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Alba Plata

SON CINCO MINUTOS ESCASOS

A mi parecer lo de mis vecinos es un caso particular, o tal vez no, quizá sea menos excepcional de lo que se pudiera pensar. Se trata de una pareja con dos hijos. Ella es una madre entregada al ejercicio de ama de casa, supongo que obedeciendo a una decisión personal a la que optaría   voluntariamente, pues estudió en la universidad la carrera de Filosofía y Letras con gran sacrificio de su madre viuda y perfectamente podía haber ejercido un buen trabajo, desarrollándose como profesional, algo que la habría hecho una mujer libre y autosuficiente, pero cada uno elige el camino que desea o el que le obligan las circunstancias.

Tiene dos hijos a los que cada día llevaba al colegio a una hora temprana. Aprovechaba su regreso a casa para recoger el pan y comprar algo de fruta, luego sacaba el perro a la calle para que hiciera sus necesidades, lo que le ocupaba cinco minutos escasos, procurando no separarse mucho de la puerta de la casa. Ya desde el portal el pobre chucho dejaba testimonio de su presencia que luego servía de estimulación a todos los canes que por allí transitaban, con lo cual ni la lluvia ni el aire libre conseguían mitigar la fragancia canina. Muy importante a tener en cuenta: el animalito fue un regalo de Reyes, capricho de los niños después de prometer que serian ellos los que le cuidarían. Promesa que cumplieron a medias, pues al poco tiempo comenzaron a poner pegas para sacarlo o bañarlo y toda la responsabilidad recayó sobre la madre como era lógico, pues ya se había encariñado lo suficiente para no deshacerse de él.

Algunos días iba al super a comprar esas viandas de última hora necesarias para hacer la comida, y entonces sacaba el perro de nuevo, siempre por escasos cinco minutos. Poco antes de las dos, volvía al colegio para recoger a sus hijos. A la tarde después de la merienda, llevaba a los niños a las actividades extraescolares,  a los que recogía más tarde en compañía de su marido, momento que aprovechaban para dar todos juntos un paseo. De nuevo, antes de irse a dormir, volvía a sacar al perro, cinco minutos escasos. Con  excepción de la compra y la recogida de los niños del colegio, tiempo este  en que el marido estaba trabajando, nunca salía sola a la calle.

Nuestra relación era la acostumbrada de buena vecindad: saludos en el ascensor y algún comentario intranscendente sobre el tiempo, aunque en alguna ocasión me pidió quedarme con uno de los niños, y sus hijos, en ese momento muy pequeños, a veces pasaban a mi casa y mis hijas que, entonces eran adolescentes,  los entretenían jugando con ellos como si fueran muñecos, les enseñaban canciones y a dibujar con lápices de colores.

He de decir que, desde hace mucho tiempo, nuestra relación de vecindad ha cambiado, mejor dicho, no existe: ya no nos hablamos, exactamente, es ella la que dejó de dirigirme la palabra a raíz de un hecho en el cual era yo la agraviada.

Una mañana cruzaba el jardín cargada con dos pesadas bolsas que traía yo con la compra del super, pues como siempre me pasa, voy con la intención de comprar un par de cosas, y al final acarreo más de lo necesario; andaba pausada, con la mente puesta en las tareas que me esperaban al llegar a casa, tratando de equilibrar el contrapeso y respirando fatigada con el deseo de descansar en el primer banco que me topara, entonces el perro, que estaba suelto, vino hasta mí flechado de tal manera que me asustó porque no le había visto; dejé caer las bolsas de un golpe, mientras, el perro corría a mi alrededor sin dejar de ladrar, se lanzó sobre mis piernas que llevaba sin ninguna protección por ser verano. Me quedé paralizada presa del pánico. El chucho comenzó a lamerlas y pensé que me iba a morder, entonces lancé un desgarrador grito de terror que debió escucharse en todo el barrio porque hubo gente que se asomó a los balcones. Luego de un rato que me pareció interminable apareció la dueña andando con toda tranquilidad, como si no fuera con ella, exhibiendo una enorme sonrisa de placer, y por fin se decidió a llamar a su mascota con voz dulce como si el perro acabara de hacer una monería. Con mucho mayor enojo del que uno pueda imaginarse, la increpé sobre que los perros hay que llevarlos sujetos, nadie tiene por qué aguantar ningún animal que sea extraño y le dije que “menos perros, que adoptara algún niñito que había muchos que necesitaban cariño y un hogar”.  Qué le dije. No había visto en mi ya larga vida un rostro deformado por el odio, en el cual se reflejara con tanta evidencia el asco que mis palabras le habían provocado. Por un momento creí que lo que el perro no terminó, lo remataría ella. Recogió el perro, levantó la cabeza y se marchó ofendida, sin ofrecerme una palabra de disculpa, sin interesarse por mi integridad. Nada.

Temí que todas aquellas personas que presenciaron ese desagradable hecho, por tratarse de un perro, optaran por tomar partido por el animal y no por la persona atacada a punto de ser mordida, tirada al suelo y sufrir un infarto, una actitud que no puedo comprender, qué se concede mayor importancia a un animal antes que a un ser humano. Afortunadamente todas enmudecieron,  pero nadie salió en mi defensa o interesándose por mi estado. Casi mejor. El corazón me latía a mil por hora y respiraba con dificultad, como pude conseguí alcanzar el único banco en mi camino, me senté tratando de calmarme y esperé un buen rato, hasta que conseguí serenarme.

Aquello no la hizo cambiar, ella siguió en su misma actitud; el perro continuó suelto y le daba lo mismo, ladraba a todo aquel que pasaba y se acercaba peligrosamente a los niños pequeños que jugaban allí. Algunas madres tuvieron que increparla en varias ocasiones. Sin ser obligado, pasaba a mi lado, alzando la cabeza orgullosa y en una ocasión al verme se fue con el perrito hasta mi portal y, mirándome retadora, lo dejó evacuar en las esquinas. (Todo esto me pasó personalmente, tengo oído historias extrañas de esta señora que demuestra que es, lo que suele llamarse una “loca”, a lo que parece existe una en cada comunidad).

El perrito ya murió, y no es que me alegre, toda la culpa de lo ocurrido es de ella que es la persona que tiene que dirigir al animal. Pero hay que ver lo que es el destino o llámese como se llame; pasado el tiempo, su hijo se casó y tuvo que desplazarse a China para adoptar dos niñas, pues no podía  tener hijos. Hoy está separado y tiene dificultades para ver a sus hijas con las que mantiene una relación distante.

Ahora, con esto del confinamiento impuesto por el Gobierno a raíz de la maldita pandemia provocada por el Covid19, mi vecino sale a hacer deporte todos los días de 8 a 10 de la mañana. A su regreso, saca el perro, sustituto del anterior, que por supuesto continua esparciendo sus aromas en las esquinas del portal, y ambos realizan un paseo de más de una hora, teniendo en cuenta que lo autorizado son quince minutos. Baja después a recoger el pan. Luego sale a la frutería. A diario va  al estanco para comprar sólo un paquete de tabaco, puesto que está justificado si interviene la policía.  Se acerca a la farmacia todos los días con el pretexto de preguntar si han llegado las mascarillas y los geles desinfectantes. Un par de veces o tres por semana hace una pequeña compra en el super, luego sube a recoger el perro y disfrutan de otro largo paseo de más de una hora. Todo ello contraviniendo el horario impuesto por el estado de Alarma decretado por el Gobierno.

Cuando ya ha pasado la siesta, suele salir con el perro, esta vez el paseo es más corto, pues como se considera un ciudadano ejemplar, no se olvida de la cita de las ocho de la tarde: toca aplaudir desde las ventanas en reconocimiento a todos los colectivos que están pasando esta pandemia en primera línea, y  de 8 a 10 vuelve a la calle para hacer deporte. 

Corrió el rumor en el barrio que había abandonad a su mujer, dejándole a su hijo mayor, un tiazo de casi dos metros, bobalicón, sin trabajo y sin intención de emanciparse. Yo no puedo afirmarlo.

Pero desde que comenzó el confinamiento, no he vuelto a ver a mi vecina.

Publicado la semana 124. 15/05/2020
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TIEMPO DE REFLEXIÓN , La vida misma , AHORA QUE HAY MUCHO TIEMPO , Experiencias
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