Semana
38
Marisa Herga

Cuento para incrédulos

Género
Relato
Ranking
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Andaba Mister Kub abstraído buscando dar forma al maldito guión de la novela de Burgess, una obra bastante complicada que se le resistía y cuyo argumento trataba de una sociedad futurista, distópica y violenta. Este proyecto, que le obligó a dejar aparcado su sueño de poner en marcha el más grande de los todos los objetivos que tenía en mente sobre la figura de Napoleón, y que, según él, sería la más grande creación jamás realizada, se había convertido en una prioridad pues tenía fecha límite de entrega y el tiempo se echaba encima; urgía entregar al financiador un primer boceto de lo que pretendía que fuera el resultado final, que debía incluir, entre otras cosas, el dibujo de las escenas, la banda musical más idónea, que ya había empezado a componer y un borrador de los diálogos en los que estaba trabajando en ese momento.

Enfrascado en su trabajo, no se percató que, pertinaz, el teléfono emitía su irritante sonido. Susanne, desde otra habitación, acudió veloz a descolgar el auricular

-El teléfono está sonando, ¿no lo oyes?- le gritó desde la puerta.

Mister Kub miró despistado por encima de sus lentes de pasta negra, levantando la vista del enjambre de papeles que se agolpaban sobre la mesa, sin entender, cómo su esposa, osaba importunarle en plena vorágine de inspiración, cuando era una prohibición taxativa.

-¡Diga¡- contestó ella atendiendo a la llamada. –¿Cómo dice, quien?- sin dar crédito.

-Toma, querido-, le alargó el auricular esbozando una burlona sonrisa, -dice que es el Presidente.

-Presidente, ¿qué presidente?.

Mister Kub, pensando que se trataba de una broma de su ayudante, bastante guasón él, contestó:

-Dime, déjate de tonterías. ¿Dónde estás?. Llevo toda la mañana trabajando solo y no consigo avanzar. Ven rápido y te quedas a comer.

Una voz profunda, desde el otro lado del aparato, se pronunció con claridad.

-Buenos días, señor Kub. Le sorprenderá, soy el Presidente L.B.J. Tengo una importante misión para usted, que es altamente confidencial. Esta conversación permanecerá entre los dos, no pudiendo ser rebelada jamás, pase lo que pase. Yo no le conozco ni he hablado nunca con usted.

Confundido al conocer la identidad de tan alta e importante personalidad; quedó paralizado, sin habla, y las piernas le temblaban como un joven adolescente al dar el primer beso a la chica que le gusta.

-Amigo mío-, continuó la voz del otro lado del auricular, -he disfrutado con su último trabajo, esa audaz recreación futurista sobre el hombre y su relación con el universo que no se parece a nada de lo que hayamos visto antes. He quedado gratamente impresionado y he resuelto que es usted, y no otra persona, la adecuada para acometer esta delicada empresa.

La llamada le sorprendió en su finca de un bonito y retirado condado inglés en el que poseía unas tierras. Muy pocos íntimos lo conocían, por esa razón fue el  lugar elegido para descansar después de estrenado su último trabajo que tantas satisfacciones le había reportado y el lugar adonde ya había empezado a dar los primeros apuntes a su próximo proyecto. Con esta última obra había alcanzado la cumbre de su carrera, consiguiendo uno de los galardones más prestigiosos dentro de su gremio, su trabajo era considerado como una de las mejores creaciones de la historia en su género. Aunque antes ya había hecho trabajos importantes y era bastante conocido, de la noche a la mañana, con este reconocimiento se había convertido en un gran artista, mimado por la crítica y admirado por multitud de fieles seguidores. Su presencia era demandada en todos los acontecimientos sociales, la prensa, la radio y la televisión querían entrevistarle. Y ahora, nada menos que el Presidente le requería para confiarle un misterioso encargo, que aún no acertaba a comprender.

-Recibirá un dossier donde se le marcan las directrices. Debe atenerse a ellas sin desviarse lo más mínimo. Un coche le recogerá para llevarle a la Base  Aérea, porque debe viajar al otro lado del océano. Tendrá cuanto necesite: un gran estudio, personal cualificado y el material necesario. Si le hace falta algo que considere imprescindible para este trabajo, solicítelo. Le acompañarán una docena de escoltas que le protegerán con su vida. Espero que no me decepcione. A partir de ahora, no volveremos a hablar. Buena suerte.

Mister Kub quedó pensativo y bastante preocupado. ¿Exactamente, qué era lo que se pretendía con esta singular propuesta?

Al día siguiente, sobrevolaba el amplio océano en un reactor de las Fuerzas Armadas, camino de un destino desconocido, lo que le hacía sentirse bastante inseguro e incómodo. Durante el trayecto abrió la carpeta azul que, antes de subir al avión, le había entregado uno de los hombres de traje negro. Allí estaba todo específicamente marcado, los encuadres, las luces, las marcas donde situar las cámaras. Nada se dejaba al criterio de quien iba a ejecutar el proyecto.

Cuando desembarcó, un vehículo con los cristales tintados le condujo hasta un lugar desértico, en alguna parte del mundo, imposible de reconocer, donde el único edificio era una enorme nave de paneles prefabricados, sin ventanas. El interior estaba iluminado por unas cuantas bombillas que daban una luz difusa. En uno de los laterales del edificio se amontonaba lo que entendía sería el material que debía utilizar, cubierto con una gran lona. Había cámaras, trípodes, grúas y gigantescos focos. Una silla de director, sin nombre, ocupaba el centro de la nave al lado de una amplia mesa. En el extremo izquierdo habían construido lo que parecía una caseta para guardar material, que resultó ser el lugar donde viviría durante el mes y medio que debía durar el trabajo, según le informó uno de los hombres de negro.

Sin pérdida de tiempo, Mister Kub extendió sobre la mesa los rollos de los bocetos. Quería acabar cuanto antes con el encargo y volver a casa junto a Susanne; ella no entendió muy bien qué clase de trabajo era ese que requería tal aislamiento, que ni siquiera les permitía estar comunicados por teléfono. Nunca se había dado esa situación, así que ella no podía evitar pensar cosas increíbles y absurdas.

Los días pasaban rápidos, trabajando de la mañana a la noche sin reposo. Era un reto y se esmeraba para que quedara pluscuamperfecto. Sobre el suelo del set, creó una superficie irregular de color grisáceo claro, casi blanco y grandes piedras, con tales visos de realidad, que hasta se podía observar cómo se levantaba polvo y dejaba impresas las huellas de los zapatos, que había que estar  limpiando continuamente. Elaboró lo que pretendía ser un planeta, con montes y cráteres, en cuya superficie se había posado una nave espacial de la cual descendían unos hombres, que ataviados con una indumentaria muy parecida a la que ya había diseñado para su obra anterior, colocaban una bandera de barras y estrellas en un extremo. Dirigió los focos incidiendo en el suelo, de tal manera que el frontal del fondo no recibiera luz, simulando la bóveda celeste en una noche oscura sin estrellas. Grabó una y otra vez, y volvió a grabar, encajando la tomas desde la grúa o con la cámara en el suelo, una escena desde el frente, un encuadre lateral, delimitando el plano, alejando la imagen, acercándose, y así hasta que le pareció tan real que quedó satisfecho. Por último, hizo el montaje con todo el material que había rodado, quedando reducido a un total de unas veinte horas; siguiendo las indicaciones, las imágenes debían dar a entender que se trataba de un paseo por aquel paraje desértico e inhabitable.

El trabajo estaba listo y aún no había conseguido saber cuál era el objetivo, para qué iba a servir y el misterio que escondía. Un coche negro del Servicio Secreto le llevó hasta la escalerilla del avión para devolverle a casa, hasta su amada campiña inglesa.

En unos días, concentrado en su nuevo proyecto, Mister Kub se había olvidado por completo del suceso vivido un par de meses atrás, hasta que, aquel 20 de julio de 1969, las televisiones del mundo retransmitieron la llegada de una nave espacial a la superficie lunar, tripulada por tres militares, dos de los cuales caminaron sobre ella. Desconcertado y sorprendido, enseguida creyó reconocer las imágenes, las dunas, las piedras y el fondo oscuro. Se parecían fielmente con set de rodaje que él mismo había construido en el barracón del desierto.

Siendo como era un genio en su oficio de reconocimiento internacional, extremadamente culto, un profesional de gran prestigio, y, pese a haber ejecutado obras maestras que han pasado a la historia del arte, no logró borrar ese episodio de su memoria y la implacable sombra de la duda y las críticas, no dejarían de perseguirle hasta el último día de su vida.

 

Publicado la semana 38. 17/09/2018
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