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Alba Plata

UN ENCUENTRO CASUAL

Sin falta, debía viajar al día siguiente, y la inquietud de no despertarme a tiempo me desveló casi toda la noche. Era un viaje largo que no podía posponer, así ante el miedo a quedarme dormida, mantuve los ojos abiertos durante horas, aunque al final me venció el sueño sin poder evitarlo. Me despertó Fernando que ya había preparado el desayuno, algo ligero “para que no te vayas sin tomar nada”, me dijo simplemente, cosa que agradecí con una escueta sonrisa que quizá no supo apreciar, o tal vez no percibió; últimamente nuestra larga relación se había convertido en una convivencia aburrida, una especie de acuerdo entre compañeros de piso que se cruzan en la cocina, comparten el baño y cada noche ocupan el mismo sofá viendo una soporífera película o una serie en la tele que no interesa a ninguno de los dos, y el domingo por la mañana, de forma involuntaria por la fuerza de la costumbre, hacíamos el amor sin ganas, luego, agotado por el ímprobo esfuerzo, se dejaba caer en un adormecimiento que le duraba hasta mediodía.

Tuvo el detalle de acercarme hasta la estación de ferrocarril que está en las afueras, de otra forma habría tenido que llamar un taxi. Me despidió con un escueto beso en la mejilla y se marchó, dejándome como un pasmarote allí parada, sujetando la maleta. Una vez localicé el vagón, arrastré mi pequeño equipaje hasta el interior. No recordaba lo complicado que era colocarlo en el estante. Después de varias intentonas infructuosas, y cuando ya pensé que tendría que hacer todo el viaje con él entre las piernas, una voz  masculina que vino precedida de un suave aroma varonil, me rescató de mi enojo. Se disculpó, y en un abrir y cerrar de ojos, colocó la maleta en el porta equipajes sin hacer el mínimo esfuerzo; agradecí su gesto con una sonrisa sutil, y decidido me tendió su mano apretando con fuerza la mía, dejando en ella impreso su olor. Javier me pareció oírle decir que se llamaba, y no sé si por casualidad o destino, sería mi compañero de viaje.

De forma instintiva, eché un rápido vistazo al móvil a sabiendas de que a las siete de la mañana no tendría llamadas, ni siquiera desde el trabajo, pues me había despedido hasta el lunes. El tren arrancó con una ligera sacudida, no estaba dispuesta a entretener con mi conversación al desconocido sentado a mi lado, así que cerré los ojos y me dispuse a dormir.

Ya entraba en las vías de la estación de Navalmoral, cuando me desperté como si hubiera dormido medía vida. La megafonía anunciaba que la cafetería estaba abierta. Mi compañero de viaje cerró su ordenador personal, se levantó y me sugirió tomar un café. Me apetecía mucho, pensando que todavía quedaba más de una hora para llegar a destino, respondí afirmativamente con un entusiasmo que me sorprendió, yo que no suelo ser tan expresiva.

A partir de aquí hicimos un exhaustivo monográfico sobre el café, una bebida que a ambos nos parecía deliciosa y estimulante. Fue entonces cuando reparé en él: moreno, atlético, en su rostro tostado, cubierto por una barba muy bien cuidada, destacaban unos ojos oscuros y vivaces que me traspasaban al mirarme. Me pareció el hombre más atractivo que había visto desde hacía mucho tiempo. Tenía una sonrisa cautivadora, una voz profunda y masculina que él sabía manejar con coquetería. A su lado yo parecía un adefesio, nada en mí destacaba. Era una mujer de mediana edad, más bien entrada en carnes, con un pelo desgastado por los tintes, único capricho que concedía a la exaltación de mi cuerpo, junto con un poco de color en las mejillas y los labios. No me cuidaba la piel  en la que empezaban a asomar las primeras arrugas alrededor de unos ojos pequeños, cansados y sin brillo. Sin embargo, no parecía importarle, era mi conversación lo que me hacía interesante. Apuramos todos los minutos del trayecto sin parar; hablamos de arte, de literatura, y hasta de política, y nos reímos, nos reímos mucho.

Su maravillosa sonrisa se apagó y vaciló al preguntar si me apeaba en Madrid, cuando dije que llegaría hasta Barcelona, pareció un resucitado que retornara de la otra vida, volviendo su gesto alegre. También iba a Barcelona y se mostró encantado de hacer juntos el viaje. Compartimos la comida en Atocha, y nos acomodamos juntos en el Ave. El camino duraba más de tres horas, tiempo suficiente para contarnos toda nuestra vida, para descubrirnos. Quería conocer mi historia y yo comencé a interesarme por la suya.

Vivió en distintas ciudades antes de establecerse en la ciudad, hacía poco que fue destinado por la empresa para la que trabajaba. Siendo un adolescente, llegó aquí para estudiar desde su pueblo natal en la Sierra de Gredos, un lugar hermoso reconocido por sus cerezos y sus gargantas de agua fresca, por eso cuando su empresa le propuso varios destinos, no lo dudó, y eligió éste, tenía grandes y emocionados recuerdos de esta ciudad medieval, acogedora y hermosa. Habló de sus vivencias, de cómo tuvo que emigrar al norte para trabajar.  Hablamos con entusiasmo de los libros y películas que nos gustaban, de viajes, de sensaciones y sentimientos. Creo que el tiempo se detuvo, tomó mi mano, la llevo a sus labios y la besó, con un beso espontáneo que agitó lo más recóndito de mi ser.

No tenía reserva de hotel en Barcelona, había dispuesto que tal vez mi cuñada me ofreciera  su casa. Rechacé la idea de inmediato habida cuenta de que nuestra relación era distante. Javier se agarró a mi cintura, me atrajo hacía él inundándome los sentidos de excitación y todas mis hormonas comenzaron a desbordarse. Me ofreció su habitación, que yo acepté al menos hasta que pusiera en orden mi cabeza. En el ascensor me besó con una pasión que yo no sabía que existiese. Nos duchamos y nos fuimos juntos a la cama.

Me despertó un beso cálido de buenos días, frente a una bandeja con un café humeante, unas tostadas con mermelada de fresa y un gran vaso de zumo de naranja. El debía asistir a su Congreso en el recinto ferial de Montjuic y yo me iría al Hospital donde mi hermano esperaba un trasplante de corazón. Deslumbrada por el encanto de este hombre que había anulado mis sentidos, me maldije porque en todo el día no había dedicado ni un solo minuto a pensar en mi hermano.

Me recogía en la puerta del hospital a las seis. Cenábamos en la intimidad de pequeños cafés, luego colgada de su brazo, echábamos a andar por las Ramblas, y a cada trecho me acariciaba la cara y me besaba la boca. Las noches,  juntos, envueltos entre las sábanas, abandonados al calor de nuestros cuerpos, nos amamos bajo las mantas, sobre la cama, en la ducha, frente a la ventana. Me deseaba,  yo me entregaba sin medida  a la pasión de aquel desconocido que conseguía hacerme deseada, la más hermosa, yo era su diosa.

El tiempo que permanecíamos separados se me hacía insoportable, y  contaba las horas en la creencia de que así adelantaría el reloj. Corría hasta él como una jovencita hacía su primer amor, con ansía de encontrarnos de nuevo, hambrienta de sus besos, ávida de sentir su cuerpo en el mío.

El trasplante había ido bien, y el sábado mi hermano salió de la UCI. Me despedí de ellos esa misma tarde, mi cuñada no preguntó dónde dormí en esos días, ni se disculpó por no ofrecerme su casa. No me importaba, ella no podía imaginar lo que había sucedido y la felicidad inmensa que yo había vivido en Barcelona.

“Es la primera vez que soy infiel a mi novio”, le confesé durante el viaje de regreso. Sonrió y con las manos entrelazadas, mi cabeza contra su pecho,  en silencio, llegamos a Madrid.

“Es tarde. Podíamos pasar aquí la noche, nuestra última noche”. Sugirió esbozando esa sonrisa que me desarmaba. Me oprimió fuerte contra él, dejándome sin voluntad ni aliento. Ya en el hotel, nos amamos hasta el amanecer con una desesperación muda, a sabiendas de que no habría un mañana. Cuando llegamos a la estación de destino, derretidos uno en brazos del otro, nos dimos un beso triste, con amargo sabor de despedida.

Los meses siguientes anduve errante sin encontrar sentido a mi existencia, indecisa. Al final dejé a Fernando y tomé las riendas de mi realidad. Me busqué otra vivienda, cambié los muebles. Todo nuevo, como mi propia vida. Y un día le encontré en el hiper.

─Tengo que decirte algo muy importante, supongo que es demasiado tarde. No he dejado de pensar en ti. He sido un cobarde, sin coraje para buscarte. Me lo he reprochado continuamente. Te amo…, te amo, no puedo…, no quiero vivir sin ti.

─No debes preocuparte. Todo está bien. ─Dudé un momento. ─Yo también tengo algo que decirte. Estoy embarazada de cuatro meses. Es un niño y se llama Javier.

Su cara se descompuso, sentí que sus profundos ojos negros me taladraban las entrañas como dos afilados cuchillos.

─Querido, estás aquí. ─Una mujer exultante de juventud, por el tamaño de su tripa a punto de dar a luz, surgió de entre las estanterías, y se lo llevó hablándole de no sé qué producto que no conseguía encontrar.

Me quedé allí parada, viendo como se alejaba y pensé que no hay voluntad suficiente para cambiar el destino. Varias veces volvió la cabeza para mirarme. 

Publicado la semana 126. 29/05/2020
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CUANDO UN HOMBRE AMA A UNA MUJER DE MICHAEL BOLTON , Momentos
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