Semana
35
Marisa Herga

El hombre más rico del cementerio

Género
No ficción
Ranking
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Nunca se veía el pequeño cementerio tan frecuentado como los días previos a la fiesta de los Todos los Santos, y, ni el frío y la niebla paralizaban a las buenas gentes de esta ciudad que siguiendo una antigua costumbre, que entre los más jóvenes ya se va perdiendo, se llena de flores que colocan en búcaros y jarrones sobre las tumbas de sus familiares fallecidos. Las mujeres provistas de cubos, escobas y paños se esmeran en limpiar las lápidas y bruñir el dorado de las cruces de los sepulcros. Muchas llevan consigo a sus hijos y nietos y éstos trotan sueltos como potrillos salvajes corriendo por los pasillos, entre las hileras de sepulturas juegan a esconderse tras las estelas de piedra, dándose bromas y, sobre todo, asustando a los más pequeños hasta provocarles el llanto.

Podría decirse, si no fuera por el lugar de respeto de que se trata, que el camposanto era en esos días una verbena. Los visitantes saludaban a parientes que hacía tiempo no veían, amigos y vecinos que, desaparecidos de la ciudad para buscarse la vida en otros territorios, volvían a encontrarse. Unos y otros entraban en conversación y se informaban de los acontecimientos ocurridos en ese tiempo de ausencias y silencio.

Los obreros del Ayuntamiento se afanan también en adecentar el pavimento, tapar grietas, blanquear y enlosar, se  deshacen de las malas hierbas nacidas en los recoletos jardincillos, y con cuidado, van sembrando plantas nuevas de humildes y coloridos pensamientos.

Al traspasar la gran verja de hierro de la entrada principal, en la parte más antigua del cementerio, casi nadie repara en una imponente construcción de piedra de la zona, bastante sobria.  Tiene forma de poliedro irregular y como único adorno lleva una cruz tallada en la parte superior bajo la que, grabado, puede leerse el apellido de una de las familias más importantes e inmensamente ricas que habitaron la ciudad durante el siglo XIX y primera mitad de siglo XX.

En tiempos no muy lejanos, puede decirse que ayer mismo, cuando todavía la ciudad era menos poblada que ahora y todos los vecinos se conocían, como quien sale a dar un paseo por el parque se aprovechaba la fecha de difuntos, y caminando entre los mausoleos y las tumbas, descubrían los nombres y fotografías de conocidos que habían echado de menos y allí quedaban sorprendidos ante la evidencia de su fallecimiento.

 

La puerta de cristales de la majestuosa cripta permanece siempre cerrada, nadie se acerca a orar o por simple curiosidad se pregunta quienes fueron aquellos que quisieron dejar tan soberbio mausoleo en la mejor ubicación del camposanto. No se ve ninguna persona que lo adecente y no hay flores ni lamparillas que recuerden a los que allí reposan. Pareciera que los años pasaban inexorables por aquellas piedras, dejando sobre ellas solo el silencio y la huella de tupidas telas de araña.

El niño Fernando vino en 1865 a completar el hogar que habían formado Doña Mariana Calaff Tifón Segura, procedente de una muy rica familia de Gerona, tratantes de lanas y comerciantes de venta de paños y su esposo Don Ángel Lesmes Valhondo y Carvajal también con intereses en la venta de lana.

Desde Montánchez habían llegado los Valhondo, combatiendo al lado del rey Alfonso IX por su conquista, se asentaron en la villa y fueron sus antepasados propietarios de grandes extensiones de terreno que compraron a la iglesia cuando la desamortización de Mendizábal, como el Polígono de las Capellanías y el Olivar Chico de los Frailes, propiedades que incrementaron a través de los años con los negocios de la lana y la compra de solares.

Poco tiempo después la familia aumentó con el nacimiento de otro hijo al que llamaron Francisco, que llegó a ser un joven muy alegre,  simpático y un buen jinete, y un poco más tarde, la ansiada hija, una niña a la que bautizaron con el nombre de su madre y que se convirtió en el juguete de la casa.

Se cuenta que Fernando, tímido e introvertido, sentía gran inquietud intelectual y pasaba los días abstraído en sus pensamientos y en la lectura a la que se aplicaba con gran placer y podía decirse que no tenía amigos por su carácter arisco y huraño, que no cambió con los años, lo que hacía muy difícil mantener relaciones sociales. Su madre, Doña Mariana, dama muy piadosa, de sólidos principios religiosos, ejercía gran influencia en el muchacho con el que se  hacía acompañar a la iglesia para asistir a los oficios.

El año en que siendo Alcalde su padre Don Lesmes forzó al rey Alfonso XII para que hiciera Ciudad a la entonces Villa, siendo aún niña murió la pequeña Mariana, llenando de luto la casa.

Fue el 8 de octubre de 1881, un día memorable y de enorme importancia para la comunidad, cuando se inauguró la Línea Férrea Internacional entre las capitales de Madrid y Lisboa, con la presencia del Rey Alfonso XII y el Rey Carlos I de Portugal. Contaban que en el brindis de la cena que se celebró, el rey Alfonso con gran solemnidad dijo – “¡Brindo por la ciudad de Cáceres!”

Los comensales sorprendidos se miraron y murmuraron entre ellos, pues no era Capital, sino Villa. Pero Don Lesmes, con firme determinación y gran osadía, levantó su copa y agradeció al Rey el título de Ciudad que había otorgado a la hasta ahora Villa. El Rey no solo no rectificó, sino que a los cuatro meses, se publicó el Real Decreto por el que se le concede el título de Ciudad y el de Excelencia a su Ayuntamiento, un triunfo del Alcalde que compartieron todos los habitantes.

Don Lesmes envió a su hijo Fernando a estudiar a los mejores colegios y después a la Universidad de Salamanca, con muy buen aprovechamiento para regocijo de sus progenitores, pues siendo de temperamento áspero era poco dado a hacer amigos, con lo que empleaba todo su tiempo en dedicarlo al estudio. Las habituales juergas que organizan los estudiantes aprovechando estar lejos del control de sus progenitores, no estaban hechas para el adusto primogénito de los Valhondo Calaff.

Continuaba soltero y habitaba con sus padres y su hermano en una de las muchas viviendas propiedad de la familia en la Plaza Mayor, pero en 1887 se terminó la construcción de una nueva casona de extraordinarias dimensiones en la misma Plaza, más propiamente un palacete de dos plantas y una enorme escalera, con esquina a dos calles con talleres y garaje en la parte trasera y, cuya fachada principal mira a una de las torres mejor conservadas de la antigua muralla. Un sitio privilegiado para una familia inmensamente rica, que a pesar de lo cual, no hacía ostentación de su desmesurado patrimonio.

Publicado la semana 35. 27/08/2018
Etiquetas
El Redoble , Historias de mi ciudad , Leer siempre , Al final, qué somos?
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