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Alba Plata

UNA CANCIÓN PARA LUCÍA (6) Continuación del episodio CÁNDIDA

Una vez terminado, el ama observó con satisfacción su obra y esbozó una sonrisa de complacencia.

De esta manera, la abuela Cándida pasó, de compartir habitación con otras siete mujeres, a tener su propio dormitorio, amplio y bien ventilado por un gran ventanal a través del que se divisaban los campos de olivos y más allá, la dehesa, con colchón de lana, blancas sábanas de fino algodón, parecía que la vida la recompensaba después de dejarse la juventud trabajando para la familia. La primera noche en aquella cama no pudo conciliar el sueño, la agitaban nuevos y hermosos pensamientos y se pellizcaba pensando que se trataba de un sueño dulce del que no le gustaría despertar. En esa irrealidad se configuraba todo un mundo nuevo: la cama demasiado blanda, las sábanas suaves, el olor a limpio, el silencio profundo, la crianza y compañía de su niñita. Todo se le iba en pensar en el futuro de Lucia: si el ama Edite persistía en su empeño de criarla y darle educación, su destino sería bien diferente al de todas las mujeres que la precedieron, ese solo pensamiento hacia brincar alegre su agitado corazón, un corazón que, en sus catorce años, no se había visto reconfortado con una relativa felicidad, hasta el momento del nacimiento de su hija, el más grande acontecimiento que se había producido en su corta vida.

 Tomó en los brazos a su retoño y la apretó fuerte contra su pecho, su amor de madre se desparramaba al observarla a la luz de la luna que se colaba arrogante por la ventana: jamás vio criatura tan hermosa como aquella. Acercó el pezón hacia la boquita de la insaciable glotona que ya reclamaba su ración de leche, entonando bajito una copla antigua que aprendió escuchando la radio, y que sonaba así:

Te quiero más que a mi vida,

te quiero más a mis ojos,

más que al aire que respiro

y más que a la madre mía.

Que se me pare mi pulso si te dejo de querer

que las campanas no doblen

si te falto alguna vez...

 

Ya bien satisfecho su apetito, la niña quedó plácidamente dormida, ¡cómo un angelito!, pensó su madre satisfecha.

Cándida además atendía el huerto y las gallinas, tareas asignadas por la señora, algo en lo que se aplicaba con extraordinario celo. Recién apuntado el día, bajaba al gallinero, abría la trampilla y dejaba salir las gallinas y las ocas hasta la alambrada, las aves como locas, tras su liberación, provocaban una algarabía tal, que despertaba a todo el mundo. Luego de recoger la puesta de huevos y las verduras frescas del huerto, se aplicaba en regar y limpiarlo de hierbas malas. También cuidaba de la niña, adecentaba la habitación, ayudaba en la casa y atendía las necesidades de la señora que últimamente se quejaba de fuertes dolores en el bajo vientre. El doctor la visitaba a menudo, y no lograba descubrir el origen de su mal, así que consultó con algunos de sus colegas pero no se ponían de acuerdo. Le recetó un depurativo, y cuando llegó el verano pareció mejorar, entonces aquel hecho quedó olvidado. Mientras tanto, la pequeña Lucia crecía sana, llena de vitalidad con los desvelos y toda suerte de cuidados y mimos que la señora y su madre le prodigaban, siendo la alegría de la casa, un soplo de aire fresco en aquella casa centenaria tan necesitada de risas infantiles, convirtiéndose,  en poco tiempo, en una linda jovencita, el espejo donde se miraban las dos mujeres.

  En las primeras horas del día, la casa comenzaba a agitarse con una desbordante actividad doméstica. La cocina hervía y las criaditas se esforzaban en preparar la primera comida de la jornada, bajo la supervisión de la cocinera, la señora Patro, una mujer entrada en años y en carnes, de andar lento y manos regordetas pero muy ágiles, capaces de elaborar suculentas viandas, mermeladas, compotas, helados, conservas de todo tipo, dulces, galletas; en este momento se afanaba en fabricar el pan y los bizcochos, invadiendo toda la casa con su delicioso aroma. Era un trajín, un ir y venir de las demás criadas, ya ocupadas en las tareas propias de la casa. Se esmeraban en sacudir alfombras, hacer camas, abrillantar los suelos, los cristales y espejos, quitaban el polvo de los muebles, bruñían la plata, mientras en las ondas de la radio se escuchaban las coplas más populares, ellas se acompañaban entonándolas con mejor o peor fortuna, a fin de hacer más llevadero el trabajo:

 Ya viene el día, ya viene mare,

alumbrando las claras los olivares.

Mi piconera como el picón.

por tu culpa culpita, yo tengo

 negro, negrito mi corazón.

 Ay no me digas que sí,

ay no me digas que no,

por tu culpa culpita, yo tengo

negro, negrito mi corazón.

 Antes de que el día levantara, aprovechando la fresca, los pastores conducían las ovejas a los pastos y los cabreros subían las cabras arriba del monte, el ganado era tan voraz, que dejaban las tierras peladas de hierbas y matojos, razón por la que nunca allí se dio un fuego. Los porqueros abrían las cancelas de las cochiqueras, dejando salir a los guarros por la dehesa, y allí los dejaban libres hasta estar saciados de bellotas, era tan evidente el lustre de los cochinos, que daba gusto verlos de gordos y lustrosos. 

A la caída de la tarde, las muchachas de la hacienda en edad de merecer, todas ellas con sus vestiditos limpios y recién planchados,  perfumadas como flores de azahar y lavanda, se apostaban junto a la verja para verlos regresar con los rebaños: era el momento idóneo para la chalanería entre los muchachos antes de la cena y los encuentros fugaces con muchas risas y roces velados; algunas parejas, las más atrevidas, aprovechaban las sombras para perderse entre las encinas de la dehesa.

Una mañana, el marqués ojeaba despreocupado las noticias publicadas en la prensa y al  levantar la vista descubrió a una bella muchacha que, diligente, preparaba sobre la mesa el servicio del desayuno.

─¿Eres nueva? ─Dudó al preguntar. ─No te reconozco. ¿Cuál es tu nombre?

─Lucía señor, soy la nueva doncella de comedor.

El hombre hizo que la muchacha se acercara, y ella tímida, bajó los ojos sin atreverse a mirar al amo. La tomó por la barbilla para observarla de cerca, comprobando que la niña poseía una distinción, un  cierto porte, parecía muy distinta al resto de las criaditas jóvenes. Era imposible reconocer en aquella jovencita a la niñita que, hasta hace relativamente poco tiempo, correteaba por los pasillos con sus gritos y parloteos.  De pronto, el amo bajó la mano siguiendo el contorno de sus caderas hasta palparle los muslos. Lucía percibió la incomodidad de tan extraño momento y cómo el rubor encendía sus mejillas; un halo de desagrado nubló sus hermosos ojos.

─Duros y firmes, sí ─observó. ─¿Sabes que eres muy bonita? Tendrás novio, claro.

─No señor, soy muy joven todavía, solo tengo catorce años, ─contestó imprimiendo firmeza y decisión.

 ─¿Eres mujer?, ─preguntó el marqués displicente, justo en el momento en que entraba la abuela Cándida, a tiempo para escuchar sus últimas palabras; dejó caer la bandeja, lo que provocó tal estrépito, que algunas criadas  se asomaron a ver qué pasaba, entre curiosas y asustadas. Los trozos de la porcelana de platos y tazas, el café, la leche, los huevos, todo quedó esparcido por el suelo. Lucía acudió presta a recoger aquel desaguisado, pero el amo la sujetó por el brazo.

─No, pequeña, tu no, debe recogerlo ella que ha provocado este destrozo, ─ordenó bastante molesto. ─Ya hablaremos. La señora debe conocer este desastre y será ella la que tome la decisión oportuna.

─¿Qué pasó? ─La marquesa acababa de entrar, observando lo sucedido; inquirió a la criada para explicarse, mientras se sentaba a la mesa, dispuesta a dar cuenta de su desayuno. No quería conceder demasiada importancia a lo ocurrido, apreciaba a la criada y sabía que no fue  intencionado, pero ante su marido era obligado mostrar autoridad.

La pobre mujer trató de explicarse, siendo Lucia la que salió al paso en defensa de su madre. ─Señora, tuvo un vahído y la bandeja cayó al suelo, ha sido un accidente fortuito.

─Anda Cándida, trae un nuevo servicio de desayuno. ¿Lucía, has comido algo? Ven, siéntate a mi lado. Querido ella es mi ahijada, si no te molesta, compartirá mesa con nosotros.

El deseo de la señora no pareció del agrado del marqués, pero, como siempre, no quiso entrar en asuntos domésticos, no estaba en su ánimo contradecir a su mujer, esa era la manera de darle su sitio, y justificarse a sí mismo esos pecadillos inconfesables que la marquesa desconocía.

La señora, muy frugal en la comida, tomó un huevo pasado por agua, una porción de fruta y un corto de café. No así el marqués al que le gustaba comer y disfrutaba con ello: degustó dos huevos fritos con jamón y longaniza, tostadas con mermelada de naranjas de la señora Patro, zumo de naranja, varias piezas de fruta, bollería, un trozo de bizcocho, una buena taza de café con leche, finalizando con un chupito de orujo destilado en su propia bodega. A pesar de ello, se mantenía en buena forma haciendo bastante ejercicio: salía de caza con León casi a diario, montaba a caballo habitualmente, nadaba en el río incluso aunque hiciera frío. Era un hombre activo; se levantaba muy temprano para visitar sus tierras y comprobar, por sí mismo, el desarrollo de las labores y dar las órdenes oportunas a los obreros y gañanes, pues aunque el capataz le daba cuentas de la evolución de las siembras y los problemas que surgieran, le gustaba revisarlas personalmente.

Sin ser muy perspicaz, la abuela Cándida intuyó un súbito interés del amo por la joven Lucía. Movió la cabeza, y enseguida se puso a cavilar la forma de sacar rédito de esa ventajosa situación que el destino le presentaba de manera inesperada. Hablaría con la niña, la pondría en antecedentes  y le ofrecería algunos consejos que no le vendrían nada mal. Por su propia experiencia y los casos que a lo largo de sus años había observado, o le habían contado, si se encarrilaba el asunto como se debía, al fin conseguiría que su hija no volviera a servir a señoritos ricachones y caprichosos que no valoraban al personal de servicio como seres humanos, sino como si fueran bestias de trabajo, eso, si eran buenos; los más, los trataban como propiedades, cosas o animales.

Aparentando estar avergonzada, pues tiró la bandeja a propósito para evitar que la niña contestara al marqués, volvió a su tarea en el huerto que atendía con verdadero entusiasmo y a satisfacción del ama. Un terrero fértil, no muy grande, situado a poca distancia tras la casa principal, que mi abuela se encargaba de mantener con su amor, el abono y el riego necesario. Allí se daban jugosos tomates, suculentos calabacines, hermosas calabazas, rojos pimientos, dulces cebollas, sabrosas acelgas, verdes espinacas, tiernas lechugas, y algunos árboles frutales, en la cantidad necesaria para abastecer  la casa. Conocedora de las propiedades de las hierbas, había reservado un rincón, de tamaño mediano, a aquellas aromáticas tan necesarias para los guisos e infusiones: perejil, hierbabuena, perifollo, menta, poleo, orégano y un arbolito de laurel que crecía derecho y vigoroso, recogiendo en el campo  aquellas hierbas que reconocía por curar enfermedades, cicatrizar heridas, los males del vientre, la cabeza, y malestar en general, algo que aprendió de su madre, la abuela Agripina, que a su vez le enseño la suya. Desde bien antiguo, en el campo era muy necesario conocer las hierbas que sanaban, pues no era posible conseguir un médico. Cuando era la época, recogía criadillas y setas y echaba a andar buscando trufas, acompañada de un cerdo al que azuzaba con una vara, el animal las descubría por el olfato, enterradas bajo tierra.  Yo no las había probado, pero debían ser manjar exquisito, pues a don Gonzalo le gustaba rallarlas en los huevos fritos.

El cuidado de su huerto, como ella decía, junto al de su querida niña Lucia, le producían gran satisfacción, llenándole de felicidad. Henchida de orgullo, miraba a su hija que crecía hermosa, cuidada y protegida por su amor de madre y la protección de la señora que no había reparado en gastos para darle la educación que debía.  

Publicado la semana 152. 29/11/2020
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Realidad , La vida misma , Siempre que se quiera
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