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Alba Plata

UNA CANCIÓN PARA LUCÍA (7) Final del episodio dedicado a Cándida.

Hacía ya un año que llegó a la casa un maestro para instruirla en Geografía e Historia, Literatura, Matemáticas, Física y Química, Filosofía y Arte. El muchacho no superaba los veinte y pocos años, guapo, de maneras delicadas, capaz de influir en el candoroso espíritu de una jovencita inexperta. Nada más verle, quedó encandilada, caso que no pasó desapercibido para mi abuela Cándida, siempre vigilante. Cada tarde, llegaba a la casa en un coche seiscientos, prestado por su padre, para cumplir el encargo de doña Edite, con lo que se ganaba un pequeño salario para sus gastos, hasta tanto lograra una plaza en alguna escuela. Se ocupó la habitación dedicada a la costura en la planta baja, orientada al norte, muy luminosa y bastante fresca en los calurosos y largos veranos habituales en esta tierra; para habilitarla, la doña mandó traer una pizarra de grandes dimensiones, tizas, cuadernos, lápices, libros, mapas, un gran atlas y un globo terráqueo, configurando un aula escolar en toda regla.

 

 

La niña Lucia esperaba esos días con la desesperada impaciencia propia de la edad, se sentía transportada a otros mundos de aventuras y grandes amores trágicos, viajes a lejanas tierras y antiguas civilizaciones, idiotizada ante la presencia del hermoso  joven, escuchaba embelesada al muchacho cuando, con su voz, tan dulce y modulada, recitaba poemas de los místicos del renacimiento español:

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado,

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas, olvidado.

 

Entre las azucenas, olvidado… Resonaba en su cabeza como un eco interminable, que ella repetía por los corredores, entre suspiro y suspiro.

Esos tórridos calores del inclemente verano, tornaban a su fin. A intervalos, el viento fresco llegaba  desde la sierra, y atemperaban las noches haciéndolas suaves, permitiendo conciliar el sueño. Muy pronto la finca se vería invadida por los jornaleros que venían a la vendimia, algo que inquietaba a la abuela Cándida. La llegada de los vendimiadores suponía que las cocinas permanecían abiertas durante todo el día, había que dar de comer y cenar a un  número ingente de hombres jóvenes cansados y hambrientos. Sin embargo, tanto hombre en la hacienda acarreaba problemas añadidos. Las muchachas en edad de merecer, se engolosinaban con palabras bonitas y promesas de amor eterno. Se fraguaban algunos matrimonios, pero más de una moza quedaba preñada, así que a comienzos de verano, cuando la época de la trilla, era también el tiempo de los nacimientos, muchos de esos niños se criaban en la finca con sus madres, abasteciendo luego las necesidades de brazos para trabajar en la Hacienda que les vio nacer y les alimentó.

─Mira hija mía, quiero lo mejor para ti, ─comenzó diciendo mientras ambas observaban las estrellas sentadas en el porche. ─Me dao cuenta que el amo

 

 

puso sus ojos en tu persona; te recomiendo que no pierdas esta oportunidad, pocas veces se presenta algo así a una muchacha pobre. Antes que con un pipiolo cualquiera sin futuro, o un obrero hosco y sudoroso y más pobre que las ratas, mejor con el marqués. Comprendo que está casado y te parece un viejo, aunque no lo es, sólo tiene poco menos de cuarenta, es un hombre elegante, atractivo y sabe cómo se debe tratar a una mujer. Si juegas bien tus cartas podrás tener un buen futuro y una vejez asegurada. Piensa que es rico y tiene poder, a su lado serías una señora respetada y tal vez influyente, tendrías tu propia casa, criados, dinero, joyas, y quizá algún día ser su esposa o, tal vez, la de otro hombre igualmente rico y poderoso. Te lo digo por propia experiencia. El viejo amo se encaprichó de mí, y por ignorancia o rebeldía no me arriesgué. Tal vez  si lo hubiera hecho, hoy sería la señora de esta casa y la dueña de la propiedad. Hazme caso, niña, siempre estaré a tu lado, pase lo que pase, no voy a abandonarte.

─Pero madre…, ─protestó tímidamente por miedo a incomodarla

─Hábleme de mi padre, ─dejó caer, aprovechando las confidencias.

A la abuela Cándida le pilló por sorpresa; en sus catorce años nunca se había interesado por conocer quien pudiera ser su progenitor, jamás mantuvieron una conversación en relación al caso, nunca hablaron de ello, al fin y al cabo fue una historia breve que terminó de un día para otro, y lo verdaderamente importante que dejó esa relación fue su hija Lucía. Pero claro, la niña estaba en esa difícil edad en que empieza a hacerse preguntas y se plantea cuáles son sus orígenes, el descubrimiento de nuevas sensaciones, los cambios en su cuerpo, sueña con el amor que, con la presencia y lecturas del joven maestro, ha idealizado.

─Como tú, era romántica y soñadora, aunque no tan hermosa. Pero tenía juventud, alegría, resultaba hasta bonita, y el viejo amo, el padre de don Gonzalo, buscaba una muchachita que le hiciera compañía, y se fijó en mí, no

 

 

sé cómo ni por qué, pero le gusté. Según me explicó la abuela Agripina, mi madre, los amos tomaban a las criadas, siempre elegían a las más jóvenes, algo que se aceptaba como natural porque era una costumbre arraigada desde tiempos remotos, y podía considerarse hasta un honor que el señor te prefiriera a otras. Muchas se quedaban embarazadas y, si el amo no tenía descendencia, alguno de esos bastardos fue reconocido como hijo legítimo, llegando a heredar apellidos y patrimonio. Su sangre no es tan limpia como ellos presumen, está mezclada con la nuestra aunque ellos no lo quieran reconocer, de modo que algo de lo que hay aquí nos pertenece, por eso te digo que no desprecies la ocasión. Actúa con inteligencia: muéstrate cariñosa y sumisa cuando convenga, displicente si procede, como al perro, suéltale la cuerda, o la recoges,  según veas, poco a poco toma las riendas; opina y decide cuando estimes necesario, aconseja si te lo pide, de tal manera que te hagas indispensable, se vuelva loco y no conciba la vida si no es contigo. Yo traicioné la confianza del viejo marqués, le fallé y me dejó.

─¿Era el amo mi padre?

─No niña mía, pero pudo haber sido. Tu padre llegó con una cuadrilla de jornaleros que venían a la campaña de la uva: tostado por el sol, alto, de manos grandes, brazos fuertes, el pecho cincelado, mirada noble y sonrisa franca, me pareció un ser magnífico, como una maravillosa aparición. En todos los días de mi vida, jamás vi hombre tan hermoso. Te pareces mucho a él. Creo que me eligió entre todas las criaditas encargadas de llevarles la comida y lavarles la ropa porque siempre estaba alegre y tenía bonita voz para las tonás, al sonreír,  dos graciosos hoyuelos se me formaban en la comisura de la boca.

Cuando me miró por primera vez sentí que mi interior se desbordaba. Me buscaba y comenzamos a vernos todas las noches después de la cena, bajo la vieja higuera junto a la valla. Mientras me besaba los hoyuelos, me hablaba de aquello que pensaba, las cosas que le gustaban, los lugares que visitó; llegó a estar en Francia pues, siendo más joven, acompañó a su padre, trabajando en

 

 

la uva y la fruta. En su familia se habían dedicado desde siempre a la cría de ovejas, y si no lo remediaba, terminaría siendo pastor. No era esto lo que quería, le gustaban las plantas y las flores y trabajaba mucho, no solo en la uva, también en la aceituna, el tomate, la fruta, ahorrando cuanto podía a fin de conseguir su propósito de montar su propio vivero.

─¿Le recuerda, madre?¿ Piensa en él?

Por un momento, permaneció en silencio, como si quisiera recordar aquello que ya tenía casi olvidado.

─Su rostro ha quedado desdibujado con el paso del tiempo, sin embargo recuerdo como si fuera ahora su olor a jabón de afeitar, la tersura de su rostro, y si cierro los ojos, me parece sentir que me aprietan sus fuertes brazos, me alza y me besa amorosamente. Me enamoré y me sentía amada por él, era la muchacha más feliz sobre la tierra, no pensé que existiera un sentimiento como ese que te mordía las entrañas y a la vez producía un deleite tan placentero. Cuando supe que estaba embarazada, corrí a buscarle. Me dijeron que ya se había marchado, nadie supo decirme hacía donde. Ni siquiera se despidió de mí. No pude contarle que esperaba un hijo suyo, nuestro, de nuestro amor. Esperé que viniera a buscarme, alguna noticia suya: nada. Mientras tanto el amo se había olvidado de mí y ya había buscado una sustituta más complaciente. Fue gracias a la abuela Agripina que me ayudó durante el embarazo. Luego, ya sabes la historia: fui una privilegiada con la protección de la señora. Nunca viviré lo suficiente para agradecerle todo lo que ha hecho por nosotras. La señora marquesa es una santa, que nadie  se atreva a incomodar a la señora, repetía como una jaculatoria.

Publicado la semana 153. 03/12/2020
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La banda de la vida , El pasado reciente , Em cualquier momento , La dureza del trabajo de la tierra
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