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Marisa Herga

X-Misión cumplida

Aunque éramos muchos, cuando un nuevo miembro llegaba a la comunidad, era celebrado por todos con gran júbilo; ese nuevo individuo aseguraba la continuidad de la estirpe, que a fin de cuentas era nuestra principal misión, así nuestros caracteres no se perderían y quedarían perpetuados para siempre en las nuevas generaciones.

Al nacer, me asignaron un número larguísimo, compuesto de tantos dígitos y letras, que me resultaba muy difícil de pronunciar y, para simplificar, me llamaron X en lugar de Y como a otros miembros de otro grupo, porque, según me enteré después, era el que mejor me definía y el que más se adecuaba a mi personalidad fuerte y viril. Era muy pequeño todavía y los adultos decían que apuntaba maneras, que tendría un futuro de éxito.

Destaqué desde siempre por mi perfección física, me contaban que era bello y armónico como sólo se veía en tipos extraordinarios. Mi gran cabeza, bien proporcionada, destacaba en tamaño comparada con mi pequeño cuerpo, por encima de los hermanos que nacieron al mismo tiempo que yo.

Tenía un esbelto y largo cuerpo, muy ágil y ligero, y, como decían los mayores, si no me torcía cuando creciera y adquiría la sabiduría necesaria, llegaría muy lejos, hasta el punto de dejar mi herencia a las criaturas venideras, un legado que perduraría durante los próximos siglos y que se iría transmitiendo a través de las generaciones futuras.

Desconocía quien fue mi padre y nunca tuve conciencia de haber tenido una madre. No sabía lo que eran ni lo que podían significar para un individuo como yo, por eso nunca llegué a sentirme un huérfano abandonado por sus progenitores, esa carencia, si es que la hubiera, la suplían los mimos de millones de tíos, primos y hermanos que  me protegían y me enseñaban cuánto necesitaba saber para sobrevivir.

Las pequeñas crías jugábamos todos juntos sin parar de movernos y alborotar, hasta que los mayores, enfadados, nos imponían el castigo de recluirnos en el lugar más oscuro y escondido, allá en el fondo, donde debíamos permanecer hasta que nos levantaban el confinamiento.

Mi infancia discurría muy feliz, protegido por todos los míos, en un hogar cálido y confortable. Asimilaba las enseñanzas que impartían los maestros, consciente de lo importantes que éstas serían para mi futuro.

Y así, entre mimos, juegos, adiestramiento y docencia, me convertí en un sano y bello joven adolescente, pendiente, con gran curiosidad, de no perderme nada de todo el conocimiento atesorado por los adultos.

Descubrí que, más allá de nuestro hogar, existía otro mundo muy diferente al que conocía; en ocasiones podía ser amable, pero las más de las veces, era agresivo y cruel. Sobre lo que había afuera todo eran conjeturas, muchos de los nuestros, que se habían arriesgado a traspasar la frontera, no habían regresado jamás. Pero a mí me picaba la curiosidad. Había oído contar que en el exterior imperaba la luz y el bullicio, se pasaba del frío al calor y yo quería saber en qué consistían estos cambios que no conocía, aunque me daba miedo abandonar la seguridad del confortable fluido que nos mecía en nuestro hogar.

Poco a poco, los mayores iban desapareciendo impulsados por una fuerza incontrolable y magnífica que los lanzaba fuera de nuestra morada, siendo ocupado su lugar, por nuevos individuos, hasta varios millones por día. Debatiéndome entre el miedo y la curiosidad, pronto me llegaría la edad adulta y entonces mis dudas quedarían resueltas.

Había oído contar que algunos individuos al ser expulsados, aunque diluidos y protegidos por una sustancia blanquecina y viscosa que los alimentaba y facilitaba su salida, podían estrellarse contra algún medio tan duro que los mataba en el acto, otros veían frenado su camino a pesar de la velocidad que alcanzaban y eran recogidos por una especie de globo que al final acababa con ellos.

Por fin, me había convertido en adulto, y llegó mi turno. Mis expectativas eran inmensas, deseoso de acceder al magnífico descubrimiento del otro mundo, me preparé para ser proyectado al exterior.

Unos movimientos agitados y violentos me lanzaron por un canal oscuro, flotando sobre ese líquido viscoso que me impedía retroceder. Por ser uno de los más sanos y rápidos, fui de los primeros en salir. Venían también mis hermanos y los primos de mi edad, éramos muchos, entre  200 y 500 millones, y me sentía muy bien acompañado. A medida que avanzaba, muchos se perdieron por el camino, desfallecidos, pero otros, como yo, continuamos por un nuevo hueco que nos llevó a atravesar un espacio cálido y suave que ascendía y se dividía en dos caminos.

Cada vez quedábamos menos, y en mi empeño por continuar, aunque mermadas mis fuerzas, tomé una de las dos direcciones. Un par de horas tardé en alcanzar la cima. Extenuado por el esfuerzo de esa maratón en la que habían muerto agotados muchos de mis competidores, me relajé y me dispuse a descansar dos o tres días. Sin embargo, todavía no había llegado a mi definitivo destino, aún quedaba la prueba más difícil.

Ese era el tiempo de que disponía para cumplir con mi misión. De los cientos de millones de individuos que partimos en esta aventura, sólo pasarían a la final un centenar, y sólo uno, el más fuerte y el más listo, conseguiría alcanzar la esperada recompensa para la que habíamos sido creados.

Continué sin descanso, agitando mi largo flagelo con fuertes sacudidas e impulsándome con gran esfuerzo, y, apurando hasta el extremo de mis fuerzas, perforé la dura membrana, consiguiendo, por fin, penetrar en su interior y fecundar el huevo. Milagrosamente, en menos de tres días, comenzaría para mí una nueva vida, sorprendente y misteriosa.

Misión cumplida.

Publicado la semana 26. 25/06/2018
Etiquetas
Triumph of The Will ( Vorak), Tubular Bells (Mike Oldfield), Sinfonía del Nuevo Mundo (Vorak) , El milagro de la vida , Siempre, pero sin prisas , El nacimiento
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