Semana
31
Marisa Herga

Ego coepit vermibus

Género
No ficción
Ranking
1 73 7

Ego coepit vermibus

 

La noche era especialmente fría. 3 grados bajo cero marcaban los termómetros y soplaba un viento helado que congelaba la respiración. Muchas de las personas que malvivían habitualmente en la calle, habían atendido la recomendación de las autoridades de acudir a los albergues sociales para pasar la noche, aunque no todos habían hecho caso, algunos se resistían, tenían miedo a ser encerrados y perder su libertad, o eso creían ellos.

Los servicios sociales municipales y ciertas ONG comenzaron a  organizarse con el fin de proteger a los sin techo, como ahora se llamaban a las muchas personas que, a causa de la falta de trabajo, migrantes buscándose la vida, personas olvidadas por la sociedad, malvivían en las calles como despojos humanos que a nadie interesaban, pues este invierno, las predicciones meteorológicas eran bastante pesimistas.

Vaticinaban que las temperaturas caerían por debajo de los cero grados en toda la zona centro y en el norte, se producirían grandes nevadas, y, abundantes lluvias anegarían los campos, provocando el desbordamiento de los ríos, una situación que causaría grandes catástrofes en todo el país. Parece que todo esto lo provocaba el cambio climático, aunque los científicos y algunos políticos no acababan de ponerse de acuerdo, a pesar de los constantes avisos que, cada cierto tiempo, nos proporcionaba la naturaleza.

Ayudados por la policía y acompañados de alguna ambulancia, los voluntarios recorrían las calles buscando por los portales de las casas,  en los cajeros de los bancos, bajo los soportales de la plaza, a los rezagados que había que rescatar, ofreciéndoles caldo y leche caliente, bocadillos y mantas. Trataban de reconfortarles y convencerles de la exigencia de protegerse del frío, al menos por esa noche.

Las luces de un coche de policía, estacionado junto a la esquina de la entrada de la galería, oscilaban intermitentes, señalando el lugar donde un individuo,  bastante bebido, fuera de sí y vestido con harapos, forcejeaba con los agentes de la guardia urbana, el hombre se resistía a dejar  abandonado su carrito, uno de esos de los autoservicios, donde guardaba todas sus pertenencias.

 -Mi tesoro, mío, es mío,- a la vez que lloraba, gritaba el buen hombre sujetando su carrito, con tal fuerza, que hicieron falta  varios policías para llevárselo.

Unos metros más allá, algo se agitaba bajo un montón de cartones. En un principio lo que pensaban sería el perro del mendigo, al destaparlo, descubrieron lo que parecía una muchacha, encogida y asustada, con la mirada perdida, sucia y descalza, la ropa ajada y una maraña enredada de cabellos rojizos.

 -¡Tengo lombrices! ¡Son mis lombrices, no me quitéis mis lombrices, son mías!, -gritaba la chiquilla.

Los curiosos se habían agrupado atraídos por los gritos de la joven que, tratando de zafarse de los brazos de los voluntarios que la sujetaban, muy agitada, pataleaba y lloraba convulsa, se desgañitaba y no dejaba de chillar; tuvieron que cogerla por los brazos con energía, pues a pesar de su pequeña envergadura, oponía gran resistencia. Un enfermero le aplicó un sedante para calmarla y al fin consiguieron llevarla hasta la ambulancia.

A los lejos se perdieron los sonidos de las sirenas y poco a poco, se fueron apagando los ruidos propios de la calle. Mientras, la noche avanzaba inexorable y una corriente de viento de hielo descendía sobre la ciudad, dejándola desierta. Enseguida apareció la nieve, derramando la estela de su manto blanco por calles, tejados y plazas.

Con menor brío, la muchacha no dejaba de patalear y vocear: -“Tengo lombrices, tengo lombrices...”, -repetía sin cesar.

 La ambulancia la condujo directamente hasta el Servicio de Urgencias del Hospital, parecía no estar en su sano juicio y su aspecto desnutrido hacía necesario un reconocimiento médico.

Un joven doctor hizo el primer examen, observó que estaba algo desorientada, no hacía caso de las instrucciones y no seguía con la mirada el recorrido que le marcaba el dedo del facultativo. Estaba muy sucia y desaliñada, y seguía insistiendo en que tenía lombrices, así que pidió le revisaran la cabeza por si tuviera piojos o algún otro parásito. Pero no se detectó nada. La chica persistía, le hizo exploración de los genitales y del ano que no reveló la existencia de lombrices.

Aparentaba unos veinte años, pero no tenía documentos ni nada que pudiera identificarla, así que el médico le preguntó:

-¿Cómo te llamas?

La chica, balbuceante, pareció decir: -Eve, - arrastrando  la v.

Ya el médico estaba decidido a enviarla a los servicios sociales para que se hicieran cargo de ella, observó entonces que  la muchacha se rascaba el antebrazo derecho de forma compulsiva, sin dejar de insistir en que tenía lombrices,  y al apartarle la ropa, descubrió un gran orificio rodeado de sangre seca del que supuraba un líquido de un color renegrido que expelía un olor nauseabundo. El doctor tuvo que cubrirse la nariz con la mano, y con voz autoritaria, conminó a su ayudante:

-Hay que desinfectar el boquete y curar bien la herida. Ponerle una vía y una bolsa de suero. Extraer sangre para una analítica. Esto es todo de momento. La analítica la quiero ya mismo.

La joven reiteraba machaconamente, señalando la oquedad del brazo, en que tenía lombrices. Desde luego, algo se movía en su interior, y rápidamente pidió a su ayudante una lámpara y unas largas pinzas; lo que descubrió al aplicar la luz de la lámpara en el interior de aquel agujero, dejó petrificado al joven médico.

Lo que vio adentro, jamás lo vio antes, a pesar de llevar algunos años trabajando en urgencias y estar acostumbrado a presenciar situaciones raras y complicadas. Llamó a la enfermera,  que al mirar en el interior del brazo, espantada, estuvo a punto de desmayarse.

Con gran paciencia, el joven doctor, extrajo una lombriz de unos 9 centímetros de largo y la depositó en un bote de plástico para ser analizada en el laboratorio. El personal sanitario no salía de su asombro.

La joven, a quien ya se le había pasado el efecto del sedante, persistía obstinada:

Tengo lombrices, tengo lombrices! Ese es Briz, es muy glotón, -y señalaba al gusano.

Volvió a colocar la luz sobre el antebrazo, y extrajo otra lombriz, aproximadamente del mismo tamaño. También tenía nombre:

-Esa es May, tratarla con mucho cuidado, es muy coqueta. Hay que poner  tierra a todas para que se alimenten.

El personal sanitario no daba crédito. Trajeron una bolsa con tierra de jardín, y fueron llenando los botes.

-Eve, dime, ¿cómo te has hecho esto, cómo han llegado ahí?

La muchacha no parecía entender y únicamente repetía constantemente que tenía lombrices. El doctor sacó un total de 9 gusanos de entre 8 y 9 centímetros, bastante orondos, cada uno con su propio nombre, y así los fue identificando la enfermera en la tapa de los botes, que, a la vez, iba rellenando de tierra.

-Eve, mira, ya no tienes ninguna, - le dijo el doctor mostrando la última, pero la joven repetía que tenía lombrices y se rascaba el antebrazo izquierdo. Lo descubrió y allí tenía otro boquete como el del otro brazo.  Miró con la lámpara y comenzó a extraer gusanos, de las mismas características, igual tamaño y grosor. De idéntica forma que procedió con las anteriores, fue depositándolas,  cada una con sus nombres, en un bote de plástico.

- Por  favor, desnudarla y que la aseen, -pidió el médico casi perdida la paciencia.

A pesar de su fragilidad, peleaba con furia, trató de bajarse de la camilla y  hubo que sujetarla entre varios sanitarios. Se rascaba el muslo, y seguía gritando que tenía lombrices. Fue al retirar la ropa que  en el muslo aparecía otro orificio de idénticas características a los anteriores. El médico introdujo la pinza y comenzó a retirar, una y otra y otra, y así hasta 10 lombrices rojas, bien nutridas y brillantes, del mismo tamaño que las anteriores, que también fueron identificadas con sus nombres. Revisaron de nuevo el cuerpo de la muchacha, y, por fin, parecía que las sorpresas se habían acabado.

-Subirla a planta. Cuando llegue la analítica, enviaré el informe, dijo el doctor resoplando y como aliviado por liberarse.

Pero la chica gritaba:

-¡Mis lombrices, mis lombrices, son mis lombrices. Quiero mis lombrices, tengo que llevarlas conmigo!

Un celador empujaba la camilla hacía el ascensor. Otro, lo hacía con la mesita que transportaba los 28 botes de tierra ocupados por los gusanos.

Publicado la semana 31. 30/07/2018
Etiquetas
Dead silence Soundtrach , Una noche fría de invierno y las noticias , Leer siempre, sin pereza, con tiempo y en silencio , Terror en el hospital
Compartir Facebook Twitter