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Alba Plata

ES EL SILENCIO

Aquella mañana, al mirar a través de la ventana, me sorprendió ver la plaza completamente vacía, el más absoluto de los silencios, un silencio espectral, despiadado, inclemente, como por ensalmo se había adueñado de la ciudad. Era tal el silencio que crispaba los oídos de no oír nada, ese silencio reservado al campo santo y que solo puede escucharse entre las tumbas. Un silencio mortal.

Los ruidos procedentes de los vehículos que hasta ayer circulaban por la carretera habían cesado, se acallaron los ladridos de los perros; el bullicio de los niños en el recreo del colegio cercano se había apagado, las palmeras quedaron quietas, ya no las agitaba el juego de los pájaros, enmudecieron sus trinos; sobre el verde césped yacían abandonados los frutos brillantes de los naranjos que ahora no servían de juguetes a los canes. Y hasta las glicinias, cuyos racimos malvas habían florecido con la recién nacida primavera, sigilosamente abandonaron las pérgolas en un silente mutis.

Observé que nadie, ni persona o animal, cruzaba la plaza, otrora bulliciosa cuando las comadres pasaban al sol las mejores horas de las mañanas y los jóvenes estudiantes del cercano instituto se solazaban entre risas y empellones. Muchos dueños de perros traían hasta aquí sus compañeros de paseo, quizá atraídos por el verde césped de los parterres donde podían expansionarse a placer, un lugar ideal para depositar el regalo disimulado de sus micciones y la identificación olorosa de sus excrementos. La plaza atraía a ancianos y parejas jóvenes, a niños pequeños con sus padres, y a personas de paso que acudían a sus quehaceres cotidianos.

Sucedió de la noche a la mañana. En un instante todo quedó en suspenso, como si el reloj de la hora del tiempo se hubiera parado y el mundo dejara de girar de repente. Si la nada poseyera sonidos, la nada había engendrado este silencio. Llegaba el Apocalipsis.

Mis oídos tardaron en habituarse a ese sosiego, acostumbrados por el transcurso de los años y debido a la falta de costumbre, había olvidado que existiera.

Poco a poco se me fue revelando que realmente no se había hecho el silencio, era el silencio mismo lo que yo percibía, y ahora en esa calma reconocí el silbido sigiloso del viento frotando las hojas de los árboles, descubrí que los gorriones que ayer huyeron, retrocediendo a tiempos pasados en el que todo se hacía con calma, sin prisas, sin ruidos, volvían a cantar. Nunca escuché trinos tan melodiosos y polifónicos.

Todas las tardes a las ocho en punto de la noche, desde ventanas y balcones, se rompía el silencio llenándose de aplausos, acompañados de las sirenas de los coches de policías. Eran cinco minutos, nada más que cinco minutos, solo cinco minutos. Luego retornaba el silencio, las gentes se volvían al interior de sus casas, se ocultaban parapetados entre las cuatro paredes de su vivienda, escondidos por precaución evitando así el contagio,  confinados por el miedo que se había adueñado de todos, y allí permanecían hasta las ocho de la tarde del día siguiente.

Dominaba el temor a un enemigo invisible que nos había invadido, un adversario hostil y desconocido contra el que parecía difícil luchar, y hasta el momento, imposible de vencer.

Publicado la semana 122. 28/04/2020
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LOS SONIDOS DEL SILENCIO DE SIMON Y GARFUNKEL , EL MOMENTO QUE VIVIMOS ACTUALMENTE , AHORA ES TIEMPO DE LECTURAS , LA CRUDA REALIDAD
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