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Marisa Herga

DULCE ELENA

DULCE ELENA

 

 

Vencido ya el día, después de la cena, el paseo marítimo se va poblando de andarines de la noche: parejas que se toman de las manos, familias completas, ancianos de caminar cansado que comparten un helado, padres con niños juguetones, alborotados jóvenes que, en plena ebullición hormonal, derrochan su juventud sin reservas, esculpidos cuerpos dorados de cabellos rubios como el sol del medio día, en una amalgama variopinta de razas, en una mezcolanza de idiomas y acentos.

Junto al malecón, unos espigados muchachos, tallados por un primoroso cincel y la piel del color de su tierra africana, a modo de tiendas portátiles, extienden sobre el acerado sus cuadros de telas repletos de imitaciones de bolsos de moda, de zapatillas deportivas, cinturones, camisetas, pulseras y collares de piedras de mil colores, y unas muchachas, a cual más bella, de piel tan oscura como el ébano, ataviadas con sus trajes de vivas tonalidades, adornan las cabezas de los transeúntes errantes que así lo requieren, con trencitas minúsculas y lindas cuentas de todos los colores.

Son mujeres tan hermosas, que me detengo pasmada frente a los puestos, como lela, tan solo por el placer de contemplarlas. Me entusiasman sus vestidos, distintos todos, y el complicado tocado que adorna sus cabezas; en ese momento y como poseída por un deseo irrefrenable y sin poder evitarlo, los compraría todos para mí, aunque sólo fuera para mirarlos, y no dejo de preguntarme cuál habrá sido su vida antes de llegar hasta aquí, qué razón les obligó a hacer este viaje, pienso en sus familias y en todo cuanto dejaron atrás y admiro esa entereza, casi dichosa, con la que encaran su nueva vida en un país extraño de lengua y costumbres desconocidos. Esos tristes pensamientos que afligen mi espíritu, me obligan a pensar en lo cruel que es el destino de las personas, en la importancia que tiene la familia y el lugar en que se nace.

Despacio, continúo mi paseo tratando de calmar mi codicia, las contemplo, las admiro y, una y otra vez, vuelvo sobre mis pasos para mirarlas. Observo la divina perfección de su perfil de labios gruesos, bien dibujados, que

ellas maquillan de color para resaltarlos, como si eso fuera necesario, me fascina esa piel brillante que pareciera que un extraordinario artesano la hubiera lustrado con cera de abejas, me maravillan sus admirables facciones, esa total armonía en su conjunto, la rítmica forma de caminar tan propia y esos ojos negros navegando en un mar rojizo. Se me antoja pintarlas en un cuadro, una por una, pues no sabría cual elegir. Quisiera hacerles fotos y, por temor a molestarlas, no me decido a pedir su permiso. Y así, va pasando un día tras otro, un año y otro año, vuelvo al mismo lugar al año siguiente, y como siempre, me quedo allí parada sin acabar de decidirme.

Una mañana, andaba yo muy relajada dormitando en la tumbona de la playa, bajo la sombra de pajizo del quitasol, tratando de no pensar en nada, si es que eso puede ser posible, resignada ya a no conseguir la foto del natural y convencida de que si, quería realizar el retrato de una mujer africana, auténticamente real, una mujer nacida en ese continente, de aquellas que tienen que recorrer kilómetros para traer agua al poblado, una que siendo niña, habrá pasado por la cruel ceremonia de la ablación, y tantas y tantas cosas que no puedo imaginar, tendría que recurrir a las miles de fotografías que invaden las páginas de internet. Esa solución me parecía tan impersonal como falsa, así que decidí que no lo haría, pues mi deseo era pintar a una mujer auténtica, viva, que me hubiera transmitido el deseo de plasmarla en el lienzo, que me dejara atrapar su interior. Y así, me conformé con disfrutar de su visión en la distancia y desear, en lo más profundo, que la vida las compensara de las injusticias que hubieran sufrido.

Entonces la oí; hasta aquí llegaron las notas de una conocida canción popular cubana en la voz de una mujer que, se acercaba y se alejaba, mientras caminaba por la arena, tarareando “…buancaramera, guajaira buancaramera…”, lo que me obligó a incorporarme, únicamente por la curiosidad de conocer a la dueña de tan dulce voz y de ese extraño y simpático acento que no conseguía localizar.

La mujer era una negra como un tronco de madera carbonizado por el fuego, muy alta y lucía con garbo uno de esos trajes multicolor típicos africanos que tanto me fascinan. Llevaba sobre la cabeza un cestillo de paja trenzada

colmado de coloridos pañuelos y pareos, a la espalda, una mochila en la que portaba toda su mercancía, que ella vendía, lo que constituía su medio de vida.

De tumbona en tumbona, aquí y allí tomaba asiento, hablaba con los veraneantes con mucha familiaridad, como si se conocieran desde siempre. Tenía una sonrisa y una palabra amable para todos, con ella iba un jovencito de ocho años, luego me enteré que era uno de sus cuatro hijos, el más pequeño, que mis vecinos de hamaca trataban con inmenso cariño y lo llevaban a comer a su casa en algunas ocasiones.

Me fascinó nada más verla. No tenía la belleza perfecta que yo buscaba, pero era hermosa dentro de su sencillez y naturalidad, su mirada era limpia y sincera. La observé detenidamente hasta que se marchó continuando su camino, la dejé irse canturreando con su dulce hilito de voz “…buancaramera, guajaira buancaramera…”.

Al día siguiente, la vi charlando con mis vecinos. Estaba muy cerca, la oía hablar, cantar con su alegría, que era como su reclamo para que los turistas vinieran a comprar su mercancía. Era el último día de nuestras vacaciones, así que sin pensar demasiado me acerqué hasta ella, pues en ese momento se había sentado un rato para descansar y hablar de su hijo.

No me anduve por las ramas:

-Hola, verás es que yo pinto…¿sabes? … Mi nombre es Marisa. Me gustaría pintarte ¿Puedo hacerte unas fotos? ... ¿Cómo te llamas?

La mujer me miró con timidez y cierto recelo, no ignoraba yo que los pueblos de África son bastante supersticiosos, quizá por eso acudió solicitando el auxilio de mis vecinos, que al fin eran sus conocidos, los cuales asintieron con un afirmativo movimiento de cabeza.

-Me llamo Elena.

Elena, repetía yo con la misma alegría que si hubiera conquistado el Everest. Ignoro cuál sería su nombre en su dialecto natal, pero el que había adoptado me pareció que le iba muy bien a su persona.

Ella posó paciente, y aunque la luz no era la adecuada, tan fuerte a esa hora del mediodía, con el móvil le tomé varias fotografías que me servirían para realizar su retrato. Le prometí que el próximo verano lo tendría terminado y le llevaría la foto como recuerdo.

Me pareció que debía agradecérselo de alguna manera, y, no sólo por ello sino porque me parecieron preciosos, le compré tres collares confeccionados por la tribu massai, exactamente los mismos que ellos usan. Le pedí permiso para besarla, y ella accedió sin recelo. Cuando ambas nos miramos, tuve la percepción de que algo singular y espontáneo fluyó entre nosotras. Éramos nada más y nada menos que dos mujeres.

Publicado la semana 40. 01/10/2018
Etiquetas
Música del continente africano , Un deseo, una inquietud , Leer siempre que se pueda , Africa
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