Semana
15
Marisa Herga

La sala de Rea

Género
No ficción
Ranking
3 90 2

¡Mierda, creo  que estoy muerta!

Un olor penetrante a yodo, desinfectante para suelos y soluciones antisépticas fue lo primero que recuerdo al tratar de abrir los ojos que, contra mi voluntad, volvían a cerrase. Era un olor que no me llevaba a recordar ningún lugar conocido, tampoco lo identificaba con personas de mi vida anterior.

Tuve la percepción de que unas manos anónimas retiraban las sábanas que cubrían mi cuerpo inmóvil tendido en una cama y me palpaban el vientre apretándolo con destreza; en medio de mi ensoñación, como en un murmullo, me llegaban lejanas palabras, voces diversas que hacían comentarios y expresaban opiniones sobre mí como si yo no estuviera presente.

¿Dónde estaba? ¿Qué había pasado? No podía decirlo con seguridad.

Desubicada y confusa, no reconocía mi cuerpo en el bulto abandonado sobre la cama. Sin embargo, mi espíritu vagaba sereno y en paz, transportado a un lugar indescriptible e impreciso pero lleno de luz en el que reinaba la armonía y la calma.

-¡Mierda, creo que estoy muerta!, y ese pensamiento lo percibí como auténticamente real.

La agradable y cálida sensación de que alguien me acariciara el brazo, me impulsó a entreabrir los ojos; a mi lado una figura de rasgos humanos que parecía un ángel de sonrisa tierna dijo:

-Disculpe, la he despertado, y con voz dulce me preguntó cómo me encontraba.

¿Quién se atrevía a desvelar mi sueño? ¿Cómo venía a perturbar mi plácido estado de calma?

No recuerdo si le di respuesta, en mi ensueño únicamente anhelaba dormir y volar. Y logré volar por el espacio infinito, en un viaje etéreo y luminoso que me resultó jubiloso porque no estaba sola.

Mis seres queridos me miraban sonrientes, me daban ánimos para seguir adelante. El proceso, que en un principio pareció complicado, había resultado un éxito y, según ellos decían, mi rostro no revelaba lo que mi cuerpo había soportado.

Creo que fue eso lo que estimuló mis sentidos e hizo que despabilara de mi desconcierto. Y fue así como abrí los ojos a aquel frío y aséptico lugar de molesto y penetrante emanación, cuyos efluvios todavía impregnan mi pituitaria.

La sala estaba en penumbra. Unas ventanas de pequeño tamaño a gran altura en la pared donde se situaban media docena de camas separadas por grandes cortinas blancas, proporcionaban muy poca iluminación a la estancia. Parece que cada  uno de esos aposentos contenía un cuerpo humano, aunque no podía verles, les oía contestar a los requerimientos de las figuras de uniforme con vocecitas difusas, femeninas unas y alguna masculina.

Todo era tan blanco y tan frío que, no sé porqué, mi imaginación me llevó a pensar que me encontraba en una especie de Purgatorio y que las siluetas que no paraban de moverse como polillas alrededor de la luz,  pululando desde el mostrador situado frente a la cama que yo ocupaba hasta internarse en los cubículos protegidos por los grandes cortinones, en cualquier momento tomarían la decisión de rescatar a unos para salvarlos y otros, fatalmente, quedarían allí sin destino.

Ignoraba cuánto fue el tiempo que permanecí en aquel cuarto, pero al transcurrir de las horas, terminé por acostumbrarme a los sonidos y los movimientos de las personas de uniforme.

Mi ángel particular de color verde, de tanto en tanto, vigilaba mi evolución. Al acariciarme creía despertarme y pedía perdón, para preguntar:-¿Qué tal se encuentra?

No sentía dolor ni la mínima molestia, solamente mucho frío. Varias veces pedí una manta, pero la manta no llegó nunca tan ocupados estaban atendiendo los enfermos que pacientemente esperaban a los médicos y enfermeros.

Y de no ser por ese penetrante olor y porque tenía el brazo asido con varios cables a una bolsa colgada de una percha, podría estar en cualquier otro sitio y salir corriendo. Permanecía con los ojos cerrados, simplemente por dejar de mirar fijamente el techo que no era una visión muy estimulante, anhelando sentarme muy pronto frente al ordenador a escribir un nuevo relato, volver al estudio a rematar la obra que dejé abandonada tan precipitadamente, reencontrarme con mi familia y ubicarme en el puesto que ocupaba en mi vida.

Me pareció que ya llevaba mucho tiempo en ese lugar y quizá mi familia estaba preocupada; pregunté si sabían de mi situación. Contestaron que estaban plenamente informados, que no debía inquietarme. En ese momento me hubiera dejado más tranquila si hubiera podido hablar con ellos.

Las horas caminaban lentas en el reloj situado sobre el mostrador, una máquina tan real que acabó por convencerme que estaba muy viva y mi estancia en ese purgatorio era solo temporal. Sonreí para mí por las peregrinas ideas que se acumulaban en mi cabeza.

Todo comenzó con una revisión rutinaria en la que descubrieron un engrosamiento endometrial y un pólipo que había nacido sin ser invitado. Con una insospechada y desconcertante rapidez, tal y cómo funcionan las listas de espera en el régimen sanitario, se preparó mi ingreso hospitalario y aplicando anestesia epidural, extrajeron al intruso, siendo sometido a una biopsia que resultó benigna.

Poco tiempo después, y ante mi sorpresa, me llaman de nuevo. Ya empecé a estar mosqueada porque no entendía que si la primera extracción fue benigna, no hallaba justificación para una nueva intervención. Esta vez era  para realizar una histeroscopia diagnóstica en la que se descubre que otro pólipo había anidado en el endometrio que continuaba siendo anormal, y aplicando únicamente sedación y un par de horas de estancia en el hospital, como si se tratara de una cirugía menor, el médico lo reseca con tijera y extrae con pinza de agarre y lo envía para estudio y yo me vuelvo a comer a mi casa como si nada hubiera pasado. La recomendación fue unos días si hacer grandes esfuerzos  y vigilar cualquier anomalía que pudiera descubrir.

Esta vez pude verlo.

Me enseñaron una masa sanguinolenta de unos milímetros de longitud  y yo, que pensaba que se trataría de una protuberancia en forma de un minúsculo champiñón, me puse a reír haciendo una broma jocosa al joven médico que lo mostraba. Me miró sorprendido y extrañado por mi sentido del humor tan negro, dada mi situación, allí tumbada en la cama de un quirófano con las piernas abiertas.

Fue por teléfono, no habían pasado dos meses y sin conocer el resultado de esta última biopsia, me citan de nuevo. Esta vez para intervención quirúrgica en toda regla.

Cualquiera puede ponerse en mi lugar e imaginar el cúmulo de emociones, sensaciones, temores que me acongojaron en el instante que me lo comunica  la doctora que hizo lo posible por calmar mi ánimo haciéndome ver que no se trataba de esa terrible enfermedad que nos ha invadido y que es quizá la principal plaga de nuestros tiempos. ¿Quién no tiene un familiar, un conocido o ellos mismos que la hayan sufrido? Pese a sus palabras yo no lo tenía seguro, era inevitable que me sintiera conmocionada.

Mi cabeza no paraba. Estimaba que no me había llegado la hora de partir para siempre, me encontraba con fuerzas para continuar con la dura pelea diaria, aún me quedaba mucho por aprender y tantas cosas que debía hacer todavía…

Además, y lo más importante, no había tenido tiempo de disfrutar a la nueva criatura que había llegado a nuestras vidas unos días antes y existía otro pequeño cuyo desarrollo no estaba dispuesta a perderme. Pensé en la forma de comunicarlo a mis hijas para que fuera lo menos traumático  y opté por hacerlo con la mayor naturalidad y sin ponerme en lo peor.

Un celador me transportaba en mi cama de hospital a través de largos pasillos y un ascensor hasta llegar al quirófano. Entre varios profesionales, que no sé porqué llevan un traje de color verde, (yo preferiría rosa o azul), me colocaron los brazos en cruz sobre dos camillas y comenzaron a manipular en mi cuerpo aplicando cables, sondas, ventosas, y el que yo imaginé que era el anestesista, bastante malhumorado, daba órdenes a la vez que me cubría boca y nariz con una suave mascarilla de silicona y me pedía que aspirara profundamente. Pude contar hasta cuatro veces.  Aquello no me adormecía en absoluto, por ello supuse que tardaría en producirse el efecto o a lo mejor tendría que aplicar luego algún sedante a través de uno de los goteros.

Mi vida no pasó delante de mis ojos, no retrocedí a recuerdos antiguos, no se produjo nada de lo que cualquier mortal suele identificar cuando presiente que se escapa la vida, o eso es lo que siempre oí. Debo ser muy rara, tenía la segura convicción de que ocurriera lo que ocurriera allí a partir de ese momento, tenía que despertar. Ese era mi firme pensamiento.

 

-La bolsa de Luisa hay que llevarla arriba. Ha sobrado. Se trajeron dos y hemos necesitado una, escuché claramente la orden.

Creí entender que me habían puesto una bolsa de sangre, o sea que la intervención había sido más complicada de lo que yo creía  pues había requerido un transfusión. La cirujana vino a sacarme de dudas. Me había extraído útero y ovarios y, pese a las complicaciones, mi buen estado general de salud había logrado que la operación finalmente fuera un éxito. Nos felicitamos mutuamente y agregó que abandonaría la sala de Reanimación para instalarme en planta en unos minutos, cuando escribiera el informe

Publicado la semana 15. 09/04/2018
Etiquetas
La banda de la vida , No quedaba otra , Cuando lo necesites , Con miedo a perder lo que se tiene
Compartir Facebook Twitter