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Marisa Herga

Hijo del destino (VII)

La vida seguía su curso, y el palacio recuperaba, poco a poco, el esplendor que, hasta hace poco, había perdido. El buen maestro sanó finalmente de sus heridas; honrado y querido, vivía con todos los cuidados en un ambiente familiar, que prometía los próximos años muy felices. Los novios se preparaban para en un futuro, no muy lejano, vivir juntos. Y por fin el color volvió a las mejillas de la condesa, sólo una nube de tristeza nublaba sus ojos.

Las pesquisas para descubrir el misterio del recién nacido llegaron hasta Portugal. Investigó el joven abogado en distintos conventos y orfanatos, y no encontraba hilo del que tirar. Desde el país luso, enviaba misivas a la señora, informando de los avances de la investigación, sólo cabía tener paciencia y continuar. Y en eso estaban.

Todas las noches, al finalizar la cena, tras la sobremesa posterior y después de despedirse de la novia en el palacio de la plaza alta, Luisino bajaba pegado a la muralla, por la cuesta del adarve, cruzaba la plazuela de la concatedral y salía extramuros por el arco del socorro hacía la larga calle del gremio de los encaladores, al final de la que estaba el empinado camino que llevaba a las tenerías; allí el joven tenía su casa, dos humildes habitaciones en una vivienda de moradores, antigua y desvencijada.

Pese a las penurias, estrecheces y carencias, por el día, las calles bullían de niños desarrapados, alegres y chillones, que jugaban a la pelota que las mismas madres confeccionaban, con restos de goma y retales de tela. Por la tarde, las mujeres sacaban las sillas a la puerta de la calle y, mientras iban zurciendo calcetines, remendando pantalones, limpiando mocos y dando de mamar a los infantes, compartían sus muchas miserias y pocas alegrías, llevaban y traían los cotilleos del momento, gritaban a los niños, y se reían, se reían mucho, se reían sin miramiento, se reían con estridencia, porque la risa no costaba dinero.

Era un tórrido agosto, un agosto que había llegado de pronto trayendo un aire sofocante del sur que secaba la garganta; las paredes de piedra de la muralla ardían y exhalaban su calor. Suspendida en el cielo, una enorme luna, redonda y blanca, jugaba al escondite con las lonjas de nubes oscuras que amenazaban lluvia.

Como cada noche, Luisino enfiló la empinada cuesta del adarve hasta la puerta nueva, con la calle casi a oscuras. Las farolas que eran escasas, expelían una tenue luz que desaparecía antes de llegar al suelo. Bajaba despacio el joven pintor, mirando donde pisaba, por temor a perder pie y caer rodando. Un paisano, que se le cruzó en el camino, le dio las buenas noches, pasando su moquero por la frente:-“ojalá llueva, a ver si desaparece este maldito calor”-

Dejó a la izquierda el viejo palacio del obispo, el más antiguo de la villa, atravesó la placita de la concatedral en la parte baja de la ciudad medieval, el muchacho saludó a un grupo de persona, que tomaban la fresca, sentados en los poyos de la fachada de la iglesia, -“Vaya calor que ha llegado de pronto…”-. Y continuó por la calle llamada de tiendas que se abría a la plazuela del socorro.

No le vio. Salió de pronto, como un aparecido, desde un recodo de la calle que traía desde la plaza mayor. Un hombre alto, bien fornido, todo vestido de blanco, tropezó con él y por poco le arrastra y le lanza sobre los adoquines. No saludó como era la costumbre entre las buenas gentes de la ciudad. Iba de lado a lado de la calle, rozándose con las paredes, llevándose la cal en la ropa, dando tales traspiés, que a duras penas podía andar erguido. Bajó las escaleras a trompicones, que pareciera que de un momento a otro acabaría con sus huesos rodando por el suelo y estampado contra la pared de enfrente.

Los cirros jugaban y cubrían a trechos la blanca luz de la luna, dejando, a ratos, la larga calle de los encaladores oscura como la boca del lobo.

El muchacho caminaba despacio, iba pendiente de sus propios pensamientos; se paró bajo un exiguo farol, y consultó la hora. A duras penas pudo ver que era muy tarde, pasaba ya la medianoche.

No se percató de que el hombre con traje blanco, con zapatos blancos, todo él vestido de blanco, debía tener prisa. De momento comenzó a andar con rapidez, después a correr acelerado, parecía que huyera de algo. En el silencio de la noche, un tétrico eco devolvía el sonido de las pisadas en los adoquines, resonando como si un siniestro esqueleto restallara los huesos sobre las piedras de la calle.

Acosado por un pánico atroz, el hombre de blanco, trotando de un lado a otro de la calle, trastabillándose, se acercaba a las paredes cubriendo con las manos la larga silueta de su propia sombra, que crecía y se alargaba y se hacía más grande al alejarse; el hombre gritaba en un quejido lastimero.-“No, yo nooo”-, parecía clamar, y seguía corriendo y aullaba con un alarido aterrador que estremeció la noche.

Muy asustado, el muchacho trató de alcanzarle pensando en que algún malhechor le atacaba; le vio a lo lejos fundiéndose en la negrura y finalmente le perdió de vista.

El hombre seguía aullando. A lo lejos no dejaban de oírse los alaridos desgarradores, daban escalofríos los bramidos que más parecían de una bestia del averno que de un mortal.

De pronto, cesaron los gritos, el silencio se sumergió en la noche. La luna consiguió desprenderse del nubarrón y esparció su luz blanca sobre el empedrado. Cayeron unas gotas, primero tenues y ligeras, luego gruesos goterones y, al momento, el firmamento se encendió de truenos y relámpagos, y la lluvia furiosa encharcó la calle de agua fresca, arrastrando con su impetuoso torrente el suceso vivido momentos antes.

Los corrillos de moradores, por la mañana, no hablaban de otra cosa. Lo encontró, al amanecer el día, el viejo barrendero, cuando se disponía a realizar su tarea diaria: se trataba de un hombre desplomado contra la pared, los brazos extendidos como en actitud defensiva, las uñas incrustada en la carne, la boca y los ojos abiertos en un gesto de terror, y empapado por el aguacero. Debió morir de madrugada. Todos reconocían al hombre de los mocasines blancos. Muchos eran los que pensaban que se merecía un buen escarmiento. El Pincel era un indeseable, brabucón y pendenciero, con el que muchos en la villa tenían cuentas pendientes que saldar. Nunca pensaron que tendría esa horrorosa muerte.

Decían que, valiéndose de la oscuridad de la noche y la borrachera del sujeto que le impedía defenderse, los hermanos de la joven agraviada habían logrado su venganza. También se contaba que, tal vez, fuera el dueño del local de las prostitutas, o alguno sableado por el muerto o un rival al que hizo trampas en las cartas. Los rumores no cesaban y cada cual dejaba libertad a la imaginación.

El finado fue llevado a la sala anatómica del cementerio local. Toda la mañana se ocupó el forense y su joven ayudante con el hermoso cuerpo del difunto, tirado, como si fuera una res preparada para ser descuartizada en  el matadero, sobre la mesa de aquella sala con un mareante olor a muerto, desnudo e indefenso.

Lavaraon el cadáver, evacuaron los fluidos, desangraron, cortaron, diseccionaron, extrajeron las vísceras. Luego de hacer las costuras y terminar la pertinente autopsia, el forense dictaminó que el cagueta, el muy gallina, había muerto de miedo.

La noticia movía a la risa del vecindario. La verdad es que no le importaba a nadie, muerto y bien muerto estaba. Como se decía: “Muerto el perro se acabó la rabia”, y los vecinos respiraron aliviados al fin.

Desde Portugal llegó el abogado al final del verano. Traía nuevas que alegrarían a la condesa, y por ende, a toda la casa.

Llamaron al chico, trajeron a la joven, al pie de la escalera la condesa del brazo del rudo capataz esperaba con traje de gala como si fuera a asistir a una gran celebración.

Luisino no entendía nada; estaba inquieto pero también asustado La novia se retorcía las manos, consumida por la impaciencia. El querido maestro y el viejo notario, sentados en ambos sillones, sonreían complacidos. Era una ocasión memorable. La dama avanzó hacia el joven pintor y le tendió unos documentos. Abrió los ojos sorprendido, extrañado de lo que acababa de leer. Quedó conmocionado ante la revelación de su propia vida.

De la oscuridad surgió una divina aparición, con el caminar etéreo, que parecía flotar, la toca almidonada y blanquísima como grandes alas de mariposa, la sonrisa dulce de madre amantísima.

Como un estruendo, estallaron todos en abrazos y llantos, un llanto de alegría y reconciliación con el pasado, de resurgimiento y de perdón por tanto tiempo perdido sin saber, sin reproches y sin culpa.

Al verano siguió el otoño, y con él vino el viento del norte arrancando las hojas muertas de los árboles sembrando el pavimento de hojarasca, una alfombra dorada que lo invadía todo.

Ya nadie se acordaba. No se volvió a hablar de la extraña muerte del hombre siempre vestido de blanco.

Las buenas gentes de la villa rememoraban los festejos de las bodas en la casa de la torre almenada de la plaza alta, que duraron varios días, en la que todo el pueblo participó; la felicidad de la condesa y cómo, por la fuerza del amor, con paciencia y perseverancia, había recuperado al hijo del destino, el nuevo joven conde, era como una hermosa fábula, que las madres contaban a los niños para que extrajeran su moraleja.

Publicado la semana 25. 18/06/2018
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Adagio in G Minor de Albinoni , Recomponerse, reencontrarse, las cosas que tiene la vida , Leer siempre, en cualquier parte, cada día, a cualquier hora , Y escucha buena música, aquella que te emocione
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