
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