Semana
18
Marisa Herga

El secreto estaba en la escalera

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Relato
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Marga sirvió dos tazas de café que colocó sobre la mesa de la cocina, y tomando asiento, una por una, fue mostrando al Inspector Gutiérrez y a su ayudante, el Sargento Pedraza, las fotos que conservaba dentro de una caja de cartón.

 -Mire, ésta fue las Navidades pasadas, en la fiesta del colegio. Aquí, en esta otra, estamos celebrando la despedida de una compañera que se jubiló.

Señaló otra de las fotografías: -Puede ser ésta la última que Cristina se hizo, está muy guapa, como es ella, con su dulce sonrisa-, explicaba sin dejar de limpiarse las lágrimas.

-No entiendo cómo pueden suceder estas cosas. Es una buena mujer y excepcional profesora. Los niños la adoran. Todos los compañeros la apreciamos. Eso sí, es muy reservada. Apenas contaba cosas de su vida. En pocas ocasiones habló de sus hijos, únicamente cuando el mayor accedió a una Universidad privada de gran prestigio, de lo que ella estaba muy orgullosa. No sé a qué se dedicaba su marido, creo que solía ir de viaje a menudo. Parecían disfrutar de un buen nivel de vida. Y poco más puedo decirles-.

El inspector Gutiérrez tomaba notas en una pequeña libreta de tapas negras, a la vez que dedicaba un tiempo a observar las fotografías.

 

Fue a primera hora de la tarde, eran las 13,30 exactamente, cuando se recibió una llamada en la Central de emergencias. Un hombre acababa de descubrir a su mujer en el sótano de su casa, dijo que había sangre y que no se movía. Inmediatamente se montó el dispositivo previsto por el protocolo en estos casos.

En el suelo yacía una mujer de 45 años, vestida con ropa de calle tumbada boca abajo al final de la escalera que descendía al sótano. En una primera impresión, el cuerpo presentaba siete laceraciones en la parte posterior del cuero cabelludo en distintas direcciones y tenía varios vasos sanguíneos rotos, sin embargo en el suelo no había mucha sangre. No tenía orificios de bala ni tampoco hallaron casquillos en el lugar. Recogieron todas las pruebas posibles, se hicieron fotos y el cadáver fue trasladado al anatómico. La casa quedó precintada y desde ese momento se inició la investigación.

En una primera inspección ocular, la pericia y el fino olfato de sabueso del Inspector Gutiérrez, curtido en estas lides durante ya casi cuarenta años de servicio, le llevo a fijarse en un pequeño detalle en el cual, tal vez, nadie como él habría reparado. La  mujer yacía boca abajo y conservaba puesto el zapato del pie derecho, pero el correspondiente al pie izquierdo había quedado entre dos escalones del lado izquierdo de las escaleras. Aquello no le cuadraba, ¿cómo llegó el zapato allí?

Se investigó a los vecinos y a los compañeros de trabajo de la víctima. En el colegio donde era profesora dijeron que Cristina, que era madre de dos hijos, esa misma mañana había llamado por teléfono y no fue a trabajar, sin embargo salió de casa, nadie sabe exactamente para qué y fue reconocida por la cajera de un establecimiento donde compró un café y un bollo. A media mañana, un mensajero llegó a la casa para entregar un paquete, y nadie abrió la puerta.

El Inspector Gutiérrez sabía por experiencia que el primer sospechoso siempre está en el entorno inmediato de la víctima, así que interrogó a Roberto Moreno, el marido de la víctima, que se mostraba muy atribulado. Le hizo las preguntas de rigor, y éste le confesó que había tenido algunas discusiones con su esposa, siempre motivadas por los estudios de los hijos, uno de los cuales, el mayor, un  buen estudiante, alto y muy guapo, excelente deportista ya no vivía en la casa pues se había ido a estudiar a una Universidad a bastante distancia del domicilio.

El Inspector Gutiérrez comprobó que el joven tenía una buena coartada pues en ese momento se hallaba en una clase, que quedó confirmada por los profesores y compañeros estudiantes.

Al hijo pequeño, que aún residía en la casa familiar, le fue comunicada la muerte de su madre sin muchos detalles, cuando regresó de sus clases. El muchacho se abrazó a su padre y  no paraba de llorar refugiado en un rincón de la cocina.  La policía constató que había pasado la mañana realizando un examen.  

Roberto Moreno, el marido de Cristina, era un hombre de  47 años, bastante atractivo, gestor inmobiliario y demostró tener una coartada consistente pues en el momento del deceso se hallaba en una localidad próxima en cuyo trayecto se empleaban unos 30 o 45 minutos aproximadamente, lugar adonde se había desplazado por su trabajo. El Inspector no encontró nada contundente para acusar al marido. Tampoco vio nada sospechoso en los hijos.

No contaba con nada sólido, ni motivación ni sospechoso al que detener. La investigación estaba estancada, aquello no avanzaba, había que mirar en otra parte.

Indagó por si el hecho tuviera relación con los robos que en los últimos tiempos se habían producido por la zona, no debía descartarse esta posibilidad. Aquello alarmó a la comunidad que comenzó a sentirse inquieta e insegura pensando que podría andar suelto un ladrón y un asesino.

Cerca de la casa donde ocurrieron los hechos existía un edificio en construcción cuyos trabajadores eran forasteros, y allá se personaron el Inspector Gutiérrez y su compañero el Sargento Pedraza para investigar a los operarios, descubriendo que uno de los cuales estaba en libertad vigilada, sin embargo, después de una exhaustivo interrogatorio, no hallaron que el obrero tuviera relación con el crimen.

Gutiérrez revisaba el expediente de nuevo, cuando recibió una llamada del forense; la autopsia dictaminaba que la mujer tenía laceraciones en el cuello y una fuerte contusión, lo que indicaba huellas de estrangulamiento y volvió a insistir que, en la escena del crimen, no se apreciaba gran cantidad de sangre, además confirmó que la llamada a emergencias fue realizada una hora y media después de ser asesinada.

Con todos estos datos el Inspector retornó a la casa. Observó con detalle los muebles del salón y la cocina, y ¡Eureka!, encontró una mancha pequeña y oscura en la pata de la mesa que podría ser de sangre seca y que pasó inadvertida en los reconocimientos anteriores, así que recurrió al Luminol, una sustancia muy utilizada por la policía que reacciona con el hemo de la sangre emitiendo una luz de color azulado aunque la mancha sea pequeña y diluida.

La sorpresa fue mayúscula, el Luminol  brillaba por todas partes  y en especial bajo la mesa y la silla que solía ocupar la mujer en el comedor, según dijo el propio marido. Bajó al sótano y al emplear el Luminol  en los pasos de escalera se apreciaban huellas de sangre que bajaban y luego volvían a subir.

De facto se descartó que fuera un ladrón, de ser así, éste no contaría con tiempo suficiente para limpiar el escenario del crimen, debía ser por tanto alguien unido emocionalmente a la víctima, pero Cristina no tenía enemigos ni secretos,  ni aventuras con otros hombres y nadie la odiaba.

A falta de pruebas, el Inspector Gutiérrez necesitaba un motivo, por ejemplo, económico; lamentablemente Cristina tenía suscrita una póliza de vida pero por una ínfima cantidad que no era suficiente para inducir a cometer un crimen.

La verdad es que estaban un tanto desorientados, no tenían un sospechoso y carecían de pruebas contundentes para hacer una detención. Gutiérrez empezaba a impacientarse. Éste sería su último caso ya que se jubilaba en breve después de años de una carrera brillante en la que ninguno se le había resistido. Deseaba culminar su vida laboral rematándola con éxito.

El Inspector preguntó de nuevo a los amigos más cercanos y no dejaba de pensar en la extraña posición de los zapatos de la víctima. Volvió otra vez a la casa.

Observó detenidamente los muebles, los objetos, los libros, las fotos, y encontró varias a las que no había dado importancia y en las que el matrimonio aparecía acompañado por otro hombre, más o menos de la misma edad que ellos y bastante bien parecido. En todas las fotografías, y había bastantes, los tres se dejaban ver con una amplia sonrisa, jóvenes, guapos y felices.

Interrogó otra vez al marido de la víctima, y manifestó que se trataba de Fernando, un íntimo amigo de la pareja desde hacía más de veinte años, con el que se iban de vacaciones y solían salir juntos a tomar copas, o se divertían los tres en fiestas. Era un abogado dominado por su alcoholismo y otras adicciones, cuya rehabilitación pagaron pero que no consiguió curar, perdiendo la licencia para ejercer. En más de una ocasión le habían dejado dinero que se comprometió a devolver, cosa que nunca hizo.

Por esta circunstancia comenzaron a tener problemas económicos, hasta el punto de estar casi en la ruina y tener dificultades para pagar la casa.

La policía volvió a preguntar a los amigos, que ahora se mostraban más dispuestos a colaborar. Confesaron que habían visto al matrimonio pelear en público en las fiestas, estas peleas subidas de tono, se producían delante de todos.

El Inspector trató de localizar a este amigo de la pareja, sin que pudiera encontrarlo hasta dos días después. Su coartada  era sólida, había enviado a Cristina una postal anunciándole que se ausentaría varios años, unos años en los que estuvo internado en un centro para someterse al tratamiento de desintoxicación, cosa que se pudo comprobar con el propio centro.

Había que terminar con esto pues se estaba alargando demasiado. Lo que sí era claro es que se trataba de un crimen, la víctima  presentaba tales laceraciones que demostraban que el asesino se había empleado con saña dando suficientes golpes en la cabeza para causar la muerte a cualquier ser humano y no conforme con ello, la ahogó. El crimen se había perpetrado en el comedor familiar, luego el cuerpo fue trasladado hasta el sótano para fingir una caída por las escaleras, que fue cometido por una persona lo suficientemente fuerte para arrastrar el cuerpo hasta allí y las huellas en los peldaños de las escaleras apuntaban a un solo asesino que, además, se dedicó a limpiar la escena del crimen, por lo que no se trataba de alguien extraño ni de un robo que salió mal, sino de una persona que debía tener un vínculo anímico con la víctima.

Cuando tuvieron en el interrogatorio a Fernando, el Inspector Gutiérrez y el Sargento Pedraza, convinieron en que había que apretarle muy bien las tuercas  para obligarle a confesar todo lo que sabía.

No hizo falta insistir mucho. Viendo que podía cargar con la imputación de asesinato, el testigo estaba deseando confesar el gran secreto que venía atormentándole desde hacía veinte años y cantó de plano. Era un secreto que mantenían oculto desde tantos años y sólo él y Cristina conocían. En algunos de sus encuentros, Fernando había tratado de convencerla para hacerlo público y así descansar, pero siempre ella se negó pues revelarlo supondría que su mundo se vendría abajo.

Su testimonio fue definitivo para poner en marcha el dispositivo para la detención de Roberto Moreno, marido de Cristina, la víctima.

La  policía rodeó la casa, cubriendo las salidas  evitando así que el acusado pudiera escapar. Con una orden judicial, accedieron al domicilio de los Moreno, en la que también se encontraban los dos hijos, que no entendían qué pasaba y a qué obedecía ese despliegue policial. Roberto Moreno fue detenido acusado de la muerte de su esposa.

El inculpado, absolutamente desarmado, rompió a llorar durante el interrogatorio. Confesó que su mujer esa mañana, después del desayuno y cuando el hijo pequeño ya había salido camino del Instituto, le entregó un sobre y le dijo que lo abriera, que leyera el contenido con toda la entereza y serenidad de que fuera capaz.

Cristina le reveló que había tenido una relación con Fernando al principio de su amistad. El marido nunca lo supo. Nadie podía imaginarlo.

El sobre contenía los resultados de unos análisis realizados hace años, en un Instituto de Pruebas Genéticas. Ver el resultado le destrozó de tal manera que deseó matarla en ese mismo instante. Montó en cólera porque ella estaba decidida a hacerlo público y terminar de una vez con este misterio arrastrado tanto tiempo.

Las pruebas de paternidad originarían un torbellino mediático y trastocaría todo su mundo. Por supuesto afectaría a toda la familia, y en especial a su hijo mayor Roberto, que confirmaría al fin que su verdadero padre era Fernando.

Publicado la semana 18. 02/05/2018
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Tema CSI NY https://www.youtube.com/watch?v=cg545BWP0UY , Novelas y películas de detectives , Cuando sea posible , Resolver un asesinato
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