Semana
16
Marisa Herga

Matar al príncipe

Género
Relato
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Cuando le conocí sólo había cumplido 16 años de niña inocente, de esperanzas puestas en un futuro feliz, de ilusiones depositadas en la propia vida. Me eligió de entre todas mis amigas: ellas eran mucho más guapas y más altas que yo, mucho más listas, con el pelo más largo y bonito que yo, y me sentí la princesa del cuento por ser la elegida del príncipe valiente, el príncipe siempre soñado que me llevaría al castillo de la felicidad montada en su caballo blanco. Sólo me dijo: -Hola preciosa-, no me pidió permiso, me tomó de la mano y me llevó al centro de la pista. Era tan guapo, tan alegre, tan apuesto  y olía tan bien a fragancia masculina, que no supe resistirme. Me envolvió con su aroma embriagador  y sus fuertes brazos, me sentí segura, protegida, a salvo del ogro malvado que habitaba mi casa. Nos encontrábamos en el recreo, al salir del Instituto, y los domingos, en la discoteca. Me había enamorado y él también; me lo decía bajito, al oído, con miedo a que el aire hiciera volar las palabras y algunas pudieran perderse. Me abrazaba y yo temblaba agitada por un terremoto que me invadía las entrañas. Con 17 me pidió ser su novia; me acompañaba hasta mi casa por las calles más oscuras, y como ya éramos novios me besó: la primera vez en los labios, luego en la boca, la vez siguiente me metió la lengua, después me tocó las tetas y me bajó las bragas.  Me dijo que lo hiciéramos, porque éramos novios y los novios lo hacen, era lo normal. Yo no quería, pero le amaba, yo no quería. No atendió a mi miedo, no hizo caso de mi dolor, no escuchó mis quejas,  y al amparo de la oscuridad del callejón, me penetró cuando yo no dejaba de decir no, no quiero. No. Aquello se convirtió en algo cotidiano. Me tomaba a su antojo porque era lo normal entre novios, me decía que eso era el amor y yo le amaba. Se negó a que saliese si no era con él, y como le quería,  renuncié a mis amigas. Durante un tiempo me llamaron para ir al cine, luego las llamadas cesaron porque mi respuesta siempre era: -No puedo, he quedado con mi novio-, y perdí toda relación con ellas. Paco sin embargo no abandonó a sus amigos, porque los hombres no dejan tirados a los colegas, y muchas veces, con la excusa de que tenía que estudiar, quedaba con ellos a correrse la gran juerga por las noches. Vigilaba mi ropa: -no te pongas esa falda tan corta, con esos pantalones se te notan las bragas, no me gusta esa blusa que tiene mucho escote, no quiero que te pintes la cara que eso es de putas-. Lo hacía porque no soportaba que ningún otro chico me mirara. -Es que yo te quiero tanto chiquitina…-, me decía mirándome con ojos enamorados. Qué feliz era yo que tenía un novio que demostraba quererme tanto.

Mi madre hablaba poco, y estando mi padre delante, no hablaba nada; la veía hacer las faenas de la casa siempre silenciosa, y sólo, cuando él no estaba, se atrevía a levantar la voz para descargar sobre nosotros toda la rabia que no se atrevía a descargar contra su marido. Vigilaba discretamente nuestras notas y nos regalaba una flemática caricia cuando aprobábamos todo, que, como era natural, ocurría siempre. Estas remisas manifestaciones de afecto gélido sólo se producían si mi padre no estaba presente. Cuando cumplí los 18 le dije a mi madre que tenía novio, que era un buen chico, estudioso y me quería mucho. Ella me miró con gesto afligido y un halo de tristeza nubló su rostro, en ese instante, dos grandes lágrimas surcaron sus demacradas mejillas. -Que no lo sepa tu padre-, fue lo único que se atrevió a decir. Estando en la Universidad supe que me había quedado embarazada, y mi novio me propinó la primera bofetada de la que fui realmente consciente. Me dijo que abortara, que era muy joven y no era momento de atarse de por vida con un hijo, que todavía no había terminado la carrera y le quedaban muchas cosas por hacer. La segunda bofetada vino a continuación: -¿Cómo sabes que es mío? Seguro que te has acostado con cualquier mindungui de la Universidad, seguro que tienes algo con ése con el que te he visto varias veces en la cafetería. Ya sabía que eras muy puta-. Esa palabra  martilleaba mis sienes prácticamente desde que nací; la había escuchado decir a mi padre tantas veces que casi carecía ya de significado.

No sé cómo nuestras familias decidieron por nosotros, y una mañana a hora muy temprana, nos casaron “hasta que la muerte nos separe”. Tuve un hijo, después otro, y luego la niña, y no tuve más porque una compañera de trabajo me abrió los ojos. Había pasado por lo mismo y ahora se había separado, me dijo que tomara la píldora a escondidas que si no me cargaría de niños y que me separara de una vez. Pero yo no podía hacer eso, era el padre de mis hijos, además no aceptaría nunca que le dejara, porque yo era torpe y tonta e inútil. Durante el día la vida era insostenible. Vigilaba todos mis pasos, me llamaba al móvil continuamente para controlarme, discutía por todo, me insultaba por cualquier cosa, daba igual: -esta sopa está fría o caliente-. Y a continuación vaciaba el contenido del plato en el suelo, en alguna ocasión me tiró el plato a la cabeza. -Recoge eso que es para lo único que sirves; la camisa tiene arrugas que no sabes ni planchar-. Y después de lavaba y planchada la echaba en el fregadero con el agua sucia. Y así con todo. Nada de lo que yo hacía le parecía bien. Pero al llegar la noche mis terrores se incrementaban, temblaba de miedo, temía que un día acabara con mi vida y me hacía la dormida cuando Paco entraba en nuestra habitación porque no soportaba que me tocara. Eso no le impedía abrirme las piernas y aliviarse dentro de mí. Descargaba sus inseguridades en los niños sin motivo ni razón alguna, y les vapuleaba con lo que tuviera a mano. Nunca les besó, jamás les dio un consejo de buen padre. La chica afortunadamente salió de la casa bastante joven, tuvo la suerte de encontrar trabajo en otra ciudad. Ella se había liberado, lo que fue un gran descanso.

Muy temprano me iba al trabajo y cuando llegaba, cargada con la compra, me esperaba todo por hacer en la casa. Estaba agotada e iba perdiendo peso. Me miraba al espejo y encontraba reflejado el rostro ajado y con ojeras de mi madre. Los días que había futbol, en casa no se veía otra cosa. Traía a sus amigotes, aunque estuviera cansada y tuviera que madrugar,  me pasaba la noche haciendo tortillas de patatas, croquetas, friendo chorizos, partiendo jamón y queso, sirviéndoles a todos ellos una cerveza detrás de otra, mientras gritaban insultos a los jugadores como si fueran cavernícolas y Paco me palmeaba el trasero dando grandes y grotescas risotadas exhibiendo su poderío de macho dominante. El príncipe valiente que me llevaría por la senda de la felicidad, se había convertido en el ogro del cuento, tanto había cambiado, que ni físicamente ni en sus formas reconocía en él al muchacho del que yo me enamoré.

Los chicos querían protegerme y era la razón por la que no se iban de casa, así aun cuando ya tenían edad suficiente y trabajo estable para emanciparse, habían decidido no dejarme sola con él. Una noche de fiesta, el más pequeño llegó tarde a casa y mientras cenaba algo en la cocina, su padre, que se había despertado, le increpó. Las voces iban subiendo de tono. Escuché insultos y se enzarzaron en una pelea a puñetazos, quise separarlos y me interpuse entre ellos, pero mi hijo me lanzó al suelo de un empujón, sostenía la escopeta de caza de Paco y no se detuvo, le descerrajó dos tiros en el pecho dejándolo tendido en el suelo sobre un gran charco de sangre. Me abracé con mis hijos, sintiendo los tres una gran liberación. La policía se llevo detenido al pequeño y la ambulancia trasladó a Paco al hospital donde  estuvo agonizando varios días. Allí estuve yo al pie de su cama hasta que murió, llorando por mi hijo que se iba a ver un buen número de años en la cárcel por un crimen que yo tenía que haber evitado mucho tiempo atrás.

Publicado la semana 16. 16/04/2018
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