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Marisa Herga

No matéis al ruiseñor

Como ferviente devoto, padre asistía al templo cada día junto con los miembros masculinos de nuestra comunidad y después de realizar el Taharah, la limpieza obligatoria para presentarse limpio ante Dios, hacían el Salat, es decir, los cinco rezos diarios obligatorios para todo musulmán: el del alba, el del mediodía, el de la tarde,  el del ocaso y el de la noche.

Junto a sus hijos más pequeños, las mujeres asistían también al rezo desde un lugar en el templo reservado exclusivamente para ellas, totalmente separado del que ocupaban los hombres. Madre, la más bella entre la bellas, Rehan, la joven, me acunaba sobre sus rodillas dónde yo era tan feliz al cálido y tierno cobijo de su regazo, rendido por el aburrimiento y arrullado por la monotonía de las oraciones, a menudo, me abandonaba en un profundo sueño,

Debido a mi edad, todavía no había aprendido a leer, y deseaba crecer para ser yo, y no padre, quien descifrara las escrituras del libro sagrado, pues todas las enseñanzas estaban recogidas y contenidas en él;  por la noche, antes de irnos a dormir, padre nos hacía las lecturas sagradas y mi hermano y yo, convencidos  de  que, siendo niños y nacer sin pecado éramos seres puros, y si durante el sueño llegábamos a morir, iríamos directos al Yanna, el Paraíso, allí seríamos recibidos por los ángeles con saludos de paz, “Venimos de Alá y a Él regresaremos”.

Tal y como describía el libro sagrado, el Yanna era un jardín de distracción y placer, donde no existía el dolor y el llanto. Constaba de siete niveles, y en el séptimo, que era el más alto, se hallaban los profetas, los más piadosos y los mártires, allí la vida era dichosa, llevaríamos vestido lujosos y joyas suntuosas, habría grandes banquetes con deliciosos manjares servidos por jóvenes en vajillas de oro y piedras preciosas y gozaríamos de la compañía de nuestras familias. No tenía miedo a la muerte,  sabía que los cálidos besos de madre me esperaban en el jardín del edén, y padre nos contaría las historias de nuestro pueblo y las vidas de nuestros antepasados.

Me gustaba mucho escuchar a los mayores cuando, al calor del hogar, durante los crudos inviernos de las montañas, narraban maravillosas historias de la grandeza de nuestro pueblo, una minoría étnica, de origen indoeuropeo que se remontaba seis siglos antes de Cristo, en la región conocida como Kurdistán, entre los ríos Tigris y Eúfrates y las montañas de Anatolia y los montes Zagros, razón por la que nos conocían como “el pueblo de las montañas”,  y quizá fuera esa situación geográfica, lo que nos ha permitido conservar nuestra identidad y valores, nuestra cultura e idioma, que únicamente utilizábamos en privado, porque en público estaba  prohibido por las autoridades. 

Vivíamos felices en Kobane,  Ayn al-Arab  en árabe, que quiere decir “ojo del árabe”, una ciudad moderna en el norte de Siria, en la gobernación de Alepo considerada la ciudad más bella y elegante del mundo, que surgió a principio del siglo XX alrededor de la estación de tren construida por unos alemanes para el Ferrocarril de Bagdad, donde estaba nuestra casa y padre trabajaba de barbero.

Fue a principios de marzo de 2011 cuando  comenzó la guerra civil en Siria. Se inició con un levantamiento pacífico contra el presidente Bashar al Asad, provocado por el desempleo masivo de la población, la corrupción política, la falta de libertades y la represión del gobierno, y terminó por un brutal y sanguinario episodio con más de 400.000 muertos. Esta guerra ha provocado la huida de más de 5 millones de personas, muchos de ellos grupos kurdos procedentes del norte de Siria, el mayor éxodo de la historia reciente.

Las bombas producían un estruendo tremebundo, la tierra parecía partirse en dos y en la noche, la luz de las llamas iluminaba la ciudad durante horas. Padre nos calmaba, decía que nuestro refugio era seguro y nada podría pasarnos, y confiados, dormíamos profundamente, esperando que al día siguiente aquella barbaridad hubiera terminado.

Mi hermano Galip, dos años mayor que yo, ya iba a la escuela y jugaba con sus amigos cerca de nuestra casa. Por temor a los disparos, madre vigilaba para que no se alejara mientras jugaba a la guerra entre los escombros de los edificios destruidos, y, si no hubiera sido porque un día hubo una gran batalla que dejó destrozada la ciudad, las bombas destruyeron el hospital y la central eléctrica, las casas quedaron en ruinas, las escuelas fueron incendiadas y unos hombres despiadados cargados de armas mataban a nuestros vecinos haciéndose los dueños de la ciudad, hubiéramos seguido viviendo todos juntos en Kobane, una pequeña y tranquila ciudad, felices y en paz.

Un día, mi hermano, con todo el respeto debido a la autoridad que padre representaba, se atrevió a  preguntar:

-¿Por qué estos hombres bombardean nuestra ciudad y matan a la gente? ¿Qué hemos hecho de malo para ser castigados así? Algunos de nuestros vecinos han muerto en los bombardeos, y muchos de mis amigos se han marchado.

La furia y la impotencia afloraron a sus ojos y con un nudo en la garganta que, a duras penas, le dejaba hablar, respondió:

-El nuestro es un pueblo fuerte y sabio que ha sobrevivido en el tiempo, a pesar de las guerras y las represiones a las que siempre fue sometido. Es la mayor nación del mundo sin Estado propio, por eso no hay nadie que nos defienda. Hemos vivido siempre separados, repartidos entre Siria, Irak, Turquía e Irán. La sociedad nos ha olvidado.

Con el dorso de la mano, se limpió una gruesa lágrima que rodaba por su mejilla y, empleando gran contundencia, nos advirtió que no hiciéramos preguntas a nuestros amigos ni habláramos sobre ello con nadie, pues era peligroso.

Sin llegar a entender qué pasaba, un día, madre, Rehan la hermosa,  se puso a preparar  el equipaje, y de su mano, salimos de la ciudad en silencio al anochecer junto con otras muchas familias vecinas. Caminábamos de noche hasta que se hacía de día, y cuando llegábamos a una ciudad, al poco tiempo, volvíamos a buscar otra diferente, por fin en un pueblo que dicen estaba en el interior de un país llamado Turquía en el que no había guerra y donde tenía conocidos que hablaban nuestra lengua, padre decidió que era el lugar para quedarse.

Dijo que nuestra permanencia allí, sería breve, que duraría poco tiempo, y que, dentro de nada, estaríamos de vuelta en casa; sería como realizar una bonita excursión que nos posibilitaría conocer un nuevo país. Confiaba totalmente: padre es sabio y  lo que padre dice es palabra sagrada,  jamás nos mentiría.

Sin embargo, nuestra estancia se prolongó durante tres años, ya pensaba que nos quedaríamos a vivir para siempre en esa ciudad y aprendí a  hablar turco, me enviaron a una escuela de niños pequeños donde nos enseñaron a cantar versículos del Corán, hice algunos amigos, y  los sábados, madre nos llevaba a un cine que había en el barrio a ver películas de colores y música. Era muy feliz con mi familia en una ciudad donde no había amenaza de bombas, solo quería aprender, y no comprendía por qué los hombres llegaban a ser tan crueles y desalmados con sus semejantes.

Soñaba que, cuando fuera mayor, estudiaría y sería ingeniero. Quería hacer carreteras y puentes, por donde la gente pudiera desplazarse de un sitio a otro con comodidad, construir hospitales,  escuelas y grandes edificios para grandes empresas que dieran trabajo a nuestra gente, o ser maestro para entregar a los niños todas las enseñanzas y la sabiduría de los misterios de la vida, sin embargo,  cuando descubrí los cuerpos de nuestros vecinos muertos,  tirados como basura en las calles sobre inmensos regueros de sangre,  los niños perdidos que lloraban buscando a sus familias y tantos mutilados gritando de dolor, sólo ocupaba mi pensamiento llegar a ser médico para sanarlos de aquel daño atroz que unos hombres sanguinarios causaron a mi pueblo. Supe que jamás podría olvidar aquellas escenas que se quedaron grabadas en mi memoria para siempre, unas imágenes que se repetían continuamente, me producían pesadillas y me impedían dormir.

Después de tres años, regresamos a Kobane, pero ese mismo año volvimos a Turquía de nuevo, porque el Estado Islámico atacó  lo que quedaba de la población con gases lacrimógenos y entró en la ciudad destrozándola por completo. Fue una auténtica masacre.

Dos veces intentó padre llevarnos a la isla griega de Kos, pagando cerca de 2.000 dólares por cada uno de nosotros a unos hombres que organizaban el viaje hasta la costa turca de Alihoca cerca de Bodrum, pero los guardacostas  turcos nos rechazaron.

Esperamos escondidos en un bosque cercano junto con un grupo de 17 sirios que también querían partir. Los hombres a los que padre pagó, desparecieron, perdiendo cuanto llevaba y antes de consentir que muriéramos, con los últimos recursos que le quedaban, a la desesperada,  preparó una salida  hacía Europa en dos pequeños botes inflables, que no ofrecían ninguna seguridad. Su idea era ponernos a salvo, llevar a nuestra familia a Canadá, donde vivían unos parientes. 

Jamás había visto el mar y creo que ninguno de  nuestros compañeros de viaje, tampoco; todos nos quedamos con la boca desencajada y los ojos abiertos como platos, al descubrir esa noche aquel inmenso espacio de aguas oscuras, mágico y aterrador. Las olas chocaban con fuerza y desaparecían en la arena de la playa, produciendo una espuma de nácar. Cuando introduje los pies en el agua, estaba muy fría pero sentí una sensación de paz y libertad que no hubiera sabido explicar. Todo parecía tranquilo, se podían ver las luces de la isla de Kos allá a lo lejos, a sólo 24 kilómetros de distancia. Imaginé que habíamos llegado al Paraíso, al Yanna, y allí estaríamos por toda la eternidad. Ya nada malo podía pasarnos.

Me pareció toda una aventura cruzar esa cantidad inacabable de agua en tan pequeña balsa hinchable de goma  impulsada por un pequeño motor, cargada con seis personas, cuatro de los cuales éramos niños. Padre que iba al frente dirigiendo, o eso me pareció, me daba seguridad, y dejé de tener miedo; nos aconsejó mantenernos quietos, pues cualquier movimiento pondría en peligro la estabilidad de la barca, hacerla zozobrar y caernos al agua.

Los adultos no se sentían muy seguros de llegar a la otra orilla, dijeron que era arriesgado pues habían oído que la zona tenía fuertes corrientes  muy peligrosas y, además, ninguno sabía nadar y no llevábamos chaleco salvavidas.

No habíamos avanzado mucho, y de pronto el mar pareció enfurecerse, agitando la balsa como una cáscara de nuez, el agua comenzó a entrar en los botes y el pánico que se apoderó de  todos, hizo todo lo demás.

Apurando sus fuerzas, padre nadaba desesperadamente tratando de salvar a mi hermano Galip que se alejaba cada vez más llevado por la corriente y no pudo alcanzarlo.  Nadó hacia mi dulce madre que no aparecía, la buscó pero no consiguió encontrarla. Yo pude rozarle con los dedos antes de hundirme. Sólo después de esos infructuosos intentos, cada vez con menos fuerzas, nadó para salvar la vida.

De los dos botes que zarparon, siete personas fueron rescatadas con vida, padre y otra persona más, llegaron vivas nadando a la orilla, el resto no se encontraron  o se hallaron sus cadáveres flotando en el mar.

El viaje que iniciamos buscando un lugar donde vivir en paz, acabó cuando el mar escupió mi pequeño cuerpo sobre la arena de una playa, cerca de la ciudad balnearia de Bodrum.

Padre, cargado con todo el dolor del mundo y portando sobre sí la mochila de la culpabilidad,  tuvo que hacer una nueva travesía que no había planeado:  la que le hizo retornar a su pueblo para dar sepultura a sus dos hijos y a su esposa Rehan, la hermosa.

Mi nombre era Aylan Kurdi. Nací en Koban, Siria. Solo tenía tres años.No

Publicado la semana 32. 06/08/2018
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Pena del corazón mío, Soleares de Manolo Caracol, Ya rayah (Oh inmigrante) , La sinrazón de la humanidad , Cómo uno quiera y cuando quiera, pero leer siempre , Dolor e impotencia
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