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Alba Plata

UNA CANCIÓN PARA LUCÍA (9) Continuación de El ama

 Aunque estaba plagado de iglesias hermosas, encontró Nápoles muy sucio y caótico, sin embargo la isla de Capri le pareció un idílico lugar; por su paisaje escarpado que hacía necesario utilizar el funicular desde donde se podía observar lo bien aprovechado de un terreno difícil para la plantación de limoneros, entendió entonces porqué los emperadores romanos eligieron ese lugar para ubicar allí sus palacios de verano y desconectar del ajetreo romano; disfrutar de semejantes vistas de la Bahía de Nápoles en el mar Tirreno, era todo un lujo. Almorzaron en un hotelito, recoleto pero elegante, desde donde se divisaba el mar, a los postres degustaron el limoncello, el licor típico de la región de Campania, símbolo del estilo italiano en todo el mundo. Allí mismo decidió que no le importaría disfrutar de unas larguísimas vacaciones en ese lugar.

Atravesaron la Toscana, disfrutando de su precioso paisaje, camino de Florencia a la que dedicaron más de una semana, así que fue una visita tranquila y emocionante. Imposible resumir tanta belleza: la propia ciudad era espléndida,  maravillosa la Catedral de Santa María del Fiore, el Duomo, que representa toda la riqueza y grandiosidad del renacimiento italiano, el Baptisterio y las hermosas puertas del Paraíso. Florencia una ciudad muy bella, una obra de arte dentro de otra obra de arte. En la Academia quedó impresionada ante el gran David, creado por Miguel Ángel, un bloque de mármol al que el gran genio supo insuflarle vida. Se sentó junto a él,  en una bancada que había en el lugar, y así observar esa magnífica obra de arte con todo detalle: contempló la presión de todos los músculos del cuerpo, percibió cómo corría la sangre a través de las venas, la tensión en el rostro y la posición  de las piernas dispuesto para el lanzamiento de la onda al gigante Goliat, y casi se podía oír la respiración agitada por la emoción de ese transcendental  momento, también el miedo. Resultaba impresionante contemplar esa mole de mármol de cinco metros de alto, y pensar en los hombres que se habrían necesitado para cortar el bloque y su posterior traslado hasta el lugar donde el artista lo iba a esculpir, del mismo modo que la estatua monumental  del Moisés y la dulce Pietá, ambos en Roma, magníficos los pliegues de su túnica, su cara inocente, tan joven, casi una niña,  sosteniendo en el regazo el cuerpo inerme de su hijo, mucho mayor que ella.

Quizá por las emociones vividas en la contemplación de tanta belleza, o por la calorina del día que amenazaba arruinarlo una fuerte tormenta,  al ama le sobrevino un ligero mareo y, para recuperarse, descansaron un momento en la plaza, frente al Palacio de la Señoría, una vez se sintió aliviada continuaron luego hasta la Galería Uffizi. Inenarrables las sublimes creaciones de Botticelli, el divino Rafael, Caravaggio, Leonardo da Vinci, Giotto, Fran Angélico, Tiziano  y los más admirados pintores y escultores de la época.

Merecía la pena disfrutar plenamente la Toscana sin prisas, hacer excursiones por las ciudades más cercanas, como Siena, Pisa y San Gimignano de encanto singular, así como su paisaje natural que abarca los montes Apeninos, las playas de la isla de Elba en el mar Tirreno, los olivares y viñedos del delicioso Chianti. Precisamente era el cuidado de estos cultivos y la elaboración del aceite y del vino de la región, una de las razones principales que motivaron llegar hasta esta zona. Visitaron las bodegas y los molinos de aceite y el marqués tuvo tratos con los dueños de esas fincas con los que debatió sobre posibles acuerdos comerciales. Según expresión del propio don Gonzalo, todo marchó a su completa satisfacción.

Anochecía en Venecia, y el sol, antes de ocultarse, extendía sus reflejos dorados sobre las quietas aguas de la laguna, tiñendo de oro las decadentes fachadas de los hermosos palacios. En la Plaza resonaban las notas de un viejo vals de Strauss; sin pensarlo y como empujado por un impulso irrefrenable, imposible de razonar, su marido la enlazó por la cintura y comenzó a bailar, llevándola con pasos cortos y movimientos suaves al son de los violines que tocaban los músicos del  Café Florián. La señora se dejó llevar mecida en los brazos de su marido; entornó los ojos queriendo perpetuar ese momento mágico, girando vuelta tras vuelta por el inmenso salon de baile que era la Plaza de San Marcos, hasta que la música cesó.

Se hospedaron en un precioso palacete reconvertido en hotel;  una señorial entrada les daba la bienvenida desde la que partía la artística y elegante escalera de mármol, los altos techos decorados con frescos, representaban escenas del famoso carnaval veneciano. La amplia habitación, de suelos de mármol, decorada con muebles dorados y regia cama con dosel, se abría a un balcón hacia el Gran Canal frente a la iglesia de Santa María della Salute emergiendo por la Punta della Dogana como la proa de un majestuoso barco. Esta iglesia se construyó, junto con la de San Rocco y del Redentor, ex voto de los habitantes de Venecia a causa de la peste que en 1630 asoló la ciudad.

¿Realmente aquello era Venecia o había llegado al paraíso? Según la señora, eso eran palabras mayores. Se enamoró de la ciudad nada más llegar, le pareció mágica, diferente, eterna, nostálgica, decadente, de ensueño con aquellos bellos palacios de estilo gótico veneciano,  las góndolas surcando los canales mecidas por el dulce vaivén de las góndolas, todo un mundo de fantasía, distinto a lo que nadie puede imaginar. Quiero que nos quedemos unos días, deseo conocer cada placita, cada callejón del casco antiguo, descubrir los más escondidos rincones, las antiguas iglesias y palacios venecianos, esos lugares que el turista nunca ve. Dicen que aquí se comen los mejores cangrejos tiernos fritos, vieiras con mantequilla, aceite, perejil, ajo y sal al horno, exquisitos pescados a la brasa o al horno de la laguna, el bigoli, una pasta integral en salsa típica veneciana y una gran variedad de risotto, así como hortalizas y carnes, el marqués que, ni por un momento pretendía contrariar a su esposa, atendió sus deseos. Subieron al Campanille, visitaron el Palacio Ducal y la Basílica de San Marcos, el puente de los Suspiros, el del Rialto, pasearon en góndola por el Gran Canal y los distintos recónditos canales, mientras el gondolero entonaba con su voz de barítono, el popular O sole mío:

Che bella cosa na jurnata 'e sole…

Sta 'nfronte a te

'O sole mío, 'o sole mío

Sta 'infronte a te.

 

 Venecia con más de cien islas es difícil de recorrer al completo, pero no podían dejar de visitar las de Murano, donde disfrutaron de una  exhibición del soplado del cristal, y la de Burano, tan típica con sus casitas de colores, famosa por los encajes que realizan las mujeres de los pescadores. Ya entonces no se encontraba bien, y lo achacó al viaje en vaporetto, un barco que hace las funciones de autobús urbano, en el que realizaron el trayecto a las islas.

El último día de su estancia en Venecia, la señora se levantó mareada y con vómitos. No quiso desayunar, decía que todo, hasta el olor del delicioso café italiano, le provocaba arcadas, fue el médico del hotel quien anticipó la extraordinaria noticia que el ama esperaba desde el mismo momento de su boda con el marqués.

─Siñora, non c'é bisogno de preoccuparsi. Il tuo disagio é devuto ad un disturbo straordinario e particolare, ─comentó el doctor con una parsimonia exasperante, mientras se gozaba en contemplar las vistas al Gran Canal a través de la ventana de la habitación, frotándose las manos pálidas y rechonchas, una contra otra, en un gesto de apatía y  desgana.

Doña Edite y el marqués se mantenían preocupados y expectantes, a la espera de que el  doctor se decidiera a completar su diagnóstico. Sin embargo el médico no concretaba y estaban a punto de un ataque de nervios, de pronto, el  galeno pareció aterrizar desde el lugar adonde quiera que hubiera volado.

─Non é niente di grave, é normale in una giovane donna.

─Sí, pero de qué se trata preguntaron impacientes, a punto de lanzarlo al agua.

Y dirigiéndose al marqués, empleando un tono majestuoso, por fin se pronunció:

─Sua moglie é incinta. El doctor le aconsejó calma y mucho descanso, alimentarse bien y evitar hacer grandes esfuerzos. Puede imaginarse la felicidad que invadió a la pareja, se abrazaron, el marqués la elevó por el aire y la besó la frente, en un gesto más de agradecimiento que de amor.

Publicado la semana 155. 19/12/2020
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La banda de la propia vida. , Tiempo que aún están vigentes , Hay que leer mucho y siempre, aprovechado cualquier momento de calma , La dureza del trabajo de la tierra
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