Semana
23
Marisa Herga

Hijo del destino (V)

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Relato
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El muchacho, que se había convertido en un consumado maestro de la pintura y la restauración, era muy solicitado por las familias pudientes con lo que se ganaba muy bien el sustento. Acudía a los palacios en los que cobraba bien el trabajo, pero también le requerían en las casas más pobres de la villa, a las que, muchas veces, les perdonaba el pago.

Cortejaba a la doncella, y como todas las parejas, los domingos iban al cine, daban paseos juntos por el parque y, sentados en un banco, entre risas y caricias, compartían una bolsa de pipas, dando rienda suelta a sus ilusiones y haciendo planes para el futuro. Luisino trabajaba mucho y ahorraba cuanto podía; quería encontrar una buena casa y formar una familia. La vida parecía dar buen respiro al huérfano.

Una noche, después de dejar a la novia en la casona de la condesa, bajó tomando el mismo camino que habitualmente hacía hasta su casa, donde el viejo maestro le esperaba. Las calles de adoquines sueltos y mal iluminadas y el acerado en un estado lastimoso, hacían difícil caminar sin dar trompicones. Al dar la vuelta, en un recodo, tropezó con un cuerpo que yacía tirado como un fardo. Se agachó, palpó el bulto y descubrió que se trataba de un anciano. Pensó que se habría dado un topetazo en la cabeza contra la pared y habría caído mal herido. Comprobó su respiración y, cuando le dio la vuelta, descubrió con aflicción que el hombre no era otro que su buen maestro. Sobreponiéndose a la primera impresión, le incorporó y como pudo lo cargó sobre la espalda y lo condujo a la casa.

Le acostó en la cama y le lavó las heridas. Llamó a la moradora, madre de siete hijos, que suponía con experiencia en piteras con tanto niño y que sabría qué hacer en este caso. La mujer, relatando para sí pensando que el anciano iba borracho, volvió de su casa con una palangana de agua, algodones, vendas blancas y un bote de alcohol.

Acudió luego el médico, y la humilde habitación se llenó de gente. Todos opinaban. El galeno obligó a que salieran fuera. Después de una exhaustiva exploración, determinó que el porrazo en la cabeza lo había producido un objeto rotundo y romo, alguien le había golpeado aposta, sólo las rozaduras en las manos y las lesiones de las rodillas y los codos lo eran por efecto de la caída. Concluyó que debía guardar reposo, alimentarle bien y hacer las curas a menudo y con la debida higiene. Él vendría cada día para seguir la evolución. Las vecinas se ofrecieron para hacer los turnos que hicieran falta  y vigilar que no tuviera fiebre y no se infectaran las heridas.

La noticia se propagó por toda la villa. Muchas personas se interesaron por el anciano maestro que era muy querido, y hasta la misma condesa se presentó en la casa para verle. Llegó con su propio médico y enseguida dispuso que lo trasladaran a su palacio, donde estaría muy bien atendido.

Por entonces, la condesa andaba preparando los documentos para dejar arreglado el asunto de su herencia; no tenía hijos y su pariente más próxima era una prima lejana que vivía en Estados Unidos y desde hacía tiempo le rondaba la cabeza la idea de prohijar a su camarera. Por eso se reunió con el joven abogado y el notario de toda la vida, que llegaron cargados de papeles. Revisaron títulos de propiedad, acciones, cuentas bancarias, escrituras, pólizas de seguros, un montón de papeles que llevaría días ordenar y clasificar, entre todos estos papeles apareció un sobre, que debía ser antiguo pues se había vuelto de color amarillento y olor a viejo, que llevaba escrito su nombre, con una elegante caligrafía que inmediatamente reconoció como la letra de su padre, el conde.

Rebuscó en lo más recóndito de la memoria y no acertaba a adivinar cuál sería el inconfesable secreto tanto tiempo guardado. Abrió el sobre con emoción y no sin nerviosismo, ante la expectación de los presentes, entre los que se encontraba la joven doncella. Apenas leídas las primeras líneas, la condesa se desvaneció, cayendo el papel al suelo. La muchacha lo recogió mientras atendían a la señora. Cuando se repuso, pidió a la niña que leyera el contenido de la carta.

Relataba el conde un hecho que aconteció hacía muchos años, un hecho que únicamente conocía el notario, buen amigo y confidente del fallecido conde. Fue en el campo, cuando la condesa contaba dieciséis años durante sus habituales paseos a caballo por la finca. La joven cabalgaba cerca del río para dar de beber al animal, cuando una alimaña le salió al paso asustando a la montura, que se encabritó lanzándose al galope y arrojando a la condesa contra el suelo. Tardaron tiempo hasta que pudieron localizarla; la hallaron semiinconsciente y sangrando abundantemente.

El médico dijo que había que inmovilizarla por temor a lesiones internas y trasladarla a un hospital. La llevaron al cortijo donde le hicieron las primeras curas, comprobando con estupefacción que la causa de la hemorragia era que la joven condesa estaba embarazada y además el feto estaba vivo.

Allí mismo, el propio médico con ayuda de la vieja sirvienta que había asistido algunos partos, extrajo aquella masa de carne y sangre. El feto, de un niño, era pequeño pero perfectamente formado, estaba lívido, con los labios morados, entonces le aplicaron calor, le dieron masajes, lo limpiaron y lo lavaron, y el pequeño comenzó a llorar con gran vigor. El médico respiró aliviado, sin embargo el conde, que no daba crédito, con gesto sombrío decidió que había que deshacerse de él. El doctor trató de persuadirle, aquello era una temeridad, y apeló a su tolerancia y magnanimidad, ya que al fin y al cabo se trataba de su propia sangre.

No hubo manera, el conde había tomado una decisión y no estaba dispuesto a volverse atrás. Prepararon al bebé, escribió una nota, a la que adjuntó un sobre con dinero. El chofer del conde y la vieja criada salieron de la finca camino a la villa. Al mismo tiempo, una ambulancia esperaba en la puerta para llevar a la joven condesita hasta el mejor hospital de la capital.

Todos los presentes quedaron conmovidos por el relato. La señora no paraba de llorar, estaba como loca, gritaba histérica, se movía levantando los brazos desafiantes, cómo era posible que su padre hubiera hecho aquello y habérselo ocultado, no podía ser verdad. Le administraron un calmante y una vez se hubo serenado interrogó al viejo notario sobre los detalles que no aparecían en el escrito. Quería saberlo todo, sin omitir los pormenores.

Todos los que ese día horrible tuvieron alguna participación, ya no vivían, a excepción del pobre notario, que no estuvo allí, pero fue el que escuchó la confesión del conde. El inocente neonato fue depositado aquella misma noche en el torno de las hermanas de la Casa Cuna, quedando abandonado a su suerte, y nunca más, nadie, volvió a preocuparse de si sobrevivió, y durante estos veinte años persona alguna preguntó por él. El conde hizo prometer bajo juramento que jamás se revelaría este secreto.

Inmediatamente, la condesa ordenó al abogado que buscara los registros de entrada de recién nacidos en la Casa Cuna, se conocía la fecha y el año, no parecía difícil. Pero el abogado regresó con malas noticias. No existían registros de esas fechas y las hermanas que estaban por entonces, o habían muerto o fueron trasladadas a otras casas, algunas las habían enviado a Portugal. La orden estaba dada; el joven letrado debía seguir buscando sin descanso.

La vida en el palacio no volvió a ser la misma, no se recibía a nadie; el ritmo y la alegría se habían frenado de golpe. Una obsesión mantenía la atención de la condesa: encontrar al hijo perdido.

A la mañana siguiente, llegó desde el campo el nuevo capataz, que cuando mozo estuvo un tiempo guardando los cerdos de la finca, todo un hombre, tosco, vigoroso y robusto, buen trabajador y de la absoluta confianza de la condesa. Lo confió al viejo mayoral, de quien aprendió cuanto debía saberse del gobierno de la finca.

La condesa le recibió en el despacho hecha un manojo de nervios. Lo que iba a confesar en ese momento no era nada fácil, se trataba de un secreto ignorado desde siempre, que incumbía a los dos, y tal vez una tercera persona de la que nada se sabía. Aquel hombre de aspecto rudo, curtido por el sol, criado entre animales, no pudo contener las lágrimas al escuchar la confesión. Tomó las manos temblorosas a la señora con inmensa delicadeza, los dos lloraban y el llanto impedía articular cualquier palabra. No era necesario, eran jóvenes entonces, no fue culpa suya, habían perdido un tiempo que ya no se podía recuperar, pero aún quedaba una esperanza, todavía era posible recorrer juntos el futuro. Se abrazaron con ternura y se prometieron permanecer unidos y no descansar hasta encontrar al hijo que les habían robado.

Al terminar la jornada, Luisino que así le seguían llamando cariñosamente, acudía al palacio para interesarse por su querido maestro que se recuperaba lentamente. Ya se levantaba y daba pequeños paseos por el jardín. El joven procuraba entretenerlo, se retaban en partidas al ajedrez, juego en el que los dos eran avezados jugadores, le entretenía con aquellas lecturas que le gustaban y, sobre todo, traía noticias de los sucesos ocurridos en la villa.

El último, que iba de boca en boca, tenía que ver con “el Pincel”, que así le apodaban. Éste era un pintor de brocha gorda, que se dedicaba a encalar las fachadas de las casas. Sólo trabajaba en primavera y verano, el resto del año lo dedicaba a dar sablazos a unos y otros; era jugador convulso, lo mismo daba jugar a cartas o a dados, apostaba a todo aquello que pudiera oler a dinero.

Frecuentaba las casas de prostitución, de donde la mayoría de las veces tenía que salir por patas, maltrataba a las chicas y no pagaba. El elemento, era un “prenda”. Unía a todas estas “cualidades” el ser un hombre de gran atractivo, alto, moreno, de profundos ojos negros y tupido pelo que peinaba hacía atrás con brillantina. Era muy presumido y fardaba de su buena facha y su éxito con las mujeres. Vestía enteramente de color blanco, incluidos los zapatos, sobre su pecho broceado, lucía una monumental cadena de oro, y llevaba una ostentosa esclava de oro y un enorme anillo con un gigantesco rubí, y por esta apariencia, la gente había dado en llamarle “el Pincel”.

El gachó estaba casado con una pobre mujer, que se iba consumiendo por la miseria y las palizas que le daba el marido, cuando llegaba a casa borracho, y por los siete hijos que había parido sin tiempo de recuperarse. Para mantenerlos, la desgraciada tenía que trabajar duro limpiando en las casas cuando la llamaban, y, además bien temprano y hasta el anochecer; unos cuantos días a la semana, bajaba los empinados barrancos, hasta los lavaderos del arroyo de las Aguas Vivas, cargada con pesados baños repletos de ropa que llevaba a la cabeza y otro al cuadril, para hacer la colada de las casas pudientes de la villa.

Al menda éste le tenía ganas mucha gente. Las trampas y deudas de juego habían hecho que muchos clientes de los garitos anduvieran buscándole las vuelta, para darle un buen escarmiento. Los dueños de los prostíbulos ni perdonaban ni olvidaban, esperaban la ocasión oportuna para asestarle su bien merecido castigo, pues les había estropeado la mercancía: a una de las chicas le rajó la cara con una botella rota en una pelea.

La última fechoría, y por la que le estaban buscando por todos los escondrijos posibles, era imposible que quedara sin venganza. Eso es lo que clamaban iracundos los cuatro hermanos de una bella joven a la que “el Pincel” había ultrajado en su propia casa.

Parece que este energúmeno estaba obsesionado por una mocita huérfana de padres, muy hermosa que vivía con sus hermanos en una humilde casa un poco apartada del resto, en la ribera de los curtidores. Pero, lo que de verdad le había hecho hervir la sangre, era que la muchacha se había echado un novio, canijo pero honrado y trabajador, al cual los hermanos habían dado su aprobación, y que hacía días había marchado para hacer el servicio militar en África, a muchos kilómetros de aquí.

“El Pincel” la quería para sí a toda costa, y tal era su obcecación que no pensaba más que en el modo de conseguirla. Acechaba escondido cerca de la casa, como la fiera que espera para saltar sobre su presa. Viendo salir a los hermanos, aprovechó la ocasión y llamó a la puerta; la muchacha creyó que era el cartero que, como cada día, le acercaba la carta de su novio, y abrió dispuesta; el facineroso la empujó cerrando el portón. Dentro, a salvo de la vista de cualquiera, como una sabandija aprovechando su superioridad física y la sorpresa inicial de la moza, la golpeó, le arrancó la ropa, la tiró al suelo, ella se defendió como pudo, le gritaba, le mordía, le tiraba cuantos cacharros encontraba, se resistió todo cuanto pudo, pero el monstruo, de un tortazo la dejó inerte tirada en el piso. Como un pelele en sus manos, hizo con ella lo que quiso.

El cobarde huyó de la escena y buscó escondite. Nadie lo había vuelto a ver, los cuatro hermanos no encontraban consuelo, sólo querían su venganza. Buscaron al criminal día y noche, escudriñaron las viviendas de la ciudad, subieron a los palomares, entraron en las cuadras y gallineros, examinaron las calles más escondidas, rebuscaron en las torres de la ciudad medieval, rastrearon las huertas, exploraron el río, preguntaban a todos los habitantes de la villa, no dejaron ni un lugar ni un palmo de tierra sin registrar, no había guarida o madriguera por difícil que fuera, que no se hubiera explorado. Más de tres semanas rastreando cualquier pista sin descanso, y no le hallaron.

El buen maestro escuchaba con atención, muy conmovido, el relato, imaginando el sufrimiento de la joven luchando contra su agresor ante su imposibilidad de defenderse. Se sintió, de pronto, acometido por una gran congoja: era una iluminación. Le confesó a Lusino que la narración trajo a su memoria la visión de su atacante. No, no le vio la cara, ni las manos, no advirtió cual era su corpulencia ni estatura, pero sí distinguió que el monstruo que quiso acabar con su vida, sin saber la razón, llevaba puestos unos zapatos de color blanco. Nadie en la villa vestía de blanco, y mucho menos calzaba de ese color, excepto “el Pincel”, conocido además por el color absolutamente blanco de toda su indumentaria.

Publicado la semana 23. 04/06/2018
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Las coplas , Concha Piquer , Leer siempre, en cualquier momento , Ajustar las cuentas con la vida
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