Semana
20
Marisa Herga

Hijo del destino - II

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Relato
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No se conocían los orígenes de su nacimiento. Las vecinas hablaban que debía tratarse del hijo de una mujer rica, por la calidad de las ropas que llevaba cuando le encontraron.

Los rumores apuntaban a una joven condesa de mucha hidalguía, de nombre aristocrático muy sonoro y larguísimo, dueña de un gran palacio con torre almenada y fachada con escudos, situada en el recinto amurallado de la parte antigua de la ciudad, propietaria de extenso cortijo con dehesa de encinas y alcornoques, viñedos, piaras de cerdo y enormes rebaños de ovejas, que daban buenas rentas.

El título y el nombre, el castillo, las tierras y otros bienes, los había ganado un antepasado, cuando dos de las hidalgas familias más prominentes de la pequeña ciudad medieval, pertenecientes, una a la parte alta, y la otra a la parte baja, se enfrentaron, y éste, se puso de parte de la facción que defendía a los Católicos Reyes que le premiaron con tierras, siervos y castillo.

Después, a los largo de los años, la fortuna fue creciendo, incrementándose con el buen ojo del conde para las inversiones en minas, ferrocarriles y empresas por distintos países del mundo.

El vulgo atribuía la paternidad de Luisino al porquerizo que cuidaba de los guarros del señor conde, por ser éste un muchacho de la misma edad que la joven condesa, sano, y robusto, de sangre ardiente, aunque tosco y un poco simple.

La condesa, joven y bonita, era el mayor tesoro de su padre que la guardaba para casarla con el hombre más noble y adinerado que hubiera en el mundo. Cualquiera no era bueno para la niña, que disfrutaba de la vida sin preocupaciones gracias a sus muchas posesiones pues, además de un enorme palacete en la capital y una manzana de casas a renta allí mismo, tenía una impresionante villa en la costa, donde la hidalguía se holgaba los veranos con baños de mar.

Todos los años, cuando empezaba la temporada de Ópera en el Real Teatro en el que el conde y su hija tenían abonado un palco, abrían el palacete situado en el centro de la capital, rodeado de un recoleto jardín, esculturas de mármol y bonitas fuentes de cuyos surtidores brotaba el agua haciendo artísticas formas.

No se escatimó en gastos ni en lujos para la residencia palaciega de los condes en la capital. Las salas se decoraron siguiendo las indicaciones y el exquisito gusto de la madre de la condesita, que murió muy joven de tuberculosis, una enfermedad hasta hace poco incurable y mortal.

El conde que, por sus muchos negocios viajaba a menudo al extranjero, trajo tapices de la Fábrica de Gobelinos de París que representaban escenas mitológicas, maderas exóticas para los solados, lámparas francesas de finísimo cristal, sedas de China con las que se tapizó el salón oriental y los asientos de los salones, y panneaux decorados con ricas telas bordadas que forraron las paredes de las estancias privadas de la condesa.

Una buena colección de obras de reconocidos pintores del siglo XIX y principios del XX, finas porcelanas, restos de excavaciones arqueológicas, a las que era muy aficionado el conde, adornaban las estancias.

Un arquitecto francés fue el artífice del fastuoso palacio. La soberbia escalera principal, de exquisita filigrana, era impresionante. Realizada en bloques de mármol de Carrara, procedentes de la misma cantera de Italia en la que trabajó el gran Miguel Ángel, las paredes y el techo estaban decorados con pinturas de luminosos colores, unía el entresuelo, donde están el jardín y las cocheras, con la planta noble.

El edificio era una construcción de muy bella fábrica y materiales de calidad, en estilo neoclásico, de cuatro pisos y un sótano en el subsuelo, que abría sus ventanas a ras de la calle, donde se encontraban las cocinas, dependencias para el servicio y las oficinas de los empleados del conde.

Casi toda la planta del entresuelo era dominio del conde, tenía allí su despacho en el que tramitaba sus numerosos asuntos y negocios, la bien surtida biblioteca, uno de sus mayores posesiones a juicio del conde pues tanto él como su esposa y su hija, eran grandes lectores, el fumoir y la sala de billar, todas las ventanas de esta zona se asomaban a la fachada principal; al otro lado del distribuidor, y mirando al jardín, estaban situados un precioso salón de música decorado en estilo Luis XVI, un pequeño comedor de diario, el dormitorio, baño y boudoir con muebles Luis XVI de la esposa del conde, y a continuación el dormitorio que usaba el marqués.

El lujoso salón de baile que lucía magnífico con las lámparas de araña y paredes cubiertas por espejos, unas salas para el descanso de damas y caballeros, el salón de tapices, el saloncito chino y el comedor de gala, capilla y sacristía, dormitorio, baño y vestidor Luis XV de la condesa y el salón de retratos, se situaban en la planta noble

La tercera planta albergaba las galerías pintadas al óleo con motivos pompeyanos, los invernaderos, un comedor, diversas habitaciones de recibo, el coro de la capilla, y el dormitorio, baño y vestidor para invitados.

Las recepciones que allí se celebraban con miembros de la realeza europea afincados en el país, diplomáticos e intelectuales eran conocidas hasta en el extranjero.

En el lujoso salon, de enormes lámparas de arañas de cristal que se multiplicaban por mil en el reflejo que devolvían los espejos dorados de las paredes, ofrecían los bailes de la temporada, en los que distinguidas damas, lucían en todo su esplendor juventud y belleza con delicados y elegantes vestidos, exhibiendo las joyas más impresionantes que se hayan visto. Era un lugar proclive al galanteo, los jóvenes tenían oportunidad de conocerse y era fácil concertar matrimonios.

Los invitados disfrutaban también de veladas musicales al piano y otros instrumentos, o con orquestas de cámara y alguna soprano que deleitaba a la concurrencia con una bonita aria de ópera. Lecturas literarias, a cargo de poetas y literatos, amenizaban muchas jornadas.

El palacio que estaba edificado a imagen y semejanza del buen gusto de la esposa del conde, a quien amaba profundamente, fue su regalo de bodas y junto con su hija, los únicos recuerdos palpables que conservaba de ella.

La vida en la capital era alegre, ligera, placentera y sin preocupaciones. El tiempo transcurría entre fiestas superficiales y visitas de cortesía a las casas a las que eran invitados, viajes a La Granja y el Escorial y comidas en los salones del lujoso y exclusivo hotel Ritz.

Cuando se abría la temporada de caza, deporte muy del gusto de la condesita, de su padre y de los miembros de la aristocracia, empezaba la actividad en el campo y entonces trasladaban su cuartel general a la finca de la dehesa.

En el cortijo atendían a los invitados más notables asistentes a las monterías, que empezaban al alba, con un suculento desayuno de migas con torreznos y jamón, y un café de puchero recién hecho por las mujeres que venían a servir desde el pueblo más cercano; una copita de artesano orujo de hierbas, terminaba por calentar el cuerpo.

La condesita tenía buen ojo con el rifle, solía cobrar gran cantidad de perdices y venados de colosales cuernas. Al regresar de las batidas, se exponían los trofeos con las piezas cazadas, organizando un banquete en el que no faltaban los cabritos y cochinillos asados en una buena lumbre, bien regado todo con los exquisitos caldos de la bodega del conde.

Estas cacerías eran la ocasión propicia, en ellas se promovían las relaciones con los miembros del gobierno y los grandes potentados del extranjero, que se traducían luego en suculentos negocios para enriquecimiento de unos y otros.

La condesita montaba a caballo como una avezada amazona, pues lo hacía desde niña acompañando a su madre en sus paseos por la finca, cuando cabalgaban juntas llegándose hasta el río que cruzaba la hacienda. Su cuadra, que había ganado medallas en certámenes de hípica internacionales, tenía fama por la buena ascendencia de la yeguada y los sementales. Con su gracia espontánea, le gustaba retar a los invitados con carreras y saltos de obstáculos que raramente perdía.

Los veranos, cerraban las casas y el conde, su hija, y la servidumbre, tomaban un tren que les llevaba hasta su palacete al borde del mar. Allí se reunían la flor y nata de la sociedad y sofocaban los tórridos e insoportables calores del verano, pasando las mañanas bajo las sombrillas de la playa gozando de la fresca brisa y los bailes en el Casino por la noche.

Así transcurría la vida confortable y elegante de la joven condesa, hasta que un nefasto día ocurrió algo inesperado.

Se contaba en los mentideros de la provinciana ciudad, que a la edad de dieciséis años tuvo una grave caída de su potro favorito, lo que obligó a trasladar a la joven a un hospital importante de la capital. Allí la trataron durante más de un año de una severa lesión, y una larga recuperación posterior, que por lo que decían, le dejó la secuela de una leve cojera que le impidió volver a montar y le dificultaba para el baile.

Cuando se hubo recuperado y pudo viajar, regresó al cortijo, se recluyó en la finca y rara vez visitaba el palacio almenado de la ciudad, que permanecía cerrado a cal y canto. Desde el campo tomaba las decisiones sobre sus negocios, manejaba el rendimiento de sus propiedades junto con sus administradores y abogados. A excepción de ellos, no recibía visitas de amigos ni parientes.

Dejó de asistir al Real, no volvió a subir al norte ni acudía en verano a darse los baños de mar. No volvió a ir a bailes y recepciones y se negó a viajar. Se decía que sólo aceptaba salir una vez al año para tomar curas de agua sulfuradas en una casa de reposo, no muy lejos de la finca, únicamente por salud y para mitigar los enormes dolores que le producían sus lesiones en los huesos.

No mucho tiempo después de que la condesita se recuperara de su accidente, el conde cayó enfermo de unas fiebres que contrajo en uno de sus viajes a tierras exóticas. Se debatió entre la vida y la muerte durante varios meses y ninguna de las medicinas que le administraban conseguían curarle.

La joven condesa, despidió a las enfermeras, no permitía que nadie más que ella atendiera al conde. Se desvivió en el cuidado de su padre. Le daba de comer, le aseaba, le administraba las medicinas prescritas por los médicos, pasaba las noches en vela a su lado, cuidando su sueño. Mandó venir a especialistas en enfermedades tropicales desde la capital. Nadie daba con la solución.

El conde se apagaba poco a poco; se había debilitado tanto que era una sombra del hombre atractivo y fuerte que había sido poco tiempo atrás.

La condesita rezaba y lloraba. Sus lastimosos suspiros eran alaridos en el aire. Casi no hablaba, casi no comía, no dormía. Fue perdiendo la lozanía de la juventud, sus ojos se hundieron en profundos pozos morados.

Un día del más crudo invierno, cuando acechaba una gran nevada, el duque cerró los ojos para siempre. El conde había sido un hombre generoso y contaba con numerosos amigos, por ello, pese al frío, el entierro fue multitudinario; llegaron políticos del gobierno, distinguidas personalidades, intelectuales y aristócratas que escoltaron el coche fúnebre, cubierto de coronas y flores, hasta el mausoleo del que la familia era propietaria en el pequeño cementerio de la ciudad.

Enorme respeto y un gran silencio acompañaban el cortejo, únicamente roto por el sonido de los pasos sobre el empedrado de las calles, que se fueron llenando, poco a poco, de curiosos. Nunca se había visto tal.

La condesita estaba tan débil y desquiciada, que no le permitieron asistir a las exequias que se ofrecieron por el alma del conde en la concatedral.

Afligida por la pérdida de su amado padre, se vistió de luto y se deshizo de los vestidos de su fastuoso guardarropa, de sus zapatos, tocados y bolsos, donando el importe de su venta a los orfanatos más pobres.

No había consuelo para ella, se negó a seguir, pues decía no tener ningún motivo para seguir viviendo. Deseaba acabar con todo. La desafortunada niña, quedó huérfana e inmensamente rica, pero marchita, sola e inconsolable.

La condesa no se había casado, aunque algún pretendiente solicitó su mano al conde, cuando era joven y bonita.

Publicado la semana 20. 14/05/2018
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Thats what I want The Beatles , Los 60 a tope , Leer viene bien en cualquier parte, mejor si es en solitario y con silencio alrededor
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