47
Alba Plata

UNA CANCIÓN PARA LUCÍA (5)

El llanto de la recién nacida la devolvió a la realidad. Envuelta en una fina toquilla, la abuela Agripina acunaba a la niñita que no paraba de llorar y a requerimiento de la señora, se la entregó. La tomó entre sus brazos, le acercó el dedo meñique hasta su boquita, como tantas veces hizo con su propio hijo, de la misma forma que su tía hizo con ella, y comenzó a entonar aquella canción de cuna que aprendió de niña.

“Arrorró mi niña, arrorró mi sol,

arrorró pedazo de mi corazón.

Esta niña linda se quiere dormir

y el pícaro sueño no quiere venir.

Esta niña linda que nació de noche

quiere que la lleven a pasear en coche.

Esta niña linda ya quiere dormir;

háganle la cuna de rosa y jazmín.

Arrorró mi niña, arrorró mi sol,

duérmete pedazo de mi corazón”.

La canción en la dulce voz de la señora marquesa, con esa deliciosa cadencia de la saudade de su tierra portuguesa, surtiò el efecto deseado  y calmaron a la pequeña. Finalmente, se quedó dormida plácidamente, acunada en sus brazos.

Rápidamente pensó en ponerle un nombre, la llamaremos Lucía, nombre que habría querido para su propia hija, dijo la marquesa. Ay señora, le apuntó Agripina, siento que su nombre tié que ser Gilda, como la mi hermana que hace años me se fue a las Américas y nunca se supo, así la recuerdo. Será Hilda, rectificó el doctor, no señor, nosotros siempre la llamamos Gilda, como la artista esa tan guapa de la película que armó un escándalo. Yo no la he visto, me lo contaron las criadas chicas que van al cine los domingos, no hacían más que hablar de la película, organizó un gran revuelo, por lo visto la policía se vio obligada a disolver a las mujeres agolpadas a la puerta del cine, mientras rezaban el rosario y plegarias a la Virgen María Santísima, Madre de Dios, porque según ellas, la película era un gran pecado. Ya me hubiera gustado, solo por ver cómo la artista se quita el guante. Dicen que  daba escalofríos como los hombres la miraban.

─Lucía, la luz, así se llama una mujer santa de mi tierra a quien la Virgen se le apareció siendo jovencita, casi de la edad de tu hija. Veo que es muy apropiado para la niñita pues, como ser de luz, ha llegado para iluminar nuestras vidas. ¿Qué te parece, la llamamos Lucía?

Están muy graves, pero las dos sobrevivirían, te lo garantizo, afirmó, ya se encargaría ella de que así fuera con la intercesión de la santa Lucía de Fátima; se consideraba responsable y, por encima de todo, como deber prioritario, se propuso luchar por la criatura. Agripina transigió a favor del deseo de la marquesa en llamar a la niña Lucia, ea, sea como dice la señora, como usted mande, aceptó, desde luego, sin mucho convencimiento.

Al alba, el doctor, que permaneció toda la noche en vela, requirió al bebé para ponerla al pecho de la madre.

─Le ha subido la leche, ─afirmó con voz suave y actitud sigilosa. ─Señora, váyase a descansar. Agripina y yo nos quedamos aquí. Pierda cuidado, si ocurre algo, la avisaré.

El ama miró a la niñita con ternura, tan sonrosada y menuda, y derretida de amor, no pudo reprimir una dulce sonrisa que iluminó su rostro agotado y perlado por el sudor. Le invadió una intensa emoción haciéndole recordar el momento en que pusieron en sus brazos a su hijo recién nacido, de haber sido una niña ahora estaría a su lado disfrutando de su crianza, su hija, su propia obra. Observando a la recién nacida una idea  pasó por su cabeza, era algo que llevaba dándole forma desde que nació la pequeña. Podría ser un sueño hecho realidad, algo inesperado: la providencia la puso en sus manos en el momento justo. Resolvió quedarse aquella criatura como si fuera suya, la educaría y le enseñaría a vestir, a recibir, ordenar una casa, a desenvolverse en las recepciones, a tocar el piano, instrumento en el que ella estaba muy versada, una disciplina esencial en una señorita con clase, algo que ella aprendió siendo niña; a reconocer el ganado, a llevar la finca y además ejercería las funciones de doncella personal, sin separarse de ella, como si fuera una hija propia. La modelaría como el escultor da forma al barro y haría de ella una dama digna de su casa y sus apellidos.

Este asunto ya lo arreglaría con el marqués, era el único escollo a solventar. No debía suponer un problema, su marido raramente le negaba cualquier petición que ella le hiciera. Deseaba su felicidad, ejercía muy bien su función de esposa fiel y entregada al hogar, además tenía con ella una deuda de gratitud por haberle dado un hijo varón, su primogénito y heredero de su título y todos sus bienes, de otra forma su dinastía se acabaría en él, pues no tenía hermanos, ni parientes que pudieran heredar su inmenso legado.

Subió las escaleras de dos en dos hasta el comedor pequeño del primer piso, el del papel pintado en las paredes con zarcillos de flores, lugar donde hacían la vida doméstica. En ese momento, el marqués desayunaba leyendo la prensa que León acababa de traer desde el pueblo donde vivía con su reciente esposa, éste aun permanecía en pié esperando las órdenes del día. León era un trabajador fiel, capataz en la casa como lo fue su padre, y antes lo fue su abuelo. Ellos le enseñaron todo cuanto debía saber sobre el campo y los animales, de los sembrados y la caza, compañero del amo en este deporte; se iban muy temprano, antes de la salida del sol, regresando con las piezas cobradas en la jornada: las tórtolas, las perdices, las pitorras, los conejos y las liebres, luego la cocinera las preparaba para su consumo y degustación por el personal de la casa. El capataz era el confidente de don Gonzalo y organizaba las mejores monterías que se celebraban en la zona durante las épocas de caza mayor de cochinos, venados y zorros. Cuentan que al nacer, su madre se asustó al ver a su retoño con una soberbia melena leonada de color cobrizo. No se parecía a nadie de la familia y el padre comenzó a sospechar que su mujer había tenido que ver con algún otro hombre. En la finca siempre había trasiego de temporeros, eso hacía verosímil sus dudas. Fue un pariente quien las resolvió, y vino a confirmar que un antepasado, llegado desde Escocia en el pasado, se asentó en el pueblo formando una familia. De ahí el origen del color del cabello así como de su estatura y fornido esqueleto. Su madre decidió, su nombre sería León, y así le llamó pese al criterio en contra de su marido: León era el nombre que mejor le definía.

La marquesa entró saludando a los dos hombres con un aire alegre, “buenos días”, dijo muy sonriente, se fue directa a su marido, besándole la frente con devoción. No cené anoche y vengo muerta de hambre, preguntó al capataz con cortesía si desayunó ya o si quería un café. Don Gonzalo dirigió una mirada de reproche a su esposa, y con un gesto que el capataz conocía bien, ordenó que saliera y les dejara a solas.

─Querida, es de alabar tu preocupación por el servicio, lo que demuestra tu buen corazón, pero agradecería que no te propases en un exceso de familiaridad con los criados. No son nuestra familia, no son nuestros amigos, están aquí para servirnos y les pagamos por ello.

Ella se puso a gemir y hablaba sin coherencia, perdóname no creí hacer nada malo, es tu hombre de confianza, lo siento. El marqués la hizo sentar en sus rodillas, le enjugaba las lágrimas, le mesaba los cabellos, trataba de calmar a la niña asustada por una regañina al ser descubierta haciendo algo prohibido. Puna sonrisa de complacencia. areció que sus palabras de aliento habían sofocado su disgusto, aunque solo se trataba de una artimaña para hacerle sentir culpable y desarmado, porque ahora venía lo importante, la decisión que había rumiado durante toda la noche. Debía ser directa y actuar con seguridad, no podía permitirse flaquear en ningún momento, de otro modo podría negarse a aceptar su propósito. Ella sollozaba, le acariciaba el cabello, la oreja, colocaba el corbatín en su cuello, con la cabeza baja en actitud sumisa seguía en su propósito, quiero la niña, no te molestaran, la madre cuidará de la criatura. Pondré una cama y la cuna de Gonzalito en mi living, así podré tenerla conmigo, deseo criarla y educarla.

El marqués asintió en un tono risueño, querida haz como quieras; no lo entiendo, sin embargo confío en tu buen juicio. Sin dilación partió el ama en busca de Agripina poniendo en marcha un ejército de sirvientes; en un pispás, desmantelaron el cuarto dejándolo totalmente vacío. Trajeron una alfombra, la cama, la cuna, mesitas, cómodas, un armario con puertas de luna y todos los juguetes que consiguieron rescatar del desván, enseguida quedó conformado un precioso dormitorio, desde ese mismo día estaría habitado por su pequeña ahijada, la niña Lucía. 

Publicado la semana 151. 21/11/2020
Etiquetas
Historias de la propia vida , Siempre que se quiera , Reivindicación
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
III
Semana
47
Ranking
1 59 0