Semana
04
Marisa Herga

El singular y definitivo viaje del tío Benito

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Pasaban las tres de la tarde, cuando tomó la Gran Avenida después de salir del trabajo con dirección a su casa, y el sonido inmisericorde del manos libres interrumpió bruscamente sus pensamientos. No era la hora habitual de recibir una llamada de la oficina, por eso pensó que sería Mari Carmen que quería que pasara por el Hiper, como tantas veces, a comprar algo de última hora que olvidó, o tal vez recoger a los niños en la academia de inglés porque ella llegaría más tarde, así que se cercioró de quién llamaba pero no reconoció el número y en contra de su costumbre de no responder a cualquier llamada que no consiguiera identificar, contestó de mala gana:

 

-Sí, dígame, dejando caer las palabras como si le pesaran.

 

Del otro lado de la línea una voz como de túnel, contestó: -Buenas tardes, soy el encargado del Cementerio Municipal y quiero hablar con Don Ceferino Cano Contreras.

 

-Sí, dijo él, soy yo. Usted dirá qué quiere.

 

-Pues verá señor, se trata de un familiar suyo fallecido hace treinta años, Don Benito Contreras Lobo. A final de este mes caduca el tiempo de reserva de permanencia en la tumba y. tiene que retirar los restos. Si usted no se hace cargo, los huesos irán al osario para ser quemados, ahora bien, puede optar por renovar el contrato por otros treinta años y para ello es necesario que se persone en estas dependencias, presentando su documentación y la partida de fallecimiento del finado para formalizar un nuevo contrato.

 

Ceferino que no daba crédito a tan surrealista llamada, contestó, sin pensarlo demasiado, que pasaría al día siguiente.

 

La voz de túnel, dijo. –De acuerdo entonces, gracias. Que tenga usted un buen día.

 

Vacilante se despidió Ceferino, todavía perplejo por tan inusitada demanda.

 

Empezó a cavilar la forma en que plantearía el asunto a su mujer, seguro de que ella lo entendería y sabría resolver la situación con su buen juicio. Redujo la velocidad del vehículo y tratando de serenarse y reflexionar dio varias vueltas a la manzana para ganar tiempo, pues según se acercaba a su casa, se le iba acelerando el corazón. ¿Cómo lo haría? Se lo diría de sopetón, sin andarse con rodeos, aunque Mari Carmen que era de natural bondadosa, tenía su carácter y no podía predecirse como reaccionaría.

 

La tarde se iba echando, y todavía no había tomado una decisión definitiva. Recordaba al tío Benito, un borrachín sin oficio ni beneficio que se enroló en la Legión de donde acabó por desertar, eso fue lo que dijo él aunque todos creyeron que le expulsaron, para luego emigrar a América pensando en hacerse rico, cosa que no consiguió.

 

Regresó de su periplo por el gran continente con una mano delante y otra detrás y la madre de Ceferino, con su gran corazón, se hizo cargo del más joven de sus hermanos, el que más quería y al que casi había criado. Cuando acudió a ella desgastado y enfermo, Valentina, que había enviudado muy joven, le recogió y le cuidó en su enfermedad hasta el último suspiro, con su exigua pensión y pidiendo prestado a algunos familiares, hizo frente a los gastos del entierro porque Benito era un pobre indigente que no tenía ni donde caerse muerto. Ella no consentiría nunca que su hermano menor careciera de un enterramiento digno y como Dios manda, como solía decir.

 

Bien, pensó el bueno de Ceferino, hombre retraído y parco en palabras, tenía que ir a casa, sino Mari Carmen se enfadaría y con razón, por llegar tan tarde, ahora era necesario inventar una buena excusa y no estaba acostumbrado a mentir. Ella lo detectaba enseguida, era muy lista, además se ponía nervioso y tartamudeaba, lo que le hacía menos creible.

 

Al llegar a casa, después de justificarse por la tardanza, bañar a los niños y cenar, se fueron a la cama sin que Ceferino encontrara el momento oportuno de contarle a Mari Carmen la extraña llamada que recibió.

 

No pudo conciliar el sueño en toda la noche. Al día siguiente, antes de ir al trabajo, se acercó al Registro Civil y con el acta de fallecimiento del tío Benito, se fue directo al Cementerio, donde le esperaba el funcionario municipal que le entregó en una triste bolsa de plástico lo que intuyó serían los exiguos restos del muerto. En el garaje hizo el trasvase de un coche a otro, antes que Mari Carmen saliera con los niños.

 

Ignorando que con ella viajaba un pasajero clandestino, fue al colegio a dejar a sus hijos, a media mañana volvió para recoger en el recreo al pequeño y le llevó al Pediatra, volvió a dejarle en el colegio para que almorzara en el comedor escolar junto con su hermano.

 

Por la tarde, Ceferino y su mujer hicieron la compra del mes en el Hiper, luego pidió a Mari Carmen que se acercaran al bazar chino pues los compañeros de trabajo le habían encargado una caja de plástico con tapadera. La pobre mujer, con toda su santa paciencia y sin comprender muy bien el objeto de aquel disparate, sirvió de modelo probando sobre su cabeza, una vez y otra, hasta dar con el idóneo, los distintos modelos de cajones, calibrando por el tamaño de su cabeza si el encargo era el adecuado.

 

Ceferino transpiraba y se agitaba por momentos, se reprochaba carecer del valor necesario para confesarle a su esposa el secreto que, envuelto en unas mantas, ocultaba dentro del maletero.

 

Al día siguiente, ignorante de que tenía un macabro polizón instalado en su coche, luego de dejar en el colegio a los niños, Mari Carmen siguió con su vida. Acudió a la peluquería y después retiró unas chaquetas de la tintorería, se acercó hasta el zapatero, fue al banco y compró algo de pescado. Hizo la comida y almorzaron en silencio. El día pasó completo y no salió ni una palabra de boca de su taciturno marido.

 

El viernes, Ceferino hizo una llamada al cementerio de su pueblo, donde en sendos nichos, descansaban sus padres. Pretextando ante Mari Carmen que había consumido los kilómetros que la empresa le asignaba cada mes, le pidió el coche, dejó a los niños en el colegio y se dirigió por la Nacional 630 hacía su villa de origen.

 

Tomó las calles traseras donde estaban situadas las cuadras, a esa hora de la mañana poco transitadas, se dirigió derecho hacia el cementerio. Entregó al enterrador la caja de plástico que servía de inusitada urna funeraria para los restos del tío Benito junto con la lápida que le entregaron para que hiciera con ella lo que quisiera. El operario parecía no tener prisa y actuaba con la mayor parsimonia, acostumbrado a que sus clientes no protestaran. Ceferino le inquirió para que agilizase el enterramiento. El tío Benito iría en la tumba de su hermana Valentina, la madre de Ceferino, tal y como ella habría querido de estar allí presente. Juntos para siempre seguro que hubiera sido su deseo, ella le protegería y le cuidaría como hizo en vida.

 

Satisfecho por lo bien que había salido todo, ya no había razón para contárselo a Mari Carmen pues nunca se enteraría. Sonrió al espejo retrovisor, pero mientras se incorporaba a la carretera nacional, en su camino de regreso a casa, su cabeza no dejaba de dar vueltas.

 

¿Y si él moría antes que su mujer?. Ella que guardaba las convenciones con tanto celo, lo llevaría a enterrar en el pueblo junto a sus padres y entonces vería que Valentina no estaba sola. Empezaría a indagar y averiguaría que fue un ingrato miserable al no confiar en ella compartiendo su secreto. Lo mejor es que él no iba a enterarse porque estaría muerto y su conciencia no le culparía.

 

Continuó conduciendo por la solitaria carretera, y de pronto sintió que no estaba todo arreglado, porque ¿y si ella muriera antes que él?. Si la llevaba al pueblo con sus padres, ella ya no podría enterarse de nada porque estaría muerta, pero él se culparía por no haber sido leal con su mujer.

 

No pareció conformarse, cualquiera de las situaciones que se diera, en uno o en otro caso, uno sería la víctima inocente y el otro el convicto.

 

Ceferino no llegó a compartir su secreto con su mujer, ella vivió feliz  en su ignorancia, sin embargo, angustiado en su aflicción, él tuvo que convivir con esa congoja toda su vida.

Publicado la semana 4. 22/01/2018
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Requiem en D menor, Op.48. Pie Jesu
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