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Marisa Herga

Una vida en la basura (IV)

Recuerdo su gran sentido del humor, un poco particular quizá, le gustaba reírse de sí mismo, nuestras bromas eran bastante peculiares y también nuestros momentos de juergas nocturnas, que en momentos añoraba. Tenía una mente despierta muy interesante y su mundo estaba bastante alejado del que nosotros vivíamos aquí.

 

Era un pacifista, quizá influido por la experiencia terrible de su padre al pisar la destrozada ciudad japonesa de Nagasaki, el 9 de agosto de 1945 después de la explosión de la bomba atómica, casi recién llegado al Colegio de Madrid en 1968, quiso reunir un grupo de chicos objetores de conciencia, en un país en que el régimen político era una férrea dictadura y el servicio militar tenía carácter obligatorio para los varones, de modo que si no se cumplía, podían ser juzgados por un consejo de guerra y truncarles la vida para siempre.

 

Con el tiempo, nuestra comunicación se fue distanciando hasta llegar a ser casi nula.  Al crecer, cada uno siguió su camino. Cansado de la opresión en la que vivía con sus padres que querían dirigirle, se marchó de casa. En 1980 se buscó la vida y se puso a trabajar. Tradujo libros y películas, suyos eran los subtítulos en inglés de las primeras películas de Almodóvar, las megafonías del aeropuerto y las promociones de El Corte Inglés. Fue modelo publicitario e hizo la publicidad en la que participaron sus padres, de una motocicleta muy conocida y que se utilizaba mucho en esa época. Poseía una voz muy varonil, profunda y bien modulada por lo que un tiempo después comenzó a trabajar para la Radio, concretamente en Radio Nacional de España en las emisiones que se hacían para los Estados Unidos. Fue aquí donde conoció a la presentadora de los informativos de TVE, Olga Barrio con la que se casó en 1986, aunque el matrimonio fracasó muy pronto.

 

Desde que se fue, el trato de Nelson con sus padres era más bien escaso, les visitaba en cumpleaños y Navidad, y poco más. El abandono de su idolatrado hijo en el que habían puesto todas sus esperanzas y la razón máxima por la que decidieron venirse a España, destrozó a sus padres que se encerraron aún más en su mundo. Margaret, que nunca aprendió español, apenas salía de casa y Elmer, que vestía los trajes remendados, se convirtió en su única conexión con el exterior.

 

Nelson empezó a salir en 1993 con Susana Jarabo, una estudiante de arte que trabajaba de camarera, a la que casi doblaba la edad, con la que estuvo cinco años. La única vez que visitó la casa de los Modlin, le pareció absolutamente deprimente, las paredes hacía años que no se pintaban y ellos parecían vivir aferrados a un triste pasado ajenos a la realidad. Margaret le mostró sus cuadros, cosa que le entusiasmaba hacer con las pocas visitas que recibía, y al preguntarle su opinión,  la chica, que por entonces trabajaba en una galería de arte, salió como pudo del compromiso. Altanera Margaret le espetó “¡Ni Velázquez!”, tal era el concepto que de sí misma tenía. Al salir, los padres de Nelson pidieron a su hijo que no volviera a llevarla jamás.

 

Era una madre obsesiva que no aceptaba que su hijo era un hombre con derecho a una vida independiente, le asfixiaba llamándole por la noche, pidiéndole que dejara a su novia porque sería la causa de su muerte. Nelson estaba muy harto y extraordinariamente enfadado, cada vez la relación entre ellos era más tensa.

 

En 1998 murió Margaret, fue una muerte inesperada de repente, y ese mismo año, unos meses antes, Nelson se había separado de Susana definitivamente, lo recordaré siempre. Me enteré de su fallecimiento por casualidad, pues aunque vivían aislados, en el barrio todo el mundo conocía a los Modlin y allí, en ese micro mundo del vecindario, las noticias corrían como la pólvora.

 

Su muerte me afectó tan profundamente como me dolió la desaparición de mi madre que murió ese mismo año. Margaret siempre me trató con afecto y había llegado a estimarla muy sinceramente, tanto por su insólita forma de expresarse en su arte tan particular y como persona singular. Lloré su desaparición y me sentí doblemente huérfano, dejando en mi espíritu un vacío que nadie ha conseguido llenar.

 

Como duendecillos que se colaran por las rendijas de las puertas fisgoneando la vida de los demás, la gente se entera de todo, algo que siempre me ha resultado inexplicable. Comentaban que Elmer, tan aficionado a dejar testimonio gráfico de todos los acontecimientos de su vida, la fotografió cuando yacía muerta y amortajada por él mismo sobre su suntuosa cama con dosel; en realidad no me extrañó saberlo, y casi lo comprendí, entendía que quería inmortalizarla en una foto como tantas veces hizo cuando estaba viva.

 

La pérdida de Margaret dejó destrozado a Elmer que se dio a la bebida, permaneciendo ebrio casi todo el día. Se abandonó totalmente, no se aseaba ni se afeitaba, tampoco se preocupaba de comer. Frecuentaba el bar Palentino, cercano a su casa, dónde habían ido a menudo cuando eran una familia unida y Loli, la dueña, les atendía con su simpática retranca castellana. Nelson preocupado por el estado de dejadez de su padre se brindó a pagarle la comida en el Bocho, un restaurante bajo su casa. Allí pasaba las horas desgranando recuerdos y llantos, mientras Ana, la cocinera, que trataba de cuidarle como si fuera un hijo, escuchaba sus lamentos. Y aunque tuvo esporádicas relaciones con otras mujeres y hombres, no llegaron a conseguir nunca que Elmer lograra sobreponerse a la desaparición definitiva de quien fuera su amada diosa.

 

Nelson quería ser empresario, fue socio del estudio de grabación Sintonía, hacía doblajes para los sports publicitarios que se enviaban a los concursos al extranjero y él se encargaba de negociar las músicas de librerías. Montó su primera oficina en la calle León, Contact se llamaba su empresa, viajaba mucho y dedicó doce horas diarias a trabajar durante los siguientes años.

 

Para relajarse y pescar, se fue a vivir al campo, tomando una casa en la localidad de Brihuega en la provincia de Guadalajara, se enamoró de nuevo y parecía que había conseguido conquistar una cierta paz de espíritu que le era tan necesaria, pero lo que no logró es desconectar del trabajo.

 

Nos encontramos en una ocasión en una calle por la zona centro, fue él quien me llamó, pues no le habría reconocido nunca, de tanto tiempo que no nos veíamos, estaba muy cambiado, había cogido peso se había dejado barba y usaba gafas, ya no era el efebo que yo recordaba. Supongo que pensaría lo mismo de mí porque el tiempo irremisible pasa para todos.

 

Era el 3 de junio de 2002, sus compañeros que conocían cuan responsable y cumplidor era con sus obligaciones, presintieron que algo grave le había ocurrido cuando esa mañana no acudió a una cita. Su íntimo y mejor amigo, Jaime Lipton, le encontró tendido en el salón de su casa junto al teléfono. La autopsia dictaminó que los numerosos infartos sufridos durante años, habían partido su corazón a los 49 años.

 

La vida se apagó para Elmer. Sobrevivir a su amada esposa Margaret y a su hijo adorado, Nelson, fue terrible, le destrozó para siempre y no consiguió recuperarse. Las dos personas que más quería junto con el particular mundo que habían creado, había desaparecido en menos de cinco años. Aquel hombre sensible perdió el interés por seguir vivo.

 

Un año continuó viviendo Elmer en la casa donde habían permanecido los últimos treinta, una casa ruinosa y tan acabada como él mismo, un santuario que conservaba todos los viejos recuerdos y las pinturas de Margaret llenas de simbolismos y planetas de colores, las cosas que durante toda la vida había atesorado junto con Margaret, hasta que una noche de mayo cayó fulminado sin conocimiento agarrado a una botella de whisky.

 

Fueron los vecinos quienes alertaron sobre el estado de Elmer, y los bomberos acudieron a rescatarle a través de una de las ventanas que  daban  a la calle San Roque, y en medio del delirio logró decir: “Quiero una Coca Cola”. Le trasladaron al hospital donde, al cabo de unos días, murió sin haberse despertado.

 

La extravagante familia  Modlin se extinguió con la muerte del último de sus miembros. No fue posible usar la urna del busto de las dos cabezas que Margaret esculpió pues estaba concebida para guardar las cenizas de los dos, ella y Elmer su marido, y ahora, con la prematura muerte de Nelson, eran tres, así que sus amigos decidieron que debían quedarse en Madrid donde habían vivido más de treinta años y que el fondo del Lago de la Casa de Campo era el lugar donde debían descansar para siempre.

 

Reunidas en un almacén aguardan las obras de Margaret a la espera de que un mecenas y una Fundación se haga cargo de ellas, para que permanezcan todas juntas como fue siempre su deseo. Si en breve tiempo esto no sucediera así, sus familiares se las llevarían a Estados Unidos y serían desperdigas.

Publicado la semana 30. 23/07/2018
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Requiem de Verdi, Time to say goobye de Andre Bocelli y Sarah Brightman , La pintura, la música, la propia vida , Siempre se pueda, en silencio, en soledad, mejor , Una despedida, el final
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