Semana
39
Marisa Herga

Capítulo final y epílogo

Género
Relato
Ranking
1 85 2

Al igual que, muchos años atrás, al lado del viejo Berneill en este mismo lugar, sentado hoy frente al gran ventanal, desde mi atalaya observo cómo la ciudad, a la que he conquistado, se extiende inmensa a mis pies.

Logré triunfar plenamente, he conseguido cuánto quería desde ese ya lejano día en que, ufano y arrogante, descendí del tren, determinado en alcanzar mi  propósito: Ser inmensamente rico.

No me resultó difícil, aunque no debo obviar el empujón del anciano Gran Jefe, no obstante, tuve que trabajar sin descanso y demostrar día a día mi capacidad y mi talento ante el hombre que confió en mis aptitudes, pues de otro modo no hubiera llegado hasta aquí.

 Después de morir el viejo  Berneill, Marina y yo nos casamos como ya teníamos planeado. No fue la boda grandilocuente y magnífica que ella esperaba ni la que, desde luego, se merecía en la iglesia de los Jerónimos acompañados de la buena sociedad de Madrid, aristócratas de rancio abolengo, políticos de fuste, deportistas de élite, intelectuales de prestigio y personas ilustres. Por el contrario, fue una ceremonia íntima, en la Colegiata de San Isidro, una iglesia en el barrio de La Latina, que fue catedral de Madrid antes de la inauguración de la Almudena, a la que asistieron únicamente la familia y algunos amigos.

Debo reconocer que hemos sido felices y que Marina era la esposa que yo necesitaba. Admito sin reservas que todo el mérito ha sido suyo. Tuvimos dos hijos, un chico al que su madre se empeño en llamar Enrique, en recuerdo del abuelo y en contra de mi deseo, y una chica, Marina, como ella, sanos, guapos, inteligentes y trabajadores, que nos han dado muchas satisfacciones.

Ahora son ellos los responsables del Grupo de Empresas Corominas-Berneill, un apellido que llevamos con orgullo y es también un rendido homenaje a mi querida madre, que tantos sacrificios y penalidades pasó para criarme. Mi legado no se ha perdido, mi hijo nos ha dado un nieto al que llamó Martín, así que mi nombre y mi apellido quedan perpetuados para un futuro inmediato.

Después de fallecer Berneill, Fedra regresó a sus actividades en París, ciudad en la que vivió hasta su muerte. Todavía muy joven, con sólo cincuenta y cinco años, sufrió el terrible proceso de un cáncer, que sobrellevó sola, no quiso compartirlo con nosotros, así que cuando murió no teníamos noticias de que estaba enferma. Tiempo antes había liquidado todos sus  bienes, dejando la Galería de Gran Vía a Friedrik, su asistente en España, en pago por su inquebrantable lealtad; vendió la galería de arte que abrió en París así como su apartamento situado en pleno barrio de Saint-Germain-Des-Pres y todas sus propiedades en la ciudad, que legó a mis hijos y a Marina le regaló su Revista F-ASHIÓN,  en la seguridad de que la dejaba en las mejores manos.

Fue Marina quién se ocupó del traslado del cuerpo de Fedra para ser enterrado en el panteón de los Berneill en el Cementerio de la Almudena. Sensatamente, ella así lo  entendió: Fedra debía descansar junto a su marido.

Cuando me enteré de su muerte, me volví loco de dolor. No quería vivir ni un minuto más. Me encerré en mi dormitorio y durante mucho tiempo no quise ver a nadie, me negué a comer y asearme. Debo admitir que Marina, mi esposa, es una mujer extraordinaria, con gran generosidad me cuidó y protegió mi deseo sin hacer ningún reproche ni preguntas. Jamás recriminó mi actitud de aquel momento.

Ahora que soy viejo y me siento muy cansado, pienso en mi vida pasada.  Recuerdo el dulce rostro de mi madre y siento añoranza de sus cálidos besos y los abrazos que me daba al desearme las buenas noches antes de irme a dormir. A pesar de no tener padre,  nunca me sentí solo. Era tan inmenso su amor que me compensaba de esa carencia; me bastaba su cariño para resarcirme de las habladurías y los insultos insolentes de los demás chicos y de las críticas de las comadres cuando, al pasar, hacían insinuaciones descaradas y comentarios malévolos. Siento no haber podido evitarle ese sufrimiento, se fue antes de que yo pudiera cumplir mi venganza.

Fue de un día para el otro. Se puso enferma de repente, y el buen doctor, pese a sus esfuerzos,  no consiguió salvarla. Venía a casa a diario y le daba los cuidados paliativos y los ánimos necesarios para tener una muerte serena. Creo que el buen doctor me apreciaba sinceramente, tal vez más que a su propio hijo. Vicentito se llamaba, un niño enclenque, pusilánime, pálido y cursi como su madre, con el que trabé conocimiento en el colegio y luego al llegar al instituto. Nunca fuimos amigos, él pertenecía a una clase social que no era la mía, con lo que su grupo era ajeno a mí. Sin embargo, junto con el resto de su pandilla, no cesaban de insultarme por no tener padre y vejaban a mi madre llamándola con todos los apelativos imaginables. Era deducible que esto se lo escuchaban a sus madres en casa.

Con ímpetu juvenil, juré vengarme de todos ellos, especialmente de Vicentito, el más retorcido y malvado de todos, seguro que influido por la remilgada de su madre, y también de las brujas que, disfrazadas de señoras encopetadas y decentes, nos criticaban con desdén porque consideraban que pertenecíamos a una casta inferior. Fue el tiempo el que hizo la justicia que yo perseguía, ello sin que tuviera que hacer nada. No tuve que mover un solo dedo, la misma vida se cobró mi venganza, una venganza alimentada por la rabia y el resentimiento de años.

Vicentito era un niño torpe y estúpido, que lloraba por cualquier cosa, mimado  y consentido por su madre, Doña Josefita, que se había casado con el buen doctor, veinte años mayor que ella. Era una mujer superficial y repipi, de misas, rosarios y novenas, que frecuentaba la parroquia de la parte alta de la ciudad, la zona elegante donde vivían, dirigida por un anciano sacerdote, sordo y achacoso, razón por la que el arzobispado le había asignado un joven capellán recién salido del seminario.

El buen doctor trabajaba todo el día, pues después de su consulta, acostumbraba a hacer la visita a casa de los enfermos para seguir personalmente su evolución. Se interesaba por los ancianos, los niños, las mujeres embarazadas y aquellas familias cuyos recursos eran exiguos, procurándoles los medios para que solicitaran las ayudas que se le pudieran brindar. Era un hombre bueno que acudía  a la llamada de sus pacientes a cualquier hora del día o de la noche, todos en el barrio le apreciaban. Un nefasto día, contagiado por uno de ellos, que había contraído una enfermedad infecciosa, le sobrevino una septicemia generalizada, que acabó con su vida.

Con la muerte del buen doctor, Doña Josefita vio como desaparecía su fuente de ingresos y su estatus social, razón por la que Vicentito tuvo que abandonar los estudios en el instituto, a la edad de doce años, viéndose obligados a trasladarse a vivir a la parte baja de la ciudad, al barrio donde vivían los obreros. Con catorce años, y por mediación del curita con el que su madre cultivaba una buena amistad, entró a trabajar de botones  en un banco. Me enteré que, con el tiempo, se dio al alcohol y al juego, y una noche de invierno, siendo todavía joven, encontraron su cadáver en un portal. No hubiera querido que ocurriera de esa manera, la vida fue mucho más cruel de lo que yo hubiera sido.

Ahora, cierro los ojos y me parece ver los grandes ojos negros de mi bella diosa, Fedra, mi hechicera, mirándome con deseo, y como si fuera real, creo sentir su dulce lengua jugando con la mía, me abrasa la excitación de poseer su cuerpo, tan deseado, y cómo la penetro frenético y gozamos juntos, abandonados al placer, felices. Como si el tiempo no hubiera pasado, igual que si fuera ayer, siento que su aroma impregna el aire todavía.

Nunca la olvidé y la tuve de forma permanente en mi pensamiento y hasta me invadía la añoranza del recuerdo de nuestros momentos felices durante aquellos años.  Ahora pienso que la he amado desde el lejano día en que la vi por primera vez, vestida de rojo, embrujadora, en su Galería de Arte, pero no lo he sabido hasta que ya no hubo tiempo.

 

Epílogo

 

Marina abrió la puerta sin llamar, y en silencio, se deslizó dentro del gran despacho de su marido. Oscurecía ya en Madrid, por eso le sorprendió que estuviera la luz apagada.

A duras penas, el reflejo de una pálida luna se filtraba a través del gran ventanal, iluminando la pieza débilmente; cuando se disponía a salir, un golpe seco la obligó a volverse: caída en el suelo se hallaba una revista justo al lado del sillón.  Se inclinó para recogerla y la  depositó sobre la mesa. Se trataba de la edición número 0 de F-ASHIÓN, un ejemplar publicado hacía más de cincuenta años, muy bien conservado, lo que denotaba que la persona que la había guardado durante tanto tiempo, la había conservado con cariño. Desde su portada, una espectacular Fedra, vestida de rojo, posaba intemporal, igual de maravillosa que en el momento en que fue hecha la fotografía. El bueno de Manolo, el modista, que se retiró del mundo a una recóndita isla cuando su novio Grieg le abandonó por otro amante, aparecía como un gran rey sentado en su trono y a su izquierda, muy joven y hermoso, un esbelto Martín lucia aquella camisa filipina de seda blanca que le diseñó, y que le hacía parecer tan elegante.

Marina tropezó con el brazo de Martín que colgaba inerte en el lateral de la butaca, se lo colocó sobre el vientre, atusó su blanco cabello, le acarició las mejillas y depositó un dulce y largo beso sobre sus tibios labios.

Tenía los ojos cerrados. Debió ocurrir hacía un instante, su cuerpo todavía estaba caliente y ella nunca se perdonó no haber llegado a tiempo para acompañarle en su último y transcendental momento.

No derramó una sola lágrima, tan grande era su dolor. Se arrodilló a su lado tomando sus manos, apoyó la cabeza sobre las piernas  de su marido y allí permaneció, inmóvil y en silencio, nadie sabe por cuánto tiempo. 

Publicado la semana 39. 26/09/2018
Etiquetas
Something Stupid -Frank Sinatra, Amiga mía - Alejandro Sanz , La pasión y el amor , En cualquier momento, en un sitio cómodo , El recuerdo
Compartir Facebook Twitter