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Alba Plata

UNA CANCIÓN PARA LUCÍA (8) El ama.

EL AMA

 

La señora, mujer menuda, poco agraciada, de cejas juntas, negras y espesas, pero de gran entereza espiritual y muy resolutiva, no se puede decir que fuera fea, pero tenía un rostro vulgar y sin gracia, nada había en ella que resultara atractivo, sin embargo sabía lucir la ropa con donaire y su caminar tenía la gracia del suave aleteo de una mariposa. En su trato resultaba amable y educada, y podía mantener una conversación interesante tanto con hombres como con mujeres pues era, ciertamente, dama cultivada, ello hacía que al conocerla resultara agradable. Siempre cariñosa y de carácter bondadoso, cualidades estas que atrapaban a cuantos tenían la ocasión de tratarla haciendo que hasta pareciera bonita; todos recibían de ella una palabra amable o de consuelo. A pesar de su juventud y poca experiencia, gobernaba la hacienda con mano firme en aquellas ocasiones en que su marido partía de viaje al norte donde tenía negocios de carbón y altos hornos, o pasaba semanas en Madrid donde ejercía su cargo como Diputado a Cortes; trataba con los jornaleros vigilando las faenas y distribuyendo los trabajos y hacía el pago de los salarios y los gastos de la casa. Era experta en regatear  en la venta de la producción de aceitunas, uva y cereal. Se hacía  difícil engañarla  en las transacciones del ganado, sabía muy bien manejarse en cuestiones económicas, poseía un don natural para el negocio.

Su madre murió de sobreparto y fue criada por una tía y el marido de ésta. A pesar de todo tuvo una infancia feliz, pues la hermana de su madre le brindó todo el amor que una niña necesitaba y en ella tuvo la figura de madre que la naturaleza le negó. Sus tíos fueron los que acordaron su boda con don Gonzalo de Solís Márquez de Carrión y Fernández de los Cobos, Marqués de Monte Alto, luego de conocerse en su quinta de Tomar, una bonita y antigua ciudad portuguesa  junto al río Nabao, en su fiesta de puesta de largo. Él, un espigado caballero de negros cabellos, diez años mayor, grandes ojos y mirada

 

 

seductora, no pasó desapercibido entre las jóvenes debutantes. A la niña Edite le causó muy buena impresión ese hombre tan atractivo, congeniando enseguida. Pasaron hablando toda la noche y, a partir de ese día, comenzaron  a cartearse hasta hacerse novios formales. Se enamoró perdidamente de aquel encantador hombre de mundo y amena conversación, y con su determinación se propuso que ese hombre sería su esposo. Al poco tiempo don Gonzalo pidió su mano y celebraron la boda a la que asistieron multitud de invitados. Nobles, parientes, amigos y algún miembro de las casas reales europeas, llegados de todos los rincones del mundo, se congregaron en la Catedral Nueva de Coimbra, todo un acontecimiento social pues se unían dos familias de apellidos ilustres y rancio abolengo, sin obviar que la joven aportaba una buena dote, y a la muerte de quienes la criaron, heredaría un patrimonio considerable, una condición que a la madre del marqués le satisfizo sobremanera obviando su inicial reticencia, pues en un principio la prometida de su hijo y heredero no le gustó nada, la veía provinciana y vulgar, y además, “la portuguesa”, como la llamaba despectivamente, no pertenecía a la élite de su círculo nobiliario.

La novia llegó a la ceremonia de la boda montada en una calesa antigua tirada por cuatro alazanes blancos enjaezados a la vieja usanza. Estaba radiante, sus ojos tenían un brillo especial y unas chapetas sonrosadas alegraban su rostro. Se veía muy bonita.

─Todas las novias están guapas el día de su boda, pero nunca vi a una tan hermosa. ¡Me recuerdas a tu madre…!  ─ le confesó Poliana,  la nany que la había criado y a la que estaba muy unida, sin dejar de gemir muy emocionada por la boda de su niña. La novia vestía un precioso traje blanco de vaporosa organza cuyo cuerpo iba bordado con flores de guipur y arrastraba una enorme cola de más de cinco metros que necesitaba seis damas para manejarla. Sobre el cabello un velo de tul ilusión, tan largo como el traje, sujeto con una tiara de diamantes que su padre compró en Cartier durante un viaje a París, años atrás, precisamente para que la niña pudiera lucirla en semejante ocasión.

 

 

El viaje de bodas les llevó por las principales ciudades europeas, prolongándose durante varios meses. Antes de irse a dormir, entraba en el dormitorio de mi abuela y mi madre, y allí, la señora contaba las aventuras que vivió y las cosas que pudo conocer durante ese periplo, para ella inolvidable y feliz. Disfrutaba como una niña recordando su luna de miel. Ignoro si todo era verdad o ella imprimía parte de fantasía para hacer el relato más estimulante.

El señor marqués llevaba el firme propósito de conocer los viñedos y sus bodegas, y su intención era aprovechar la luna de miel para  cumplir con este deseo. Su primer destino fue La Rioja Alavesa, una región que elabora uno de  los mejores caldos del país. Allí degustó catas de distintos vinos de la zona y recorrió las plantaciones donde le informaron de las clases de uvas que destinaban para la elaboración de los tintos, rosados y blancos, así como se almacena y conserva, tipos de cubas, temperaturas, tiempo de maduración, y todo lo necesario hasta llegar el momento de la distribución comercial

Si el amo quería ver las cepas y las bodegas, la señora estaba deseosa de conocer ciudades con historia, arte y antigüedades. Nunca antes había realizado un viaje tan lejos de su tierra y estaba entusiasmada. En el sur de Francia pasaron por Carcasonne, una preciosa ciudadela medieval con sus torres y fortificaciones dobles, muy antiguas. Partieron luego al Valle del Loira; a doña Edite le pareció una visita interesante y didáctica. Era famosa la zona por sus numerosos castillos, edificaciones históricas, fortalezas y una gran abadía. Pernoctaron allí varios días, pues al ser zona de viñedos, el marqués, quería visitar las bodegas e interesarse por el sistema de elaboración del vino.

Luego, París, la ciudad de la luz, la llamaban: una urbe hermosa, muy refinada, de edificios  elegantes y amplios bulevares muy cuidados, y unos cafés recoletos donde sentarse a ver pasar la vida. En el Museo del  Louvre pudo disfrutar de obras de arte que antes conoció en los libros, y nada era comparable a su contemplación en directo. Siempre había sentido curiosidad por lo que podría provocarle descubrir a la Gioconda, una de esas pinturas

 

 

icónicas de la Historia del Arte para no perderse y que hay que ver, al menos, una vez en la vida.

Sufrió una pequeña decepción al comprobar in situ su minúsculo tamaño; siempre pensó que se trataba de un lienzo enorme, del tamaño de las Meninas, y resultó ser una tabla tan pequeña casi como un folio, eso sí, del gran Leonardo da Vinci, y sólo por ello mereció la pena el viaje. Asidos del brazo, pasearon los Campos Elíseos como dos enamorados; en el Folies Bergére disfrutaron de un espectáculo musical, y cenaron en el lujoso y cosmopolita Maxim's. Las mañanas estaban dedicadas  a la compras y a las galerías de arte. En la Rue Saint Honoré, donde se reúne el lujo en todo su esplendor, los escaparates de Chez Dior, Chanel, Balmain y los más grandes de la moda eran una tentación que encendía la codicia de la niña caprichosa con la nariz pegada ante el puesto de caramelos. La señora adquirió bolsos, zapatos, trajes, sombreros, guantes, todo aquello de lo que se encaprichaba. No había problema, su marido entusiasmado no le negaba nada y pagaba generosamente; para una mujer, ese era el colmo de la felicidad.

Alemania, no le impresionó en absoluto y, según su opinión, el país le resultó poco acogedor, quizá porque esos días hacía un tiempo muy desapacible, llovía, nevaba y hacía frío y la señora no se encontraba bien: se quejaba de ciertas molestias que ella achacaba a problemas femeninos, aprovecharon tal circunstancia para relajarse y descansar; se limitaron a hacer breves excursiones por los lugares más cercanos.

Llegar a Roma fue todo un descubrimiento: una ciudad bulliciosa, alegre, llena de gente y color, conservaba muchos restos de la Roma antigua del Imperio; sorprendía descubrir en cada calle, en cada rincón, una fuente, algunas tan espectaculares como la de Trevi, capturando esa imagen en numerosas fotografías; la señora las conservó durante toda su vida junto a sus recuerdos más preciados. Quedó bastante impresionada ante las ruinas del Foro y la grandiosidad del Coliseo y su historia, así como por la belleza de la

 

 

cúpula del Panteón, los jardines de Villa Borghese y la Plaza Nabona, espectacular por sus dimensiones y la fuente realizada por Bernini, situada frente a la iglesia de Santa Inés de la Agonía, donde cuatro colosales figuras personifican los cuatro ríos de los cuatro continentes: el Nilo, el Ganges, el Río de la Plata y el Danubio. Allí, sentados ante un velador, degustaron  uno de esos deliciosos cafés italianos y el famoso Tartufo, un helado típico de la zona de Calabria hecho con chocolate y frambuesas, comprobando que la fama de los gelatos italianos estaba bien fundada. Por supuesto, estando en Roma y como ferviente católica, no podía faltar una extensa visita a la ciudad del Vaticano, sede central de la Iglesia católica, los museos Vaticanos y la Capilla Sixtina. Cuando descubrió la bóveda Sixtina dice que se le paró el corazón, el tiempo se detuvo ante semejante maravilla, se sintió transportada al cielo, hasta situarse entre Dios Padre y Jesucristo, su Hijo. Don Gonzalo tuvo que arrastrarla a la fuerza para sacarla de allí. Según ella misma reiteraba, nunca verían los ojos de los hombres, una obra realizada por un ser humano, de tan magnífica belleza y perfección. 

Publicado la semana 154. 09/12/2020
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La vida misma , Historias contadas, historias reales. , Siempre que se tenga un ratito de silencio y paz.
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