Semana
24
Marisa Herga

Hijo del destino (VI)

Género
Relato
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El joven Luisino era invitado a cenar habitualmente a la casona, la condesa se había encariñado con este muchacho noble e inteligente que con sus chascarrillos, lograba arrancarle una sonrisa en un momento en que nada conseguía levantar su ánimo. La dama había acogido al chico y a su novia como si fueran hijos suyos, mientras seguía buscando indicios que le ayudaran a encontrar al suyo; al conocer que era un hospiciano, se interesó por las circunstancias que le habían llevado hasta allí.

El joven no conocía gran cosa de las circunstancias de su nacimiento. No le habían enseñado documentos y nunca vio una foto de familiar alguno. Tampoco, en los dieciochos años que pasó entre la Casa Cuna y el Hospicio, le visitó ningún pariente. Cuando tuvo uso de razón, se percató de que era un niño abandonado, sin padres, absolutamente solo en el mundo.

Habló emocionado de su preciosa relación con la hermana Margarita, a la que llegó a considerar su verdadera madre. Evocaba su dulce sonrisa y sus caricias, y aquellos cálidos besos que le daba a hurtadillas. Ella era la única persona que se preocupó por su educación y cuidó de su salud en toda su corta vida. La monja le contaba historias que llegó a pensar que no habían ocurrido, que se las inventaba para entretenerle.

Le dijo que nació el año de la gran nevada, de esas que se recuerdan, tan grande fue que cerró los caminos que no se despejaron hasta el día siguiente. Contaba que alguien le dejó en el torno pero que no tocó la campanilla de la entrada, por eso tardaron en descubrirlo.

Sor Margarita decía que era muy chiquito, muy delicado de salud, que llevaba buenas ropas, y prendido en ella iba un generoso donativo que, gracias a las oraciones, le habían sacado adelante. Los niños, que no se callan la boca, y porque lo habían oído a los más mayores, especulaban con que los padres debían ser gente rica.

La dama contenía la respiración, no daba crédito, coincidía la fecha, la nevada, el donativo, la edad del muchacho, las ropas de calidad. Tomó un sorbo de agua, y continuó escuchando el relato de los recuerdos y experiencias del joven pintor.

Habló de sus primeros recuerdos hasta que cumplió los seis años, y cómo fue arrebatado, por la fuerza de unas normas sin piedad, de los brazos amorosos de la monja. Se acumulaban los acontecimientos de los tiempos de la Casa Cuna, los castigos, el hambre y el frío, las humillaciones que impone la pobreza, la crueldad de los propios niños con los más desfavorecidos.

Recordó su paso por el Hospicio, ese mundo en blanco y negro, y cómo fue forjando su personalidad en solitario, formando su espíritu llenándolo de arte y colores, de los premios y castigos, de los niños elegidos para abandonar la cama por las noches y los favoritos, a los que se asignaban las tareas más livianas y se les reservaba los mejores alimentos, las humillaciones públicas y el desprecio de los que eran torpes o lisiados como él, o bien sus familiares no aportaban una asignación, de los abusos y perversiones que se vivían en silencio.

Habló de la luz que iluminó su tiempo en el asilo, cuando encontró a su buen maestro, tan paciente y tierno, que le enseñó todo su saber, que le descubrió que, fuera de aquellos muros, había otro mundo y era maravilloso. Cómo le enseñó las cosas buenas de la vida, en esa edad en que una persona va forjando su personalidad.

El joven era tan generoso, que haciendo balance, recordaría por siempre a sor Margarita, a quién ya había perdonado que no saliera a despedirle, intuyó mucho tiempo después, que decir adiós hubiera sido más doloroso para los dos.

Y su querido maestro, que lo había salvado de convertirse en un hombre corriente y sin dignidad.

Luisino y el viejo maestro, trataban de contener su emoción ante tan triste crónica, que era el resumen de una corta vida de injusto sufrimiento,

La dama, sin embargo, era incapaz de contener el llanto, se solidarizaba con el muchacho y deploraba tanta tortura, los ojos tenía hinchados y las lágrimas no dejaban de rodar por sus mejillas. Se levantó de la mesa, le tendió los brazos y le estrechó contra sí, con tanta fuerza como si hubiera estado esperando ese momento toda la vida.

Publicado la semana 24. 12/06/2018
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Coplas de amor - Diana Navarro (Voz y piano) , La necesidad de conocer el origen , Leer siempre, en cualquier parte, cada día, a cualquier hora , Cuento con moraleja
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