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Alba Plata

MANZANAS DORADAS (3)

Antes de que el cirujano pudiera justificarse, llamó a la profesora de Instituto. Ella miró a un lado y a otro, sin comprender muy bien que podía esperar, tan perfecta no consideraba haber cometido un error grave en toda su vida.

─Señorita Alicia Rubí, usted fue profesora durante años en el Instituto de Enseñanza Media. Acostumbraba a preguntar la lección a los alumnos y en función de la contestación, permitía adelantar o atrasar puestos en la clase. Una estudiante, que precisamente de manera regular ocupaba uno de los dos sitios de la bancada de la primera fila porque era inteligente y estudiosa, tuvo un mal día, y por la razón que fuera no supo responder correctamente a las preguntas. Cebándose con ella, consiguió sobreexcitarla, la desestabilizó y angustiada no pudo dar una respuesta acertada. Usted insistió hasta llegar al último puesto, atrás, al final de la clase, y allí la mantuvo durante un largo mes sin darle la oportunidad de que se  ganara un lugar preferente. No contenta con esa ofensa, pintó una cabeza de burro en la pizarra con el nombre de la alumna, y ordenó que nadie la borrara, ni profesores, ni alumnos, ni personal de limpieza. No se cohibió de hacer comentarios hirientes de una humillación constante, a tal punto que sus propios compañeros le dieron la espalda. Ella pasaba los recreos sin compartir juegos, completamente sola soportando la mofa de todos. Fue una actuación desproporcionada y sin justificación que provocó que perdiera la beca y no pudiera continuar sus estudios, viéndose obligada a buscar un trabajo, pues sus padres no tenían capacidad económica para pagarle las clases. Quedó marcada por su garrafal actuación. Afortunadamente, siendo ya adulta, retomó su formación.

 

Publicado la semana 136. 04/08/2020
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A elegir , Historias reales , siempre que sea posible , La propiedad de la tierra
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