Semana
37
Marisa Herga

Señor doctor, míreme usted

Género
No ficción
Ranking
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Era miércoles, día de mercado, por lo que la mañana se prometía tranquila. Lo usual es que el miércoles hubiera pocos pacientes, pues los habituales, normalmente mujeres, aprovechaban el día para hacer compras o simplemente pasear mirando los puestos de venta de ropa y calzado. El médico se frotaba las manos, hasta que la mujer que llamó a la puerta, que estaba entreabierta, vino a invadir su silencio y el reservado espacio de sus pensamientos:

-Buenos días, ¿puedo pasar? Es que no tengo cita- dijo la mujer, con una vocecita dulce y poniendo carita de niña buena, a modo de excusa.

El médico con gesto severo, porque él era un poquito adusto para sus cosas, le indicó que entrara; ella sin esperar la autorización del doctor, tomó asiento en una de las dos sillas al otro lado de la mesa, resuelta a resolver todo lo que le apremiaba en los diez minutos de consulta y con verbo alto y claro, se atrevió a iniciar  su relación de preguntas.

-Hoy traigo varias cosas. Verá doctor…- y sonriendo como para equilibrar la compostura severidad del galeno, la mujer, de mediana edad, todavía de buen ver y con apariencia de buena salud, abrió su bolso y extrajo una hoja de papel tamaño folio.

Había que ver la cara que puso el facultativo, que por momentos se teñía de color vino, ora amarillo, ora verde. Uff!, la que se le venía encima; ya la conocía y a ésta podía sobrellevarse porque, al menos, correspondía a los razonamientos, no se enfadaba, ni insultaba, ni gritaba, menos mal que ésta no era de las que  montaba el pollo, pero es que era pesadita de cuidado.

-Bueno-, comenzó la buena señora atropelladamente siguiendo el guión con el manuscrito extendido, sin dar tiempo a que el médico hiciera pregunta alguna. -Lo primero, tiene que actualizarme la tarjeta sanitaria porque ya ha caducado y me tiene que hacer recetas manuales del Losartán de 50 y el Eutirox de 112 que he comprado y que debo en la Farmacia.

El doctor con flema británica, introdujo la tarjeta sanitaria en la ranura y tecleó en el ordenador. –Ya está actualizada-, confirmó como si se hubiera quitado un peso de encima. Y tirando del talonario, extendió las dos recetas.

La mujer estiró el panfleto con las manos para leer bien, se aclaró la voz, y continuó:

-Tengo por ahí una analítica pendiente de la que no me ha dado los resultados y no sé cómo voy de la Vitamina B, que ya dejé de tomar cuando se acabó la caja ¿Y no debería hacerme una ecografía del tiroides? Nunca me la ha hecho.

El médico volvió a mirar la pantalla del ordenador, y como hablando para sí mismo, porque tenía la costumbre de hablar en un tono sin vigor, dijo que estaba bien de la vitamina B, que los niveles de tiroxina habían bajado un poco.

-Ah, entonces ¿me reduce la dosis?-, inquirió la mujer con alegría, dispuesta a irse a casa con la liberación de tomar un medicamento menos, -es que tengo unos problemas con lo del tiroides. Me dan pinchazos  en el pecho y en los dedos de las manos me parece sentir como si me aplicaran calor y me dan calambres. Cuando estoy en la cama, también siento calambres en las piernas. Antes se me pasaba cuando me ponía en el suelo, pero ahora no.

-Voy a mandarle una ecografía de tiroides, parece que no hicimos ninguna. Ahí tiene. Suba arriba para que le den cita-, dijo el doctor extrayendo un folio de la impresora.

La mujer, que no estaba dispuesta a abandonar la trinchera, prosiguió con voz alta y clara:

-Le recuerdo que en Navidad me dijo que no podía quitarme las verrugas que tengo repartidas por el cuello y el escote, que lo haría más adelante. Estamos en abril, y dentro de poco, con el buen tiempo, saldremos a la calle con menos ropa, luego llegará el verano, me voy a la playa y quiero tomar el sol. A ver para cuando está disponible.

El facultativo, con su gesto reservado habitual, volvió sus ojos a la pantalla del ordenador, confirmando que lo haría él allí mismo, en el consultorio, con un bisturí laser. La citó para el próximo viernes a última hora de la mañana, pero no le advirtió que no debía llevar pendientes, cadenas o pulseras que, al parecer, podrían provocar quemaduras, menos mal que ella estaba muy informada porque lo había leído en internet.

-Doctor, tendrá que volver a realizarme otra analítica, y que miren todos los niveles, incluidos los hepáticos, que nunca me los han mirado.

Resignado, el adusto facultativo volvió sobre el ordenador, y completó una solicitud para una nueva analítica.

La mujer decidida a no abandonar la silla hasta terminar con el catálogo de peticiones que, pacientemente, había confeccionado con todo rigor para que nada se le olvidara, cosa que ya le había pasado alguna vez: salir a la calle y darse cuenta que no le había comentado algo importante.

-Si recuerda, le pedí cita para ginecología, porque ahora se retrasa mucho. Al final me vieron y me extrajeron un pólipo endometrial, con ingreso en el hospital y con anestesia epidural. Al cabo de un mes,  me llamaron y me extrajeron otro en la consulta. No había transcurrido el mes siguiente, y una doctora me llamó a casa para que acudiera, sin prisa pero sin pausa, a su consulta en el hospital; quería hablar conmigo en relación con los pólipos. Como usted comprenderá, me alarmé y la doctora me serenó diciendo que no tenía nada que ver con  cáncer, si era lo que temía. Y en unos días me vi sometida a una histerectomía, me extrajeron el útero y los ovarios. Me dijo que las curas las harían aquí, así que usted dirá qué tengo que hacer. Ah, por cierto, las mamografías ahora me las hacen a través de un programa de la Junta.  Me citan ellos directamente.

Al fin, preguntó cómo se encontraba, se interesó por la cicatriz, y después de que la observó y palpó detenidamente, miró a la mujer a la cara para decirle que estaba muy sanita y la remitió a la enfermera para que hiciera las curas, a la que ya conocía porque, cada mes y medio aproximadamente, le toma la tensión y el azúcar, los valores de las pulsaciones y también el peso.

-Señor doctor, algo no anda bien. Continuo con los dolores en el brazo, lo que me dificulta vestirme y me impide dormir. Hace mucho que dejé el Enantyum, cuando acabé con el tratamiento. El  Paracetamol no me calma nada y el Ibuprofeno lo tomo solo cuando ya no puedo más, pero me da un poquito de miedo porque sube la tensión, y afortunadamente la tengo muy controlada. ¿Qué hago con el brazo, me lo corto? Seguro que así ya no me dolería.

Esta chanza arrancó una frágil sonrisa del galeno y, aunque con su habitual gesto grave, éste se permitió continuar con la broma: -¿Cómo va usted a hacer eso?

Todavía quedaban algunas cosas que preguntar, como la cita de oftalmología que no acababa de llegar, traumatología que no resolvió el problema con el líquido sinovial en las articulaciones de los pies y no le hicieron nada con el juanete, los recurrentes ataques de vértigos, aún así la mujer decidió dar por terminada la consulta. Dobló el pasquín cuidadosamente, lo guardó en el bolso y se despidió del buen doctor, “hasta la próxima vez”.

Cuando la mujer cruzó la puerta, se detuvo por un momento y reflexionó: si paciente viene de paciencia, ¿no sería lógico que el médico debería denominarse así?

Publicado la semana 37. 10/09/2018
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