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Alba Plata

EL CORONAVIRUS DE NUESTRA AFLICCIÓN

 

 

 

 

Puede  que la razón obedezca a que, a lo largo de toda la historia, nuestro país ha sido invadido y conquistado por multitud de pueblos que nos han dejado una mezcolanza de culturas, ideas, comportamientos, pensamientos, actitudes particulares, formas de pensar y de actuar. Lo ignoro, pero es evidente que los españoles somos rebeldes y desobedientes, no atendemos a las recomendaciones de las autoridades si no viene seguida de una sanción, nos saltamos las normas porque somos más chulapones que nadie, o cosas tan simples como no guardar la vez en una cola, esperar para cruzar los pasos de peatones por donde está señalizado cuando el semáforo esté en verde, sin tomarnos la precaución necesaria a sabiendas de que es peligroso para la propia integridad, circular a la velocidad permitida, y ¡ojo!, si increpas a alguien, aunque se trate de indicarle que ese no es el contenedor que corresponde a la basura que va a tirar, enseguida sacan el energúmeno-a que llevan dentro; debe ser por la sangre caliente de tanta mezcla.  

Sin embargo, y esto es lo incoherente, si se trata de volcarse ante una desgracia o una necesidad, milagrosamente, nos volvemos solidarios de pronto ante una emergencia. Pongo por caso apagar un fuego, donar órganos y sangre, y algo que nos hace grandes como pueblo, aceptamos al diferente, a las personas de otras razas y culturas que, como a nosotros nos ha ocurrido tantas veces, se ven obligados a emigrar por una legítima necesidad, a causa de las guerras,  el hambre, las persecuciones religiosas o políticas.

Hemos salido todos a nuestros balcones y ventanas para lanzar un inmenso aplauso de solidaridad con esos gremios de trabajadores que permanecen al pie del cañón, agotados y casi sin medios, para que sus conciudadanos sobrevivamos a esta tercera guerra mundial contra un mal bicho que nos va a cambiar la vida y la forma de vivir y relacionarnos. No sé cómo lo vamos a resolver.

Atendiendo al mandato  de las autoridades, estoy confinada en casa sin saber cuánto durará la situación. Miro a través de mi ventana y en la plaza algunas personas pasean al perro, también están los insurrectos desobedientes que han salido a caminar, quiero pensar que han salido a la farmacia  o por alguna necesidad imperiosa. Por la carretera circulan coches, por supuesto en menor cantidad que de  costumbre, pero siguen circulando.

No se ponen de acuerdo los científicos. Dicen que la culpa del coronavirus, bautizado como COVID-19 la tiene el pangolín un animal protegido muy apreciado en China por su carne, y si resulta ser el responsable, se extinguirá por la mano del hombre,  o bien el murciélago usado como alimento por la población china. Da la impresión de que andan bastante perdidos, y a mí me corroen las dudas.

Los seres humanos hemos convivido durante toda la vida con virus y bacterias que atacan principalmente a personas con las defensas mermadas. La humanidad ha pasado por momentos críticos similares a este: hemos sufrido guerras, pandemias, hambrunas y parece que no tenemos memoria. Pienso en el Sida, la gripe A, las vacas locas, el ébola, la gripe anual que mata a miles de personas, el sarampión que no está erradicado, y aunque estas enfermedades no han tenido la misma intensidad ni la misma repercusión, se han sucedido todas ellas en un tiempo muy reciente. No podemos olvidar que vivimos en un mundo global, no somos únicos, y esta pandemia al igual que las catástrofes que nos asedian continuamente, nos advierten que, si algo ocurre al otro lado de la tierra, nos afecta a todos. Seamos solidarios y responsables, tenemos el deber de concienciarnos en que todos somos uno. Tengo la esperanza de que la crisis sanitaria que nos afecta ahora, nos servirá para recapacitar.

En este encierro me da por pensar. Y pienso que a los españoles que nos gusta besarnos, abrazarnos, tocarnos, llenar los bares pegados unos a otros hablando en grito, vivir en la calle, abarrotar los pueblos y ciudades con esos acontecimientos tan nuestros como la Semana Santa, las Ferias, Fallas, verbenas y demás festejos al aire libre en cada uno de los rincones del país,  quizá ahora esto nos obligará a mantenernos en una distancia de seguridad por miedo a cualquier contagio. No besaremos al desconocido que nos sea presentado, omitiremos el abrazo, todos nuestros rituales sociales puede que se conviertan en un lejano recuerdo que contaremos a nuestros nietos. Una pena porque nosotros somos personas simpáticas, alegres, expansivas y espontáneas.

No quiero olvidarme de los que llevan sobre sí la carga de la guerra, la enfermedad y el hambre por imposición y voluntad de los poderosos en los países más pobres con una sanidad precaria, las personas sin techo, los mayores que viven solos y que no tienen acceso a un teléfono o ayuda domiciliaria. Para todos ellos mi apoyo solidario.

Mi solidaridad y adhesión a todos y cada uno de los trabajadores que exponen su salud a cambio de cuidarnos y protegernos en la actual situación: sanitarios, policías, dependientes de las  tiendas de alimentación y farmacias.

Mil besos, emocionados abrazos, mogollón de achuchones a todos ellos.

Millones de gracias.

Publicado la semana 116. 16/03/2020
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LA SITUACIÓN QUE NOS HA TOCADO VIVIR
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