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Marisa Herga

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Afuera, la furiosa tormenta de agua y granizo colapsaba el tráfico desde primera hora de la mañana, un viento impetuoso movía violentamente los árboles y los conductores agobiados y nerviosos hacían sonar el inclemente claxon de los coches. Era una jornada de perros que incitaba a quedarse en casa leyendo un buen libro o viendo una película interesante, no era para nada una tarde apetecible para salir de viaje.

Antes de irse, cerró los cajones de su mesa, apagó el ordenador, echó un rápido vistazo a su puesto, lanzó un beso al aire desde la puerta del módulo, agitó la mano en señal de despedida y levantando el tono, dijo con voz firme: -Daos todos por besados, - y desapareció.

Conducir no era precisamente algo con lo que disfrutara; cada vez que tenía que coger el coche le producía un estado incontrolable de angustia, que se acrecentaba todavía más, cuando se veía obligado a hacer una pila de kilómetros por carretera. No esperó a tomar el refrigerio que la empresa tenía por costumbre ofrecer a sus empleados en estas fechas, por eso se fue: urgía salir con tiempo suficiente, antes de que la vía fuera asaltada por la furibunda turba de coches que se desplazaban a pasar la Navidad fuera de la ciudad.

Hacía un frío del demonio y llovía a mares, eso ralentizaba la salida de la ciudad y suponía sortear los coches, poner atención a los semáforos, cuidar de no atropellar a los peatones que corrían a resguardarse de la pertinaz lluvia. La situación era agobiante.

Siempre que llovía, aunque cayeran cuatro gotas, ocurría lo mismo. Parecía que, por un extraño encantamiento, el parque automovilístico aumentara al ritmo de la cantidad de agua que vertía la lluvia. Todo el mundo llevaba prisas y, para rematar, se había anunciado una nevada por la zona esa misma tarde. Desde luego el viaje no había empezado bien.

Tardó más de una hora en salir de la ciudad. Por fin pudo llegar a la autovía, y aunque haría más kilómetros, los dos carriles de una sola dirección, le ofrecían mayor seguridad que la carretera nacional donde cada cual circulaba como le venía en gana, adelantando sin respetar la línea continua de prohibición. Se situó a la derecha, controló la velocidad del vehículo, encendió el reproductor de música: saltó la canción The Great Pretender, que Freddie Mercury, uno de sus cantantes preferidos, interpretaba magistralmente. Y ya más tranquilo, pensando que todo estaba más o menos controlado, suspiró y poco a poco, se fue relajando.

Los cepillos trabajaban sin descanso en un vano intento de dejar limpio el cristal, produciendo, con su movimiento, un soniquete uniforme y monótono que le taladraba el cerebro, mientras la lluvia, inclemente, golpeaba sin cesar el parabrisas. Le dio al play, la canción que hacía tiempo se había terminado, volvió a sonar, entonces Max, accionando el mejor mecanismo de liberación que conocía, comenzó a cantar a la misma vez que el cantante, elevando más y más el volumen de su voz, hasta desgañitarse, la canción lo pedía: “Oh yes I’m the great pretender. Ooh  ooh. Pretending I’m doing well. My need is such  I pretend too much I’m lonely but no one can tell”.

-¡Vaya-, cabreado consigo mismo, se dijo para sí al mirar el indicador de combustible, - qué cabeza la mía, se me había olvidado llenar el depósito!

Buscando una salida, se coló por el primer desvío que pudo vislumbrar a través de la espesa cortina de agua. Un rancio y desvaído cartel anunciaba el despacho de carburante en una pequeña gasolinera a la entrada del pueblo, un residuo de aquellas antiguas que habían ido desapareciendo ante la desaforada invasión de las autopistas. Llenó el depósito del coche y compró unas chocolatinas, pues con las prisas no había tomado nada y no iba a probar bocado hasta llegar a casa. Pagó y volvió al coche corriendo; la lluvia arreciaba. Cuando tomó asiento y se preparaba para abrocharse el cinturón de seguridad, alguien golpeó la ventanilla con insistencia. Una muchacha muy joven abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.

– ¿Puede llevarme?-, le preguntó con un hilito imperceptible de voz.

No se lo pensó dos veces, la chica estaba empapada, con los cabellos chorreando, no podía dejarla allí.

-Hola, yo soy Max. En el asiento de atrás hay una pequeña manta. Cógela y te secas un poco.

Y eso hizo la chica, sin pronunciar una palabra.

Al cabo de un rato, Max se atrevió a preguntar: -¿Te encuentras mejor? ¿Cuál es tu nombre?

-Puedes llamarme Luna-, contestó la chica después de un largo silencio, en un tono casi inaudible.

“¡Ay Max, mira que te he dicho que no recojas a nadie en la carretera! ¡A saber quién es! Puede que sea una delincuente que busque la policía, una joven que se haya escapado de algún centro, a lo peor, tiene cómplices esperando en el camino. ¡Ay hijo, eres demasiado confiado!”.  Estas palabras de su padre le golpeaban dentro de la cabeza igual que lo hacía la lluvia en los cristales. Y es posible que tuviera razón. Seguro que sí la tenía, como casi siempre.

Ahora reconoció que no reparó bien en la muchacha, que no podría reconocerla ni describirla. Tendría que haberse negado, y empezó  a culparse por no hacer caso de los consejos de su padre. Pero, ¡cómo dejarla allí, abandonada en plena tormenta! No tenía corazón para hacer eso.

La miró de reojo. La chica, vestida con unos vaqueros bastante deteriorados, permanecía inmóvil, con la mirada fija en la carretera, casi sin parpadear, las manos, apoyadas sobre las piernas, le parecieron excesivamente pálidas para una chica tan joven, eran tan blancas que transparentaban el color azulado de las venas. Parecía estar enferma.

Era obvio que estaba obligado a preguntar: -¿A qué te dedicas?

La  muchacha sin apartar la vista de un punto fijo de la vía, con voz apagada contestó lacónica: -Era estudiante hasta hace poco.

Y de nuevo el silencio. Max rabiaba. “Pues vaya compañera de viaje que me ha tocado. Tenía que hacer caso a mi padre más a menudo. La que me espera y encima le molestará que ponga mi música. Y que yo cante, ya, ni pensarlo. Manda narices”

Trató de calmarse y tomar el control de la situación, le dio al play de nuevo y comenzaron a sonar los acordes de “With A Little Help From My Friends”, Joe Cocker desparramaba su personal y ronca voz invadiendo el interior del vehículo. Max se acompañaba tarareando la canción, procurando no  molestar a la “compañía”.

Todavía quedaban unos cuantos kilómetros hasta el desvío a la sierra, y el estómago comenzó a dar señales de vida. Ahora tendría que compartir una chocolatina con Luna. El día había empezado mal, pero llevaba trazas de acabar peor. ¡Uf!, qué ganas tenía de llegar al pueblo, aparcar el coche, ver a su familia, degustar los ricos guisos de la abuela, pasear por el bosque y olvidarse de los horarios leoninos, las prisas para completar los cálculos, el apremio de los jefes para entregarles los proyectos acabados con urgencia, porque todos los trabajos tenían carácter de urgencia. Todos, sin excepción, debían estar terminados para el día anterior. Estresante.

Extrajo de la guantera dos chocolatinas y ofreció una a la chica, pero ella la rechazó levantando la mano. Observó que no llevaba puesta más que una ligera camiseta, lo que resultaba chocante siendo un invierno tan riguroso, con una bajada histórica de temperaturas. Quizá le habían robado el abrigo y el dinero, razón por la que había hecho auto-stop. Lo dudoso es la razón por la  que le había elegido a él precisamente, por eso no comprendía cómo no había confiado contándole su historia. Sin embargo, era evidente que la chica resultaba extraña, algún misterio debía ocultar y empezó a desconfiar de ella.

Había parado de llover, y el cielo por un momento se despejó de nubes, dejando paso a unos tenues rayitos de sol que, a duras penas, le alegraron el trayecto. Allá, a lo lejos, las cumbres nevadas de la Sierra anunciaban que ya faltaba menos para llegar a casa.

Uno ligeros copos blancos, como suaves bodoques, comenzaron a rodar por el cristal y se deslizaban suavemente sobre el pavimento. Se animó al ver caer la nieve, porque una Navidad sin nieve no parecía una verdadera Navidad.

No se percató que, hacía rato, habían dejado la autovía, tan absorto estaba en la extraña situación que se desarrollaba dentro del automóvil. Ahora, se daba cuenta que no sabía nada de la chica y tampoco le había dicho adonde se dirigía. Ella podría pensar que se había desviado a propósito, que tal vez trataba de aprovecharse de ella, cualquier cosa era posible. Tomó aliento, y con toda la calma de que fue capaz, le dijo:

-Verás, Luna, hemos salido de la A-5 hace ya un rato, lo siento, no me di cuenta. Tú dirás, te dejo donde me digas. Si hay que dar la vuelta no importa, ha sido culpa mía por no preguntar.

La muchacha no pareció afectada por ese contratiempo, al contrario, dijo que nadie la esperaba, adónde fuera él, estaba bien.

Max volvió a centrarse en la carretera, tomó el desvío hacia la local que le llevaba directamente hasta la pequeña aldea origen de su familia, un pueblo muy pequeño, que en invierno quedaba incomunicado por la nieve, rodeado por un humilde río que daba las mejores truchas de la región. No tenía ni alcalde ni iglesia, sólo una modesta ermita semiderruida en lo alto de una cima, a la que se accedía por un escarpado camino entre las rocas. Colgadas en la falda de la montaña, apenas eran una veintena de casas, algunas ya abandonadas, testigos mudos de la emigración, situadas a un lado y otro de la carretera. Luna permanecía en silencio, ensimismada, con la mirada puesta en ese punto del horizonte. ¿Cuáles serían sus pensamientos?

Max con mal contenida emoción evocó sus recuerdos infantiles.

Contó que era el pueblo del que procedía su familia materna, dónde todavía vivía su abuela, una dulce ancianita de noventa años, de pelo níveo y moño bajo, que hacía los mejores frites de cordero del mundo. Desde siempre tenían la costumbre de reunirse por Navidad, única época del año en que podían juntarse todos, primos, tíos, hasta que la familia se fue diluyendo, y se redujo a sus padres, su hermana, el cuñado y los dos niños.

Max, bastante conmocionado por los sentimientos que le suscitaba la añoranza, hablaba sin parar de su familia. Mantenía vivos los recuerdos de aquellos veranos de su niñez cuando su abuelo le enseñó a pescar truchas en el río y a cazar conejos, que luego la abuela guisaba con leña de encinas en la lumbre del hogar. Allí aprendió a observar el regio vuelo de las águilas, la monumental envergadura de los buitres sobrevolando los picachos de la montaña y la belleza elegante de las acrobacias de las cigüeñas negras jugando y dejándose llevar por los caminos que forman las capas de aire.

Había recorrido los senderos de la montaña, descubriendo la belleza de las gargantas y sus chorreras, y hasta llegó a subir al pico más alto de la sierra, ese en el que la nieve es permanente durante todo el año. El abuelo le llevó donde la laguna del antiguo glaciar rodeada por altas montañas rocosas, cuyas cristalinas aguas permanecen congeladas durante el invierno y el principio de la primavera, un lugar paradisíaco en el que el tiempo pareció haberse detenido desde que el nevero se había formado cuando el hielo se retiró hacía centenares de miles de años,  este es el medio natural en  el que habitan las magníficas cabras montesas, un espectáculo digno de ver, trepando sin miedo por las peligrosas rocas.

Max, anunció en voz alta, -Ya estamos llegando. Esas son las casas. ¿Ves la ermita, allá en lo alto? El río queda detrás, no se divisa desde aquí. Te llevaré, sus aguas son tan cristalinas que se ve a las truchas en el fondo.

Entonces, Luna pareció despertar de su letargo: -Quiero conocer a tu abuela.

Al fin habían llegado. Los padres de Max, sonrientes, esperaban a la puerta de la casa, deseando entregar a su hijo los besos y abrazos que habían ido guardando durante todo el año. Los niños corrieron hacía Max, tirándole de la ropa, ansiosos por descubrir los regalos que su tío les había traído. Dentro la abuela, junto a la lumbre, desplumaba una gallina de su corral que serviría para la cena de esa noche. Al acercarse comprobó cuánto había envejecido, sus menudas manos, cubiertas por gruesas venas, eran un manojo de huesecillos. Había perdido mucha visión, pero acostumbrada como estaba a trabajar toda la vida, no quería delegar en su hija las tareas que, según decía, todavía podía hacer. Había que hablarle alto y cerca de la oreja, pues en el último año, había dejado de oír bien.

Max hizo las presentaciones de rigor, y su madre que creyó que Luna era su novia, le preparó rápidamente un cuarto donde pudiera pasar la noche. Les ofreció un caldo caliente, que les entonó el estómago, queso, jamón y patatera con pan y un vasito de vino que ellos elaboraban de las pocas viñas que quedaban después de la muerte del abuelo. Una vez reconfortados, salieron a recorrer los alrededores antes de que se hiciera de noche.

La cena de Navidad, con la pequeña familia reunida junto al fuego, resultó muy agradable y emotiva. Los niños cantaron los villancicos de siempre y después de tomar la sopa de almendras con repápalos que la abuela había hecho para el postre, se fueron a dormir. La anciana también se retiró a su cuarto. Y allí, alrededor de la mesa se quedaron los demás, hablando de todo aquello que habían hecho durante el año y de los proyectos que tenían para realizar en el futuro. Fue entonces,  al preguntar su madre de qué se conocían, cuando Max se detuvo a observar a la joven. Le resultó exageradamente flaca, de una delgadez extrema, con la tez tan blanca como la nieve; le sorprendieron sus ojos brillantes y fríos, su mirada acuosa que extrañamente parecía observar desde dentro. Emanaba de ella un halo misterioso, como de otro mundo, algo singular y enigmático que no acertaba a comprender.

A la mañana siguiente, Max bajó a la cocina: en la chimenea ardían unos gruesos troncos de leña y el olor a café recién hecho y pan tostado invitaban a tomar un buen desayuno al calor de la lumbre. Max preguntó por Luna, pero nadie la había visto. Salió al patio trasero donde las revoltosas gallinas le dieron los buenos días con su escandaloso cacareo; allí no estaba. Volvió dentro de la casa y fue al dormitorio. La cama y la habitación parecían no haber sido tocadas, quizá se levantó temprano y salió a pasear. Buscó fuera de la casa. El camino de acceso estaba nevado desde la noche anterior, y unas huellas de pisadas muy ligeras que quedaron marcadas en la nieve, parecían perderse al llegar a la carretera. La llamó a gritos y fue hasta el río, parecía como si la tierra se la hubiera tragado. Regresó a la casa sin noticas de Luna, era una chica extraña y para justificarla, pensó que se fue del mismo modo que apareció, pero, al menos, debió dejar una nota para evitar su preocupación. No dejaba de pensar en lo que había pasado con Luna y decidió que, cuando llegara a su casa de la ciudad, acudiría a la policía.

Después de comer, tomó el camino de regreso. Cogió como siempre la nacional y después la autovía. La circulación era fluida y le reconfortó pensar que llegaría siendo de día aún. No soportaba la noche en la carretera, en realidad le daba miedo.

Conectó la radio en el momento que el locutor informaba que se había producido un accidente muy grave en el kilómetro 100 dirección norte, justo en la misma que circulaba Max. Parece que un kamikaze discurría en sentido contrario y se había empotrado bajo un camión, ardiendo en llamas ambos vehículos. El conductor del camión, un hombre de unos cincuenta años, logró salvarse saltando de la cabina, sin embargo el ocupante del coche había fallecido. Se ignoraba por el momento, si se trataba de un accidente o de un suicidio. No se conocía la identidad de la víctima que se había calcinado con el vehículo.

De pronto recordó que allí estaba la gasolinera en la que repostó y compró las chocolatinas. Fue en ese lugar donde Luna se metió en su coche.

El locutor seguía dando información: “Curiosamente, hace dos días en ese mismo lugar, falleció una joven que circulaba correctamente, al ser embestida por un conductor que no respetó el Stop cuando se incorporaba desde la vía de servicio”.

No, no, debía estar equivocado. Seguro que no entendió bien.

Pero no, de pronto llegaron, chirriantes, las estridentes sirenas de las ambulancias y del camión de bomberos que adelantaron, a gran velocidad, toda la fila de vehículos. La policía había cortado la carretera habilitando un solo carril por el que era obligado circular. Max redujo la marcha, y al llegar al kilómetro 100 los bomberos trataban de apagar el fuego provocado por el accidente.

Sentado en la cuneta, un hombre de unos cincuenta años, se llevaba las manos a la cabeza y se limpiaba los ojos enrojecidos por las lágrimas, mientras varios sanitarios trataban de serenarle. A su lado, de pie, una chica de rostro demacrado, extremadamente delgada, casi transparente le dirigió la mirada, le sonrió y en ese momento pareció que su rostro tomaba un color sonrosado. ¡Era ella, Luna, estaba allí y estaba viva!

Gritó su nombre angustiado. Quiso parar pero no le dejaron: un policía con gesto serio, le instó autoritario: - ¡Circule!

Max avanzó despacio, sin dejar de mirar por el espejo retrovisor. La imagen de la muchacha se fue desvaneciendo con el humo del incendio, hasta desaparecer por completo. 

Publicado la semana 41. 08/10/2018
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Navidades Blancas, de Irving Berlin , Viaje en Navidad , Siempre, cada día , Misteriosa chica de la curva
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