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Alba Plata

MANZANAS DORADAS (1)

Eran las diez. A lo lejos se intuyó el sonido de unas campanadas, momento en que se iluminó el letrero y se abrió la puerta del restaurante. Todos los allí congregados miraron esperando que el maître les recibiera, sin embargo nadie apareció para darles la bienvenida.

El doctor Lorenzo Villar, jubilado de su cátedra de cirugía, haciendo uso de su buena costumbre, fue el primero en llegar; diez minutos llevaba esperando bajo el alero a cubierto de la fina lluvia de una fría noche. Al poco apareció la señorita Alicia Rubí, profesora de física y química en el Instituto de Enseñanza Media durante décadas, una dama elegante de edad madura: su media melena rubia y sus labios color carmín le daban la apariencia de una de aquellas glamurosas actrices de cine de los años 50. Cerró el paraguas y pasó al interior detrás del doctor que tenía dificultades para caminar y se ayudaba con un bonito bastón de ébano con empuñadura de plata.

Luego de aparcar su coche de alta gama último modelo, llegó Raimundo Muñiz, ejecutivo en una empresa de gestión e inversión de gran renombre. Cifraba ya los sesenta aunque no lo aparentaba, aún conservaba un gran atractivo pese a sus encanecidos cabellos. Saludó a los presentes, enseñando una gran sonrisa que dejaba ver una bien alineada y blanca dentadura bajo un escueto bigotito de galán cinematográfico.

Adentro, el salón se  alumbraba con un buen número de candelabros, gigantescos y dorados, lo que le daba un aspecto misterioso y decadente. Resultaba difícil acomodar la visión para ver con claridad; una vez allí, poco a poco, los ojos se acostumbraron a la luz oscilante de las velas. El olor a cera quemada impregnaba el ambiente. El interior era lujoso, grandes cortinajes cubrían las paredes, en un lugar destacado colgaba una copia del Jardín de las Hespérides, de Albert Herter, que con su enorme presencia, contribuía a darle al entorno un aire elegante, señorial y cultivado. Una enorme mesa rodeada por seis sillas ocupaba el centro del salón, sobre ella un frutero, una copa de bronce de varios pisos repleta  de  manzanas doradas cayendo en cascada; en un gran bufete se exponían las más exquisitas viandas dispuestas para ser degustadas.

Reconocido el lugar, el ejecutivo expresó su opinión: “Parece que compartiremos la mesa, por lo que veo seremos seis”.

Los tres se giraron para mirar hacia la puerta. En ese momento una joven de unos treinta y tantos muy estilosa, vestida con un pluma de color amarillo, entró tropezándose con sus elegantes stilettos, seguida de un joven de una edad aproximada bastante anodino, que chocó contra ella. Detrás se abrió paso con urgencia una mujer morena de una edad indefinida, bajita, rechoncha y sin ningún atractivo. Entró resoplando, sacudiéndose las gotas de lluvia de su sobrio traje gris en cuya solapa lucía un enorme y brillante prendedor muy ostentoso; a excepción de este toque sofisticado en su atuendo, nada sobresalía en su ordinaria apariencia.

Entre ellos parecía no existir ninguna relación y todo indicaba que no se conocían con anterioridad. Unos a otros se miraron con desconfianza, preguntándose la razón de su presencia allí, y quién les citó. Por ser el de mayor edad, el doctor Villar hizo uso de su autoridad, y sin que ninguno de los presentes pudiera evitarlo, se erigió en portavoz de todos. Como nadie venía a recibirles, adujo que deberían marcharse y fue al pretender utilizar sus teléfonos móviles, cuando comprobaron con estupefacción que el lugar no tenía cobertura.

El elegante ejecutivo de la empresa de gestión se ofreció a llevar a la joven hasta su casa al verla tan alterada. Prometió que cuando llegara a la ciudad, les enviaría un par de taxis para recogerlos a todos, así que de común acuerdo fueron hasta la salida, pero se encontraron con que la puerta estaba cerrada desde el exterior y no podía abrirse. El miedo les atenazó. La chica del abriguito amarillo comenzó a llorar histérica. “Quiero salir de aquí”, gritaba aporreando la puerta con todas sus fuerzas.

─Buenas noches, bienvenidos. ─Se oyó una voz enigmática,  ninguno supo identificar su procedencia, y en ese momento todos enmudecieron.

─Son mis invitados a este banquete y pueden disfrutar de todos los manjares a placer. Tomen asiento, por favor. Cada uno tiene asignado el suyo, según indica la tarjeta con sus nombres. Y coman, coman cuanto quieran. Que les aproveche. Volveremos a hablar cuando terminen de cenar.

Todos a la vez gruñeron, se soliviantaron muy alterados, lanzaron increpaciones al aire reclamando una explicación que no se produjo. Raimundo inspiró, y aplicando su sentido práctico, fue directo al bufete, se sirvió de todos los manjares que pudo elegir a primera vista y se sentó en el lugar que le correspondía.

Comenzaron a hacer especulaciones, la voz estaba distorsionada y no era posible identificarla con la de una mujer o la de un hombre. Viendo que no se podía hacer nada y estaban a expensas del misterioso anfitrión o anfitriona, uno a uno, ocuparon su lugar en la mesa, llenando los platos con las exquisiteces que tenían a su disposición. Entre ellos se observaban con suspicacia, todos desconfiaban de quien tenían al lado, al final dedujeron que quizá se trataba de una inocentada o de una pesada broma y habían sido elegidos al azar.

Cuando llegaron a los postres, escucharon de nuevo la voz:

─¿Han cenado bien?, ─preguntó.

El médico quiso interpelar pero su pregunta quedó suspendida en el aire, sin efecto.

Publicado la semana 134. 20/07/2020
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LA MUSICA QUE PREFIERAS , AGATHA CHRISTIE , En cualquier momento , HACER JUSTICIA
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