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Alba Plata

UNA CANCIÓN PARA LUCÍA (4)

CÁNDIDA

De rodillas la abuela Cándida se afanaba con ahínco en restregar el duro granito del enlosado de la entrada de la casa principal, con estropajo y jabón en unas manos agrietadas por efecto de la lejía y la sosa. Se trataba de dejarlo blanco, casi inmaculado, tal y como se le había ordenado; aquí no valían excusas. El final se acercaba y temía no llegar a terminar la tarea, el amo podría resolver penalizarla destinándola a trabajos más duros, lo que supondría realizar largas jornadas de labores en el campo a pleno sol o bajo la lluvia y soportar las crudas heladas del invierno.

Desde bien temprano, mucho antes de levantarse, ya empezó a sentir unas molestias que no remitían y le partían el cuerpo en dos, iban del bajo vientre a los riñones, obligándola a doblarse, esta posición aliviaba levemente su tortura. Pensó que se trataba de una falsa alarma pues aún faltaban unas semanas, sin embargo las molestias se convirtieron en fuertes dolores, que como pinchazos se le clavaban en los riñones e iban en aumento. No conseguía frenarlo, mordió un pañuelo amortiguando los gritos para que las otras mujeres no percibieran que había llegado el momento. Se sujetó el vientre con ambas manos  en un intento de retrasar la llegada del bebé hasta tanto no terminara el trabajo, pero la criatura tenía prisa por venir a este mundo. Nadie conocía su estado de buena esperanza a excepción, de la bisabuela Agripina y de ella misma. Inesperadamente la bolsa se rompió y una bola de carne y agua sanguinolenta se le deslizó por entre las piernas hasta caer al piso. Desde pequeña lo vio hacer muchas veces a su madre y a las otras mujeres, y tratando de mantener la calma, cortó el cordón umbilical con los dientes, cubrió el pequeño cuerpo con su propio mandil húmedo y sucio, se lo escondió dentro de la blusa cerca del pecho, evitando así que alguien escuchara el llanto del bebé. Se sintió flaquear, sudaba, la vista se le nublaba y no dejaba de sangrar, no obstante continuó de rodillas fregando apenas sin fuerzas.

Una de las ancianas que vigilaba el trabajo para que fuera ejecutado conforme a las directrices marcadas por el ama de llaves, reparó en la situación y avisó a las de más edad.

─ ¡Virgen Santísima! La niña se desangra ─gritó alarmada.

Entre varias mujeres y en volandas la trasladaron hasta la vivienda de los esquiladores, un receptáculo pequeño y oscuro, sin apenas ventilación, abandonado y bastante sucio, cerca del aprisco del ganado, el lugar donde solían pernoctar los hombres que venían a esquilar las ovejas.

─¡Niña!  ─voceó, llamando a una de las criaditas jóvenes. ─Avisa a la señora Edite, que se nos muere. ¡Espabila, anda, muévete! ─la azuzó palmeando.

El ama llegó agitada con la criadita pisándole los talones. Un hedor a montuno, mezcla de excrementos, sangre seca y sudor, la recibió como una bofetada. Tuvo que cubrirse la nariz con el pañuelo, se hacía difícil respirar en ese lugar. Portaban jabones de olor, una palangana de porcelana portuguesa, una jarra con agua limpia, una cesta con toallas, sábanas, gasas, pañales y vestiditos de niña, ropa que conservaba guardada en la cómoda de su dormitorio, con la esperanza de que algún día ella traería al mundo otra niñita que sería la alegría de su vida. La ropa no pudo utilizarla pues de su matrimonio con el marqués nació vivo un hijo varón, una gran decepción para la señora, ya que la educación recaería en su marido, sin embargo de haber nacido chica, su instrucción y crianza dependerían en exclusiva de ella, algo que, siendo mujer de grandes convicciones religiosas, con vehemencia, había rogado a Dios le fuera concedido.

Diligente, doña Edite se arremangó el vestido y se puso a observar la situación para calibrar la gravedad del estado de la parturienta. Estaba pálida y apenas se le percibía la respiración. La hemorragia había remitido pero la muchacha ardía de fiebre. Ordenó que fuera lavada, poner sábanas limpias en la cama y cambiar su ropa por un camisón lavado y planchado. Mandó llamar a León, el capataz encargado de la finca, y le trasmitió una orden estricta:

─Acércate a la aldea y trae al médico y al sacedorte. Les quiero aquí ya, sin excusas. Es urgente. Don Fulgencio que traiga los Santos Óleos, quizá tenga que dar la extremaunción a esta pobre joven antes de que acabe el día.

Además debe bautizar a la recién nacida. El bautizo era prioritario pues, como buena cristiana, no podía consentir que la nena falleciera siendo morita, y a la madre ayudarla a bien morir en gracia de Dios, pues parecía que el Señor había decidido llevársela.

Pobre muchacha, pensó mientras trataba de bajar la fiebre aplicando compresas húmedas sobre la frente, prácticamente es una niña. Los ojos tenía cerrados, se le iba el color, apenas se podía localizar el pulso. Sintió compasión por ella, tan solo había cumplido catorce años y la vida se le escapaba sin remedio, no podría cuidar a la pequeña, crecería sin madre un hecho bien conocido por ella misma, que no conoció a su propia madre muerta de sobreparto.

Publicado la semana 150. 13/11/2020
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Coplas , Historia de la vida cotidiana , mejor siempre
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