Semana
19
Marisa Herga

Hijo del destino (I)

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Luisino le llamaban; con él la vida no tuvo contemplaciones. Era menudo, escuálido, fino como un clavo, y el pobre, más feo que el demonio. Una pequeña joroba, pesaba sobre su encorvada espalda dejándola doblada hacia un lado. Su cabeza, que abultaba más que su pequeño cuerpo, le obligaba a caminar de lado dando saltitos, porque sus piernas, tan cortas, no abarcaban los pasos.

Luisino no tenía familia. Se sabía sólo. Sentía sólo. Soñaba sólo. Vivía como podía. En su existencia no tuvo la más mínima posibilidad de cambiar su suerte que ya venía trazada por la fuerza del destino, desde antes de nacer.

Apenas había cumplido los veinte y parecía mayor. Era un  muchacho sensato y responsable. Los ojos negros, como cabezas de alfiler, quedaban escondidos bajo el surco de la arruga de sus párpados. La piel de sus manos, se había ido cuarteando como cuero viejo por los efectos de las pinturas, los disolventes y el frío. Trataba de ganarse la vida haciendo trabajos de restauración y pintura. Encalaba como nadie las fachadas de las casas pobres de la parte vieja de la ciudad por la voluntad, y tanto empeño ponía en hacerlo lo mejor, que no le faltaba trabajo. Luisino, era un buen trabajador, laborioso, diligente y fiel cumplidor de las tareas que se le encargaban.

Cuando no había faena en la cal, con más agilidad que un gato, trepaba a los tejados y corría las tejas que el aire y la lluvia del invierno habían desplazado provocando las temidas goteras, y antes de que el frío llegara, algunas casas le llamaban para deshollinar las chimeneas.

Decían que un día, cuando el invierno era más crudo, en aquel año que cayó la gran nevada, apareció envuelto en una manta ribeteada de raso en el torno de las monjas de la Casa Cuna.

Alguien lo dejó allí amparándose en el anonimato. Alguien que no hizo sonar la pequeña esquila de la puerta, así que no pudo saberse cuánto tiempo permaneció expuesto al relente.

Llevaba un jersey azul de esponjosa lana cardada anudado al cuello con cinta de raso, bajo la toquilla que le envolvía, un sobre lleno de billetes y una nota escrita a mano con una letra de persona cultivada, que daba señas del pequeño:

“Este niño que acaba de nacer en la noche de este día, no está bautizado, se le han de poner los nombres de Luis María de Todos los Santos. Lleva seis camisitas, seis pañales del más puro algodón blanco, cuatro mantillas de lana muy suave, tres gorros y cuatro pañuelos, y es voluntad de su madre que le hayan de servir sólo a su hijo. Se suplican las demás ceremonias leyendo los exorcismos y poniéndole los Santos Óleos”.

Lo encontró la hermana portera, muy temprano, casi al alba, cuando abrió la puerta, como cada mañana. Al recogerlo, pensó que se trataba de un hatillo de ropa que algún alma generosa donaba para vestir a los huerfanitos.

La sorpresa fue inmensa cuando la pobre monja deshizo el envoltorio y vio que se trataba de un bebé. El niño no se movía, no lloraba. Los labios tenía morados, y tan frío estaba su pequeño cuerpo, que parecía muerto.

Llamaron al médico, un añejo caballero de cabellos blancos y poblado mostacho, a quien le temblaban la voz y las manos. En una primera exploración, con rostro sombrío negó con la cabeza. Ratificó que el bebé tenía pocas posibilidades de sobrevivir.

Desnudó el escuálido cuerpecillo, y aplicó el fonendoscopio contra su pecho, le auscultó. Le palpó la garganta, le miró los ojos, volviendo a negar con la cabeza. Presionó su vientre y le tentó las ingles. Con gesto triste, escribió una nota con la pluma que sacó del bolsillo de su americana y se la extendió a la superiora. De su viejo maletín de cuero negro, extrajo un diminuto frasco de cristal que dejó sobre la mesa, y mirando a las afligidas hermanas, se despidió advirtiendo que rezaran por su alma.

Todo estaba perdido. Había que prepararse para lo peor, pero la hermana Margarita no estaba dispuesta a tirar la toalla.

Su precaria salud parecía no levantarse pese a los empeños de la hermana, una monja alegre, joven, alta y muy guapa, de grandes ojazos negros y de sonrisa tan dulce como una caricia de madre, a la que la superiora había encargado, de forma muy especial, su cuidado. Y desde que el niño llegó a la Casa, la monja se dedicó, con obstinación, a sacarlo adelante; no hizo otra cosa que rezar y cuidarle.

Aunque las severas normas tenían terminantemente prohibido encariñarse con los niños de la inclusa, sor Margarita, desde que lo tuvo en sus brazos sintió por el bebé una ternura especial, más propia del amor de  una madre que del amor cristiano que una monja debía sentir por un semejante, y lo hizo suyo.

Se prometió que cuidaría de él y le educaría, aunque en ello le fuera la vida. Haría del niño un hombre de bien, noble y con buenos principios, como hubiese hecho si el destino le hubiera concedido hijos.

No era extraño que una inmensa mayoría de hospicianos no llegaran a cumplir los cinco años. En esos días, la mortalidad infantil era muy alta pues, eran continuas las crisis de subsistencias, los periodos de carestía y las epidemias. Escaso era el alimento, la higiene y las medicinas, y muchos de los niños venían de pueblos lejanos y las condiciones hasta su llegada al hospicio eran penosas.

Frecuente era que las madres de los pueblos de la provincia utilizando intermediarios a cambio de unas perras, traían a los niños al torno. Se daban casos, incluso, de morir por el camino o ser abandonados después de haber cobrado por el encargo.

Muchos niños recién nacidos, morían en plena noche o al amanecer en la puerta de una iglesia o en el portal de alguna casa pudiente, colgados de un clavo metidos en un saco, o colocados en las escaleras de alguna gran casa, para que fueran descubiertos por la mañana, o bien alertados a causa del llanto.

La vida del pequeño Luisino, pendía de un hilo de tela de araña. Eligieron una nodriza, casi una niña, moza de buenas carnes y grandes pechos repletos de abundante leche para amamantarle.

La muchacha, mancillada y arrojada a la calle por su familia, cargaba con la pena de la pérdida del hijo, muerto al nacer hacía pocos días. Como no tenía adonde ir, aceptó la oferta de las monjas que le garantizaba lecho, comida y unas pocas perras, y con el tiempo y un poco de suerte, tal vez entrara servir en una buena casa donde ganarse la vida.

Todos los rosarios, misas, novenas, plegarias y ofrendas al Altísimo y a Nuestra Señora, la madre de Jesús, ofrecidos por sor Margarita, se encaminaban a salvar de las garras de la parca a ese niñito raquítico y desgraciado, que por obra de la providencia divina alguien depositó en el torno, sin duda, en la seguridad de que, aquella minúscula piltrafa humana, expirase muerto de frío, o como mucho, para ser salvado y así tranquilizar la conciencia de aquellos que lo abandonaron a su suerte.

Pero el pequeño tenía un corazón fuerte, y no estaba en su destino claudicar, así, la propia naturaleza y los rezos hicieron su efecto, además, con los buenos alimentos que la monja le proporcionaba y la dedicación de la hermana Margarita, el niñito salió adelante.

El orfanato cuidaba de bebés y niños y niñas hasta los seis años y llegó a tener hasta 28 varones y 17 niñas. Se trataba de una austera construcción en ele, situado en un promontorio a las afueras, en la parte sur de la ciudad, a un lateral de un frondoso parque de árboles y jardines, que servía de recreo y esparcimiento a la población. En el lado opuesto, una hilera de hotelitos, alguno de ellos bien lujoso, que se habían hecho construir como casas de verano las familias más acomodadas de la pequeña ciudad.

El edificio constaba de dos plantas, en la fachada, grandes ventanales alargados se abrían a los largos pasillos y las inmensas salas con hileras de grandes camas de hierro, que eran las salas de los enfermos y la enfermería del hospital.

La Casa Cuna, que funcionaba en el mismo edificio del hospital junto a los enfermos, ocupando un mínimo espacio, era muy triste, siempre a oscuras, no se encendían las luces. A los niños apenas los sacaban a pasear un rato por las traseras del hospital; muchos acabaron por tener problemas de vista por estar en esa oscuridad.

A la entrada, una capilla, a la que se accedía desde la calle, estaba situada junto a la gran escalera de granito que subía al piso superior. Al llegar la Navidad, Sor María construía allí un enorme nacimiento que era digno de verse.

Días antes, los hospicianos recogían el musgo de los campos al lado de la carretera de la montaña, y los que trabajaban en los distintos talleres de electricidad, carpintería, ayudaban a componer el gran pueblo donde estaban identificados los distintos oficios. Muchas de las figuras tenían movimiento, y hasta luces que se encendían y apagaban. El río, con su propia catarata, llevaba agua real que movía una noria. Era tan completo y bonito que llamaba la atención; a la hora del paseo, era obligado que los padres llevaran a los niños que nunca veían el momento de irse.

En la parte trasera, un gran patio interior, con árboles cuyas sombras calmaban las tórridas tardes del verano, servía a los niños para los momentos de juegos, cuando los había. Desde la planta baja, se accedía a un sótano destinado a las cocinas y otros servicios.

La alimentación no era ni buena ni variada. Había problemas de intendencia porque también había problemas de financiación, pues en la mayor parte vivían de donaciones y limosnas.

Pero Lusino se criaba sano y fuerte, a pesar de su deforme complexión. Sor Margarita, con su grácil caminar, casi etéreo, que pareciera no rozar el suelo, la toca blanquísima y almidonada como leves alas de enorme mariposa, semejaba ser una virgen de rostro divino y amoroso que le prodigaba las caricias y el amor de una madre. El niño no podía saber, que su suerte cambió al conocer a la monja. Se ocupaba personalmente de su aseo, de la comida y de cuidar su salud. Él la miraba con devoción encendida y le dedicaba su inocente sonrisa.

El primer año que pasó en el orfanato, sufrió de tosferina y estuvo a punto de abandonar este mundo, por una neumonía que no había  forma de erradicar. Las horas que pasó soportando la helada de aquella noche en que lo abandonaron, habían tocado sus delicados pulmones.

Al cumplir los cuatro años, hubo una epidemia de sarampión que afectó a casi todos los niños del hospicio. La hermana Margarita se ocupó de atenderle sin apartarse de la cabecera de su cama, de día y de noche, mojando su frente y las muñecas para bajarle la fiebre, administrando las medicinas, arropándole para que sudara, velando su sueño.

Luisino superaba todos los obstáculos que la vida iba poniendo en su camino. Así pasó su primera infancia, se hizo más fuerte, era listo el condenado, y aprendía rápido. Sor Margarita, que también le enseñó las primeras letras y a contar, le llevaba a la misa diaria y le ponía a cantar en el coro con los demás infantes, todos vestidos iguales con su uniforme blanco purísimo, como sus inocentes almas. Con su bien timbrada voz, la monja, les dirigía las canciones, que acompañaba al pequeño órgano de la capilla.

El niño sobresalía en todo. Era espabilado y diligente. Aprendió a leer bien pronto, era diestro en el dibujo, le gustaban los números y enseguida consiguió hacer las primeras sumas. Llevaba con él un lapicero y un cuaderno, que no abandonaba nunca, y que con gran placer emborronaba con dibujos de nubes, árboles y los pajarillos que bajaban a beber en la fuente del patio.

A Luisino, que tenía gran imaginación, le gustaba el silencio y la quietud de la pequeña capilla, y allí se refugiaba cuando escapaba de los expósitos que se burlaban de su deformidad.

Contemplaba muy quieto, el hilillo de humo de la lamparilla que se mantenía encendida, a un lado del dorado Sagrario y las luces que se proyectaban en el techo formando figuras a las que ponía nombres. Hablaba a las inmóviles imágenes de los santos a los que consideraba como sus amigos. Soñaba y planeaba su futuro colmado de felicidad y de éxito. Conseguiría, como decía la madre Margarita, ser un hombre de provecho.

Los domingos, era una jornada especial para los que tenían un familiar: éstos venían y sacaban a su pariente huérfano para pasar juntos el día. No era un día distinto de los demás para los niños que permanecían en la Casa. Si se había recibido alguna donación, huevos o frutas o leche, las monjas preparaban un postre de natillas y galletas o arroz con leche y canela que volvía locos a los infantes, y ese día se convertía en excepcional.

Al llegar el verano, se los llevaban las familias para traerlos luego con al comienzo del curso. Los que a nadie tenían, permanecían en el centro, jugaban en el patio; raras veces, salían con las monjas al parque para dar un paseo. En alguna ocasión, les llevaban al palacio del obispo a una sesión de cine infantil.

El tiempo pasó muy rápido, cuando cumplió seis años, las hermanas, que se habían encariñado con aquel ser delicado e indefenso, tuvieron que trasladarlo al hospicio de los frailes, ubicado en un convento muy antiguo, al lado de las huertas y muy cerca de la ribera del río, donde acogían exclusivamente varones hasta los dieciocho años, pues las niñas y los niños se educaban separados.

Las monjas tenían obligación de entregarlo, ya que cifraba la edad reglamentaria para permanecer en la Casa Cuna.

Era un crudo día de invierno, como el día en que llegó a aquel lugar al que Luisino consideraba su casa, el hogar que le dio alimento, abrigo y amor. Pese a su poca edad, sabía lo que le esperaba.

Hacía un frío helador que se le metió muy dentro del cuerpo, clavándose en su minúsculo corazón como si fueran esquirlas de acero.

Todavía confiaba en que se obraría el milagro. Tenía la esperanza de que nunca llegara el momento en que tendría que partir porque las monjas, no le prepararon para ello, aunque Luisino ya sabía lo que pasaba: había visto a muchos niños caminar hacia aquella enorme puerta, y salir para no volver jamás.

Pero el niño lloró, pataleó, se arrastró, suplicó, no quería alejarse de la que consideraba su casa, y sobre todo se negaba a perder a la que creía su madre, sor Margarita.

No hubo opción. Le entregaron un paquete atado con una cuerda, que contenía varias mudas, una camisa, unos calcetines, zapatos y un abrigo, y junto con otros niños, salió hacia el convento de los frailes para no regresar. Era muy triste presenciar aquella procesión de pequeños infantes, más chicos que el envoltorio que portaban.

Las monjas más jóvenes no podían ocultar el llanto, ya que consideraban al niñito como si fuera el hijo de todas ellas. Besaron a todos con mucho cariño y con enorme tristeza, se despidieron de los niños.

Luisino, recorrió lentamente el pasillo que le separaba de la puerta, volviendo a trechos la vista hacia atrás. Esperó la despedida de su madre, pero la hermana Margarita no apareció. Herido por la pena, se mordió los labios y se tragó las lágrimas, el profundo dolor que laceraba su pecho, no desapareció durante muchísimo tiempo.

Publicado la semana 19. 07/05/2018
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