Semana
27
Marisa Herga

Una vida en la basura

Género
No ficción
Ranking
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Hace frío. Todos los días la misma rutina: la elegante dama que lleva un espectacular abrigo de rosada piel sintética abre la ventana, se apoya en la barandilla de su terraza y, sin poder evitarlo, le pasa el dedo índice para quitar el polvo, mira a la gente caminar con prisas calle arriba, calle abajo, del interior extrae una regadera de plástico rosa que ha comprado en el bazar que hay en la esquina, riega su escueto jardín de sólo dos macetas ya mortecinas y limpia las ramas de aquellas hojas que han perdido el color y desaparece dentro de la casa silenciosa.

 

Tiempo atrás, llegó un camión de mudanzas que descargaron en el cuarto izquierda del número tres de la calle del Pez, en el barrio de Malasaña icono de la mítica movida que comenzó en los años 70, un gran piso que llevaba deshabitado desde hacía tiempo, y que yo imaginé, sin duda les estaba aguardando precisamente a ellos. Traían una gran cantidad de enormes cajones de madera, después descubrí que allí llegaban embalados los numerosos cuadros que Margaret Modlin había pintado entre Estados Unidos y los pocos años que llevaba en España.

 

Les vi aparecer como si fueran actores de un lujoso reparto cinematográfico. Ella distinguida, esbelta y ligera, andaba con movimientos armoniosos, livianos y sutiles que más que andar, parecía acariciar el suelo, muy elegante, su largo cuello lo adornaba un collar de perlas y una gran cruz de oro tachonada de perlitas minúsculas, de su brazo colgaba un rubio y bello jovencito adolescente que la trataba con suavidad y ternura. Les acompañaba el marido, un hombre, todavía joven y atractivo, apuesto y elegante; su traje de lino marfil realzaba el tono dorado de su piel, con inconfundible coquetería, un sombrero panamá ocultaba su incipiente calvicie. Emanaba de ellos un atractivo magnético que hacía pararse a los transeúntes que, a pesar del sofocante calor que aquella tarde del verano madrileño, circulaban por la calle a esa hora.

 

Nadie sabe quiénes eran ni de dónde procedían, tampoco qué les llevó a venir a este castizo barrio, sin embargo llevaban cierto tiempo viviendo en Madrid. Aparecieron sin más aquella tarde, trayendo consigo un aire de hipnótico misterio que sedujo a la vecindad. Era evidente que eran extranjeros, hablaban en inglés, un idioma que yo no entendía, una lengua que a partir de entonces comenzó a interesarme y que finalmente conocí gracias a Nelson, el hijo de la familia, con el que trabé una cierta amistad después que un día nos encontrásemos en un bar del centro que estaba muy de moda y que era frecuentado por gente joven, la mayoría artistas, intelectuales y estudiantes, un poco bohemios, sin mucho dinero pero con tiempo libre, enorme ilusión y gran creatividad.

 

Desde el primer momento la llegada de esta familia, formada por los padres y su hijo, intrigó a los vecinos de la calle que empezaron a especular con las causas que les hicieron recalar en una España todavía sin despertar del prolongado letargo de tantos años de austeridad y opresión. Procedían de Estados Unidos, donde nacieron y vivieron, un país inmenso y poderoso que a mí se me antojaba tan lejano e irreal, que busqué directamente en el atlas de mi madre Carolina del Norte para situarlo correctamente en el mapa, pues mi única referencia sobre esa zona eran las películas de indios y vaqueros que cada domingo proyectaban en el cine del barrio. Elmer y Margaret habían nacido en esa extensa región donde, hasta hacía bien poco, los indígenas vivían en perfecta armonía, en paz y libertad con la naturaleza. Se conocieron en 1948 representando una función teatral en la Universidad Chapell Hill donde ella, gran aficionada al teatro, estudiaba Bellas Artes, al año siguiente se casaron y desde entonces nunca se separarían. Las  familias de ambos no estaban de acuerdo con aquella unión: los padres de él no comprendían que quisiera ser actor y a los de ella, de clase social más elevada y con convicciones religiosas bastante arraigadas, no les gustó que se casara con el hijo de un agricultor.

 

Eligieron Hollywood como lugar ideal donde cumplir sus sueños de independencia económica y hacer realidad la meta de triunfo que ambos se habían marcado para su futuro. Elmer Modlin, buscando la fama como actor probó suerte en publicidad y en la televisión, llegando a ser bastante popular por su participación en diferentes series televisivas, Hospital General, El fugitivo, Embrujada contaron con su presencia y obtuvo pequeños papeles secundarios en el cine, su última actuación antes de venir a España, fue de figurante en la estremecedora escena final de la conocida película La semilla del diablo del director Román Polanski, su participación fue tan mínima que ni  si quiera aparece en los títulos de crédito. Mientras, Margaret estudiaba el postgrado de arte en la universidad.

 

En 1952 nació Nelson que representaba la perfecta fusión de la insólita pareja, bello como un querubín, el hijo deseado y bien amado por los dos y su obra más hermosa. Siendo muy joven, deciden matricularle en la Hollywood Professional School, una escuela a la que acudían los hijos de las estrellas de cine y televisión y en la que muchos de los actores populares del momento habían estudiado, donde aprendió esgrima, baile, montar a caballo, dicción y actuación, con el propósito de preparase para posteriormente dedicarse al mundo artístico, un futuro que sus padres habían trazado para Nelson sin contar con los deseos del muchacho.

 

Y así, con los trabajos del padre, iban sobreviviendo ayudados por un restaurante vegetariano que montaron, una novedad para la época, adonde se daban cita muchos artistas del momento, lugar frecuentado por los escritores Henry Miller, Aldoux Huxley, Anaïs Nain, el actor y director cinematográfico Orson Wells, con los que llegaron a entablar una fuerte relación de amistad. En esta época, estimulada por aquella situación estable, Margaret Marley empezó a pintar enormes cuadros muy personales de marcada estética surrealista, en los que mezclaba el erotismo de los desnudos con la exaltación religiosa, algunos de los cuales vendió, consiguiendo ser reconocida dentro de los círculos artísticos.

 

Su marido, Elmer, fue uno de los muchos soldados americanos que los Estados Unidos movilizaron para luchar en la II Guerra Mundial, cuando sólo tenía 20 años y al declararse objetor de conciencia, le enviaron a un barco hospital que recogía y trasladaba a los heridos y los prisioneros de guerra, según su propio testimonio, fue de los primeros marines que llegaron a Nagasaki después del lanzamiento de la bomba atómica, tanta impresión debió causarle lo que allí vio, que le dejó marcado para toda la vida. Mucho tiempo más tarde su mujer quiso inmortalizar aquel hecho apocalíptico, y le pintó desnudo e indefenso cuya cara es una calavera, agachado y encogido, aterrorizado ante el horror de la explosión de la bomba atómica a su espalda, que llamó “Elmer y Nagasaki” .

 

Sus impresiones y su experiencia, las relató así en su escrito “Nagasaki y yo”:

 

“Nagasaki aparecía como una gran extensión de cenizas en negro y gris. Un crematorio holocáustico provocado por el odio y el supremo espíritu del mal con jirones de acero restantes de unos pocos edificios retorciéndose agónicos hacia el infierno.”

 

El sueño de triunfar en Hollywood se fue diluyendo, ya no le llamaban para trabajar, además habían estallado las brutales revueltas raciales de Watts en los Ángeles, con las consiguientes secuelas en la población. Fueron seis días de disturbios, con 34 muertos, más de mil heridos, detenidas 40.000 personas, saqueos e incendios de numerosos edificios y propiedades que se valoraron en pérdidas de cerca de 40 millones de dólares y un despliegue de más de 14.000 miembros de la Guardia Nacional de California. En su afán por dejar constancia de los desastres, como un testamento más de su vida, Margaret, pinta un cuadro que pretende recrear las revueltas de Watts, un hombre trata de vaciar su cerebro con dos cucharas en medio de un perturbador escenario rojizo.

 

Elmer, por su experiencia en Nagasaki, odiaba los conflictos y las guerras y cuando Estados Unidos entró de lleno en la del Vietnam, temía que movilizaran a su querido hijo Nelson que entonces tenía 16 años; sus padres decidieron enviarle a estudiar al Colegio Americano de Madrid, aconsejados por su buen amigo, el nostálgico escritor, Henry Miller que hacía poco había estado por Europa visitando Grecia, éste les recomendó que fueran a España ya que le parecía un buen lugar donde vivir tranquilos.

 

Publicado la semana 27. 02/07/2018
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“Chain of Fools”, de Aretha Franklin, “The Letter” de The Box Top, “(Sittin’ on) The Dock of the Ba , El arte, la pintura, , Siempre que se pueda , Escuchar la música, son mensajes
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