Semana
43
Marisa Herga

El duende

Género
No ficción
Ranking
1 84 10

Tengo costumbres raras, manías o tics, no sé, pueden llamarse chifladuras, acciones que realizo siempre antes de salir de casa y, por la fuerza de la costumbre, las ejecuto de manera automática incluso aunque me espere una cita o me apure la prisa. No importa. Lo primero es lo primero.

Compruebo al detalle que las luces queden apagadas, que estén bien cerradas las ventanas por si llueve o hace frío, si bajé las persianas para que no entre el sol en verano y doy una última vuelta por ver si algún grifo quedó abierto. Antes de salir a la calle, me cercioro de que todas las cerraduras de la puerta quedaron aseguradas, que he dado las últimas vueltas a la llave del cerrojo y, con esa garantía, me voy en la confianza de que todo está controlado.

Pero desde hace bastante tiempo tengo la extraña sensación de que en mi casa habita un duende. Esa percepción se ha ido convirtiendo en una evidencia según pasan los días y, esta certeza, altera mi tranquilidad.

No se trata de un geniecillo cualquiera, no es violento ni perverso. No, qué va. Más bien se comporta como un espíritu rebelde y travieso por eso no me inquieta en exceso, no me provoca temor, aunque sí me perturba y consigue desestabilizar el orden dentro de mi caos cotidiano.

Fue al abrir la puerta cuando descubrí que, aún siendo pleno día de un sol radiante, la luz de la entrada estaba encendida. Pensé que había sido un olvido mío, algo que suponía difícil puesto que lo revisaba todo antes de salir, aunque no era imposible, y, después de un tiempo en que tal circunstancia no volvió a ocurrir, me olvidé del asunto y dejé de pensar en ello.

Pero poco después se repitió en sucesivas ocasiones pues, además de las luces encendidas, encontré un grifo goteando y fue entonces cuando empecé a preocuparme seriamente.

Traté de hacer memoria, recordar cuál fue el último momento en el que entré en ese baño y utilicé el lavabo. Nada. Ninguna imagen llegaba a mi mente que me lo hiciera recordar. Estaba segura de que hacía tiempo que no utilizaba otro baño que no fuera el mío habitual.

Ante la evidente realidad, tenía que hacer algo. Comencé a maquinar, no sé, quizá  poner alguna trampa, una celada para que el pícaro diablillo cayera en ella y fuera descubierto. Por eso, a partir de ese momento, cuando entro en casa hago una revisión exhaustiva de todas las habitaciones, confiando en tropezarme con él o encontrarlo todo tal cual yo lo dejé.

Es muy listo el condenado, y aunque le busco las vueltas, el espíritu travieso me lleva la delantera.

Descubro grifos abiertos, luces encendidas, el cerrojo sin echar, las puertas del armario abiertas, con lo que eso me molesta, ventanas que yo estaba segura haber dejado cerradas. Encuentro  un vaso usado en la encimera, una lata de cerveza vacía fuera del cubo de reciclar envases, un pequeño reguero de miguitas de pan en la mesa de la cocina y virutas de chocolate en la nevera.

 Fascinante, el duende, además de pillo, también es un goloso.

Pero lo que ya ha colmado mi paciencia, ha sido encontrar la tapa del váter levantada. ¡Ah no, por ahí no paso, faltaría más!

Grité, despotriqué, me desgañité maldiciendo en todos los idiomas conocidos, blasfemé en aquellos otros olvidados, condené con tan atronadora magnitud que pareció temblar el mundo. Quise creer que, con este inmenso alboroto, el espectro ya se habría dado por enterado y desistiría de su actitud provocadora.

Y para mi sorpresa, pasado unos días, ese monumental enfado surtió un liviano efecto. Liviano digo, algo es algo.

Ahora cuando entro, con mucho cuidado y en silencio reviso la casa con detalle  y, en contadas ocasiones, encuentro la cama perfectamente hecha, los cojines del sofá ordenados y en su sitio, hasta el lavaplatos está recogido pero lo mejor de todo, es que incluso, a veces, pocas desde luego, ha retirado la ropa de las cuerdas del tendedero, sólo que aún no ha aprendido que, después de recogida, la ropa ha de doblarse.

Pero eso ya es otra historia.

Publicado la semana 43. 22/10/2018
Etiquetas
La banda sonora de mi vida , Lo cortidiano , Siempre que se quiera , Vamos a ver si subimos otro escalón, ¡qué trabajito!
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