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Alba Plata

CARTAS A HUGO

 

Cuando nuestra madre murió, mis hermanos y yo decidimos que había que deshacer la casa y repartirnos los muebles y enseres que ella, a lo largo de los años, había ido acumulando en el antiguo caserón en el que habíamos crecido todos unidos y felices. De entre la multitud de muebles, sofás, armarios, cuadros, tapices, sillones, vitrinas, jarrones, cortinas, solo pedí llevarme la cómoda de su dormitorio, el reloj isabelino de laca negra que colgaba en la pared del salón y la vieja mecedora donde mamá tejía junto a la ventana del cuartito de costura. Personalmente no estaba interesada en llevarme nada más, ya tenía todo lo necesario en el apartamento en el que comencé a vivir, pues, después de la muerte de mi marido, el año anterior vendí el piso donde nos instalamos de recién casados y crié a mis hijos y me quedé con lo justo. El resto de muebles, ropas, vajillas y todo lo demás que había en la casa de mamá debían distribuirlo entre todos, yo no me oponía, incluso podían regalar algunas cosas o venderlas y repartirse las ganancias.

Me correspondió limpiar los armarios de la alcoba  principal, la que había sido de mis padres, aquella de la cama grande, a la que acudíamos en tropel cuando éramos chicos para acurrucarnos entre los cálidos y tiernos brazos de nuestra madre. El altillo, muy profundo y amplio almacenaba multitud de cosas, muchas de ellas sin estrenar, entre mantas, colchas de raso con adamascados, sábanas primorosamente bordadas de su ajuar, trajes de vestir y de fiestas, el vestido que llevó el día de su boda, y hasta el traje blanco de mi primera comunión, con su velo, corona, guantes y librito, y justo allí, al fondo, como un tesoro esperando ser rescatado del polvo de telarañas añejas, apareció una caja de zapatos atada con una cinta de seda de un deslucido color rosa. Por un momento estuve tentada de no abrirla, temía descubrir algún secreto que mi madre había guardado allí, quién sabe desde cuándo, que yo me sentía  obligada a respetar y proteger de curiosos indeseables. Entonces recordé que un día de esos en que manteníamos una charla tranquila e íntima, me dijo que, cuando muriera, no olvidara buscar  entre los bolsillos de la ropa colgada en los armarios, dentro de las fundas de cojines, en el interior de los bolsos, en cajones o cualquier otro sitio factible para esconder dinero pues no confiaba en los bancos. Y no sin cierto reparo, deshice el lazo temiendo encontrar una cantidad indecente de billetes, pensando que a lo mejor estaban inservibles, deteriorados por el paso del tiempo, o tal vez, por el cambio de moneda, legalmente ya no estaban en curso.

Para mi sorpresa, no fue dinero lo que hallé, sino un paquete bien ordenado por fechas, metido en una bolsa de plástico: eran las cartas que Hugo me escribió y que un día, sin saber la causa, dejé de recibir. Muchas veces me pregunté qué le habría pasado para no contestarme.

Fue hace mucho tiempo, en aquellos años en que no existía el teléfono móvil, no habían aparecido ni internet, ni facebook, ni istagram, ni los correos electrónicos, los viajes en avión o a larga distancia eran inasequibles para la economía de una familia media  y las comunicaciones se  hacían a través de la correspondencia escrita enviada por el Correo ordinario. Ocurrió por casualidad que comencé a escribirme con Hugo; en realidad fue una apuesta con las amigas. Las revistas juveniles publicaban en la última página anuncios de personas que querían mantener correspondencia, especialmente con chicas, y nos propusimos ver quien era la primera en decidirse. Opté por un chico que fuera extranjero pero que hablara español, pues yo de otro idioma, a excepción del francés, no tenía idea, y me llamó la atención su nombre: Hugo. Sonaba bien. El chico era de Cuba, una isla del Caribe, tan lejana y exótica, además estaba gobernada por un rebelde comunista que había capitaneado una revolución arrebatando el poder al dictador Batista, súbdito fiel de Estados Unidos, y tales circunstancias me atrajeron enseguida.

La primera misiva que recibí fue objeto de burla y bromas entre las amigas que me empujaron a escribir, quizá también con un poco de rabia y envidia porque no esperarían que el chico iba a contestarme. Pero lo hizo. Contó que era estudiante, vivía en Varadero, un paradisíaco lugar al borde del Atlántico. Tenía una letra pequeña, regular, legible, y no destacaban faltas de ortografía, algo que me horripila. Y de esa manera tan sencilla  nos carteamos durante varios años.

Cuando cumplió los veinte, y ya había comenzado estudios de medicina  porque ser médico suponía su sueño, fue llevado a Camagüey  a cortar caña de azúcar, un trabajo obligatorio que todos los estudiantes dedicaban como su contraprestación a la patria, ya que la educación y la sanidad, entre otros, eran algunos de los servicios prestados por el estado de forma gratuita.

Durante el año que sirvió en la plantación, las cartas se espaciaron, y una vez retornó a su vida habitual, se sucedieron como siempre; al menos llegaba una cada mes. Ahora las cartas venían escritas con máquina de escribir, y en este tiempo descubrí que los sobres me llegaban sin cerrar, como si con algún sistema que yo desconocía, las abrían y luego no se tomaban la molestia de volver a pegarlas. Daba por supuesto que también las leerían, y eso me hizo pensar que nos vigilaban pues, teniendo en cuenta que aquí vivíamos en un estado totalitario de carácter fascista y mantenía una relación epistolar con un ciudadano de un país comunista, podía ser sospechoso para la mentalidad de los responsables políticos de la época. Desde luego nada teníamos que temer,  no hablábamos de política, sino de nuestra vida ordinaria y nuestras ilusiones y proyectos para el futuro.

A mamá no le gustaba ni poco, ni mucho, ni nada esa amistad nutrida a través de inocentes escritos y con un océano por medio. Procuraba recriminarme argumentando que no podía esperar nada porque pertenecíamos a mundos opuestos, y además vivíamos muy lejos el uno del otro, aunque en realidad yo no esperaba nada, mi pretensión únicamente era mantener una amistad sin mayor compromiso. Quizá en sus escritos mintiera y fuera una persona distinta a quien decía ser, pensaba ella. Temía también que el muchacho fuera un negro, como si el color de su piel le hiciera peor persona, o fuera un defecto o un pecado, por esta razón nos intercambiamos una pequeña fotografía, que atestiguaba que Hugo era un hombre blanco, aunque mi madre no quedó convencida y siguió recelando.

De la noche a la mañana no volví a recibir ninguna carta más. Cuando llegaba a casa,  mi primera pregunta era saber si el cartero había dejado algo para mí. Mamá negaba sin palabras.

Ahora con el paquete entre mis manos, y después de revisar una por una y varias veces todas las cartas que no pude leer en su momento, he pedido a una agencia de viajes un billete de avión a Cuba. Llamé a mis hijas que por supuesto pusieron el grito en el cielo y juraron en arameo, para comunicarles:

─Mañana salgo de viaje. Parto a las cinco de la tarde. No hace falta que vengáis a despedirme. Os llamaré.

Publicado la semana 121. 22/04/2020
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HABANERAS , CUANDO SE ESCRIBÍAN CARTAS , AHORA, EN CUALQUIER MOMENTO QUE TE PILLE CON GANAS , RECORDATORIOS
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